LOGINAbrí los ojos de golpe y me incorporé en la cama, aunque una punzada aguda me atravesó la espalda y las costillas, obligándome a soltar un gemido. Estaba en una habitación enorme y silenciosa. No me detuve a mirar los detalles; solo noté la madera oscura de los muebles, el ventanal de techo a piso que daba hacia un bosque tupido y la cama enorme sobre la que estaba acostada. Era un lujo que jamás había visto en Colmillo Gris, pero no me generó ningún alivio. Solo pánico.
Traté de bajar las piernas de la cama, pero el cuerpo me pesaba como si estuviera hecho de plomo. La transformación no me había dejado solo cansada; me dolía cada articulación, como si los huesos hubieran sido fracturados y vueltos a armar a la fuerza. Y era verdad. Mi loba no había salido con naturalidad; había roto un sello que, según me había dicho ella misma en la mente al despertar, la había mantenido dormida y sin esencia durante años.
Salió impulsada por el rechazo de Caspian y la furia contenida. Recordar la forma en que mi piel se había rajado y cómo mi mente humana se había ahogado en esa furia salvaje me provocó náuseas.
Repentinamente, la puerta de la habitación se abrió.
Me pegué de espaldas al respaldo de la cama, sujetando las sábanas contra mi pecho, lista para pelear con lo poco que me quedaba de fuerza.
Soren entró primero. Había cambiado su ropa de combate por una túnica oscura y un pantalón sencillo, pero su presencia seguía siendo igual de aplastante. Detrás de él venían dos hombres más: uno maduro, cargando un maletín de cuero, y otro más joven, alto, de mirada fría y postura rígida.
Los ojos de Soren se fijaron en los míos al instante. La tensión en la habitación se volvió sofocante.
—No te muevas —dijo él, dando un paso hacia la cama—. El médico necesita revisarte.
—Que no se me acerque —respondí con la voz rasposa, apretando los dientes. Miré al hombre del maletín y luego al joven que lo acompañaba—. Que nadie se acerque.
El hombre de mirada fría me observó con una mezcla de desconfianza y evaluación. Era el Beta de la manada, la mano derecha del Rey, aunque yo no sabía su nombre. Se mantenía a una distancia prudente, pero su postura me decía que estaba listo para neutralizarme si intentaba algo.
Soren alzó una mano en dirección al Beta para mantenerlo al margen y miró al médico.
—Haz tu trabajo, Marcus. Rápido.
El médico asintió con cautela. Se aproximó despacio, pidiéndome permiso con las manos levantadas antes de tocarme. Aunque quise apartarme, el agotamiento físico no me dejó pelear. Me tomó la muñeca para tomar el pulso, me examinó los ojos y revisó las marcas de garras y los moretones que cubrían mis brazos y cuello.
A medida que pasaban los segundos, la expresión del médico cambió de la preocupación al asombro absoluto. Miró a Soren y luego al Beta, negando levemente con la cabeza.
—Es imposible... —murmuró Marcus, apartando las manos.
—¿Qué pasa? —preguntó el Beta con voz dura, dando un paso al frente—. Habla claro, Marcus.
—Señor... la energía que recorre su cuerpo no es la de una loba común. Sus heridas están sanando a una velocidad anormal, y la densidad de su esencia no deja lugar a dudas —el médico miró a Soren directamente a los ojos—. Esta joven no es una loba ordinaria. Es una Lycan de sangre pura. Su linaje es tan antiguo y fuerte como el de la casa real.
El silencio que siguió a esas palabras fue pesado.
El Beta entrecerró los ojos, clavando su mirada en mí con un desconcierto evidente.
—Eso no tiene ningún sentido —intervino el Beta, cruzándose de brazos—. Los rastreadores de la frontera confirmaron de qué manada venía antes de colapsar. Estaba en el territorio de Colmillo Gris. Según sus registros, era una paria, una huérfana inútil que ni siquiera había podido despertar a su espíritu animal. ¿Cómo una chica supuestamente sin lobo termina siendo una Lycan de sangre pura?
—Los análisis no mienten, Darius —respondió el médico con firmeza—. No sé qué le hicieron o cómo mantuvieron reprimido su poder, pero su sangre es incontestable.
Darius. Ese era el nombre del Beta. Se me quedó mirando con sospecha, como si estuviera tratando de resolver un rompecabezas cuyas piezas no encajaban.
—Es suficiente, Marcus —ordenó Soren, interrumpiendo la discusión—. Déjanos a solas.
El médico recogió sus cosas rápidamente y salió de la habitación. Darius dudó por un segundo, mirando a Soren como si quisiera protestar o exigir más respuestas, pero ante la mirada dominante de su Alfa, solo me dio una última revisión con la vista y salió cerrando la puerta tras de sí.
Nos quedamos solos.
Soren se acercó a la orilla de la cama. La forma en que me miraba había cambiado; ya no solo había protección en sus ojos, sino una curiosidad intensa y una posesividad difícil de ignorar. Se sentó en el borde del colchón y, aunque instintivamente me eché hacia atrás, él no intentó tocarme.
—Darius tiene razón en algo —dijo con esa voz grave que parecía retumbar en las paredes—. La gente de Colmillo Gris te daba por muerta en vida. Decían que no tenías lobo, que eras una carga inútil. Y sin embargo, anoche destruiste parte del bosque fronterizo con una fuerza que solo poseemos los de nuestra especie.
Me quedé callada, apretando las sábanas entre mis dedos. No le debía explicaciones a él ni a nadie.
—¿Cómo es posible, Freya? —preguntó, usando mi nombre por primera vez. Su tono no era acusatorio, pero sí firme, exigiendo la verdad—. ¿Cómo terminaste en una manada de mediocres si llevas la sangre de un verdadero Lycan? ¿Y qué te hicieron para que tu loba despertara de una forma tan violenta?
Tragué saliva, sintiendo que la garganta me ardía. Recordar las caras de Caspian, de la manada burlándose de mí y el dolor de los huesos partiéndose dentro de mi cuerpo hizo que una rabia helada me recorriera la piel.
Alcé la cabeza y sostuve la mirada de Soren sin bajar los ojos.
—Ellos no me hicieron despertar —dije con rabia contenida—El Alfa de esa manada, mi supuesto mate, me rechazó por no tener lobo y por no ser lo suficientemente buena para él Ese rechazo, sumado a la humillación y las burlas que soporté durante años, hizo que el sello que mi loba tenía guardado se rompiera con fuerza. Ni siquiera yo misma entiendo lo que soy en este momento.
Soren me sostuvo la mirada en absoluto silencio. La tensión entre los dos se volvió casi palpable. Lentamente, estiró una mano y, esta vez sin darme tiempo a retroceder, sus dedos acariciaron la línea de mi mandíbula con una firmeza magnética que me cortó la respiración.
—No importa qué o quién seas, Freya —murmuró con una frialdad peligrosa que me erizó la piel—. Ahora estás en mi territorio. Y si ese Alfa vuelve a poner un pie cerca de ti, no solo le haré pagar por lo que te hizo... voy a extinguir a su manada entera de la faz de la tierra.
Permanecimos en silencio sobre la cama durante mucho tiempo. La pesadez del aire en la habitación parecía disiparse poco a poco, sustituida por el calor de nuestras respiraciones. Tenía la cara apoyada contra el pecho de Soren, sintiendo el latido constante de su corazón bajo la piel. Los recuerdos verdaderos seguían asentándose en mi cabeza como piezas de un rompecabezas que por fin encajaban sin esfuerzo, pero con cada imagen que recuperaba, una punzada de culpa me atravesaba.Pensar en las semanas anteriores me producía un escalofrío amargo. Recordar cómo lo había mirado con asco, las amenazas con el trozo de cristal y el dolor frío que le había infligido mientras él se destruía en silencio en el pasillo para no sobrepasar mi límite.Soren me acariciaba la espalda con caricias lentas, con los dedos aún temblorosos por la resaca del celo. No había reclamo en su toque. Solo una contención absoluta, como si temiera que cualquier movimiento brusco me hiciera dudar otra vez.—No fue cul
El resto de la noche y las primeras luces del amanecer se me escaparon en un estado de un estado de angustia insoportable . El bebé dormía a ratos en mi regazo, ajeno a la tormenta que me quemaba por dentro, mientras yo caminaba por la habitación, no podía quedarme quieta. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Caspian en aquella estancia con esa loba lejana regresaba a mi mente con una fuerza despiadada. Veía la frialdad en los ojos de Caspian, la soltura con la que permanecía al lado de esa loba de linaje antiguo y la punzada de desprecio que me atravesaba el vientre. Aquella corazonada no se disipaba; se asentaba en mi cabeza como una piedra pesada, agrietando cada una de las certezas que me habían sostenido durante semanas.Me llevaba la mano libre al pecho, tratando de calmar la respiración. La idea de Caspian como el hombre dispuesto a mover cielo y tierra para sacarme de este encierro comenzaba a sentirse falsa, como un libreto mal aprendido que mi propia naturaleza rechaz
Las primeras horas de la cuenta regresiva avanzaron con lentitud. Mantuve la espalda pegada a la pared, con el trozo de cristal aún en mi mano derecha y el bebé descansando sobre mis piernas. Cada músculo de mi cuerpo protestaba por la falta de sueño, pero la sola idea de cerrar los ojos y dejar la puerta desprotegida me producía un pánico tremendo. Tenía los dedos entumecidos por la fuerza con la que apretaba el trapo enrollado al vidrio, ajustando el agarre cada vez que sentía que las pestañas me pesaban más de la cuenta. El bebé respiraba con un ritmo suave contra mi vientre, ajeno por completo al cerco que se cerraba sobre nosotros afuera.Al caer la noche, el ambiente dentro de la habitación comenzó a cambiar. Un calor denso y espeso empezó a filtrarse desde el pasillo exterior. Venía acompañado por un olor concentrado: pino húmedo y tierra mojada, cargado de un rastro áspero que se me metía directo en la garganta.Soren había entrado en un estado de celo leve. La presión extrema
Al cumplirse un mes y medio desde el nacimiento de mi hijo, el ambiente dentro del subsuelo se volvió irrespirable. Una migraña constante se instaló en la base de mi nuca, un dolor sordo y punzante que iba y venía en oleadas. Por momentos, cuando la cabeza me retumbaba, aparecían ráfagas de memoria completamente ajenas a la realidad que vivía: la sensación de la mano de Soren sobre mi cintura, el olor a bosque mojado y pino de su cuello, o su voz hablándome con una ternura que me revolvía el estómago.Sacudía la cabeza con rabia cada vez que esos destellos cruzaban mi mente. Me repetía a mí misma que eran las secuelas del encierro, el agotamiento físico o alguna manipulación que estaban intentando filtrar desde afuera para debilitar mi resistencia.Esa tarde, el silencio habitual del pasillo se rompió. No era el ruido suave de los pasos de Maeve trayendo la comida. Eran voces alteradas, discusiones firmes que subían de tono a pocos metros de donde yo estaba.Me puse de pie despacio, as
Las primeras tres semanas tras el parto se transformaron en un ciclo continuo de cansancio y alerta. Mi mundo se redujo por completo al espacio de la habitación del subsuelo. No salí ni una sola vez al pasillo. El instinto de protección hacia mi hijo absorbía cada gota de mi energía; lo amamantaba, lo cambiaba y lo mantenía pegado a mí las veinticuatro horas del día, durmiendo apenas a intervalos cortos para estar atenta a cualquier movimiento.El niño crecía a un ritmo rápido, con la fuerza evidente del linaje puro. Su presencia era lo único que me mantenía en pie en medio de la penumbra.Maeve era la única persona a la que le permitía cruzar el umbral. Entraba dos veces al día para dejar comida, agua limpia y revisar al bebé. Me mantenía alejada, parada al fondo del cuarto con la mano cerca del cuchillo que guardaba entre las cobijas. Maeve intentaba hablarme, me pedía que descansara o que dejara que Soren viera al niño aunque fuera un minuto, pero sus palabras solo me sonaban a dist
Desde la camilla, escuchaba el impacto de los disparos contra el marco de hierro de la puerta principal de las celdas. Soren y Darius defendían la bajada de la escalera a corta distancia, impidiendo que el grupo de mercenarios entrara al pasillo inferior.Maeve estaba inclinada entre mis piernas, sujetando las compresas y guiando cada una de mis exhalaciones.—Falta muy poco, Freya —dijo Maeve en voz baja—. Ya estás dilatada por completo. En la próxima contracción vas a pujar con todo lo que tengas.Un grito de dolor se me escapó de la garganta cuando una contracción me apretó el vientre de nuevo. Hice la fuerza que Maeve me pedía, sintiendo una presión brutal.Todo mi cuerpo estaba concentrado en el nacimiento, agotado hasta el límite. En ese pico de esfuerzo, una pesadez helada me envolvió la cabeza por completo. No entendía qué pasaba, solo sentí una niebla espesa infiltrándose detrás de mis ojos, un tirón violento que empezó a borrar y alterar mis recuerdos a toda velocidad.En mi







