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Capítulo 2

Autor: Rita Lee
last update Fecha de publicación: 2026-10-22 13:11:53

Para el noveno día, Kael había contado cada piedra del techo de la sala de alimentación y cada forma en que el vampiro podría haberlo matado y no lo había hecho.

Era una lista corta, y eso lo enfurecía más que las cadenas.

Las esposas ya no le rodeaban la garganta; ahora llevaba una estrecha banda de plata en cada muñeca: más ligeras, pero suficientes para convertir su fuerza en agua si intentaba transformarse. Su cuerpo había dejado de gritar.

Su mente, no.

La voz de Maren vivía allí, áspera y urgente. Nunca dejes que nadie vea la media luna. Sé nadie, lobito, y vivirás.

Alguien la había visto. Había sentido cómo cambiaba la habitación cuando se le cayó la camisa. Kael había esperado nueve días a que cayera el golpe.

No había llegado.

En cambio, cada atardecer a la misma hora, la puerta se abría y el príncipe entraba con un cuenco de agua y un paño limpio.

—Es la hora —decía Sorin Vael, como si anunciara la cena.

—Vete al infierno.

—Creo que vivo allí. Extiende el brazo.

Las primeras veces, Kael se había resistido. Luchar solo hacía que la plata mordiera más hondo y que el rostro del vampiro se tensara con algo que parecía, absurdamente, vergüenza.

Así que ahora se sentaba con la mandíbula trabada y la muñeca extendida, mirando a la pared.

Nunca duraba mucho. Esa era la parte que no lograba entender. El príncipe no se regodeaba. Tomaba tres tragos, cuatro, y se apartaba con los ojos apretados, como si mirar a Kael fuera una especie de robo.

Aquella noche, sin embargo, le temblaban las manos.

Kael lo notó antes de querer hacerlo.

Los dedos del príncipe temblaban alrededor del paño, y los escondió contra el cuerpo con un gesto rápido y practicado.

—Estás enfermo —dijo Kael.

—Tengo hambre. No es lo mismo.

—Te estás muriendo de hambre. Te alimentan con sobras. —Un destello vicioso de satisfacción se alzó en él y lo sofocó de inmediato—. Tu propia gente.

—No son mi gente. —Sorin ató el lienzo con movimientos precisos y ordenados—. Son mis carceleros.

—Qué curioso. A mí me tratas igual.

Por un momento, el vampiro no respondió. Luego dijo, muy quedo:

—Sí. Así es.

No era una disculpa. Kael podría haber soportado una disculpa. Esto era peor: una admisión, dicha como un hombre que comenta el tiempo.

Sorin se fue. La cerradura giró. Kael se quedó con el sabor de aquella extraña honestidad en la boca y odió tener que pensarlo siquiera.

Al duodécimo día, lo dejaron salir al jardín.

No en libertad.

Un guardia vigilaba cada puerta, y Odile caminaba a su lado con una cesta. Pero el cielo era amplio y violeta con el crepúsculo, y por primera vez desde que los cazadores lo habían atrapado, Kael respiró sin saborear hierro.

No pretendía mirar las rosas. Eran del monstruo. Pero trepaban por todas las paredes: carmesí, marfil, un violeta intenso que nunca había visto, cada una podada con la exactitud de un cirujano.

—Las cuida él mismo —dijo Odile, observándolo—. Cada tallo. No hay jardinero más que él.

—¿Por qué?

—Las plantó su madre. —Lo dijo como quien menciona una tumba—. No te aconsejaría que digas nada ingenioso sobre ellas.

Kael no dijo nada ingenioso. No dijo nada en absoluto.

El grito desde la puerta llegó unos minutos después.

—¡Tú, mujer! Ven aquí.

El capitán Corvick cruzó la grava a grandes zancadas, rojo de ira, con dos hombres detrás. Kael podía oler el alcohol a treinta pasos.

—Las raciones del muchacho —dijo Corvick—. Come mejor que mis hombres. ¿Dónde está el inventario?

—En la cocina, capitán.

—No me mientas.

La agarró del brazo, con fuerza suficiente para dejar moretones.

Kael no decidió moverse. Un momento estaba junto a las rosas violetas y al siguiente se había interpuesto entre ellos, con la plata ardiéndole en las muñecas.

—Suéltala.

Corvick lo miró de arriba abajo, deleitado.

—¿O qué, cachorro? ¿Me morderás?

La plata zumbaba en las muñecas de Kael. El dolor le subía por los brazos hasta los codos. No retrocedió.

—Capitán.

La palabra llegó desde el sendero del jardín, suave como una hoja desenvainada. Sorin estaba a veinte pasos, con las tijeras aún en una mano, compuesto, pálido y sin expresión alguna.

—Suelta a mi ama de llaves.

—Su Alteza…

—Recuerdo muy bien cómo castiga el palacio a los soldados que ponen las manos sobre el personal del rey. —Hizo una pausa—. ¿Le gustaría explicar los moretones al Mayordomo de la Casa?

El rostro de Corvick se crispó.

Lentamente, abrió la mano. Odile se tambaleó un paso y Kael la sostuvo del codo.

—Esto no ha terminado —murmuró el capitán, y se marchó.

El silencio se instaló en el jardín. Odile se llevó los dedos al brazo y dijo, con voz temblorosa:

—Gracias, niño.

Kael apartó la mirada, avergonzado, y encontró al príncipe observándolo.

No era la mirada fría a la que se había acostumbrado. Era indagadora, casi cautelosa, como la de un hombre que abre una puerta y encuentra una habitación desconocida.

—Eso fue imprudente —dijo Sorin.

—Fue lo correcto.

—No siempre son lo mismo. —Pero no lo dijo con dureza. Se volvió hacia sus rosas, y Kael vio, con súbita claridad, que la mano que sostenía las tijeras temblaba de nuevo.

Aquella noche, Kael no pudo dormir.

Cerca de la medianoche oyó un carruaje en la puerta, un murmullo de voces, el roce del hierro. Luego pasos en el pasillo.

Se deslizó de la catre y pegó la oreja a la puerta.

—Por el mensajero del palacio, mi señor —susurró Odile—. Sellado. No me gustó el aspecto de la cera.

Se rasgó el papel. Siguió un largo silencio. Oyó cómo cambiaba la respiración del príncipe.

—¿De quién es el sello? —preguntó Odile.

—De mi hermano.

Las palabras apenas se oían. Kael frunció el ceño. Un hermano. El que había metido al príncipe en este jardín, quizá.

—¿Qué quiere?

Sorin leyó con voz baja y plana, como si cada palabra le costara:

«Querido Sorin. Espero que el regalo haya resultado satisfactorio. Tengo curiosidad por saber si el lobo presenta alguna marca distintiva. Responde antes del amanecer y te visitaré dentro de una semana.»

La sangre de Kael se heló.

No era una pregunta sobre una mascota. Era una pregunta sobre lo único en el mundo que Maren le había rogado que ocultara. Alguien más allá de estos muros lo había enviado aquí, a sabiendas.

Y el monstruo del pasillo ahora tenía la respuesta en las manos.

—Mi señor —dijo Odile—. ¿Qué le responderá?

Kael contuvo la respiración.

Durante un largo momento solo se oyó el viento entre las rosas.

—Tráeme una pluma —dijo Sorin Vael—, y dime, Odile, qué tan bien sabes mentir.

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