LOGIN
**CAPÍTULO 1**
**(PUNTO DE VISTA DE ISABELLA)**No debería estar aquí.
No debería estar vendada como una puta barata, con las muñecas atadas flojamente por encima de mi cabeza con una de las corbatas de seda de Damien Rossi, las piernas abiertas de par en par sobre su chaise longue de cuero negro mientras el hombre al que mi marido quiere muerto me devora como si fuera su última comida.
Pero «oh, joder… sí, por favor… oh, joder… no pares».
Gimo las palabras en voz alta, indefensa, sin vergüenza.
La lengua de Damien Rossi es implacable: la arrastra despacio y plana desde mi entrada empapada hasta mi clítoris, luego lo rodea con una precisión cruel. Siento lo hinchada que estoy, lo obscenamente mojada, cada roce texturizado, cada lametazo deliberado, cada vez que presiona la lengua plana con tanta fuerza que estallan chispas blancas y ardientes detrás de la seda. Mis caderas se sacuden sin que yo pueda evitarlo; un gemido crudo y roto me sale del pecho.
—Damien…
Su nombre en mi lengua sabe a traición y pecado. Decirlo mientras su boca está enterrada entre mis muslos es la forma más pura de traición. Y, sin embargo, no puedo parar. No quiero parar.
Él gruñe contra mi sexo, la vibración baja me atraviesa como un rayo y arqueo la espalda con tanta violencia que el chaise longue cruje debajo de nosotros. Una mano grande me clava la cadera contra el cuero con tanta fuerza que mañana tendré sus huellas marcadas, mientras la otra se desliza bajo mi sujetador y me retuerce el pezón entre dedos ásperos. El dolor agudo choca contra el calor húmedo de su lengua y ya estoy temblando, ya estoy chorreando por el culo, empapando el cuero como prueba vergonzosa de lo que estoy haciendo.
¿Cómo demonios dejé que llegara tan lejos?
Todo empezó hace dos semanas.
Volví temprano de un almuerzo benéfico al que Matteo había insistido en que fuera sola. «Networking, bella, es bueno para la imagen de la familia», me había dicho. Así que fui, como la buena esposa que representa a su marido.
La casa estaba en silencio. Demasiado silencio. Entonces lo oí: golpes rítmicos contra el cabecero y gemidos entrecortados que no eran míos.
Me quedé congelada en el vestíbulo, con el corazón latiéndome en la garganta.
Debería haberme marchado. Debería haber dado media vuelta y salido.
En cambio, subí las escaleras con las piernas entumecidas.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta.
Ahí estaba. Mi marido de cinco años, el único hombre con el que me había acostado en mi vida. Inclinado sobre una pelirroja en nuestra cama. Las piernas de ella rodeaban su cintura, las uñas le arañaban la espalda mientras él la embestía, gruñendo como un animal.
Ella gemía su nombre: «Matteo, sí, más fuerte». Y él se lo daba, con las caderas chocando con una fuerza que no había usado conmigo en más de un año.
Me quedé allí, paralizada en el umbral, mirando al hombre que una vez se había arrodillado bajo la lluvia para rogarle a su padre que nos dejara casarnos, al hombre que juró bajo los relámpagos que no quería a nadie más, solo a mí.
Me vio.
Nuestras miradas se cruzaron.
Y en lugar de detenerse, de salir, de pedir perdón, de hacer cualquier cosa… siguió empujando. Más lento, como si quisiera que viera cada centímetro desaparecer dentro de ella.
Luego sonrió con suficiencia.
—Mal momento, Isabella —dijo con la voz ronca de placer—. Ve a esperar al cuarto de invitados como una buena chica.
Me atraganté con un sollozo.
—¿Matteo, cómo…?Él salió de ella solo el tiempo suficiente para agarrarme la muñeca y arrastrarme hacia el pasillo. Tropecé, con las lágrimas nublándome todo.
—Estás haciendo el ridículo —gruñó—. Lárgate.
Me empujó con fuerza contra la pared del pasillo. Choqué de hombro y sentí un dolor punzante en el brazo. Antes de que pudiera recuperar el aliento, cerró de un portazo la puerta del dormitorio. El pestillo hizo clic.
Desde dentro oí su risita. Luego el crujido de la cama otra vez.
Me deslicé por la pared hasta quedar sentada en el suelo, con las rodillas contra el pecho, escuchando cómo mi marido se follaba a otra mujer en la cama que habíamos compartido desde el instituto. Los sonidos duraron lo que parecieron horas. Cuando por fin pararon, yo seguía allí. Entumecida, temblando, con el rímel corrido por la cara.
Salió más tarde, sin camisa, el pelo revuelto, oliendo a sexo y al perfume de ella. Me miró desde arriba como si yo fuera una mancha en la alfombra.
—Límpiate —dijo con frialdad—. Y no montes un escándalo. Así son las cosas ahora.
No tengo nada.
Ni un euro propio. Matteo controla todas las cuentas, todas las tarjetas, todas las líneas de crédito.
Ni trabajo. Se encargó de eso hace años, diciendo que era «más seguro» que me quedara en casa. Ni familia que me acogiera sin hacer preguntas que podrían costarles la vida.
Ni pasaporte; ya lo tiene guardado «por mi protección». Tengo veintiséis años y estoy atrapada en una jaula dorada con un hombre que me trata como a un objeto caducado.
Así que anoche, desesperada, humillada y sin poder soportar más los gemidos ruidosos que venían del cuarto de invitados, corrí directamente al único lugar donde sabía que los hombres de Matteo no se atreverían a seguirme: el club neutral en la frontera de nuestros territorios.
Encontré a Damien Rossi —la persona que Matteo más odiaba— sentado solo en la barra, tomando un whisky. Matteo lo odiaba porque años atrás, en una partida de póquer de altas apuestas, Damien había tirado a propósito una mano ganadora solo para ver cómo Matteo perdía todo el bote… y luego se marchó con el dinero y con la amante favorita de Matteo del brazo esa misma noche.
Me acerqué a él.
—No sabía que el señor Rossi fuera de los que beben solos en la barra. Debe de ser aburrido —dije con voz burlona.
Él soltó una risa seca.
—Y yo no sabía que la señora Conti fuera de las que no pueden retener a su marido.Me senté en el taburete de al lado.
—No he venido por lástima ni por charla —dije con una voz baja y firme que ni yo sabía que tenía—. He venido a hacerte un trato.
**PUNTO DE VISTA DE MATTEO**Ferro me esperaba en la puerta del local vacío, un espacio pequeño en una calle tranquila, lejos de cualquier zona que alguna vez hubiera pertenecido a Sophia o a mi antigua organización.—Es más chico de lo que imaginaba —dijo, recorriendo el lugar con la mirada—. Pero sirve.—No necesitamos algo grande todavía. Necesitamos algo honesto.La idea había empezado como una conversación casual, semanas atrás, cuando Ferro, ya completamente recuperado de la herida del lanzamiento, mencionó que no sabía qué hacer con el resto de su vida ahora que la guerra había terminado. Yo tampoco lo sabía, para ser honesto. Los dos habíamos pasado años entrenados para un solo tipo de trabajo, y ese trabajo ya no tenía lugar en la vida que estábamos tratando de construir.—Seguridad privada —había dicho Ferro esa noche—. Legal. Para empresas que de verdad necesitan protección, no para gente que quiere imponer miedo.La idea había crecido desde entonces hasta convertirse en es
**PUNTO DE VISTA DE ISABELLA**Firmamos el acuerdo con La Corona un martes cualquiera, sin ceremonia, en una oficina de abogados neutral donde Ibarra y Damien intercambiaron documentos con la misma formalidad fría con la que cualquier otro negocio legítimo cierra un trato. Yo estuve ahí, a pedido de Damien, no porque mi firma hiciera falta en ningún papel, sino porque él quería que viera con mis propios ojos que esta vez la paz se construía sobre algo distinto al miedo.—Se siente raro —le dije, de vuelta en el auto—. Tan simple. Después de todo lo que costó llegar hasta acá.—La paz siempre se siente rara después de la guerra —dijo Damien—. Una parte de mí sigue esperando que algo salga mal en cualquier momento.—¿Y la otra parte?—La otra parte está empezando, muy despacio, a permitirse creer que tal vez esto puede durar.Esa noche, de vuelta en la casa que ya llevaba meses sintiendo completamente mía, até los cabos sueltos que llevaba semanas evitando pensar del todo. La fábrica es
**PUNTO DE VISTA DE DAMIEN**Villanueva confirmó la información de Salazar al tercer día: un hombre que coincidía con la descripción de Esteban Ibarra había llegado al restaurante de la zona portuaria esa misma mañana, con dos guardaespaldas y ninguna intención visible de quedarse más de un par de horas.—Es él —dijo Villanueva, mostrándome las fotos tomadas desde un auto estacionado a media cuadra—. Salazar no mintió.Sentí algo parecido al alivio mezclado con una tensión nueva, distinta a la que había cargado las últimas semanas. Teníamos, por primera vez, información real sobre el hombre que había estado manejando todo desde las sombras, y con ella, la posibilidad de cambiar completamente los términos de cualquier negociación futura.—No vamos a atacarlo —dije, antes de que Villanueva pudiera sugerirlo—. Eso solo garantiza una guerra que ninguno de los dos necesita. Vamos a dejarle saber que lo conocemos, de una forma que no deje lugar a dudas de que la próxima vez que quiera negoc
**PUNTO DE VISTA DE ISABELLA**Marisol me esperaba en la puerta del taller cuando llegamos, los brazos cruzados, con la expresión de alguien que ya sabía que algo andaba mal antes de que le dijéramos una sola palabra.—Hace una hora vino un hombre preguntando por los contratos de la fábrica —dijo, apenas bajamos del auto—. No dio nombre. Dijo que representaba a un grupo interesado en comprar nuestra producción completa, a un precio mucho más alto del que cualquiera pagaría de verdad.Sentí el estómago apretárseme. Exactamente como Salazar había descrito: presión disfrazada de oportunidad, el tipo de oferta que un dueño de fábrica pequeña, con márgenes ajustados y cuentas que pagar, encontraría casi imposible de rechazar.—¿Qué le dijiste? —preguntó Matteo, ya revisando con la mirada las entradas del taller, calculando ángulos por instinto.—Que lo iba a pensar. Que necesitaba hablar con mis socios antes de decidir nada.—Bien hecho —dije, aunque por dentro sentía la urgencia creciendo
**PUNTO DE VISTA DE DAMIEN**Encontré a Salazar exactamente como Matteo me había descrito por teléfono: hinchado, con la mano izquierda hecha un desastre que claramente necesitaba un médico antes que cualquier otra cosa, pero lúcido, con los ojos moviéndose entre los dos con la clase de cálculo nervioso de alguien que sabe que su vida depende de las próximas palabras que diga.—Empezá por el líder —dije, sin sentarme, todavía de pie junto a la puerta, sin terminar de confiar del todo en que esto no fuera una trampa elaborada.—Se llama Ibarra. Esteban Ibarra. No usa ese nombre en la ciudad, siempre a través de intermediarios como Tovar, el que se reunió con usted. Pero viene en persona cada tres semanas a revisar los números, siempre al mismo lugar: un restaurante privado en la zona portuaria, el que antes era de un socio de Sophia.Reconocí el lugar de inmediato. Lo habíamos usado nosotros mismos, años atrás, para reuniones que preferíamos mantener lejos de oídos curiosos.—¿Cuándo e
**PUNTO DE VISTA DE MATTEO**Lo encontré en la puerta de mi edificio, apoyado contra la pared como si llevara ahí horas, con la cara tan hinchada que tardé un segundo de más en reconocerlo.Salazar.—No vine a pedir nada —dijo, antes de que pudiera preguntar nada, la voz quebrada, apenas audible—. Solo necesitaba decírselo a alguien antes de que me maten de verdad.Lo ayudé a entrar, contra cada instinto entrenado que me decía que esto podía ser una trampa, que La Corona bien podía estar usándolo como cebo para llegar hasta mí, hasta Damien, hasta cualquiera de nosotros. Pero la sangre seca en su camisa, los dos dedos de la mano izquierda doblados en ángulos que no eran naturales, no parecían parte de una actuación.Lo senté en el sillón y le acerqué hielo envuelto en un repasador.—Hablá —dije, sin suavizar la voz más de lo necesario.—Les di todo lo que tenía. El plan de seguridad completo, los horarios, los nombres de los hombres de Damien. Pensé que eso me compraba un lugar en su







