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Capítulo 5

Autor: Rita Lee
last update Fecha de publicación: 2026-10-22 13:12:36

Capítulo 5

Sorin vertió el vino sobre las rosas violetas al primer rayo de luz, porque no se atrevía a beberlo y tampoco soportaba la idea de dejarlo para que Odile lo encontrara.

Había llevado la copa intacta durante toda la noche, pasando junto al ala este donde la lámpara de su hermano ardió hasta las tres. El jardín yacía gris de rocío, y el vino rojo oscuro desapareció en la tierra, a las raíces del rosal de su madre. Una pequeña y necia disculpa surgió en él. Estaba alimentando las rosas de ella con veneno, tal vez, o solo con su propia cobardía.

No sabía cuál de las dos. Ese era el problema con Lysander.

—No dormiste.

Kael estaba al final del sendero, una mano alrededor de su muñeca vendada, el cuello de la camisa abotonado hasta la garganta.

—Tú tampoco —dijo Sorin.

—Difícil, con un príncipe en la casa.

—Escúchame. —Sorin dejó la copa vacía

sobre el muro—. En una hora, un médico te quitará la camisa y te examinará el hombro. Pase lo que pase, quédate quieto, mira al suelo y no digas nada.

—¿Qué vas a hacer?

—Algo en lo que estoy fuera de práctica.

Kael lo observó un momento. Luego, para el callado asombro de Sorin, asintió, como si eso bastara.

El doctor Venn llegó a las diez, un hombre meticuloso con un abrigo gris y el leve aire de alguien a quien le habían ordenado no encontrar nada y que intentaba decidir qué significaba eso.

Lysander se recostaba en el umbral de la sala de alimentación, con la misma sonrisa agradable que había llevado toda la noche. Corvick y dos guardias esperaban en el corredor.

—La camisa, por favor —dijo Venn.

Kael se desabotonó el cuello con dedos firmes. El lino se deslizó de sus hombros, y Sorin se permitió una sola mirada: las costras de las quemaduras, las viejas cicatrices blancas de las redes de los cazadores y, en el omóplato izquierdo, pálida e inconfundible a la luz de la ventana, la media luna.

El estómago se le convirtió en agua. Una mentira en una carta era una cosa pequeña al lado de una marca que no podía deshacerse.

—Una quemadura —murmuró Venn, inclinándose cerca—. Varias. Feas, pero sanando. —Frunció el ceño ante las costras—. El ungüento de Odile, ¿verdad? Bien. Y la espalda, si te das la vuelta…

Kael se giró. Sorin encontró la mirada del médico.

Era una habilidad que su madre le había enseñado entre las rosas: una forma de bajar la mirada hasta convertirla en un estanque quieto y profundo en el que otro podía adentrarse sin saberlo. La había usado una sola vez, con una niñera asustada, y se había sentido tan avergonzado que había jurado no volver a hacerlo durante un siglo.

Ves una cicatriz vieja, pensó Sorin, y empujó las palabras a través de la oscuridad detrás de sus ojos. Una marca de nacimiento, nada más. Algo ordinario. Algo aburrido.

La mirada de Venn se volvió vidriosa.

—Mm —dijo el médico—. Una cicatriz de las redes. Nada notable. —Se enderezó, parpadeando despacio—. Está en buen estado de salud, Alteza. Unas cuantas quemaduras. Un poco desnutrido.

—Gracias, doctor.

Le costó todo lo que tenía no tambalearse. Los dedos se le habían entumecido contra el catre, y el hambre despertó detrás del esfuerzo como una mano cerrándose alrededor de su garganta.

Kael se abotonó la camisa sin hacer ruido y no giró la cabeza.

—Desnutrido —dijo Lysander desde la puerta—. Qué curioso.

Nadie habló.

Cruzó la habitación en tres pasos sin prisa hasta detenerse junto a Sorin. Durante un momento solo observó al médico, que guardaba sus instrumentos con el cuidado soñoliento de un hombre que había perdido una hora.

—Siempre lo he envidiado —dijo Lysander en voz baja—. Madre nunca me lo enseñó.

El pulso de Sorin se detuvo.

—No sé a qué te refieres.

—Claro que no. —Su voz era tan cálida como siempre, pero los ojos de miel se habían vuelto planos como monedas—. Lo usaste con la nana Pell cuando éramos niños, para hacerle olvidar que yo había roto el jarrón. Estaba tan celoso. Creí que ya lo habías superado.

—Lo he superado.

—Entonces debo de estar equivocado. —Lysander posó dos dedos brevemente contra la mejilla de Sorin, como quien toca a un niño dormido—. Te ves muy pálido, hermano. Deberías descansar.

Se volvió hacia la puerta y alzó la voz para el público.

—El doctor Venn no encuentra nada anómalo. Capitán Corvick, partimos dentro de una hora. Diré a Padre que el lobo es exactamente lo que dice Sorin: un mestizo de frontera, sin importancia.

—Sí, Alteza.

—Una lástima, la verdad. —Lysander se detuvo en el umbral. No miró a Kael. Miró a Sorin, y su sonrisa no llegó a los ojos—. Había esperado tanto interesarme.

Se fue.

Sorin no recordaba haber caminado hasta el jardín. Solo recordaba el sol demasiado brillante, el ruido de las ruedas del carruaje alejándose por la grava y la mano de Kael cerrándose con fuerza alrededor de su codo.

—Te vas a caer.

—No. —Lo dijo de todos modos, con la palma apoyada en el muro—. Él lo sabe.

—Dijo que le diría al rey que yo no era nada.

—Dijo lo que quiso que oyeras. Ha adivinado lo suficiente. No puede probarlo, y por eso esperará. Aquello no fue un despido. Fue una promesa.

—¿Qué soy yo?

Sorin miró a un muchacho de veinte años que la noche anterior había extendido la muñeca porque un hombre al que odiaba había sido amable.

No podía decírselo. Lo comprendió de inmediato, con una claridad fría que lo asustó. Si Kael conocía la verdad, huiría, o pelearía, o buscaría a los hombres que habían matado a su padre. Cualquiera de esas opciones terminaría en una tumba.

—Un mestizo de frontera —dijo Sorin—. Sin importancia.

Los ojos de Kael se entrecerraron. Sabía reconocer una mentira cuando la oía. Pero la dejó pasar, y eso fue de algún modo peor.

Fue entonces cuando ambos notaron el olor.

Llegaba desde el rosal violeta, tenue y acre y completamente equivocado: una dulzura como de almendras quemadas entremezclada con algo metálico. El rocío de las hojas más cercanas se había vuelto de un gris opaco y enfermizo. Mientras miraban, los bordes de los pétalos se curvaron y ennegrecieron, extendiéndose hacia dentro como escarcha sobre una ventana.

Sorin dejó de respirar.

Conocía ese olor. Lo había percibido una vez, tres años atrás, en la sala de la cumbre, en la copa de vino de un rey licántropo moribundo.

Silverbane.

Kael se agachó junto al rosal y presionó dos dedos contra la tierra.

—Ahí es donde vertiste el vino.

—Sí.

—Sorin. —La voz de Kael era muy baja—. Intentó envenenarte.

—No. —Sorin contempló las rosas

muertas, las flores de su madre ennegreciéndose bajo el sol de la mañana—. No intentó envenenarme, Kael.

Intentó ver si yo lo bebería.

Se volvió hacia el ala este, donde el carruaje ya se había ido y la ventana de su hermano estaba vacía.

—El mismo veneno —dijo despacio— que mató al rey de los licántropos.

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