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Su esposa

Author: Pearl Hart
last update publish date: 2026-10-14 00:25:48

William permaneció en el umbral de la puerta, bloqueando el paso, con una mano en el pomo. No entró. Solo observó a Mia donde ella estaba apoyada contra la mesa.

“Tienes diez minutos”, dijo William. Su voz era plana y fría. “La cocina ya retrasó la cena una vez. No voy a lidiar con otra noche igual”.

Los dedos de Mia se clavaron en la madera detrás de su espalda. “Escúchame. No sé quién eres, pero no pertenezco a este lugar. Soy bombera y necesito volver a mi estación ahora mismo”.

William la miró fijamente, inclinando ligeramente la cabeza como si no pudiera entender sus palabras. “¿De qué estás hablando?”.

Se volvió hacia atrás, cerró la puerta y caminó hacia el interior de la habitación.

“Ponte el vestido”, dijo, acercándose más. “Y baja. No tengo tiempo para juegos”.

Mia tomó aire bruscamente, lista para gritarle, pero de pronto se le cerró la garganta. Un instinto repentino y profundo de obedecer la invadió, haciendo que se congelara.

“Sí, mi Rey”.

Las palabras se le escaparon de la boca antes de que pudiera detenerlas. Mia se quedó helada, aterrorizada. Ella no había querido decir eso.

Los ojos de William se entrecerraron, captando el ligero temblor en su mandíbula. La miró de arriba abajo, se giró y salió, dejando que la puerta se cerrara de un portazo.

En cuanto se fue, Mia se cubrió la cara con las manos, jadeando por aire. Sus manos no dejaban de temblar.

Se giró y tomó el vestido azul marino de la silla. Sus dedos estaban tan torpes que se le cayó dos veces antes de pasárselo por la cabeza. La tela se le ajustaba apretada a la cintura, sintiéndose completamente extraña en su cuerpo.

Un rápido golpe hizo retumbar la puerta. Clara se deslizó hacia adentro, con el rostro pálido, mirando por encima del hombro antes de cerrar la puerta tras de sí.

“Su Majestad, tenemos que darnos prisa”, susurró Clara, alisando la parte trasera del vestido de Mia con manos rápidas y nerviosas. “El Rey está esperando, y a la Reina Madre le disgusta que la hagan esperar”.

Mia dejó que la chica la llevara hacia el pasillo. El frío suelo de piedra le calaba en los pies descalzos. “¿Quién es ese hombre? ¿Qué quiere decir?”.

Clara dio un brinco, retirando la mano y mirando directamente al suelo mientras caminaban ante arcos altos y enormes pinturas al óleo.

“Por favor, no hable tan alto”, susurró Clara. “Hay guardias por todas partes. Solo mantenga la cabeza gacha y sea educada con la Reina Madre”.

Mia agarró el brazo de Clara, deteniéndola bajo una antorcha de pared. “¿Por qué todo el mundo sigue mencionando un jardín? ¿Qué pasó allí?”.

Clara se puso completamente pálida. Se mordió el labio con tanta fuerza que perdió todo su color, luego se soltó del brazo de un tirón y siguió avanzando. “No puedo hablar de eso. Por favor, solo camine”.

Llegaron a un juego de puertas dobles custodiadas por dos hombres con uniformes oscuros. Un guardia abrió la puerta, dejando ver un largo comedor iluminado por tres enormes arañas de cristal.

William estaba sentado en la cabecera de la mesa, mirando fijamente un plato vacío. A su derecha estaba sentada una mujer mayor con el cabello plateado recogido en un moño apretado, vistiendo un alto cuello de perlas.

“Ah, Khelani”, dijo la mujer mayor, dejando su copa. “Siéntate, querida. Te ves pálida. ¿Te vuelve a doler la cabeza?”.

Mia caminó hacia la silla a la izquierda de William, chocando la rodilla contra la mesa mientras se acomodaba. “Estoy bien. Solo cansada”.

“Te ves peor que cansada”, dijo Eleanor, inclinándose hacia adelante. “William dijo que te quedaste en tu habitación toda la tarde”.

William apoyó la barbilla en la mano, con los ojos clavados directamente en Mia.

“Dime, Khelani”, dijo William, con voz silenciosa a lo largo de la tranquila mesa. “¿Qué te regalé en nuestro primer aniversario?”.

Las manos de Mia se congelaron en su regazo. Se le cayó el estómago. Un impulso repentino tiró de ella, un extraño deseo de dar una respuesta específica, pero se forzó a cerrar la mandíbula y luchó contra él.

“No me acuerdo”, dijo Mia, con voz áspera y simple.

William dejó su tenedor. El ruidoso estrépito hizo que Clara diera un respingo junto a la pared. La suave sonrisa de Eleanor se desvaneció, y sus manos cayeron planas sobre la mesa.

“¿No te acuerdas?”, preguntó William, con voz baja mientras se reclinaba hacia atrás. “¿No te acuerdas del collar? ¿El que nunca te quitas?”.

Mia lo miró fijamente, con la boca completamente seca. Se tocó el cuello por instinto, sintiendo la piel al descubierto. Sin collar. Ni siquiera se había dado cuenta. No tenía nada que decir.

“William, por favor”, intervino Eleanor, girándose hacia su hijo. “El médico dijo que se dio un golpe muy fuerte cuando se desmayó en el patio. La pérdida de memoria es normal”.

“No se golpeó la cabeza, madre”, dijo William, sin apartar los ojos de Mia. “Cayó sobre una pila de cojines. No se golpeó con nada”.

Eleanor se quedó en silencio, apretando la mandíbula mientras se presionaba la servilleta contra los labios.

William se levantó. Caminó despacio alrededor de la larga mesa hasta detenerse justo detrás de la silla de Mia. Se inclinó, dejando caer su sombra sobre ella.

“Estás actuando raro”, dijo en voz baja, muy cerca de su hombro. “No sé qué estás intentando hacer, pero voy a descubrirlo”.

Se arregló la chaqueta, giró sobre sus talones y salió, dejando que las pesadas puertas se cerraran de un portazo.

Mia se quedó completamente inmóvil, con el corazón latiéndole contra las costillas. Al otro lado de la mesa, Eleanor tampoco se había movido. Estaba mirando a Mia con una mirada fría y afilada.

“Tiene razón, ¿verdad?”, dijo Eleanor suavemente.

Mia levantó la vista. “¿Qué?”.

“Ni siquiera sostienes bien el tenedor”, dijo Eleanor, mirando la mano de Mia. “Khelani pasó años aprendiendo a comportarse en esta mesa. Nunca se sentó encorvada y nunca miró a William a los ojos cuando él estaba enojado. Eres completamente diferente”.

Mia intentó responder, con el corazón martilleándole en la garganta, pero no le salieron las palabras.

Eleanor se levantó, alisándose el vestido mientras miraba a Mia. “¿De verdad perdiste la memoria?”.

Caminó hacia la salida, con sus zapatos resonando contra el suelo de piedra. Cerca de la salida, se detuvo y se giró.

“No vuelvas a preguntar sobre el jardín”, dijo Eleanor, bajando el tono de voz. “Ni al personal. Ni a nadie”.

Se giró y se fue, dejando las puertas dobles abiertas de par en par.

Mia se dejó caer en su silla, dejando caer los brazos a los lados. Clara se acercó a toda prisa, con las manos temblándole tanto que casi tira una copa de la mesa al intentar limpiar.

“Clara”, dijo Mia, agarrando la manga de la chica. “Dime. ¿Qué pasó en el jardín?”.

Clara miró hacia el pasillo oscuro, con el pecho subiendo y bajando rápidamente mientras se inclinaba cerca.

“Perdió el control allí afuera hace tres semanas”, susurró Clara, apretando con fuerza los dedos en la muñeca de Mia. “Intentó escapar. Los guardias la arrastraron de vuelta. No ha vuelto a ser la misma desde entonces”.

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