Masuk
—Quítatelo.
Caspian señaló el vestido blanco con dos dedos, como quien señala una mancha. Trescientos lobos dejaron de masticar a la vez.
—Es el vestido de la Luna de Colmillo Gris —dijo—. Y tú no vas a serlo.
Me llevé las manos a la espalda, a los cordones que una hora antes me habían atado entre risas nerviosas. No me temblaron. Fue lo único que conseguí esa noche.
El Gran Salón olía a grasa de venado y a cerveza derramada. Ninguno de ellos me miraba con sorpresa. Me miraban como quien espera el final de una historia que ya conoce.
—Yo, Caspian, Alfa de la Manada Colmillo Gris, te rechazo a ti, Freya, como mi mate y futura Luna de este territorio.
El Mando de Alfa me golpeó las rodillas antes que las palabras.
Y el vínculo se rompió sin esperar mi permiso. Se cerró primero en la garganta. Después bajó. Algo se soltó dentro de mí y se llevó el aire por delante.
Me clavé las uñas en las palmas hasta que algo caliente me corrió entre los dedos.
—Ni sangre limpia, ni loba —siguió él, avanzando un paso para que lo oyeran hasta en el fondo—. Ocho inviernos comiendo de esta manada. Se acabó.
—Yo lo acepto —dije.
No lo esperaba.
Lo vi en cómo se le quedó la mandíbula quieta un segundo de más. En cómo buscó, sin pensarlo, a la anciana Maerith al borde de la mesa larga. Fue medio segundo. Después volvió a ser de piedra.
—Repítelo fuerte.
—Yo, Freya, acepto tu rechazo, Caspian. —Sostuve cada sílaba entera—. Delante de todos.
Selene se levantó de su silla sin prisa. Se acercó hasta que el vestido que ya era suyo me rozó la cara.
—Falta una cosa.
Su mano me tomó del pelo desde atrás y me dobló contra la piedra. La rodilla izquierda me crujió al dar contra el suelo. Alguien silbó junto a la chimenea.
—Los tributos se despiden de rodillas —dijo, tirando hacia arriba para que yo mirara a Caspian—. Se lo debemos a los Lycan desde hace dos generaciones. Y este año la manada por fin tiene algo que no le sirve.
Ahí entendí a qué me habían vestido de blanco.
No al altar.
Levanté la vista buscando a alguien. A cualquiera. Encontré a Bran, tres pasos detrás del hombro de Caspian. Le había cosido ese hombro en primavera, con hilo de pescar y las manos temblando, mientras él me apretaba la muñeca y me juraba que no lo olvidaría.
Se estaba mirando las botas.
Fue eso lo que me rompió. No Caspian.
Los dedos de Selene bajaron por mi nuca hasta el cordón del que colgaba la única cosa que traía puesta cuando me encontraron en la nieve. Un colgante de hueso, gastado, sin ningún valor para nadie.
—Esto tampoco es tuyo.
Tiró.
El cordón me quemó el cuello antes de ceder, y el hueso repiqueteó contra la piedra. Rodó bajo la mesa larga. Maerith se agachó con esfuerzo, lo recogió y se lo guardó en la manga sin decir una palabra.
—Sáquenla antes de que amanezca —ordenó Caspian, dándome la espalda.
Me soltaron.
Me levanté sola. Nadie me tocó cuando crucé el salón, y ese fue el último regalo que me hicieron. Las risas empezaron a los cuatro pasos, primero flojas, después no.
No miré atrás.
En cuanto la puerta de roble se cerró detrás de mí, eché a correr.
Corrí con el vestido blanco arrastrándose por el barro helado, hacia los árboles, hacia el norte, hacia cualquier sitio que no fuera ese. Las piernas me quemaban. El aire me raspaba por dentro. Caí de rodillas en la nieve fina, con las dos manos abiertas contra la tierra dura, y traté de sostenerme.
Entonces el frío desapareció.
Subió algo desde el vientre. Caliente. Espeso. Me llegó a la garganta y se quedó ahí.
*«Despierta».*
No fue un susurro. Fue una voz de mujer con la boca llena de sangre.
—¿Qué...?
El primer hueso se partió en la espalda.
Grité. La espalda cedió. Los brazos cedieron. La piel se abrió por encima de la columna y el aire helado me entró directo a la carne viva.
Doce inviernos oyendo que estaba vacía por dentro.
Y ahora algo me estaba desarmando desde adentro para poder salir.
Se me partieron los dedos uno por uno. Las uñas se cayeron y algo negro y curvo se hundió en la tierra congelada en su lugar. El pelaje me subió por la espalda como agua caliente.
Traté de aguantar. Traté de quedarme.
*«Ya no».*
Y me apagó.
Lo que se levantó de esa nieve no era yo. Yo lo sentí desde muy abajo, como quien oye una pelea a través de una pared. La cosa que ocupó mi cuerpo levantó el hocico, olió el humo del Gran Salón a dos kilómetros, y no fue hacia allá.
Fue hacia el norte.
Corrió entre los pinos sin cansarse, saltó el arroyo negro, pasó las piedras marcadas que ningún lobo de Colmillo Gris cruzaba desde hacía cien años.
En algún punto de esa carrera dejé de contar.
Volví a mí boca abajo, desnuda, con la mejilla contra la tierra y un dolor sordo en cada articulación. Estaba amaneciendo. Olía distinto. A ceniza, a resina y a algo animal que no era mío.
Traté de levantar la cabeza. No pude.
Vi botas. Muchas. Formando un círculo alrededor de mí, sin acercarse ni un paso.
Un hombre se acuclilló a mi lado. Me tomó de la barbilla con dos dedos y me giró la cara hacia la luz, despacio, como quien revisa un caballo.
—Esta no huele a Colmillo Gris —dijo, y su voz hizo que las botas retrocedieran un poco—. Levántenla.
Alguien contestó desde atrás, más lejos.
—¿La llevamos al calabozo?
—Al Rey. —Me soltó y se limpió los dedos en el muslo—. Y récenle a la Luna para que despierte hablando. Porque si lo que corrió anoche por este bosque es lo que yo creo que es, ninguno de ustedes va a vivir para ver el invierno.
—Soren, soltame un poco que no puedo respirar —le dije contra el pecho, empujándolo de los hombros.No me soltó del todo, pero aflojó los brazos apenas lo suficiente para mirarme la cara. Tenía los ojos desorbitados, las cejas juntas y la respiración caliente pegándome en la frente. Su mano seguía sobre mi vientre, cubriéndome la piel a través de la ropa con una presión pesada.—No te voy a soltar —dijo con la voz ronca—. Tres cachorros, Freya. ¿Entendés lo que significa eso para tu cuerpo?—Soy una loba de sangre pura, Soren —le contesté, sosteniéndole la mirada sin bajar los ojos—. Aguanté un parto sola en un sótano y resistí la manipulación de las brujas de Caspian. Tres hijos no me van a quebrar. Dejá de mirarme como si fuera de cristal.Soren apretó la mandíbula. Se quedó mirándome un segundo largo, buscando alguna duda en mi cara, suspiro, me agarró de la nuca con la mano libre, me pegó la frente a la suya y cerró los ojos con fuerza. Lo sentí tranquilizarse y aflojar el agarre,
Me desperté temprano y Soren ya no estaba al lado mío en la cama. Me vestí con un pantalón grueso y un abrigo oscuro, me lavé la cara y bajé a la cocina.Mi padre estaba terminando de atar una caja de provisiones sobre la mesa. Soren estaba parado contra la mesada con una taza de café en la mano. Apenas entré, me miró fijamente a la cara sin decir nada.—Buen día —dije.—Tenés el desayuno listo —dijo mi padre — Leo y Lara ya desayunaron..—¿Dónde están?—En la sala con tu madre.Fui a buscarlos, mi madre tenía a Lara en brazos y Leo estaba sentado en el piso jugando con una cuchara de madera, me agaché para alzarlo, pero Soren apareció detrás de mí, me apartó el brazo y lo levantó él. —Yo lo llevo —dijo en seco—. No hagas fuerza.—Es mi hijo, Soren, no pesa nada.—Dije que lo llevo yo.No le discutí para no armar un problema delante de mis padres. Fausto entró desde el patio diciendo que las camionetas ya estaban listas.Salimos y Bastian nos esperaba junto a los autos con las manos
—No sé de qué mierda estás hablando, Soren —le dije, mirándolo a los ojos mientras me sostenía la mandíbula con los dedos firmes—. Mi olor es el de siempre. No cambió nada.Soren no me soltó. Estaba parado detrás de mí, inclinándose sobre el respaldo de la silla, apretando la mano alrededor de mi cuello sin cortar el aire, pero marcando la fuerza. La otra mano bajó desde mi hombro hasta el borde de la mesa, encerrándome por completo en su espacio.—Hueles distinto y lo sabes —insistió en voz baja, con la mandíbula trabada—. No te hagas la desentendida.—Soren, basta. Acabamos de bajar de una montaña, matamos a Selene y no paramos un segundo. Tengo el estómago revuelto y el cansancio encima. Déjame en paz.Le apoyé la mano en la muñeca y tiré hacia afuera.Soren me sostuvo la mirada un segundo más, con los ojos azules clavados en los míos, buscando alguna grieta en mi cara. Al ver que no bajaba la vista, me soltó despacio. Se enderezó, pasó el dorso de la mano por el cuello y dio dos p
Me quedé quieta bajo su cuerpo, mirándolo a los ojos.—. Estuvimos peleando en la nieve, nos transformamos dos veces y bajamos corriendo y no me bañe, ahora déjame levantarme. —dije, apoyándole una mano en el pecho para empujarlo despacioSoren no se movió. Apretó los dedos en mi brazo, con la nariz todavía pegada a mi piel, respirando hondo.—No hueles a pelea —respondió con la voz baja y áspera—. Hueles distinto.El ruido de unos neumáticos frenando sobre el patio cortó el aire.—Llegaron —le dije.Soren me soltó despacio, sin dejar de mirarme. Se levantó de la cama, se puso los pantalones y se abrochó el cinturón sin decir una sola palabra. Yo me puse mi ropa a los tirones y bajamos la escalera a paso rápido. Afuera ya había caído el sol; entre la subida a los picos, la pelea y las horas que pasamos encerrados en la habitación, se nos había ido el día entero.Cuando pisamos la planta baja, la puerta principal ya estaba abierta.El grito de Leo se escuchó en todo el pasillo. Apenas
Descendimos de los Picos de la Escarcha en nuestra forma de lobos dejando atrás el cuerpo inerte de Selene siendo cubierto por la nieve. Recuperamos la forma humana al borde del bosque. Nos pusimos la ropa que habíamos dejado abajo y cruzamos el patio trasero de la residencia al amanecer.En la sala grande, Maeve tenía a Lara en brazos junto al fuego de la chimenea. Fausto limpiaba el cañón de su arma con un trapo aceitado, sentado en el extremo de la mesa de madera. Bastian estaba de pie frente a los planos del valle, con una taza de café en la mano.Soren se detuvo en el centro del salón y se quitó la chaqueta.—Selene está muerta. — Dijo Soren sin rodeosBastian bajó la taza a la mesa de un golpe firme, sin sorpresa en los ojos.—El perímetro está limpio. Los vigías confirmaron que no queda un solo rastreador enemigo en diez leguas a la redonda.Caminé hacia la mesa y apoyé la palma de la mano sobre el mapa de Valle Gris. —Bastian, ya lo habíamos hablado pero seguirás a cargo de V
Soren me tenía acorralada contra la piedra, con los dedos en mi mandíbula y su respiración golpeándome la cara, no le respondí enseguida. El veneno de Selene todavía me zumbaba en los oídos: «Te reclama por tu linaje... fuiste el desecho de otro hombre antes de ser su reina».Soren lo vio en mis ojos. Apretó los dientes con tanta rabia que un gruñido sordo le vibró en el pecho.—Mírame, Freya —me exigió, pegando su frente a la mía—. Mírame bien y sácate esa mierda de la cabeza. Caspian era un cobarde que buscaba un vientre noble para sostener su orgullo. Yo soy un Rey Lycan. ¿De verdad crees que me importa un carajo si tu sangre es de sirvienta, de loba común o de humana?Me pasó la mano por el cuello, apretándome con posesividad, bajando las manos hasta apoyarlas sobre mi pecho, justo donde el corazón me latía desbocado.—La noche que te recogí de la nieve te vi desnuda, sangrando y rota —siguió, con la voz rota de furia pura—. No sabía quién eras, ni de dónde venías ni qué linaje es







