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Capítulo 2

作者: Mencía Pérez Juárez
Alfredo quiso acercarse otra vez, y por instinto le di una bofetada.

—¡No me toques!

Las imágenes de mis últimos momentos seguían grabadas en mi mente. Tuve que usar todas mis fuerzas para contener el odio.

Alfredo se sobresaltó por mi reacción y enseguida se acercó para tranquilizarme.

—No te enojes. Si no quieres, no hacemos nada.

Cedió con demasiada facilidad, pero yo no tenía energía para pensar en eso. Lo más urgente ahora era salir de allí.

Según lo que recordaba, faltaban menos de dos horas para que llegaran los dos delincuentes.

Me giré y empecé a recoger mis cosas. Me puse la chaqueta, tomé mi celular y estaba a punto de salir de la carpa.

Alfredo me sujetó con ansiedad.

—¿A dónde vas?

Noté que algo no estaba bien en él, así que dije a propósito:

—¿Y a ti qué te importa a dónde voy? No me detengas.

Pero él no me soltó.

—Ya casi oscurece. ¿Para qué vas a salir? ¿No dijiste hace rato que querías dormir?

Lo miré fijamente durante un buen rato. Justo cuando Alfredo estaba por hablar de nuevo, cedí.

—Solo voy a tomar un poco de agua.

Afuera de la carpa había una botella de agua. Llené un vaso y bebí un gran trago.

Alfredo salió detrás de mí y se quedó vigilándome en la entrada de la carpa.

¿Por qué me observaba con tanta atención? Parecía tener miedo de que escapara.

Una idea terrible me cruzó por la cabeza, pero la apagué de inmediato.

Aproveché un momento en que Alfredo miró hacia la carpa y dejé caer unas pastillas para dormir en la botella.

Yo dormía mal, por eso siempre llevaba pastillas cuando viajaba. Nunca imaginé que terminaría usándolas aquí.

Las pastillas se disolvieron rápido. Caminé hacia Alfredo como si nada y le entregué la botella.

—Ya no quiero más. Tómatela tú.

Él no sospechó nada y bebió varios tragos largos, suficientes para que las pastillas hicieran efecto.

—Vamos a dormir.

No me negué. Entré en la carpa y vi cómo Alfredo se quedaba dormido en cuestión de minutos.

Le até bien las manos y los pies con una cuerda, y también lo desvestí por completo.

Si de verdad le hacían algo, que lo tomara como el castigo que merecía.

En esta vida, él también tendría que padecer todos los sufrimientos que yo soporté.

Después de hacer todo eso, tomé mi mochila y guardé una batería portátil y mi celular antes de prepararme para irme.

Entonces vi el celular de Alfredo. Una corazonada me hizo detenerme. Lo tomé y lo desbloqueé con su huella.

No esperaba encontrar la prueba del crimen sin siquiera buscarla.

La pantalla seguía abierta en su conversación con Gemma.

Gemma: "Cariño, ¿ya llegaron?"

Alfredo: "Ya llegamos, amor. Ya cenamos y estamos por dormir. ¿Segura que esos dos no me van a hacer daño?"

Gemma: "No te harán nada. ¿No confías en la gente que contraté? Les pagué suficiente. Mientras graben un video humillándola y lo suban a internet, Yolanda quedará completamente destruida."

Alfredo: "Está bien. ¿Cuánto tardan en llegar?"

Gemma: "Ya van en camino. Máximo dos horas."

Gemma: "Y más te vale no hacer nada con ella. Me prometiste que terminarías con Yolanda y estarías conmigo. Solo por eso te estoy ayudando."

Al leer cada uno de esos mensajes, me quedé helada.

Con razón los secuestradores nunca pidieron rescate; con razón Alfredo pudo escapar tan fácilmente; con razón después apareció ese video; con razón esta noche estaba tan nervioso y tenía tanto miedo de que yo me fuera.

Hasta el día de mi muerte, jamás imaginé que incluso esos delincuentes habían sido contratados por ellos dos.

Miré el cuerpo dormido de Alfredo.

En ese momento, deseé poder clavarle un cuchillo yo misma.

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