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Capítulo 3

Penulis: Mencía Pérez Juárez
Todo aquello no había sido un impulso repentino de los delincuentes. Era un crimen planeado desde el principio.

Si no hubiera visto esos mensajes, aunque hubiera logrado escapar, tal vez me habrían seguido buscando por toda la zona.

¿Qué debía hacer?

Agarré enseguida el celular de Alfredo y le escribí a Gemma.

Alfredo: "¿Tú has visto a esos dos hombres? ¿Cómo son?"

Gemma: "No. ¿Para qué iba a verlos? Eso solo traería más problemas. Les dije que se encargaran de Yolanda y ya."

Eso significaba que esos dos delincuentes no podían distinguirme de Gemma.

Alfredo: "Amor, ¿dónde estás? Te extraño."

Gemma: "Estoy cerca. Cuando todo termine, todavía tienes que llevarme a pasarla bien."

Alfredo: "¿Y si mejor vienes ahora? Aproveché que Yolanda se quedó dormida. La até y estoy esperándote."

Gemma: "¡Está bien! Ya voy."

Miré la pantalla y solté una risa seca.

Si querían hacerme daño, entonces que probaran su propia medicina.

Encontré la cámara que Alfredo había preparado, la escondí en un rincón y activé la transmisión para verla desde mi celular.

Alfredo seguía profundamente dormido por el efecto de las pastillas. Su expresión incluso se veía tranquila.

En la universidad, él también había sido muy popular. Mucha gente me envidiaba por ser su novia.

¿Quién habría imaginado que por dentro ya estaba completamente podrido?

Para terminar conmigo y destruir mi reputación, fue capaz de montar esta trampa con otra mujer y quedarse mirando cómo me arruinaban la vida.

Le di una patada con todas mis fuerzas y le dejé una marca roja en la pierna.

Los dos hombres que Gemma había contratado tenían antecedentes. Incluso habían estado presos más de una vez.

Aunque entraran y no me vieran, con Alfredo en ese estado, ¿de verdad iban a limitarse a seguir el plan?

Quedaba menos de una hora. Salí corriendo de inmediato.

Nunca en mi vida había corrido tan rápido. El corazón me golpeaba con fuerza dentro del pecho.

No me detuve hasta que la carpa apenas se veía a lo lejos.

Entonces me escondí detrás de una roca enorme, saqué mi celular y abrí la transmisión en vivo de la cámara.

Poco después, dos voces ásperas salieron del teléfono.

Supe al instante que eran ellos. Los delincuentes habían llegado.

Tal como esperaba, cuanto más se acercaban, más claras se oían sus voces.

Uno de ellos dijo:

—Está oscuro adentro. ¿Ya se habrán dormido? Entramos, agarramos a la mujer y sacamos al tipo.

El otro respondió con crueldad:

—¿Sacarlo? Quien nos pagó dijo que quería que la humilláramos delante de él.

—Vaya. Los ricos sí que son crueles cuando quieren vengarse.

—Deja de hablar. Entramos, hacemos el trabajo y nos vamos.

No tuve tiempo de pensar más.

Un segundo después, uno de los hombres abrió la carpa y entró.

Tenía una larga cicatriz en el rostro, desde la nariz hasta la mandíbula.

Lo reconocí de inmediato.

Era uno de los hombres que me había destruido en mi vida pasada: Bruno Murrieta.

En cuanto Bruno entró en la carpa, se abalanzó sobre el bulto bajo la manta y notó que algo no estaba bien.

—Maldita sea. ¿Por qué solo hay una persona?

Maldijo entre dientes y encendió la linterna que llevaba.

Bajo la manta estaba Alfredo, sin ropa y completamente indefenso.

Al no encontrarme, Bruno también se quedó sorprendido por aquella escena.

Alfredo se despertó por el ruido. Seguía aturdido por las pastillas, y apenas abrió los ojos, vio a un hombre corpulento inclinado sobre él.

Quiso gritar, pero Bruno reaccionó rápido y le tapó la boca.

Luego tomó un trapo que tenía a mano y se lo metió en la boca para silenciarlo.

—Ni se te ocurra gritar.

El otro hombre, que vigilaba la entrada, entró al escuchar el movimiento.

—¿Qué pasa…?

Al ver a Alfredo en ese estado, se quedó sin palabras por un momento.

—¿Y este tipo por qué está así? ¿Duerme desnudo?

—¿Y si también le damos una lección a este?

Bruno todavía tenía presente el encargo y lo apartó de un empujón.

—No sé dónde se metió la mujer. Quédate afuera. Si la ves, la traes de vuelta.

Pero mientras hablaba, él mismo volvió a inclinarse sobre Alfredo.

Alfredo forcejeó con todas sus fuerzas. Bruno lo golpeó para inmovilizarlo.

—Quédate quieto. Si estás así, ¿qué esperabas que pensáramos?

En ese momento, el celular de Alfredo recibió un mensaje.

Gemma: "¿Dónde estás? Ya estoy cerca de la carpa de Yolanda, pero no te encuentro."

Respiré hondo y le respondí.

Alfredo: "Estoy dentro de la carpa. Ellos todavía no llegan. Pasa ya. Ven, te estoy esperando."

Esta era la obra que tú misma preparaste.

Como faltaba la protagonista, ahora te tocaba entrar en escena.

No sentí ninguna compasión.

Con gente así, ser amable era lo mismo que condenarse a muerte.

Gemma no sospechó nada. Al ver la entrada de la carpa abierta, incluso creyó que Alfredo la estaba esperando.

Pero Bruno escuchó sus pasos antes que nadie y apagó la linterna. Se quedó en silencio dentro de la carpa. Joaquín, en cambio, rodeó la parte trasera para vigilar los alrededores, oyendo cómo Gemma se acercaba cada vez más.

Ella apenas había dado unos pasos cuando empezó a quejarse en voz alta:

—¿Por qué no sales a recibirme? Estoy cansadísima.

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