LOGINEl aire helado de la noche no fue suficiente para despejarme la mente. Incapaz de conciliar el sueño, abrí el ventanal de la habitación y salí al balcón. La brisa nocturna de la colina traía un olor fresco a hierba húmeda y tierra que me llenó los pulmones, pero la inquietud me seguía carcomiendo el pecho. Necesitaba moverme. Decidí bajar la escalinata de piedra hacia los jardines traseros de la mansión, caminando en silencio entre las sombras de los árboles y los senderos de gravilla.Avancé hasta alcanzar un patio interior rodeado por columnas de mármol. Justo cuando iba a cruzar la última arcada, me detuve en seco y retrocedí de un salto, pegando la espalda a la piedra fría.Allí estaba él.Adrian se encontraba en el centro del patio, bañado por la luz plateada de la luna. Entrenaba en calzoncillos, sin más ropa sobre su piel. Sostenía una katana real, una espada de filo curvo y acero pulido que cortaba el aire nocturno con un silbido limpio y preciso.Me quedé paralizada, incapaz
El transporte blindado avanzó en silencio durante casi una hora, dejando atrás los rascacielos impolutos de la megalópolis blanca para adentrarse en las colinas que custodiaban las afueras de la ciudad. El paisaje urbano dio paso a campos verdes y bosques tupidos hasta que los neumáticos rugieron sobre el adoquín de un camino privado.Nos detuvimos frente a una mansión imponente de arquitectura vanguardista, de muros blancos, ventanales de suelo a techo y líneas sobrias que destilaban un lujo refinado y antiguo.Al detenerse el vehículo, un hombre mayor, vestido con un traje impecable y de postura perfectamente erguida, se acercó a abrir la portezuela. Su rostro maduro se iluminó con una calidez genuina al ver a Miller.—Bienvenido a casa, señor Adrian —dijo el mayordomo con un tono de profunda familiaridad, inclinando levemente la cabeza—. Todo está preparado como lo solicitó.—Gracias, Thomas —respondió Adrian, bajando del transporte y haciendo un gesto para que Noah y yo lo siguiér
El descenso a través de la atmósfera terrestre comenzó con una sacudida brutal que hizo crujir la estructura del módulo. La cápsula tembló violentamente cuando la fricción contra las capas de gas convirtió el cristal exterior en un infierno de fuego anaranjado y chispas incandescentes. Apreté las manos con fuerza contra mis rodillas, sintiendo cómo la presión gravitacional intentaba aplastarme los pulmones contra el asiento. A mi lado, Adrian mantenía la mirada fija en los indicadores táctiles, sereno como una estatua de piedra en medio del caos.Sin embargo, de un segundo a otro, el rugido ensordecedor de los propulsores comenzó a desvanecerse.Un frío denso y helado me recorrió la nuca, paralizándome los músculos. El aire dentro de mi pecho se volvió espeso, casi insoportable, y antes de que pudiera aferrarme con los dedos a las correas del asiento, la realidad se desdibujó por completo. La conciencia se me escapó como agua entre las manos.La negrura no duró más que un pestañeo, pe
Adrian colocó la carga de implosión térmica en la consola central del puente Cirsus antes de que el humo de la cabeza decapitada del comandante terminara de disiparse. Volvimos al caza corriendo, la adrenalina latiéndome en las sienes mientras el temporizador digital marcaba la cuenta regresiva en el panel del casco. La cubierta de cuarzo se selló, los propulsores de plasma rugieron a máxima potencia y nos desacoplamos del navío enemigo justo a tiempo.A través del visor posterior, vi cómo la nave Cirsus se contraía sobre sí misma en un destello púrpura para luego colapsar en una bola de fuego silenciosa que se extinguió en la negrura del espacio.Una hora más tarde, el transporte de Noah se acoplaba de nuevo a la nave principal y retomábamos el curso hacia el perímetro terrestre.La Estación Aduanera de la Tierra no se parecía en nada a la austeridad militar de La Rosa de los Vientos. Era la frontera intergaláctica, un coloso circular de anillos giratorios, cristal templado y luces d
El caza se lanzó al vacío como un proyectil de sombra. La inercia me aplastó contra el respaldo del asiento mientras Adrian ejecutaba una maniobra de tirabuzón imposible, esquivando por un margen de centímetros las ráfagas de plasma verde que la nave Cirsus descargaba contra nosotros. La vibración del casco retumbaba en mis dientes, pero mi atención estaba fija en los paneles tácticos.—¡Sistemas de fijación acoplados! —grité por el intercomunicador, ignorando las luces de advertencia que parpadeaban en rojo—. ¡Apunta al reactor secundario del flanco izquierdo, Miller!Adrian no respondió con palabras; solo apretó el gatillo. Dos haces de energía concentrada perforaron el escudo térmico del navío enemigo, paralizando sus motores de maniobra en medio de una explosión silenciosa. En lugar de alejarse, Adrian aceleró al máximo, encandilando los retropropulsores para clavar el espolón blindado de nuestro caza directamente contra el escotillón de abordaje Cirsus.El impacto nos sacudió las
De pronto, un zumbido agudo y penetrante cortó el aire del comedor. La iluminación cálida de la nave se apagó de golpe, reemplazada por el parpadeo rojo de la luz de emergencia táctica, mientras una voz sintética resonaba sobre nuestras cabezas con una cadencia fría:—Alerta de proximidad. Firma energética no identificada emergiendo de la sombra orbital. Patrón de aproximación de interceptación directa. Identificación de casco: Cirsus.Noah se puso de pie de un salto, desenvainando el arma reglamentaria que llevaba al cinto con un reflejo automático de veterano. Miller, en cambio, ni siquiera se alteró; se puso de pie con una calma calculada y ejecutó una secuencia en el panel táctil de la pared.—Nos han rastreado —murmuró Adrian, con la vista fija en las lecturas holográficas que flotaban en el centro del salón—. Ya estamos en la periferia del sistema solar, a pocos minutos de entrar en la atmósfera terrestre. No podemos arriesgar el casco de este transporte; si nos interceptan aquí