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Capítulo 2

Author: Katerina
La cena de bienvenida concluyó en menos de una hora. Al volver a la casa principal, encontré a Sofia arropada con una manta de cachemira frente a la chimenea. Matteo le auscultaba los pulmones mientras mamá sostenía una taza de sidra caliente. Luca y Nico estaban parados detrás del sofá, como si ella acabara de salir de emergencias.

—Elena, pídele disculpas a tu hermana —exigió mamá apenas me vio.

—No me voy a disculpar por sentarme donde me correspondía.

Nico soltó una risa amarga.

—Puedes convertir cualquier sitio en un tribunal.

Me quité el abrigo y lo dejé sobre una silla.

—Esto no es un juicio, es un historial. En mi primer cumpleaños aquí, fueron al lanzamiento de la colección de joyería de Sofia. En el segundo, ella terminó con su novio y manejaron seis horas para traerla a casa. Hace dos meses, en mi tercer cumpleaños, su galgo no quiso desayunar y me cancelaron de nuevo.

Su rostro palideció paulatinamente.

—Surgieron imprevistos.

—También era mi cumpleaños y dura solo un día.

El crujido de la leña en la chimenea rompió el silencio. Luca intentó poner fin al asunto sacando un estuche de joyería azul marino del armario y lo puso sobre la mesa de centro.

—La cena fue un desastre; tómalo como una forma de compensarte.

Adentro había unos aretes de diamantes. Enseguida, Sofia se subió la manga y la antigua pulsera de zafiros en su muñeca destelló bajo las lámparas. Durante la primera semana después de mi llegada, mamá me había mostrado una foto de la joya; tenía mi nombre y mi fecha de nacimiento grabados en el interior. Mi abuela la había mandado a hacer cuando nací, mientras que mamá decía haberla guardado para mí durante los veinticinco años que estuve desaparecida.

—¿Por qué Sofia tiene puesta mi pulsera?

Mamá cerró de golpe el estuche de los aretes.

—La hospitalizaron por un ataque de asma grave cuando cumplió dieciocho años. Se la di para que supiera que siempre sería una Moretti.

—Entonces, ¿por qué me dijiste que me la habías guardado?

—Elena, es solo una joya. Si te gustan los zafiros, mandaremos a hacer otra igual.

—La piedra no es el punto —empujé los aretes de vuelta—. Me estás ofreciendo algo nuevo para que no mencione la promesa que rompiste.

La mirada de mamá me dijo lo que se suponía que debía hacer: tomar los diamantes, besarla en la mejilla y permitir que todos volvieran a respirar tranquilos. Así funcionaba la paz en la casa de los Moretti. Quien tuviera más dinero compraba un objeto nuevo y la persona lastimada daba el asunto por terminado.

Inmediatamente, Sofia intentó soltarse el broche. Mamá la detuvo, cubriéndole la mano con la suya.

—Nadie te está pidiendo que la devuelvas —le dijo.

Asentí y dejé de discutir. Que Sofia tuviera la pulsera no cambiaba el hecho de que ella fuera parte de la familia; lo era. El verdadero problema era que mamá le había prometido el mismo objeto, la misma habitación y el mismo momento a dos hijas distintas, esperando que la más callada cargara con la pérdida.

Siempre hubo espacio para ambas. La finca tenía catorce habitaciones, la familia era dueña de más autos de los que cualquier hogar pudiera necesitar y el dinero jamás fue un problema. El amor solo se volvió escaso cuando convirtieron cada necesidad en una competencia y asumieron que yo me ofrecería voluntariamente a perder.

Mi padre salió de su oficina y se quedó mirando los estuches de joyería sobre la mesa.

—Mañana iremos al juzgado del condado de Nassau. Los documentos para cambiar tu apellido a Moretti ya están listos.

Esa cita se había pospuesto seis veces en tres años. El abogado estaba de viaje; papá tenía una reunión; mamá sufría de migraña; Sofia necesitaba ver a un especialista… Cada excusa sonaba razonable por separado y así era como un patrón se mantenía invisible hasta que alguien lo señalaba.

—¿Quiénes irán? —pregunté.

—Todos —respondió él.

Miré a mamá, luego a Luca, a Matteo y a Nico.

—Yo estaré ahí —aseguró Luca.

Matteo asintió.

—Voy a dejar la mañana libre.

Nico se metió las manos en los bolsillos.

—Son solo un par de horas. No me lo voy a perder.

—Esta vez, nadie va a dejar tu día en segundo lugar —prometió mamá, tomándome la mano.

Sofia alzó la cabeza.

—Yo también iré. Quiero verte convertirte en una Moretti.

Esa noche, aparecieron seis mensajes casi idénticos en el chat familiar: «Mañana a las nueve en el juzgado. Nadie se va antes de tiempo».

Me quedé mirando esas promesas más tiempo del que me gustaría admitir.

«Está bien», respondí.

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