로그인Tengo dos genitales masculinos. El doctor me dijo que mi caso era rarísimo, una enfermedad incurable. Tampoco es que sea tan grave; ahí abajo tengo algo diferente a los demás y es bastante salvaje. Pero a mí eso me arruinó la vida. Cada vez que llevaba a una mujer a casa, en cuanto me bajaba los pantalones y ella veía los dos mienbros, salía corriendo, muerta de miedo. Mi amigo, Darío, sabía lo desesperado que estaba y me invitó a unirme a un club de ciclismo. Al principio no le di importancia. ¿Qué tiene de divertido estar en bicicleta? Pero él me dijo: —No subestimes este club; está lleno de mujeres. Cuando subamos a la montaña de noche y esté tan oscuro que no se vea nada, ahí aprovechas para cogértelas. Las dejas bien contentas; te garantizo que no se van a resistir, y ya con eso la vida va a ser una maravilla, ¿no? Me ganó la calentura y acepté ahí mismo.
더 보기—Iván, si sabes lo que te conviene, junta quinientos mil dólares; si no, te denuncio. Te aseguro que te caen diez años de cárcel.Yo no podía creerlo. Conocía a Darío desde niño; siempre lo había considerado un buen amigo.El caso es que, con los años, mi carrera iba cada vez mejor, mi sueldo no dejaba de subir, y hasta me compré una casa en el centro de la ciudad.En cambio, desde que entró a la universidad, Darío se la pasaba de mujer en mujer, metido en bares y clubes nocturnos.Llegó a los treinta sin un centavo. Resulta que me tenía en la mira desde hacía mucho. No le tuve miedo y lo encaré:—Eso del club de ciclismo que armaste es ilegal. Ningún juez te va a dar la razón.Al escuchar eso, Darío se echó a reír con más descaro.—¿Cuál club? Aquí nunca hubo ningún club, jajaja.Saqué el celular para revisar y descubrí que habían eliminado todo el historial de la conversación unas horas antes. ¡Nunca existió ningún club de ciclismo! Todo era una trampa que Darío me había tendido. En
Quise detenerla y le sujeté la muñeca para que dejara de meter mano ahí dentro. Pero ella dijo:—No me da miedo; tampoco es ningún monstruo. Solo quiero tocarlo.Al escucharla, le solté la mano y la dejé explorar como quiso.Sus manos eran suaves y tersas, de un tacto delicadísimo, y me provocaban un cosquilleo imposible de calmar; sentía una corriente que me subía desde abajo hasta la cabeza.Tanteó un rato y se le iluminó la cara de pura emoción.—Ya me imagino que si me llenas con esos dos tan grandes, me vas a dejar en el cielo.Ya tenía las mejillas sonrojadas y se veía adorable. Cualquier mujer normal salía huyendo en cuanto veía mis dos penes; en cambio, esta chica de la minifalda no solo no se asustaba, sino que hasta se entusiasmaba. Este club sí que era distinto. Así que ya no tenía nada que ocultar y la dejé tocar todo lo que quiso.Necesitó las dos manos para abarcarme. Mientras me la meneaba con suavidad, el cuerpo se me fue tensando y una sensación deliciosa me recorrió.
No pude evitar quedarme con la duda, pero si Darío lo decía así, no me pareció buena idea insistir. Solo me quedaba esperar con ansias a que llegara el fin de semana para poder probar también con otras.Lo raro era que, esos días, cada vez que le escribía a Valentina, casi nunca me contestaba y me guardaba mucha distancia.No se parecía en nada a la vez anterior, cuando estaba tan entusiasmada. Después de lo bien que la hice sentir, lo lógico habría sido que quedara bien encariñada conmigo. Le conté a Darío lo que me inquietaba para ver qué me decía.Pero Darío solo me respondió:—Ya no te preocupes por eso. Ella solo viene a divertirse; el resto del tiempo hace su vida normal y ya.Al escucharlo, me recosté en el sillón y, en silencio, prendí un cigarrillo. Mis pensamientos subían despacio con el humo y se quedaban flotando bajo el techo.Desde aquella vez con Valentina, sentía que ya no podía aguantarme las ganas; a cada rato quería regresar a pedalear.Y con tantas mujeres, no me co
—¡Ah!Valentina gritó como si fuera a enloquecer. Era su primera vez, así que creía que todos los hombres eran así. Me sentía el hombre más afortunado del mundo; ni en sueños imaginé que llegaría un día así. El día en que me comería, nada menos, a una universitaria buenota.Pero los gritos de Valentina sonaban cada vez más dolorosos, y llegué a temer que la matara de tanto darle. Pero la sensación ahí abajo era deliciosa; no podía parar y cada vez le daba más fuerte… No sé cuánto tiempo seguí así, hasta que se me tensó todo el cuerpo y me descargué a gusto.Valentina quedó sin fuerzas; incluso se desmayó. Me asustó mucho. “Mi nena, Valentina, no me vayas a fallar”, pensé.Apenas había probado lo dulce que era, no la iba a perder así de fácil.Me apuré a presionarle el punto bajo la nariz, y por suerte volvió en sí. Me miraba toda mimosa, con cara de estar pasándola riquísimo. Valentina se acurrucó en mis brazos y me dijo con dulzura:—Iván, eres muy rudo. Nunca había sentido algo así.
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