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Capítulo 18: El brillo del oro

Author: Betty06
last update publish date: 2026-09-15 01:00:53

El descenso a través de la atmósfera terrestre comenzó con una sacudida brutal que hizo crujir la estructura del módulo. La cápsula tembló violentamente cuando la fricción contra las capas de gas convirtió el cristal exterior en un infierno de fuego anaranjado y chispas incandescentes. Apreté las manos con fuerza contra mis rodillas, sintiendo cómo la presión gravitacional intentaba aplastarme los pulmones contra el asiento. A mi lado, Adrian mantenía la mirada fija en los indicadores táctiles, sereno como una estatua de piedra en medio del caos.

Sin embargo, de un segundo a otro, el rugido ensordecedor de los propulsores comenzó a desvanecerse.

Un frío denso y helado me recorrió la nuca, paralizándome los músculos. El aire dentro de mi pecho se volvió espeso, casi insoportable, y antes de que pudiera aferrarme con los dedos a las correas del asiento, la realidad se desdibujó por completo. La conciencia se me escapó como agua entre las manos.

La negrura no duró más que un pestañeo, pero el mundo al que desperté no era la cápsula de escape.

No sentía el cinturón de seguridad ni la tela áspera de mi túnica táctica sobre la piel. Me encontraba de pie, descalza, en medio de una estancia colosal e iluminada por una luz cenital dorada que parecía emanar directamente del mármol pulido de las paredes. Frente a mí se erguía un espejo de cuarzo de marco labrado con serpientes y astros antiguos.

Me acerqué despacio y miré mi reflejo. La respiración se me congeló en la garganta.

Facciones, mandíbula, la postura obstinada de los hombros: era yo. Pero pertenecía a una carne del todo ajena. Mi piel ya no tenía la palidez común de una cadete formada bajo las luces artificiales de los barracones; era blanca como el alabastro más puro, atravesada por vetas sutiles y destellos dorados que refulgían como oro líquido palpitando bajo la epidermis. Mi cabello, antes oscuro y recogido en un nudo tirante, caía sobre mi espalda en una cascada interminable de hebras incandescentes, vivas, que brillaban con la luz de un sol antiguo.

Una sombra imponente se proyectó a mi espalda.

El hombre apareció en el reflejo del espejo. Se acercó a mí sin emitir el menor ruido, vistiendo una armadura ceremonial de metal oscuro con grabados idénticos a los de la daga. Levantó las manos con una lentitud reverente, casi temerosa de romper el hechizo, y apoyó las palmas sobre mis hombros al descubierto. Sentí el calor abrasador de sus dedos atravesándome la carne, una calidez tan antigua, tan dolorosamente familiar, que me hizo estremecer desde las entrañas.

Alzó los ojos hacia el cristal y me sonrió a través del reflejo. No era una sonrisa distante ni la mueca severa del oficial de la Flota. Era una expresión profunda, devota, impregnada de una lealtad milenaria. La mirada de un guerrero que contempla a su diosa venerada.

Eran sus ojos. La misma mandíbula esculpida a golpes de disciplina, la misma mirada helada que ahora ardía con un fuego sagrado e indomable. Era Adrian.

Sainet... —susurró su voz en mi mente, no como un sonido del aire, sino como un eco grabado en mi propia sangre.

Un chispazo de luz dorada estalló desde el centro de mi pecho, cegándome por completo.

—¡Corine!

Abrí los ojos de golpe, tomando una bocanada de aire tiritante que me rasgó los pulmones con la violencia de un ahogado saliendo a la superficie. La cápsula ya no temblaba; los retropropulsores emitían un zumbido sordo e intermitente que indicaba que habíamos tocado tierra firme.

Adrian estaba inclinado sobre mí, sujetándome por los hombros con una presión firme y desesperada. Sus ojos buscaban los míos con una mezcla de pánico contenido e intensidad destructiva. Bajé la vista hacia mis manos y hacia mi pecho con el corazón martilleándome el esternón: vi cómo los últimos destellos dorados que refulgían bajo mi piel se apagaban gradualmente, absorbidos por la epidermis común hasta desaparecer por completo, como si la visión jamás hubiera ocurrido.

—Corine... ¿estás bien? —preguntó Miller con la voz rasposa, tensa, sin soltarme un solo milímetro.

Tragué saliva, sintiendo que el aire todavía me faltaba. Miré sus manos firmes sobre mis hombros, clavadas exactamente en el mismo punto donde me había tocado en la visión del espejo.

—Sí... —respondí en un murmullo vacilante, apartando la vista para que no descubriera el pavor en mis ojos—. Sí, estoy bien.

Pero ni yo misma me creía mis propias palabras.

La compuerta hidráulica del módulo se abrió con un silbido prolongado y el aire caliente, denso y cargado de olores orgánicos de la Tierra nos golpeó el rostro. Desembarcamos en la plataforma inferior de la terminal terrestre. Nos encontrábamos en una megalópolis blanca, una ciudad monumental de torres impolutas que se erigían hacia un cielo azul verdadero, conectadas por pasarelas elevadas donde miles de personas caminaban en todas direcciones bajo la luz diurna.

Nos reunimos con Noah al pie de la rampa de acceso. Apenas habíamos dado tres pasos entre la multitud cuando los hologramas gigantescos que flotaban en el centro del vestíbulo parpadearon al unísono, emitiendo un pitido de interferencia.

Las transmisiones comerciales se cortaron de golpe, reemplazadas por la luz roja de la Alerta Nacional de la Flota.

Atención a todos los ciudadanos de la Congregación —resonó una voz sintética y amplificada por los altavoces de la plaza—. Se busca por alta traición y crimen contra la seguridad del Consejo Supremo.

Mi rostro apareció proyectado en tres dimensiones a varios metros de altura. Una ficha táctica con la palabra OBJETIVO DE CAPTURA INMEDIATA sobreimpresa en letras carmesí. Instantes después, la pantalla cambió para mostrar la cara de Noah, y finalmente, la de Adrian. El mismísimo Comandante de la Flota de Recuperación, calificado públicamente como un desertor de alto riesgo.

El pánico me recorrió la columna vertebral como un choque eléctrico. A unos metros, un par de peatones se detuvieron a mirar la pantalla y luego voltearon despacio a examinar a la gente que transitaba por el andén.

—Cúbranse. Ahora —ordenó Adrian en un susurro imperceptible.

Se ajustó la capucha de su abrigo largo con un movimiento rápido, ocultando las facciones de su rostro en la penumbra de la tela. Noah e instintivamente yo hicimos lo mismo, tirando de las capuchas de nuestras prendas hasta cubrirnos por completo el puente de la nariz. Aceleramos el paso entre la marea de civiles, conteniendo el aliento antes de que los escáneres de los guardias de la aduana registraran la anomalía.

Al doblar la primera esquina ciega fuera de la plaza de desembarque, un transporte blindado de vidrios polarizados aparcó a un costado de la vía peatonal con el motor encendido. La puerta lateral se deslicó en silencio.

—Suban —dijo Adrian, sujetándome de la cintura para empujarme con firmeza hacia el interior antes de que la sombra del Consejo nos alcanzara.

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