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Capítulo 2

Bagel
Blair caminaba detrás de él. Ambos cargaban bolsas de un supermercado carísimo. Llevaban sábanas nuevas, vajillas y velas aromáticas. Juro que parecían la típica pareja de recién casados a punto de hacer su primera cena.

Mi tía, Lucía, bajó al vestíbulo para recibirme. Al ver la escenita, frunció el ceño de inmediato. Me apresuré a intervenir antes de que ella pudiera decir algo.

—Zia, aquí está la entrega que envió mamma. Recuerda ordenar todo y decantar el vino con tiempo. Es una cosecha que no se puede desperdiciar.

No le dediqué a Ryder ni media mirada. Pero, por una vez en su vida, fue él quien rompió el silencio para darme una explicación que ni siquiera le había pedido.

—Olivia, no te vayas a hacer ideas en la cabeza —empezó, con ese tono condescendiente que conocía muy bien—. El antiguo apartamento de Blair tenía una seguridad de mierda, así que la ayudé a alquilar una suite en este edificio. Qué coincidencia que el penthouse que Zia usa cuando visita Star City esté justo aquí, ¿no? ¿Y por qué trajiste tantas cosas?

Le di la espalda para indicarles a dos de mis soldati que bajaran las cajas de madera del camión. Le respondí sin mirarlo, con un tono tan frío que hasta yo me desconocí:

—No tienes que rendirme cuentas ni justificarte. Son regalos de la familia. Como nadie en Lanze sabe cuándo regresaré de visita, enviaron un poco de todo.

Ryder soltó un suspiro. El alivio se le notó en la cara al comprobar que yo no pretendía armarle un drama. Como si valiera la pena ese imbécil.

—Me parece perfecto. Liv, tu ciudad natal no está tan lejos de aquí. Cada vez que quieras regresar de visita, solo avísame —me respondió.

El muy idiota seguía sin tener la más mínima sospecha de que yo iba a desaparecer de la ciudad en tres días, y la verdad, no tenía ninguna intención de sacarlo de su burbuja de ignorancia. Mi tía hizo el amago de intervenir, pero al notar cómo Ryder se había volteado a medias para escudar a Blair a sus espaldas, se quedó en su sitio. Los cuatro nos quedamos plantados en el vestíbulo, envueltos en una tensión tan densa que se podía cortar con cuchillo.

Al final, fue Blair quien rompió el hielo. Murmuró, con esa voz suave de mosquita muerta, que le dolían los brazos. Ryder saltó al instante, pidiéndole a mis dos soldati que esperaran su turno para usar el elevador. Su excusa fue que Blair llevaba peso y merecía subir primero. Le di un vistazo a las dos enormes bolsas de compras, llenas hasta el borde, y tuve que contenerme para no poner los ojos en blanco. Hice un ligero ademán con la mano para que mis guardias se hicieran a un lado.

La sorpresa en la mirada de Ryder no me afectó. Él no perdió tiempo y metió a Blair en el ascensor. Justo en el momento en que las puertas metálicas se cerraban, vi el rostro recatado y sonriente de esa perra. Y lo peor fue que vi el reflejo de mí misma años atrás.

Se me arrugó el corazón.

En aquel entonces, cuando mi tía se volvió a casar y se mudó, Ryder se había mostrado igual de atento conmigo. Corría de un lado a otro cargando mis cajas hacia su casa, con una sonrisa inmensa dibujada en la cara mientras juraba que le estaba dando la bienvenida a la reina de su hogar.

Mentiras, todo era una farsa.

Mi tía se paró a mi lado y dejó salir un largo suspiro.

—Olivia, ¿estás segura de que no quieres que hable con él? Se conocen de toda la vida. Sería una lástima que su relación se terminara por un estúpido malentendido.

Negué con la cabeza, apretando los labios.

—No hace falta —aclaré—. No hay ningún malentendido entre nosotros. Ryder jamás hace esperar algo que de verdad le importa. El hecho de que no sienta la necesidad de explicar las cosas es una explicación en sí misma.

En teoría, acomodar las pocas cosas que habían comprado les tomaría cinco minutos. Pero después de que subí todos los regalos, compartí una taza de té con mi tía y volví a bajar al vestíbulo para marcharme, el tipo seguía sin dar señales de vida.

Por respeto a los siete años que tiré a la basura a su lado, saqué el teléfono y le envié un mensaje para preguntarle a qué hora pensaba regresar a casa.

El texto apenas se había marcado como «Leído» cuando recibí una nota de voz. Pulsé el botón de reproducir y la voz empalagosa de Blair me aturdió.

—¡Olivia, Ryder me está ayudando con mi nueva cocina! Acaba de acomodar toda la vajilla y todavía tenemos mucho por desempacar. Tú vete tranquila, ¡no quiero retrasarte!

Estaba a punto de pedir un auto para largarme cuando recibí un segundo mensaje de ella. Lo abrí y lo que leí me fastidió:

Blair: Olivia, por favor, no te vayas a enojar con él. Ryder solo me está ayudando. Sabe lo difícil que es para una chica abrirse camino en Star City por su cuenta...

El descaro me tenía harta.

Al pensar en mis padres allá en Lanze, a quienes apenas había visto en una década por estar aferrada a esta ridícula dizque relación, se me revolvió el estómago. Me tragué la bilis y cerré el chat.

Unos minutos después de que mi auto arrancara, la pantalla de mi teléfono se iluminó. Era una llamada de Ryder. Contesté.

—Olivia, ¿qué carajos fue ese comportamiento con Blair? —ladró, sin siquiera decir hola—. Es mi empleada. ¿Qué tiene de malo que la ayude a encontrar un lugar seguro para vivir? La compañía aún no le ha asignado una vivienda, así que lo mínimo que podía hacer era tenderle la mano. ¿Desde cuándo te volviste tan celosa e irracional? Durante la cena de celebración, te la pasaste con mala cara, fingiendo que te sentías mal, solo para largarte temprano. Ni siquiera te reclamé por eso, ¿y ahora me sales con este berrinche infantil?

A través del auricular, pude escuchar los sollozos reprimidos de Blair, sincronizados a la perfección. Wow, deberían darle un Óscar. Actuaba increíble. La pobre no parecía la víbora que había escuchado en las notas de voz.

Su farsa no me engañó. Pero estaba demasiado exhausta, demasiado vacía por dentro como para decir una sola palabra en mi defensa.

—¿Terminaste? —lo interrumpí, sin inmutarme—. Continúa con lo tuyo, ya voy en camino a casa. Me cansé de esperarte.

Gastar saliva en él era desperdiciar mi vida otra vez.

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