LOGINEl eco del portazo en la planta baja retumbó en las paredes de madera. Pasos pesados, botas tácticas contra el piso de mármol y el sonido de las radios de los guardias llenaron la entrada de la mansión.
Bastian reaccionó al instante. Me tomó del antebrazo y me movió hacia el hueco debajo de la escalera del piso superior, sacándome de la vista directa del vestíbulo. No me apretó con fuerza, pero su cuerpo se interpuso entre la balaustrada y yo.
—Quédate ahí —murmuró en voz baja, sin quitar la vista de la planta baja.
—No me voy a esconder —dije intentando dar un paso al frente.
—No seas terca —contestó él sin volverse—. Vienen armados. Si te ven así, no van a preguntar antes de apuntarte.
Alcé la cabeza por encima de su hombro para mirar hacia abajo. Soren acababa de cruzar la puerta principal. Traía la chaqueta de cuero manchada de nieve helada y la cara seria. Detrás de él venía Darius, con la radio en la mano y la mandíbula apretada. Los acompañaban cuatro guardias que se desplegaron de inmediato por los laterales de la entrada.
—Aseguren el perímetro exterior —ordenó Soren. Su voz hizo vibrar los ventanales del primer piso—. Nadie entra a este territorio sin mi autorización directa. Si ven un solo rastreador de Colmillo Gris a menos de un kilómetro de la línea, tiren a matar.
—Entendido, Alfa —respondió uno de los guardias antes de salir a toda prisa.
Darius guardó la radio en el chaleco y miró a Soren de frente.
—¿Qué fue lo que pasó en el límite? —preguntó el Beta—. ¿Caspian cedió?
Soren dejó escapar una risa seca. Se quitó los guantes de combate y los tiró sobre la mesa del recibidor.
—Llegó con diez hombres armados a la línea fronteriza —dijo Soren—. Pretendía cruzar para "recuperar lo que es suyo". Tuve que mandar al suelo a dos de sus rastreadores para que entendiera en dónde estaba parado.
—¿Amenazó con una guerra? —intervino Darius.
—Amenazó con ir al Consejo de Alfas —contestó Soren, dando un paso hacia la escalera principal—. Dice que Freya no solo es una fugitiva, sino que se robó documentos de la manada antes de huir. Asegura que cometió traición contra Colmillo Gris.
Escuchar semejante mentira me revolvió el estómago. Sentí un chispazo de rabia subirme por el cuello. Apreté el medallón que llevaba escondido en el bolsillo y me solté del agarre de Bastian. No iba a dejar que ese infeliz siguiera inventando historias para salvarse.
—Es un mentiroso —dije en voz alta, saliendo del hueco de la escalera y apoyando las manos en la baranda.
Las miradas de la planta baja subieron de golpe hacia el corredor. Los guardias llevaron las manos a las armas. Darius entrecerró los ojos y dio un paso al frente, tenso.
Soren se detuvo en el primer escalón. Al verme de pie en el pasillo, con la ropa desordenada y la cara pálida por el cansancio, la dureza de sus ojos cambió un segundo.
—Se suponía que estabas bajo llave —dijo Darius, mirando de reojo a su hermano menor—. Bastian, ¿qué hace ella fuera de la habitación?
Bastian dio un paso a mi lado, poniéndose a la altura de la baranda.
—Salió sola —respondió Bastian con voz seca—. Forzó la cerradura de la habitación. La encontré aquí arriba antes de que ustedes entraran.
—Deberías haberla llevado a los calabozos —espetó Darius—. No sabemos qué busca esta chica.
—No me tocó porque no tiene razones para hacerlo —intervine antes de que Bastian hablara, mirando a Darius a los ojos—. Y tú tampoco las tienes. No me robé nada de Colmillo Gris. Caspian está inventando eso.
Soren subió los escalones de tres en tres hasta quedar en el descanso del corredor, a solo un metro de mí. El olor a pino, nieve y sangre fresca que traía encima inundó el espacio. Me miró fijamente, escaneándome las manos, el cuello y las marcas de las heridas que empezaban a cerrarse en mi piel.
—¿No te llevaste nada? —preguntó Soren. Su tono no era acusatorio; era analítico, helado.
—Nada —sostuve su mirada sin pestañear—. Vivía en un cobertizo en el límite del pueblo. No tenía nada que valiera la pena llevarme. Lo único que me traje de esa manada fue el desprecio de todos.
Darius llegó al descanso justo detrás de Soren, cruzándose de brazos.
—Caspian no movilizaría a sus hombres hasta la frontera de las Sombras solo por despecho —insistió el Beta—. Algo hay. No podemos confiar en la palabra de una extraña que apareció convertida en Lycan de la noche a la mañana.
—Darius, basta —dijo Bastian desde mi derecha.
Darius se giró hacia su hermano con el ceño fruncido, sorprendido por el tono.
—¿Qué dijiste? —preguntó el Beta.
—Que la escuches —replicó Bastian, dando un paso firme hacia adelante—. Tuve a esta chica enfrente durante cinco minutos. Si fuera una espía o una traidora enviada por Colmillo Gris, no estaría sangrando ni temblando de cansancio.
Aproveché el silencio para dar un paso al frente y sostenerle la mirada a Darius.
—Caspian me rechazó frente a toda la manada creyendo que era una simple loba sin poder, una inútil que no podía transformarse —dije con la voz firme—. Sus rastreadores tuvieron que haberme visto en el bosque cuando rompí el sello y me transformé. Caspian sabe perfectamente lo que pasó.
Soren se me quedó viendo en absoluto silencio, procesando cada palabra sin interrumpirme.
—Él teme que los ancianos de su manada descubran la verdad —continué—. Teme que se enteren de que no solo rechazó a su pareja destinada, sino que esa pareja pertenece a un linaje Lycan antiguo. Si el Consejo de Colmillo Gris descubre que regaló a una loba de sangre pura por pura arrogancia, lo van a destituir como Alfa. Está tratando de encubrir ese error gigantesco diciendo que soy una criminal para reclamarme por la fuerza y taparlo todo.
Darius miró a Soren y luego volvió los ojos hacia mí, frunciendo el ceño.
—Sigue siendo la palabra de una desconocida contra la de un Alfa vecino —dijo el Beta, aunque su tono ya no sonaba tan tajante.
—Caspian está desesperado, Darius —añadió Bastian, mirando a su hermano—. Lo que dice ella tiene todo el sentido.
Darius miró a Bastian con sorpresa. Era claro que no esperaba que su hermano menor cuestionara el asunto de esa forma.
—Basta los dos —sentenció Soren. La voz del Alfa resonó en el pasillo, cortando la discusión de golpe.
Soren dio un paso más hacia mí. Estiró la mano hacia mi rostro y, aunque amagué con hacerme hacia atrás, sus dedos solo se detuvieron a milímetros de mi piel para limpiar una mancha de sangre seca cerca de mi oreja.
—Caspian no va a tocar este territorio —dijo Soren mirándome a los ojos—. Y no voy a entregarle nada a ese mediocre, mucho menos a mi mate.
—¿Qué vas a hacer con ella entonces? —preguntó Darius desde atrás.
—Se va a quedar en el ala principal de la casa —decretó Soren sin dejar de mirarme—. Bajo mi cuidado directo. Si Colmillo Gris quiere cruzar la frontera para buscarla, van a tener que pelear contra toda nuestra guardia.
Darius apretó los dientes, pero no dijo nada más. Dio media vuelta y bajó las escaleras a pasos pesados. Bastian me dio una última mirada, confundido aún por sus propios instintos, antes de seguir a su hermano hacia el vestíbulo.
Nos quedamos solos en el corredor, Soren me dio una última mirada, se dio media vuelta y caminó hacia su despacho.
Me quedé sola en la penumbra del pasillo. Saqué el colgante del bolsillo y la luz tenue del techo hizo brillar el grabado de plata. Con las manos temblorosas, pasé la cadena sobre mi cabeza y dejé que el medallón descansara contra mi pecho, oculto bajo la ropa.
De pronto, la luz del pasillo parpadeó y se apagó de golpe.
Un segundo después, los reflectores Rojos de emergencia inundaron el corredor y el aullido ensordecedor de las sirenas de la mansión retumbó en las paredes, haciendo temblar los cristales.
Tres disparos secos y el estruendo de una explosión lejana resonaron en el jardín trasero.
Alguien había atravesado el perímetro.
El resto de la noche y las primeras luces del amanecer se me escaparon en un estado de un estado de angustia insoportable . El bebé dormía a ratos en mi regazo, ajeno a la tormenta que me quemaba por dentro, mientras yo caminaba por la habitación, no podía quedarme quieta. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Caspian en aquella estancia con esa loba lejana regresaba a mi mente con una fuerza despiadada. Veía la frialdad en los ojos de Caspian, la soltura con la que permanecía al lado de esa loba de linaje antiguo y la punzada de desprecio que me atravesaba el vientre. Aquella corazonada no se disipaba; se asentaba en mi cabeza como una piedra pesada, agrietando cada una de las certezas que me habían sostenido durante semanas.Me llevaba la mano libre al pecho, tratando de calmar la respiración. La idea de Caspian como el hombre dispuesto a mover cielo y tierra para sacarme de este encierro comenzaba a sentirse falsa, como un libreto mal aprendido que mi propia naturaleza rechaz
Las primeras horas de la cuenta regresiva avanzaron con lentitud. Mantuve la espalda pegada a la pared, con el trozo de cristal aún en mi mano derecha y el bebé descansando sobre mis piernas. Cada músculo de mi cuerpo protestaba por la falta de sueño, pero la sola idea de cerrar los ojos y dejar la puerta desprotegida me producía un pánico tremendo. Tenía los dedos entumecidos por la fuerza con la que apretaba el trapo enrollado al vidrio, ajustando el agarre cada vez que sentía que las pestañas me pesaban más de la cuenta. El bebé respiraba con un ritmo suave contra mi vientre, ajeno por completo al cerco que se cerraba sobre nosotros afuera.Al caer la noche, el ambiente dentro de la habitación comenzó a cambiar. Un calor denso y espeso empezó a filtrarse desde el pasillo exterior. Venía acompañado por un olor concentrado: pino húmedo y tierra mojada, cargado de un rastro áspero que se me metía directo en la garganta.Soren había entrado en un estado de celo leve. La presión extrema
Al cumplirse un mes y medio desde el nacimiento de mi hijo, el ambiente dentro del subsuelo se volvió irrespirable. Una migraña constante se instaló en la base de mi nuca, un dolor sordo y punzante que iba y venía en oleadas. Por momentos, cuando la cabeza me retumbaba, aparecían ráfagas de memoria completamente ajenas a la realidad que vivía: la sensación de la mano de Soren sobre mi cintura, el olor a bosque mojado y pino de su cuello, o su voz hablándome con una ternura que me revolvía el estómago.Sacudía la cabeza con rabia cada vez que esos destellos cruzaban mi mente. Me repetía a mí misma que eran las secuelas del encierro, el agotamiento físico o alguna manipulación que estaban intentando filtrar desde afuera para debilitar mi resistencia.Esa tarde, el silencio habitual del pasillo se rompió. No era el ruido suave de los pasos de Maeve trayendo la comida. Eran voces alteradas, discusiones firmes que subían de tono a pocos metros de donde yo estaba.Me puse de pie despacio, as
Las primeras tres semanas tras el parto se transformaron en un ciclo continuo de cansancio y alerta. Mi mundo se redujo por completo al espacio de la habitación del subsuelo. No salí ni una sola vez al pasillo. El instinto de protección hacia mi hijo absorbía cada gota de mi energía; lo amamantaba, lo cambiaba y lo mantenía pegado a mí las veinticuatro horas del día, durmiendo apenas a intervalos cortos para estar atenta a cualquier movimiento.El niño crecía a un ritmo rápido, con la fuerza evidente del linaje puro. Su presencia era lo único que me mantenía en pie en medio de la penumbra.Maeve era la única persona a la que le permitía cruzar el umbral. Entraba dos veces al día para dejar comida, agua limpia y revisar al bebé. Me mantenía alejada, parada al fondo del cuarto con la mano cerca del cuchillo que guardaba entre las cobijas. Maeve intentaba hablarme, me pedía que descansara o que dejara que Soren viera al niño aunque fuera un minuto, pero sus palabras solo me sonaban a dist
Desde la camilla, escuchaba el impacto de los disparos contra el marco de hierro de la puerta principal de las celdas. Soren y Darius defendían la bajada de la escalera a corta distancia, impidiendo que el grupo de mercenarios entrara al pasillo inferior.Maeve estaba inclinada entre mis piernas, sujetando las compresas y guiando cada una de mis exhalaciones.—Falta muy poco, Freya —dijo Maeve en voz baja—. Ya estás dilatada por completo. En la próxima contracción vas a pujar con todo lo que tengas.Un grito de dolor se me escapó de la garganta cuando una contracción me apretó el vientre de nuevo. Hice la fuerza que Maeve me pedía, sintiendo una presión brutal.Todo mi cuerpo estaba concentrado en el nacimiento, agotado hasta el límite. En ese pico de esfuerzo, una pesadez helada me envolvió la cabeza por completo. No entendía qué pasaba, solo sentí una niebla espesa infiltrándose detrás de mis ojos, un tirón violento que empezó a borrar y alterar mis recuerdos a toda velocidad.En mi
Tres semanas después, la mansión funcionaba bajo un régimen de confinamiento estricto. La cuarta semana del ciclo final de gestación trajo una pesadez constante en mi cuerpo. El vientre abultado y firme me impedía moverme con la agilidad de antes, y cada paso requería un esfuerzo consciente para mantener el equilibrio.Soren, Darius y Fausto habían trasladado la consola de mando operativa al subsuelo dos días atrás. Las ventanas del primer piso del edificio principal fueron blindadas con planchas de acero, y las patrullas del perímetro exterior se replegaron a los muros internos del patio.A las ocho de la mañana, la alarma de frecuencia corta de la consola inferior comenzó a emitir un tono intermitente.Fausto se colocó los auriculares, ajustó dos perillas del panel frontal y miró la pantalla táctil donde se desplegaban los sectores de la propiedad.—Rompieron la línea del arroyo —informó Fausto sin levantar la vista—. Los mercenarios del Valle del Norte están cruzando el cerco este c







