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El embarazo

Autor: Pearl Hart
last update Data de publicação: 2026-10-14 00:28:15

Mia mantuvo las manos sujetas al borde del colchón. Las palabras del médico aún flotaban en la habitación.

—Diez semanas —dijo ella. Su voz sonaba débil, incluso para sus propios oídos. Se miró el vientre—. Eso no puede ser correcto. Solo desperté hace unas semanas.

El anciano médico cerró su maletín. —La prueba es clara, Su Majestad. Tiene diez semanas de embarazo. Las náuseas y los mareos son normales, especialmente porque no ha estado comiendo mucho.

Mia apretó la tela de la cama. —¿Está seguro? ¿Hay alguna posibilidad de que sea un error?

—La examiné yo mismo —dijo él suavemente—. Todo apunta a diez semanas. Quiero hacerle una ecografía adecuada mañana por la mañana para revisar al bebé.

Ella miró hacia la puerta. —¿Alguien más lo sabe?

—Aún no. Pero tengo que decírselo al Rey. Es mi deber.

—Por favor —dijo Mia, levantando la vista—. Deme una hora. Solo una hora.

El médico hizo una pausa, mirándola por un momento, y luego asintió rápidamente. —Una hora. Después tengo que informarlo.

Cuando la puerta se cerró, Mia se quedó sola en la silenciosa habitación. Presionó su mano plana contra su vientre. Nada se sentía diferente. No había señal de nada dentro de ella, solo el pánico frío asentándose en su pecho.

Diez semanas significaban que este niño fue concebido antes de que ella despertara en esta vida; antes de que supiera siquiera quién era. Y lo peor era que el bebé le pertenecía a William. Solo escuchar su nombre hacía que se le tensaran los hombros. Ella no lo recordaba por completo, pero su cuerpo reaccionaba ante él de todos modos, como una vieja herida que aún dolía al tocarla.

Tomó un aliento lento para tranquilizarse.

Veinte minutos después, la puerta se abrió de golpe.

William entró, llevando todavía su pesado abrigo. No llamó a la puerta. Cerró tras de sí y se detuvo cerca del pie de la cama, con las manos metidas en el fondo de los bolsillos.

—El médico me llamó —dijo William. Su voz era plana, totalmente indescifrable—. Dice que estás embarazada.

Mia no lo miró. —Sí.

—¿Diez semanas?

—Eso es lo que dijo.

William la observó durante un largo segundo, y sus ojos se deslizaron hacia la mano de ella que descansaba sobre su vientre. —¿Cuánto tiempo lo has sabido?

—Media hora.

Él asintió una vez, de forma tajante y rápida. —Verás al médico real principal mañana por la mañana. Se acabaron las salidas del castillo. Nada de viajes al mercado sin guardias. El nutricionista vigilará lo que comes, y el médico te visitará todos los días hasta que te sientas mejor.

Mia finalmente levantó la cabeza para mirarlo a los ojos. —Ya estás convirtiendo esto en una orden.

—Te estoy diciendo lo que va a pasar —dijo William, dando un paso hacia ella—. Esto ya no se trata solo de ti. El niño es el heredero. Tu salud le pertenece a la corona ahora.

Mia se levantó despacio, manteniendo una mano en el poste de la cama para guardar el equilibrio. —Yo soy la que lo lleva dentro. No la corona. No tú. Yo.

William no se inmóviló. —Eres la Reina. Ese bebé es parte de la línea real. Eso cambia las cosas.

—Yo no pedí que las cosas cambiaran —dijo ella, con voz silenciosa pero firme—. Salí esta mañana porque necesitaba respirar. Que esté embarazada no cambia eso.

—Llevas dentro al próximo gobernante. Respirar puede esperar. Mantenerte a salvo no.

Mia se cruzó de brazos. —Estar embarazada no te da derecho a encerrarme.

—¿Quién dijo algo sobre encerrarte? —preguntó William, con voz baja—. Estoy protegiendo lo que le pertenece a esta familia.

—¿Lo que le pertenece a esta familia? —Mia soltó una risa áspera—. Escúchate. Soy una persona, no un contenedor para tu heredero.

La mandíbula de William se apretó, pero su voz se mantuvo completamente plana. —Eres la Reina. El niño que llevas dentro es el futuro de este país. Eso importa más que lo que tú quieras en este momento. A partir de hoy, cada decisión que tomes afecta a todos, no solo a ti.

—Y cada decisión que tomas me afecta a mí —espetó ella—. No tienes derecho a manejar mi vida ahora.

Él la miró durante un largo segundo. —Puedo y lo haré, si eso los mantiene a ambos con vida. Esta mañana demostraste que te irás corriendo sin pensar. Eso se acaba ahora.

Un pesado silencio cayó sobre la habitación.

Los brazos de Mia cayeron a sus lados. —¿Así que eso es todo? ¿Me embarazo y de repente vuelvo a ser una propiedad?

—No eres una propiedad. Eres la Reina.

—Desde luego se siente igual.

William se giró hacia la puerta. —Verás al médico a primera hora mañana. Después de eso, descansas. Volverá esta noche.

Se fue sin esperar respuesta.

Mia se dejó caer de nuevo en la cama, fallándole un poco las piernas. William siempre había intentado controlarla, pero ahora tenía la excusa perfecta.

Una hora más tarde, la puerta se abrió de nuevo. La Reina Madre Eleanor entró, con movimientos lentos y deliberados. Cerró la puerta en silencio tras de sí y cruzó la habitación.

—Me enteré —dijo Eleanor suavemente—. El médico habló conmigo.

Mia solo asintió. No confiaba en sí misma para hablar sin estallar.

Eleanor se sentó en la silla junto a la ventana y se alisó el vestido sobre las rodillas. —¿Cómo te sientes?

—Mal. Mareada. Como si todo el mundo pensara que es mi dueño.

Eleanor dedicó una pequeña y cansada sonrisa. —Bienvenida al palacio. Un bebé lo cambia todo. La gente que antes te ignoraba va a empezar a vigilar cada paso que des.

Mia la miró fijamente. —¿Incluyéndote a ti?

—Especialmente yo —Eleanor sostuvo su mirada sin parpadear—. Has estado diferente desde que despertaste de tu caída, Khelani. La forma en que hablas, la forma en que miras a mi hijo, incluso la forma en que caminas. Yo me doy cuenta de estas cosas.

El estómago de Mia dio una vuelta nerviosa, pero mantuvo el rostro inexpresivo. —Golpearme la cabeza cambió las cosas.

—Tal vez —Eleanor se levantó de la silla—. Solo recuerda que llevar al heredero te pone un blanco en la espalda. La corte hablará. El consejo vigilará. Todo el mundo quiere algo de ese trono. Tienes que andar con cuidado.

—Ya ando con cuidado.

—No lo estás haciendo muy bien —Eleanor caminó hacia la puerta—. Descansa. Come cuando traigan la comida. Y no le des a William más razones para encerrarte. Ya tiene suficientes.

Salió sigilosamente, cerrando la puerta suavemente tras de sí.

Mia se quedó en la cama, mirando la habitación vacía. A través de la ventana, los jardines se veían igual que esa mañana, pero todo adentro se había transformado.

Presionó su mano contra su vientre una última vez. Ni siquiera había descubierto cómo sobrevivir en este cuerpo todavía, y ahora llevaba dentro al hijo del Rey.

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