LOGINEl sonido de la madera cediendo se mezcló con el rugido distorsionado de varios motores acelerando en el callejón trasero. Isabella apretó el mango del bisturí de acero con ambas manos, sintiendo cómo el sudor frío le resbalaba por las palmas. Marco entró en el despacho con la chaqueta de cuero manchada de sangre y los rasgos desencajados por la furia.—Eres más dura de lo que pareces, doctora —gruñó el hermano menor, dando un paso tambaleante hacia ella mientras se sujetaba la herida del hombro—. Pero se te acabó el tiempo.Isabella no retrocedió. Levantó la hoja afilada frente a su pecho.—Dante ya lo sabe, Marco. Sabe que lo vendiste a los Benedetti. Si me pones una mano encima, no va a quedar un solo rincón en este país donde te puedas esconder.Marco soltó una carcajada amarga, un sonido seco que fue cortado de golpe por el impacto brutal de dos hombres armados que irrumpieron tras él en la estancia. Llevaban pasamontañas oscuros, chalecos tácticos sin insignias y fusiles de asal
El silencio de la madrugada sobre el distrito sur tenía un matiz distinto al de las colinas de la mansión Moretti. No era la quietud vigilante de una fortaleza blindada, sino el murmullo latente de una ciudad que nunca dormía del todo.En la trastienda de la clínica recién acondicionada, Isabella ordenaba los frascos de glucosa y los paquetes de gasas estériles. Llevaba cuatro días desde su regreso. Cuatro días en los que el teléfono satelital que descansaba en su escritorio había sido el único cordón umbilical con Dante. Cada llamada breve a medianoche —una voz grave, desgastada por la diplomacia forzada con los ancianos del consejo del sur, pero cargada de una devoción intacta— le recordaba la promesa que se habían hecho antes de separarse.La luz tenue del quirófano iluminaba la puerta trasera de emergencia. Afuera, la camioneta de la escolta personal que Dante había asignado a su custodia permanecía estacionada en la penumbra del callejón.De pronto, el chasquido metálico de un ce
La partida de Valentina Visconti no había sido más que la chispa que anticipaba un incendio de proporciones mayores. Tres días después de su visita, el consejo del sur envió un ultimátum formal a la mansión Moretti: o Dante cumplía con la alianza matrimonial pactada por su padre para consolidar las rutas marítimas del continente, o las familias del sur cortarían todo suministro de armas, romperían los acuerdos comerciales y declararían un estado de guerra comercial que ahogaría al clan en menos de un mes.En el despacho privado, el humo denso de un habano flotaba bajo la luz cenital de la lámpara de escritorio. Marco caminaba de un lado a otro de la estancia con pasos rápidos y nerviosos, mientras Dante permanecía sentado en su sillón de cuero, con los codos apoyados sobre la madera y los dedos entrelazados cubriéndole parte del rostro.—No podemos ignorarlos, hermano —insistió Marco, deteniéndose frente al escritorio con los ojos muy abiertos por la frustración—. Los Rossi controlan
La lluvia de otoño comenzó a golpear los ventanales acorazados de la mansión Moretti con una insistencia sorda, transformando el paisaje exterior en un borrón de grises y sombras. En el despacho privado, el olor a papel antiguo y a madera de caoba se mantenía intacto tras la revelación de las cartas del padre de Isabella. Ella seguía con la mirada perdida sobre el escritorio de cuero, sintiendo que cada certeza sobre su pasado se había desmoronado para dejar al descubierto una red de hilos invisibles que la ataban a ese mundo desde mucho antes de nacer.Dante se mantenía a su lado, con una mano firme apoyada en su hombro, un ancla tangible en medio del torbellino emocional. Ninguno de los dos había pronunciado palabra en los últimos diez minutos; el peso de la confesión paterna flotaba en el aire como una sentencia cumplida.De pronto, el zumbido sordo del intercomunicador interno rompió el silencio de la estancia.Dante se inclinó para pulsar el botón de respuesta. La voz de Marco re
La tarde había avanzado sobre las colinas, arrojando largas sombras doradas sobre el pavimento de piedra del patio principal. Las camionetas de la escolta ya estaban formadas en fila, con los motores en marcha y los guardias revisando el equipo antes de emprender el viaje de regreso al distrito sur. La clínica de Isabella había sido acondicionada y blindada bajo la atenta mirada de Marco, y todo estaba listo para su reabertura oficial.Sin embargo, antes de cruzar los portones de hierro por primera vez como la señora de la casa Moretti —protegida por el escudo de un imperio criminal—, Isabella había solicitado un momento a solas en el despacho privado de la planta baja que Dante había mandado a limpiar y restaurar.El despacho era amplio, dominado por estanterías de caoba oscura, un escritorio de cuero tallado y un ventanal con vistas al jardín de invierno. Dante le había entregado las llaves esa misma mañana, un símbolo silencioso de que ya no quedaban puertas cerradas para ella dent
El resplandor cenizo del amanecer se filtraba a través de las pesadas cortinas de lino, dibujando una franja pálida sobre las baldosas de madera de la habitación. Isabella abrió los ojos despacio. El silencio en los aposentos principales de la mansión Moretti era espeso, interrumpido únicamente por el crepitar moribundo de las últimas brasas en la chimenea de piedra y el murmullo lejano del viento entre los cipreses del jardín.Permaneció inmóvil durante largos minutos, mirando el techo abovedado.Al girar levemente la cabeza, notó que el lado de la cama junto al suyo estaba vacío, aunque las sábanas de lino oscuro aún conservaban el calor y la impronta del cuerpo de Dante. Sobre la mesa de noche descansaba una taza de café humeante y un pequeño frasco con antiséptico junto a un vendaje limpio: un gesto silencioso, casi doméstico, que parecía fuera de lugar en la fortaleza del capo más temido de la ciudad.Isabella se incorporó despacio, dejando que la sábana cayera sobre su cintura.







