INICIAR SESIÓN
Capítulo 5Sorin vertió el vino sobre las rosas violetas al primer rayo de luz, porque no se atrevía a beberlo y tampoco soportaba la idea de dejarlo para que Odile lo encontrara.Había llevado la copa intacta durante toda la noche, pasando junto al ala este donde la lámpara de su hermano ardió hasta las tres. El jardín yacía gris de rocío, y el vino rojo oscuro desapareció en la tierra, a las raíces del rosal de su madre. Una pequeña y necia disculpa surgió en él. Estaba alimentando las rosas de ella con veneno, tal vez, o solo con su propia cobardía.No sabía cuál de las dos. Ese era el problema con Lysander.—No dormiste.Kael estaba al final del sendero, una mano alrededor de su muñeca vendada, el cuello de la camisa abotonado hasta la garganta.—Tú tampoco —dijo Sorin.—Difícil, con un príncipe en la casa.—Escúchame. —Sorin dejó la copa vacíasobre el muro—. En una hora, un médico te quitará la camisa y te examinará el hombro. Pase lo que pase, quédate quieto, mira al suelo y no
Le dieron a Kael una camisa de cuello alto y le dijeron que la llevara abotonada hasta la garganta.—No es una petición —dijo Sorin desde el umbral—. Mi hermano querrá mirarte. No encontrará nada si no le das nada. Mantén la espalda contra una pared. Habla poco, y cuando lo hagas, sé aburrido.—Aburrido.—Sé un chico aburrido del Greymarch que no ha tenido un pensamiento en su vida.—No sé cómo ser aburrido.—Entonces aprende rápido. —Algo cruzó el rostro de Sorin, casi una sonrisa—.Odile dice que eres el peor mentiroso que ha conocido. Demuéstrale que se equivoca.Kael se abotonó el cuello. La tela le rozaba el hombro en proceso de cicatrización, y pensó en Maren, y en su voto de no dejarse capturar vivo por nadie con una corona. No había sabido que la corona podía ser un hombre que llamaba antes de abrir una puerta.El príncipe Lysander Vael llegó al anochecer en un carruaje negro forrado de seda blanca.Kael observaba desde la ventana del salón, con una bandeja de tazas en las man
Sorin escribió la mentira de su propia mano, porque Lysander sabría si era de cualquier otra.La pluma raspaba a la luz de la lámpara mientras Odile se mantenía a su lado, retorciendo un paño de cocina hasta convertirlo en una soga.Lo mantuvo breve, como a su hermano le gustaba: Querido Lysander. El regalo es satisfactorio. El lobo es un mestizo común de la frontera sin marcas más allá de las quemaduras de plata.Le estoy obligado por su preocupación. Sorin.Lo selló con cera simple. Sin sello. Ya no poseía uno.—Mi señor —dijo Odile al fin—. ¿Puedo preguntar qué estamos haciendo?—Proteger a un prisionero de una pregunta.—Eso no es una respuesta.—No. —Dejó la pluma—. Es el comienzo de una.No le contó lo que sospechaba, porque la sospecha hablada era mortal. Pero se le asentaba en el pecho como un carbón tragado.Solo el círculo más cercano de la corte había estudiado los antiguos retratos licántropos.Lysander se había sentado a su lado en aquella galería, aburrido, sacudiendo el
Para el noveno día, Kael había contado cada piedra del techo de la sala de alimentación y cada forma en que el vampiro podría haberlo matado y no lo había hecho.Era una lista corta, y eso lo enfurecía más que las cadenas.Las esposas ya no le rodeaban la garganta; ahora llevaba una estrecha banda de plata en cada muñeca: más ligeras, pero suficientes para convertir su fuerza en agua si intentaba transformarse. Su cuerpo había dejado de gritar.Su mente, no.La voz de Maren vivía allí, áspera y urgente. Nunca dejes que nadie vea la media luna. Sé nadie, lobito, y vivirás.Alguien la había visto. Había sentido cómo cambiaba la habitación cuando se le cayó la camisa. Kael había esperado nueve días a que cayera el golpe.No había llegado.En cambio, cada atardecer a la misma hora, la puerta se abría y el príncipe entraba con un cuenco de agua y un paño limpio.—Es la hora —decía Sorin Vael, como si anunciara la cena.—Vete al infierno.—Creo que vivo allí. Extiende el brazo.Las primeras
Las rosas de Rose Manor florecían independientemente de si alguien merecía verlas. Sorin Vael se arrodilló en el parterre oriental al anochecer y trabajó las tijeras bajo una flor carmesí moribunda. Tres años de cautiverio le habían enseñado a medir el tiempo en pétalos. Las violetas, las favoritas de su madre, se aferraban a sus tallos hasta que la escarcha las forzaba a soltarse. Sus manos temblaban de nuevo. Las aplastó contra los muslos. El hambre era una cosa silenciosa al principio. Para la tercera semana sin una alimentación adecuada se convertía en un rugido. Las raciones que le dejaban los guardias habían sido reducidas otra vez aquella mañana. No preguntó por qué. En su lugar había notado otras cosas. Los hombres del muro seguían saludando hacia la capital, pero ya no miraban el estandarte del rey antes de obedecer una orden. Alguien más los comandaba ahora. Sorin guardó la observación cerca, como sus tijeras. Mi señor. Odile Marrow estaba al borde del jardín, el d







