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Sangre en la Corona de Rosas.
Sangre en la Corona de Rosas.
Autor: Rita Lee

Capítulo 1

Autor: Rita Lee
last update Fecha de publicación: 2026-10-22 13:11:36

Las rosas de Rose Manor florecían independientemente de si alguien merecía verlas.

Sorin Vael se arrodilló en el parterre oriental al anochecer y trabajó las tijeras bajo una flor carmesí moribunda.

Tres años de cautiverio le habían enseñado a medir el tiempo en pétalos.

Las violetas, las favoritas de su madre, se aferraban a sus tallos hasta que la escarcha las forzaba a soltarse.

Sus manos temblaban de nuevo. Las aplastó contra los muslos.

El hambre era una cosa silenciosa al principio. Para la tercera semana sin una alimentación adecuada se convertía en un rugido. Las raciones que le dejaban los guardias habían sido reducidas otra vez aquella mañana.

No preguntó por qué.

En su lugar había notado otras cosas. Los hombres del muro seguían saludando hacia la capital, pero ya no miraban el estandarte del rey antes de obedecer una orden. Alguien más los comandaba ahora. Sorin guardó la observación cerca, como sus tijeras.

Mi señor.

Odile Marrow estaba al borde del jardín, el delantal retorcido en ambos puños. Era una mujer de cabello gris que había cuidado de aquella casa desde antes de su exilio.

Hay un carruaje en la puerta —dijo—. El capitán dice que es una entrega para usted.

—Una ampolla, espero.

Odile no sonrió.

—Creo que es más grande que eso, mi señor.

Las puertas de hierro chirriaron al abrirse sobre bisagras con hilos de plata, y el olor llegó a Sorin antes de que viera al prisionero.

Humo. Resina de pino. Tierra húmeda. Y debajo, caliente e inconfundible, sangre: no de vampiro, no humana, sino algo más salvaje, tan viva que su visión se estrechó hasta un punto.

Cuatro guardias arrastraron la figura a través de la puerta entre ellos.

Era joven, quizá de veinte años, ancho de hombros incluso doblado bajo el peso de las grilletes de plata que colgaban de sus muñecas y garganta.

Su camisa estaba rígida de sangre seca, y la piel bajo las cadenas había ampollado en carne viva. La plata hacía eso a los lobos.

El capitán, un hombre de mandíbula pesada llamado Corvick, empujó al prisionero hacia delante. El joven tropezó pero no cayó.

Sus ojos eran ámbar, furiosos y completamente intactos. Escupió sangre sobre la grava a un centímetro de las botas de Sorin.

—Órdenes del palacio —dijo Corvick—. Un regalo para el príncipe. Parecía una pena dejarlo morir de hambre.

—Ya no soy un príncipe.

—Exacto —sonrió el capitán—. Pero sigue siendo un vampiro.

Sorin no dijo nada. Detrás de Corvick, los guardias lo observaban como hombres que esperan que un animal se comporte exactamente como se espera. No habían entregado un regalo. Habían entregado una prueba.

—Averiguaré quién me envió aquí —dijo el prisionero, ronco pero firme—, y los mataré.

La amabilidad era visible, y las cosas visibles se usaban en su contra. Sorin lo había aprendido.

—Déjenlo —dijo.

—Con mucho gusto.

Los guardias se retiraron al muro. La puerta se cerró de golpe. El jardín quedó en silencio salvo por la respiración entrecortada del lobo.

—Si me tocas… —empezó el joven.

—Necesito un esclavo de sangre —oyó Sorin su propia voz salir plana, formal, de un extraño—. Parece que me han dado uno.

—No soy el esclavo de nadie.

—No —convino Sorin en voz baja—. Pero estás en cadenas de plata, detrás de muros de plata, y yo tengo mucha hambre. No hagas esto más difícil de lo necesario.

El lobo se abalanzó.

Logró dar medio paso.

La plata quemó, y cayó sobre una rodilla con un sonido que Sorin oiría durante semanas después.

Sorin cruzó la grava. Sus manos habían dejado de temblar, lo que lo asustó. Extendió la mano más allá del rostro furioso del lobo hasta la rosa más cercana, partió un tallo y extrajo una espina con la uña del pulgar.

El pulso del prisionero latía en el hueco abierto de su garganta.

—No —susurró el joven, y esta vez no era una amenaza.

—Lo sé —dijo Sorin.

Tomó la muñeca del lobo, la giró por donde la plata aún no había ampollado, y presionó la espina en la piel. Una gota de sangre brotó, oscura y brillante. El aroma lo golpeó como una ola.

No fue gentil. Lo recordaría más tarde, y no se lo perdonaría. Se alimentó con los ojos cerrados, el lobo rígido en su agarre, un gruñido bajo rodando por el pecho del muchacho. Durante tres segundos Sorin olvidó el manor, el veredicto, la sonrisa de su hermano. Durante tres segundos solo estuvo vivo.

Luego se obligó a detenerse.

Soltó la muñeca y dio un paso atrás, limpiándose la boca con una mano que, por primera vez en semanas, estaba perfectamente firme. El lobo lo miró con odio abierto, acunando su brazo sangrante.

—Monstruo —dijo.

—Sí —dijo Sorin—. Levántate.

La sala de alimentación era la única habitación del manor que se cerraba desde fuera. Sorin llevó al prisionero allí él mismo, con Odile siguiéndolo.

—Trae agua y lienzo —le dijo.

Odile trabajó en silencio. El lobo se sentó en el estrecho catre, la mandíbula apretada, y dejó que ella cortara la tela destrozada de sus hombros. Sorin permaneció junto a la puerta. Entonces la camisa cayó, y vio la marca.

Estaba en el omóplato izquierdo del lobo, pálida contra la piel bronceada: una pequeña media luna, blanco-plata, curvada como una hoja a medio desenvainar.

Sorin la reconoció al instante. La había visto en la larga galería del Palacio de Obsidiana, en el retrato de un rey lycan que había venido a firmar una paz y nunca regresó a casa.

El nombre del rey había sido Rowan Ashfang. La corte decía que Sorin lo había envenenado.

Odile se detuvo, el paño en la mano.

—¿Mi señor? ¿Ocurre algo?

—No. La palabra salió de él con facilidad, y odió lo fácil que fue—. Termina de vendarlo. Luego déjanos.

Cuando ella se fue, el joven levantó la vista hacia Sorin a través de su cabello enmarañado. Sus ojos eran hostiles, y bajo la hostilidad yacía un agotamiento tan profundo que parecía edad.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Sorin.

—¿Por qué te lo diría?

—Porque preferiría llamarte de forma precisa.

Un músculo se movió en la mandíbula del lobo.

—Kael.

—Kael —repitió Sorin, y descubrió que era un buen nombre, lo cual era inconveniente.

Se fue. Cerró la puerta desde fuera, porque los guardias observaban, y la llave giró con un clic que sintió en los dientes.

A través de la ventana al final del pasillo, las rosas se agitaron con el viento de la tarde.

En algún lugar más allá de los muros, alguien había elegido a aquel muchacho y lo había enviado allí: alguien que sabía de qué tenía hambre Sorin, y lo que el muchacho llevaba en la piel.

Sorin miró sus manos firmes.

Le habían dado un regalo, después de todo. Solo tenía que averiguar qué se suponía que le costaría.

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