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Capítulo 6

Author: Sardina Rebelde
Camila cortó tranquilamente el filete de res y acercó el plato a Ignacio.

—Come.

Él miró la carne sin saber qué decir.

Hacía unos momentos, en el carro, ella se había comportado de una manera autoritaria.

Ahora era atenta y dulce.

Le resultaba imposible entenderla.

Tomó los cubiertos a regañadientes.

Seguía rechazando aquellas atenciones inesperadas y, aunque la comida era de su agrado, no logró disfrutarla.

Después de unos cuantos bocados, dejó los cubiertos sobre el plato.

—Ya me llené.

Camila dejó de comer y lo miró.

Le dolió que no mostrara ningún interés por los platillos que había elegido especialmente para él, aunque procuró no demostrarlo.

Pensaba que aquel rechazo sería pasajero.

Según lo ocurrido en su vida anterior, a esas alturas Ignacio ya debía sentirse atraído por ella.

Tal vez solo necesitaba acostumbrarse a su cercanía repentina.

Ambos se quedaron callados.

Ignacio no podía adivinar lo que ella estaba pensando, pero el ambiente le resultaba cada vez más asfixiante.

Al cabo de un rato, Camila habló.

Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios, aunque su tono no admitió discusión.

—Te llevo.

Durante el camino de regreso no volvió a sobrepasarse, como si la mujer que había perdido el control en el carro hubiera sido otra.

Ignacio no pudo evitar preguntarse cuántas caras tenía Camila.

Cuando llegaron a Casa García, se despidió brevemente y se dispuso a bajar.

Sin embargo, Camila lo sujetó y lo atrajo de nuevo hacia sí.

Un instante después, sus labios cálidos se posaron sobre los de él.

Camila lo miró directamente a los ojos y habló como si estuviera afirmando una verdad que nadie podía cambiar.

—¡Recuerda que eres mío!

Ignacio se quedó paralizado.

Cuando reaccionó, tenía la espalda cubierta de sudor frío.

Se soltó de inmediato y bajó del carro casi huyendo.

***

Acababa de entrar a la casa y subir las escaleras cuando se encontró con Tadeo.

Tadeo le cerró el paso con una actitud agresiva.

Ignacio quiso que se apartara, pero Tadeo no se movió.

Era evidente que buscaba pleito.

—Ignacio, ¿con quién acabas de llegar?

Lo había visto perfectamente desde arriba. ¡Ignacio se había bajado del carro de Camila!

Sin ganas de discutir, Ignacio respondió con frialdad:

—¿Para qué preguntas? Ya lo viste.

Intentó rodearlo para seguir subiendo.

Tadeo volvió a ponerse en su camino y se burló:

—Vaya que sabes hacer las cosas. Por un lado dices que no conoces a Camila y, por el otro, ya te estás metiendo con ella. Qué admirable.

—No tengo ganas de aguantarte. ¡Quítate!

Ignacio había intentado contenerse, pero Tadeo se empeñaba en provocarlo.

—¿Y por qué tendría que apartarme solo porque tú lo dices? Te lo advierto, Ignacio: Camila es mía. Más te vale entenderlo y largarte.

Lo dijo con arrogancia, sin la menor consideración por el vínculo que los unía.

Ignacio perdió la paciencia. Le lanzó un puñetazo que le dio de lleno en el puente de la nariz.

La sangre brotó de inmediato.

Tadeo se quedó atónito, pero la sorpresa pronto dio paso a la furia y la indignación.

Jamás habría imaginado que Ignacio, al que siempre había podido dominar, se atrevería a golpearlo.

Federico escuchó el alboroto y salió de su despacho.

—Papá, solo quise hacerle una advertencia por su bien y me golpeó.

Tadeo levantó el rostro para que Federico viera la sangre, buscando despertar su compasión.

Sin embargo, Federico se limitó a preguntar:

—¿Qué pasó?

Antes, como Tadeo ayudaba más en la empresa familiar, Federico siempre se ponía de su lado.

Cada vez que los hermanos discutían, Ignacio era quien terminaba recibiendo el regaño.

Ahora las cosas habían cambiado.

Camila mostraba un interés especial por Ignacio, y todo indicaba que pronto se convertiría en su esposo.

Por eso, la actitud de Federico también era distinta.

Con el respaldo de la familia Delgado, los negocios de los García tendrían un futuro prometedor.

Esta vez, Tadeo no conseguiría que Federico lo defendiera solo por quejarse.

Federico lo reprendió con severidad:

—¿Para qué provocas a Ignacio? Si tú empezaste, no te quejes de que te haya respondido.

La dureza y la indiferencia en los ojos de Federico hicieron que Tadeo se sintiera aún más agraviado.

Nunca había imaginado que Ignacio llegaría a estar por encima de él. Mucho menos podía aceptar que Federico ahora lo favoreciera.

Al ver su expresión furiosa, Federico añadió:

—Te has aprovechado de que Ignacio siempre cede y cada vez te pasas más.

La comisura de los labios de Ignacio se contrajo ligeramente.

Ya no tenía ganas de seguir lidiando con Tadeo.

—Papá, estoy cansado. Me voy a descansar.

Se marchó, dejando a Tadeo consumido por el rencor.

Federico no lo detuvo. Solo se volvió hacia Tadeo para advertirle:

—Compórtate y deja de meterte con Ignacio. Pronto será el esposo de Camila.

Tadeo apretó los dientes y miró al frente con odio.

¿Y qué si se convertía en su esposo?

¿Eso le daba derecho a golpear a quien quisiera?

Con razón Ignacio se había mostrado tan desafiante.

De verdad tenía a Camila respaldándolo.

***

Ya entrada la noche, Casa Delgado estaba en silencio.

Solo en el despacho seguía encendida una tenue luz amarillenta.

Camila estaba sentada a solas en el sofá, de espaldas a la ventana y con el cuerpo parcialmente oculto entre las sombras.

La luz de la luna delineaba su figura y el perfil de su rostro, sin permitir distinguir su expresión.

Sus manos, de piel blanca y dedos largos, destacaban por su delicadeza.

Movía suavemente la copa entre sus dedos.

El vino oscuro giraba en su interior, con un color parecido al de la sangre.

Camila se quedó mirando el vino.

Su color se mezcló con las manchas de sangre que aún guardaba en la memoria y la llevó de vuelta a su vida anterior.

Recordó el día en que había llegado a la prisión.

Ignacio ya estaba muerto.

Al final, había llegado demasiado tarde...

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