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Capítulo 22: La cosecha del silencio

Author: Betty06
last update publish date: 2026-10-21 23:34:23

​Las palabras de advertencia de mi hermana aún flotaban en el aire denso de la sala cuando el rostro de Isiri se tornó de una serenidad completamente inhumana. No hubo grito de ira ni un atisbo de furia pasional; solo la fría y matemática convicción de una ley cósmica que se disponía a ejecutarse.

​—La enfermedad debe extirperse antes de que gangrene todo el tejido —susurró Isiri, alzando lentamente su mano envuelta en constelaciones.

​Antes de que pudiera mover un músculo para detenerla, u
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    ​Aún sentía el eco helado de la masacre retumbando en cada rincón de mi ser. Las cenizas de aquellos inocentes —mis hijos, pequeñas llamas de vida que yo misma había visto florecer sobre la tierra— quemaban el aire que respiraba. Para una divinidad ciega como Isiri, eran solo piezas defectuosas en una ecuación; para mí, que los había amado desde el primer destello de su existencia, cada uno de sus rostros, sus risas y sus breves sueños eran fragmentos de un tapiz sagrado cuya pérdida me laceraba el alma. ​Cruzaba la galería de los espejos rumbo a mis aposentos privados cuando la sombra de Vaelen emergió de la penumbra de las columnas. Su postura era serena, erguida con esa compostura rancia y distante que siempre adoptaba cuando creía hablar en nombre de la rectitud. ​—Mi señora... —dijo, inclinando apenas la cabeza en una reverencia helada—. Os ruego un momento. Debéis escuchar la voz de la razón antes de que el cimiento de vuestro imperio se desmorone por completo. ​Me detuve, gi

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    ​Las palabras de advertencia de mi hermana aún flotaban en el aire denso de la sala cuando el rostro de Isiri se tornó de una serenidad completamente inhumana. No hubo grito de ira ni un atisbo de furia pasional; solo la fría y matemática convicción de una ley cósmica que se disponía a ejecutarse. ​—La enfermedad debe extirperse antes de que gangrene todo el tejido —susurró Isiri, alzando lentamente su mano envuelta en constelaciones. ​Antes de que pudiera mover un músculo para detenerla, una onda de luz plateada, tan fría como el vacío entre las estrellas, atravesó el suelo de piedra. El anciano arrodillado a nuestros pies no tuvo tiempo de exhalar un último lamento. En una fracción de segundo, su cuerpo se desintegró, transformándose en una columna de ceniza gris que el viento de la sala barrió al instante. ​Pero el horror no se detuvo allí. ​El pulso estelar que Isiri desató no se limitó al salón. A través de nuestra conexión con el mundo, sentí cómo su poder se extendía co

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    ​Los altares de arcilla y flores no tardaron en multiplicarse. Lo que comenzó como un culto silencioso en los caminos secundarios pronto estalló a la luz del día en una abierta peregrinación. Los humanos, desbordados por el deseo de aferrarse a algo tangible que reflejara la luz de los cielos, desataron una celebración espontánea. Banderas con cintas rojas, cánticos que resonaban en los valles y procesiones bulliciosas comenzaron a avanzar hacia los dominios del palacio, llevando en volandas figuras talladas que imitaban los rasgos severos y la imponente estampa de Oruk. Lo aclamaban no solo como al comandante de la legión, sino como al protector terrenal, al compañero sagrado de la Guía.​Oruk observaba la marea humana desde los torreones con el rostro ensombrecido, sintiendo que el peso de esa idolatría no era un honor, sino una soga invisible que se cerraba lentamente alrededor de su cuello. Yo, por mi parte, contemplaba el fenómeno con una serena aceptación, entendiendo que la fe

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    ​El eco del mundo exterior siempre encontraba la forma de filtrarse a través de los muros de mi palacio, incluso cuando me esforzaba por mantener el tiempo suspendido entre las sábanas de mi lecho. Pero lo que comenzó como un murmullo distante en los mercados de la ciudad pronto se materializó en una realidad que Oruk no pudo seguir ignorando. ​Era una noche templada cuando el comandante entró en mis aposentos con el paso pesado, despojándose del yelmo de bronce con una brusquedad inusual. No arrojó su armadura como otras veces; la dejó sobre el banco con un cuidado casi reverente, aunque sus manos grandes y poderosas temblaban ligeramente. Me encontraba sentada en el borde del pedestal, observándolo en silencio, adivinando la tormenta que traía en la mirada. ​—Los soldados de la tercera cofradía regresaron hoy de la meseta baja —comenzó Oruk con voz ronca, deteniéndose a pocos pasos de mí—. Encontraron un santuario improvisado al borde del camino real. Pequeñas figuras talladas en

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    ​El día fijado para el descenso de mi otra mitad, el cielo sobre la metrópoli adoptó un matiz púrpura y denso, destilando un silencio casi religioso que adormeció el viento. Había dedicado las últimas jornadas a supervisar personalmente los detalles en el Templo de la Luz Astral, erigido en la meseta más alta que dominaba el valle. Quería que el recinto estuviera impecable, no por temor a sus exigencias, sino porque la majestad de Isiri no admitía la imperfección. El mármol blanco de los pórticos refulgía bajo el sol matutino y las cúpulas de cristal reflejaban la inmensidad del firmamento.​Acompañándome en la explanada superior, la legión Austreliam permanecía en formación perfecta. Oruk encabezaba el contingente, con la armadura ceremonial pulida hasta el destello, pero con el rostro convertido en una máscara de piedra. Podía sentir el pulso contenido de mis soldados; aunque eran los guerreros más letales del mundo conocido, la presencia inminente de una diosa primordial infundía u

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    ​El silencio de mis aposentos se vio sacudido por una presencia vibrante, una pulsación antigua que resonó en el centro mismo de mi ser. Isiri retomó la conexión que desde hacía mucho tiempo había quedado en el olvido, abriendo de golpe un canal espiritual que permaneció latente durante eones. A través de ese lazo, suave pero ineludible, me hizo saber que vendría a la tierra; me confesó que extrañaba a su hermana y que era hora de descender desde las esferas celestiales.​Sabía muy bien lo que su llegada significaba. Isiri tendría su propio templo, una imponente estructura alejada de mi palacio, lo que me facilitaba la vida al no tener que soportar su mirada inquisidora a diario. Sin embargo, no era ingenua. Sé que ella intuye que he cambiado, que la forma mortal que asumí ya no es una mera envoltura de observación, y viene con el único propósito de atestiguarlo con sus propios ojos. Y al llegar, lo sabrá todo. Sabrá inevitablemente de mi relación con el Austreliam, y sé con absoluta

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