เข้าสู่ระบบSoren se quedó paralizado, con la vista clavada en la marca reciente que aún sangraba débilmente en mi cuello. Tenía los ojos desorbitados, la respiración entrecortada y los labios resecos. La culpa lo golpeó con fuerza y no fue capaz de sostener mi mirada más de dos segundos. Apretó la mandíbula hasta que los tendones del cuello se le tensaron al límite, cerró los ojos y, antes de que pudiera decir una palabra, su cuerpo cedió de golpe, vencido por el agotamiento físico, la purga de la sangre y el colapso emocional de haber recuperado la razón.—El shock al salir de la fiebre lo desconectó —dijo Maeve con voz baja y urgente, entrando a la habitación sin mirar el caos de la cama—. Hay que curar esas marcas antes de que la piel se infecte y revisar cómo quedó el sis
La niebla del veneno quemaba el cuerpo de Soren a un ritmo acelerado, desprendiendo un calor enfermizo que hacía que las cobijas se sintieran como hierro candente. Soren yacía a mi lado con la cabeza hundida en el hueco de mi cuello, atrapandome el torso con un abrazo fuerte sin aflojar su agarre. El pulso agitado de su corazón sonaba cada vez más débil, interrumpido por espasmos irregulares que le hacían estremecer la espalda.Aproveché el breve lapso de quietud. Su lobo, agotado por horas de desenfreno y consumido por la fiebre de la raíz de sombra, parecía haber caído finalmente en un letargo profundo.Sostuve el aire en mis pulmones. Con un esfuerzo sobrehumano, deslicé los dedos entre su brazo y mi cintura, conteniendo el gemido de dolor cuando la piel irritada de mi cadera roz&oa
La madera de la puerta no solo crujió por los golpes, sino por la vibración del peso de Fausto apoyado del otro lado. Esta vez no había explicaciones ni súplicas de Maeve; la guardia había dejado de lado las advertencias médicas para pasar a la acción.—¡Soren, se acabó el tiempo! —la voz de Fausto retumbó con la frialdad dura de un comandante de frontera—. Los guardias del perímetro reportan movimiento en la línea este. La loba está usando la barrera como distracción mientras tú estás encerrado. Si no abres la puerta en diez segundos, Bastian y yo vamos a derribarla con la ayuda de los guardias.En la cama, Soren ni siquiera parpadeó. Su cuerpo desnudo se tensó sobre el mío con una rigidez felina y letal. Un rugido sordo, desgarrador nació desde lo más profundo de su tórax, un sonido tan brutal que hizo temblar el polvo del techo.
Traté de mover la pierna izquierda, pero el peso de la pierna de Soren sobre mi cadera me lo impidió. Estaba aplastada contra las sábanas revueltas, con la piel irritada por el roce constante y el cuello latiendo con una punzada caliente en el punto exacto donde sus colmillos habían vuelto a renovar mi marca.Giré la cabeza con lentitud para mirarlo. La toxina la parecer no se estaba consumiendo en su sangre; estaba alimentándose de su propia energía, quemándolo por dentro mientras mantenía su mente atrapada en esa fijación irracional.En la garganta me quemaba la sed. Necesitaba agua. Necesitaba ponerme de pie aunque fueran dos minutos, pisar la madera fría del suelo y asegurarme de que mis piernas todavía me sostenían.Con un cuidado extremo, apoyé las manos sobre el colchón. Deslicé las caderas un centímetro haci
Tras la huida de la loba en el claro, el pinar sur del Valle Gris se había transformado en un terreno minado de sombras y tensión reprimida. A mi lado, Soren avanzaba con pasos largos y decididos, con la mandíbula apretada y una rigidez mortal en los hombros que delataba la tormenta de furia que rugía bajo su piel.Fausto se mantenía unos metros a la derecha, rastreando la maleza con la linterna y la daga desenvainada, mientras que Bastian cubría el flanco opuesto. Nadie hablaba. La humillación de haber dejado escapar a la intrusa flotaba en el aire.—Se fue por la vaguada del río —murmuró Fausto, deteniéndose junto a un matorral aplastado—. El humo denso que usó para cegarnos anuló los rastros olfativos en un radio de cincuenta metros, pero el peso de sus pisadas indica que huye hacia la frontera este.—No va a salir del valle —sentenció Soren. Su voz era un gruñido grave, una orden ejecutiva que no admitía réplicas—. Esta cacería termina esta noche. No voy a permitir que esa demente
Soren no esperó mi respuesta. Comenzó a vestirse con mucha rapidez en mitad de la penumbra, colocándose los pantalones y una chaqueta sin quitar la vista de la ventana. Su silueta transmitía una letalidad absoluta, la promesa helada de un rey que se disponía a ejecutar a un intruso sin dar espacio para el juicio o la palabra.Salí de la cama de un salto, ignorando el dolor punzante en mis muslos y el cansancio que aún pesaba en mi cuerpo tras el encuentro apasionado con Soren. Busqué mi ropa a ciegas sobre el sillón, colocándome el pantalón y poniéndome las botas con dedos apresurados.—No me voy a quedar aquí encerrada, Soren —sentencié con voz firme, encarándolo mientras me pasaba el suéter por la cabeza—. Yo fui la primera que sintió ese aroma en el porche de la mansión. Sé perfectamente cómo se siente esa presencia y no voy a esperar en una cama a que vuelvas con las manos manchadas de sangre sin saber quién nos está cazando.Soren se giró despacio. Sus ojos azules brillaban con u







