LOGINPunto de vista: Selene
—No —la palabra se me escapó antes de poder detenerla—. No… están equivocados.
Los tres hombres permanecieron con una rodilla en el suelo, sus cabezas bajas como si estuvieran ante la realeza en lugar de ante una mujer aterrorizada en una pequeña sala de consulta.
Miré a Kael. —Diles que se detengan.
No se movió. Sus ojos plateados estaban fijos en mi vientre, su expresión indescifrable.
—¡Kael! —mi voz se quebró—. ¡Diles que están equivocados!
Finalmente, parpadeó. —Váyanse.
La orden fue silenciosa.
El efecto fue inmediato. Los tres hombres se pusieron de pie a la vez.
—Alfa—
—Dije que se vayan.
El mayor vaciló. —Pero si la profecía es cierta, no está segura aquí.
La mirada de Kael se volvió helada. —Es una orden.
Los guardias intercambiaron miradas inquietas antes de inclinarse una vez más y salir de la habitación en fila. La puerta se cerró con un clic. Silencio, de nuevo. Odiaba este silencio. Siempre llegaba antes de que mi vida se desmoronara.
—¿Qué profecía? —exigí. Kael no respondió. Caminó hacia la ventana, deslizando una mano en su bolsillo.
Sus hombros anchos estaban tensos. Por primera vez desde que lo conocía, se veía… conmocionado.
Reí con amargura. —Lo estás haciendo de nuevo.
Su mandíbula se tensó. —¿Haciendo qué?
—Manteniéndome en la oscuridad.
Se giró lentamente. —Esto no es algo que pueda explicar en cinco minutos.
—Ah, pero rechazarme frente a cientos de personas solo te tomó uno.
Su rostro se endureció. —Merecía eso.
Lo miré fijamente.
Esas cuatro palabras deberían haberme satisfecho. En cambio… hicieron que algo dentro de mi pecho doliera. Porque durante cinco años, había imaginado este momento. Lo había imaginado disculpándose, suplicando, explicando. Ninguna de esas fantasías me había preparado para el vacío que sentía ahora.
—¿Por qué? —susurré. Sus cejas se fruncieron. —¿Por qué qué?
—¿Por qué me rechazaste? —abrió la boca. La cerró. La abrió de nuevo.
El poderoso Kael Draven de repente no encontraba las palabras. Negué con la cabeza. —Olvídalo —tomé mi bolso de la silla—. Ya no me importa.
Eso era mentira, una mentira terrible. Porque me había importado cada día durante cinco años. Caminé hacia la puerta.
Antes de que pudiera tocar la manija, su voz me detuvo. —Pensé que me habías traicionado.
Mis dedos se congelaron. —Vi evidencia. No me giré. —Vi registros bancarios.
Mi estómago se retorció. —Vi mensajes. Aun así, no me moví. —Vi grabaciones de seguridad. Finalmente… miré por encima de mi hombro. —¿Y les creíste?
El dolor cruzó su rostro. —Sí.
Reí. No porque fuera gracioso. Porque si no reía… iba a llorar. —Así que después de todo lo que pasamos… —mi voz tembló—. Elegiste documentos falsificados en lugar de a mí.
—No sabía que eran falsos.
—Ni siquiera me preguntaste. Silencio entre nosotros. —No me dejaste explicar. Más silencio. —No confiaste en mí. Esa lo golpeó. Lo vi en la forma en que sus hombros se hundieron levemente.
Durante cinco años, me había preguntado si tal vez había hecho algo mal. Tal vez no lo había amado lo suficiente. Tal vez había pasado por alto alguna señal de advertencia. Ahora finalmente sabía la verdad.
Él simplemente había elegido no creerme. Mi corazón debería haberlo odiado. En cambio… se rompió de nuevo.
Un golpe sonó en la puerta. Tres golpes rápidos. El Dr. Hayes entró junto con otro doctor y una mujer vestida con un traje azul marino. La mujer sonrió profesionalmente.
—Señor Draven. Kael frunció el ceño. —¿Quién es usted?
—Soy Amelia Ross —extendió una mano que él ignoró—. Soy la directora legal del Programa Cuna Carmesí.
Cada instinto en mi cuerpo gritó.
¡Corre!
Se giró hacia mí. —Señorita Arden… —su sonrisa se ensanchó—. Creo que es hora de explicar por qué usted lleva al hijo del Alfa Kael Draven.
La habitación giró. Lo dijo con tanta naturalidad. Como si estuviera hablando del clima. Me aferré al borde de una silla para estabilizarme. —Yo nunca acepté esto.
Amelia abrió una carpeta de cuero. —En realidad… —deslizó un documento sobre la mesa—. según nuestros registros…
Tocó la última página. —usted lo hizo.
Fruncí el ceño. —¿Mi firma?
—Eso parece.
Arrebaté los papeles de sus manos. Ahí… al final de la última página… estaba mi firma. Cada curva, cada trazo. Perfecta.
Mi sangre se heló. —Yo nunca firmé esto. La sonrisa de Amelia desapareció. —Entonces alguien lo firmó por usted.
Kael estuvo a mi lado en un instante. Tomó el contrato de mis manos temblorosas. En el momento en que sus ojos llegaron a la última página… algo cambió. Todo su cuerpo se puso rígido.
—¿Qué pasa? —susurré. No respondió. En cambio… giró lentamente el documento hacia mí. Justo debajo de mi firma… había otra firma.
La suya.
Se me cortó la respiración. Lo miré con incredulidad. —¿Tú también lo firmaste?
Su voz bajó a un susurro. —Nunca había visto este contrato.
Una brisa fría recorrió la habitación.
Cada luz parpadeó. Entonces… la vocecita resonó de nuevo dentro de mi mente. Esta vez, no tenía miedo. Era urgente.
Mamá… no confíes en la mujer de azul.
Punto de vista: Selene El grito resonó por todo el hospital. —Selene… ¡corre! ¡Ella está aquí! Cada guerrero Gamma alcanzó sus armas. Damien fue el primero en moverse. —¡Tercer piso! —la mitad de los guardias corrieron hacia las escaleras. Kael agarró mi muñeca. —Nos vamos. Me solté de inmediato. —No —sus cejas se juntaron—. ¿No?—Alguien me conoce —otro grito resonó—. Dijeron mi nombre —señalé hacia el corredor—. No voy a correr —su mandíbula se tensó—. Selene. —Prometiste respuestas. —No es el momento. —¡Nunca es el momento contigo!Por un breve segundo… la frustración cruzó su rostro. Luego desapareció. Sin decir otra palabra, se quitó su costosa chaqueta negra. Fruncí el ceño. —¿Qué haces? —en lugar de responder, la colocó suavemente sobre mis hombros. La tela todavía estaba cálida por su cuerpo. Olía tenuemente a cedro y lluvia. El aroma familiar me tomó por sorpresa. Cinco años desaparecieron en un instante. Recordé noches frías cuando él envolvía su chaqueta alrededor de mí po
Punto de vista: Selene—Yo… —la palabra se me atoró en la garganta. Mis rodillas se debilitaron mientras miraba fijamente la tableta en las manos de Damien. La mujer en la pantalla sonreía cortésmente a la recepcionista. Aceptó una pluma. Firmó los documentos. Entonces miró directamente a la cámara de seguridad.Mi corazón se detuvo. Era mi rostro. No alguien que se parecía, no un parecido lejano. Cada rasgo era idéntico. El pequeño lunar bajo mi ojo izquierdo. La diminuta cicatriz cerca de mi ceja por caerme de la bicicleta cuando tenía diez años. Incluso la forma nerviosa en que se colocaba un mechón de cabello detrás de la oreja. Yo hacía eso. Siempre lo había hecho.—No… —susurré—. Esto no puede ser real. Damien lentamente amplió la grabación. —Ojalá pudiera decir que no lo es. Mi respiración se volvió superficial. —Tiene que haber algún error.Las palabras de Cassian resonaron dentro de mi mente. Las paredes escuchan, luego las de Lucien. Cuando estés lista para saber quién realm
Punto de vista: Selene—La única persona viva que sabe quién realmente asesinó a tus padres.Las palabras resonaron en mi cabeza. Miré fijamente a Cassian, buscando en su rostro alguna señal de que esto fuera otra broma cruel. No encontré ninguna. Su sonrisa había desaparecido.—¿Lo sabes? —mi voz salió apenas como un susurro. Cassian asintió una vez. —Lo sé.Di un paso hacia él. —Entonces dímelo —sus ojos se suavizaron. —No puedo —cada nervio de mi cuerpo se tensó.—¿Qué quieres decir con que no puedes?—Aquí no.—¡He esperado cinco años!—Lo sé.—¡Mis padres murieron!—Lo sé.—¡Entonces deja de decir que lo sabes! —el pasillo quedó en silencio. Doctores, enfermeras, guerreros gamma. Todos nos observaban.Cassian no se inmutó. En cambio, metió la mano en su bolsillo y sacó una pequeña moneda plateada. Parecía ordinaria. Hasta que noté el extraño lobo grabado en un lado.La colocó en mi palma. —Cuando estés lista para escuchar la verdad… —sus dedos cerraron los míos— tráeme esto.Frun
Punto de vista: SeleneMis dedos se negaban a moverse. El teléfono se sentía más pesado con cada segundo que pasaba. Kael… de pie junto a mis padres. Tres horas antes de que murieran.Miré fijamente la marca de tiempo hasta que los números se volvieron borrosos.¡No! Tenía que haber otra explicación. Tenía que haberla.—Selene —la voz de Kael sonaba distante. No respondí.Mi pulgar tocó lentamente la imagen. Se amplió. Mi madre sonreía. Papá tenía un brazo alrededor de los hombros de Kael. No se veían asustados. Se veían…Cómodos, como si lo conocieran. Como si confiaran en él.Mi pecho se tensó. —Los conocías —no era una pregunta. Los ojos de Kael cayeron sobre mi teléfono. Su rostro perdió todo color. —¿Dónde conseguiste esa foto?—Así que es real.—Selene, respóndeme.—Es real.Reí, pero el sonido salió quebrado. —Conocías a mis padres.—Me viste pasar cinco años preguntándome por qué murieron… —mi voz tembló—. y nunca me lo dijiste.—Porque no podía —las palabras hicieron explotar
Punto de vista: Selene—¿Mi… Reina? —las palabras apenas salieron de mis labios.Miré fijamente a Kael, esperando que dijera que era alguna broma ridícula. No lo hizo. En cambio, bajó la cabeza.No completamente, solo lo suficiente para que yo lo notara. El Alfa más temido del país… acababa de mostrarme respeto. Mi corazón latía con fuerza. —No —negué con la cabeza—. No, todos están equivocados.Damien dio un paso adelante. —Alfa, este no es el lugar.—Lo sé.—El Consejo ya estará en camino.—Lo sé.—Nunca permitirán que se vaya con vida —esas palabras helaron mi sangre. —¿Perdón? —miré de un rostro a otro—. ¿Alguien podría dejar de hablar como si yo no estuviera aquí?Nadie respondió. Eso me asustó más que cualquier otra cosa.Kael finalmente me miró. —Mereces la verdad.—Entonces dímela.—Lo haré.—¿Cuándo?—En el momento en que estés a salvo. La frustración explotó dentro de mí. —¡Estoy cansada de que todos decidan qué merezco saber! —el pasillo quedó en silencio. —Me han mentido —
Punto de vista: SeleneLa risa se detuvo. La oscuridad se tragó todo. Ni siquiera podía ver mis propias manos. Mi respiración sonaba dolorosamente fuerte dentro de la sala de consulta destrozada.—¿Kael? —ninguna respuesta. Mi pulso subió hasta mi garganta. El olor a humo llenaba el aire. Vidrio roto crujía bajo los pasos de alguien. Lentos, cuidadosos, acercándose.—¡Kael! —esta vez, una mano agarró mi muñeca. Grité.—Soy yo —su voz. Baja, firme. El alivio me golpeó tan fuerte que mis rodillas casi cedieron. Sin pensarlo, agarré el frente de su camisa desgarrada. Su pecho subía y bajaba rápidamente bajo mis dedos temblorosos. Estaba vivo.Entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo. Rápidamente lo solté. —Yo… pensé…—Lo sé —su voz se suavizó—. Te tengo. Esas tres palabras rompieron algo dentro de mí. Hace cinco años…Eran todo lo que había querido escuchar. Ahora… llegaban demasiado tarde.Un tenue brillo plateado se extendió por la habitación. No del techo. No de las luces de em







