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Capítulo 5: El medallón y la sombra

ผู้เขียน: Sofia Lodeiro
last update วันที่เผยแพร่: 2026-08-12 03:40:27

Soren se pegó tanto que sentí el latido de su corazón chocando contra el mío. Durante tres segundos no hubo aire en el cuarto, solo la certeza de que ambos estábamos cayendo en el mismo abismo.

Soren se separó de golpe, dio la vuelta y salió cerrando la puerta de un portazo, dejándome a solas con el eco de mi propia respiración acelerada.

El aire en la habitación todavía quemaba tras la partida de Soren. Me quedé de pie en el centro del cuarto, sintiendo cómo el eco de sus palabras me retumbaba en el pecho. Tragué saliva intentando calmar el temblor de mis manos y me acerqué al ventanal para respirar aire fresco.

Un golpe seco contra el cristal del balcón me hizo dar un salto atrás.

Una figura alta apareció desde la nieve fuera del balcón. No llevaba las insignias de los Lycan; vestía una capa oscura que le tapaba la cabeza. Levantó la mano y golpeó tres veces el cristal con los nudillos, marcando un símbolo en el vidrio.

Una luna rota. El mismo grabado que llevo marcado a fuego en la piel desde que tengo memoria.

El aire se me congeló en los pulmones. La sombra metió la mano entre sus telas, dejó un objeto de metal sobre el alféizar y saltó hacia la oscuridad del bosque, perdiéndose entre los árboles sin hacer un solo ruido.

Con el pulso acelerado, abrí el ventanal apenas unos centímetros. La ráfaga de viento helado me dio de lleno en la cara. Agarré el objeto: era un medallón de plata vieja, pesado, gastado por los bordes. Le pasé el pulgar por la escarcha y me quedé sin aliento.

Quienquiera que me hubiera puesto esa marca de niña no lo hizo para ahogarme; lo hizo para esconder mi sangre.

Apreté el medallón en el puño hasta que los bordes me cortaron la piel. No me iba a quedar en esa habitación esperando a que trajeran respuestas. Guardé el metal en mi bolsillo y salí al pasillo.

La mansión estaba en penumbras y en relativo silencio; la mayoría de los guardias parecía haber bajado por la amenaza en la frontera. Avancé despacio, pegada a la pared de madera, intentando orientarme en la inmensidad de la casa mientras las piernas todavía me temblaban por el agotamiento.

Al doblar en un corredor ancho, me topé de frente con alguien.

El impacto me hizo dar dos pasos atrás. Alcé la cara lista para pelear, pero el tipo que tenía enfrente no era un soldado común. Tenía el pelo oscuro y los rasgos duros de Darius, pero sus ojos grises no traían asco.

Se llevó la mano al cinto por instinto y me midió de arriba abajo.

—Tú eres la chica de la frontera —dijo.

—Eres hermano de Darius verdad? —contesté, dando un paso atrás—. Apártate. No busco problemas.

Él asintió sin dejar de mirarme fijamente. La rigidez de sus hombros bajó un poco. Me miró la cara con un desconcierto raro, como si mi presencia le estuviera desarmando los pensamientos. No había atracción en su mirada; era algo distinto, una necesidad instintiva de proteger que ni él mismo entendía.

—Tus manos están sangrando —dijo Bastian, dando un paso cauteloso—. ¿Qué haces caminando sola por acá?

—No voy a quedarme encerrada en cuatro paredes como si fuera una invitada de adorno —respondí con la voz dura.

Bastian entrecerró los ojos y se pasó una mano por la nuca, frustrado consigo mismo.

—Caspian vino a reclamarte a la frontera —murmuró—. Dice que eres una traidora.

—Caspian es un mentiroso de mierda—espeté, sintiendo la rabia arder en la garganta—. Me rechazó frente a trescientos lobos, me humilló y me tiró al barro. Ahora vuelve porque se enteró de lo que soy.

Bastian me escuchó en silencio. Se le apretó la mandíbula y dio un paso más, pero no para cortarme el paso, sino para interponerse entre las escaleras y yo, ocultándome de la vista del vestíbulo.

—No sé qué demonios tienes —murmuró entre dientes, molesto por su propia reacción—. Pero si Darius te ve deambulando, te va a mandar a los calabozos de la planta baja. Si quieres evitarte un problema, regresa a tu cuarto antes de que vuelva Soren.

—Sé cuidarme sola —dije.

Antes de que me respondiera, un portazo violento retumbó en la planta baja de la mansión. Pasos sobre el mármol y voces alteradas cortaron el aire.

Soren había vuelto.

Escuché su voz subir por las escaleras, tan grave que hacía vibrar la madera de las paredes. Bastian me echó una última mirada confusa y desapareció por el pasillo lateral sin decir más.

Soren dobló la esquina un segundo después. Venía con la túnica marcada por la nieve y el barro, traía las manos limpias pero los ojos encendidos en un dorado salvaje. En cuanto me vio parada a mitad del corredor, se detuvo.

— Bastian vete, ahora!! — Dijo Soren sin dejar de mirarme mientras Bastian obedecia sin dudar y se iba dejándonos solos en el pasillo.

Soren cortó la distancia entre los dos a pasos largos, envolviéndome en su cuerpo   . Olía a humo, a hierro y a ese pino denso que me sofocaba.

—Te dije que esperaras en tu cuarto —dijo, parándose tan cerca que sentí el calor que desprendía su cuerpo.

—No sigo órdenes tuyas —sostuve su mirada, aunque el pulso me retumbara en las orejas.

Soren dio un paso más y me agarró de la cintura con un tirón seco, pegándome a su pecho con una fuerza que me sacó el aire. Su mano se clavó en mi cadera y la otra subió directo a mi nuca, enredándose en mi pelo para obligarme a mirar su boca.

—Caspian exigió tu cabeza en la frontera —murmuró, inclinándose hasta que sus labios me rozaron la piel debajo del oído—. Dijo que le perte     necías por ley sureña.

—Yo no soy de nadie —susurré, apretando los puños contra sus hombros para no ceder a la descarga eléctrica que me recorrió la espina.

—Le contesté que si quería tocarte, tenía que destriparme a mí primero —su aliento caliente me quemó la boca, a un milímetro de rozar mis labios—. Y después le mostré la cabeza de su primer capitán en una pica para que entienda que la próxima es la suya.

Se me cortó la respiración. La violencia en su voz no me dio miedo; me dio un vuelco salvaje en el estómago que mi loba festejó en silencio.

—Estás demente —dije, tratando de empujarlo, pero Soren se pegó aún más, apretando su cadera contra la mía hasta dejarme sin margen de movimiento.

—Estoy marcando el suelo, Freya —dijo, y su voz bajó a un susurro oscuro que me retumbó directo en las entrañas—. Él te hizo arrodillar en su salón. Yo voy a hacer que esa manada entera se arrastre para pedirte perdón.

Nos quedamos mirándonos a los ojos, con las bocas a milímetros, respirando el mismo aire caliente en medio del pasillo. La tensión entre los dos era una química reprimida tan peligrosa que amenazaba con destruirlo todo.

—No quiero tu venganza —logré articular, aunque las manos me temblaran sobre su cuerpo.

Soren apretó los dedos en mi nuca, inclinando la cara un milímetro más.

—No es una oferta —susurró contra mis labios—. Es lo que le pasa a cualquiera que intente quitarme lo que es mío. Y tú eres mía aunque me odies con cada aliento que te queda.

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