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Seduciendo al amor
Seduciendo al amor
Author: Inés Ávila

Eleanor

Author: Inés Ávila
last update publish date: 2023-07-28 10:18:18

Eleanor Hawkins, era una niña afortunada al nacer en el seno de una familia adinerada, pero a pesar de esto, su padre fue exigente en la crianza de ella.

Cómo estudiante, no le permitía que sus notas fueran mediocres, era portadora de su apellido y la educación que recibía era de nivel superior; era la heredera de una cuantiosa fortuna y por ser su única hija no le quedaba otra opción que ser educada en el rigor de números e inversiones y sin sentimientos a la hora de tomar una decisión.

Ella, se sentía orgullosa de ser una Hawkins, por generaciones el apellido había estado relacionado con armadores de barcos, era un apellido de tradición en negocios multimillonarios, y su padre Alfred Hawkins había heredado del padre de él, una habilidad y un olfato súper desarrollado a la hora de hacer una inversión.

Apenas cumplía los 12 años, y era conocida por su carácter férreo, con un genio de los mil demonios y la astucia suficiente para profetizar que sería una dura en los negocios, como su padre.

Su madre Alexia Atkinson era una bella mujer, algo tímida, muy dulce y maternal con su hija, quien siempre se quejaba de cómo ella la trataba y que no necesitaba de mimos y de arrumacos, que dejara esas boberías y tuviera un comportamiento, de una mujer de clase y sociedad.

Alexia solo sonreía y meneaba la cabeza en gesto de resignación, pues sabía que Eleanor era en carácter, la viva estampa de su padre, solo heredó de ella su extraordinaria belleza, que era lo que había cautivado a Alfred, solo cuando ella tenía diecisiete años.

Eleanor, era extraordinaria en todo lo que se proponía, le encantaba montar a caballo y lo hacía con destreza, caminaba apenas con sus doce años con una elegancia y su cuerpo, el cual ya se perfilaba hermoso, era grácil y muy atlético, a esa edad, con suaves curvas muy definidas.

Tenía ojos azul intenso, pestañas de color marrón, tez blanca, cabello con el color rojo, nariz respingada y perfilada, que sería la envidia de cualquier cirujano plástico, su boca era carnosa y de un rojo natural, sí, sería una mujer bellísima.

Alfred, su padre la veía venir hacia él y se le inflaba el pecho de orgullo; y más al saber lo implacable que sería en los negocios, era toda una digna heredera del prestigioso apellido Hawkins.

— ¿Cómo está la heredera de todo lo que poseo?— preguntó su padre al verla llegar con el ceño fruncido.

— ¡Estoy súper enojada por estar acá!— respondió ella.

Así era la vida de la pequeña heredera, con tan corta edad, ya todos sabían que le gustaba todo bien hecho y a tiempo, así que todo el personal, cuando sabían que ella vendría trataban de tener todo de punta en blanco.

— Eleanor, ya Will tiene todo listo, así que quita tu cara de severidad y vámonos— fueron las palabras de su madre al dirigirse a ella.

Ella vio duramente unos segundos al viejo Will, éste sólo bajó la cabeza en señal de disculpas, los padres y ella salieron hacia el campo abierto y disfrutar de una cabalgata mañanera y así respirar aire puro.

Al día siguiente, celebrarían el cumpleaños sólo con Eleanor y los empleados, pues la misma jovencita le había dicho: "no estoy para ver la cara de tantos idiotas". Así que sus padres invitaron a familiares cercanos, que sumarían unas veinte personas.

Esa mañana, llenaron el patio de flores y todos se sentían festivos, pues la pequeña patrona estaba arribando a sus hermosos doce años. Su padre había, a pesar de ella, organizado algo hermoso y lleno de alegría.

— Quiero que disfrutes de tu cumpleaños mi princesa, todo esto y más, un día será tuyo, y ya no habrá tiempo de disfrutar sencillamente, así que, antes que se te vaya la niñez, disfruta, porque la vida de negocios que te espera es dura e implacable— Alfred le dijo ésto lleno de orgullo por su hermosa heredera.

— Está bien papá— dijo besándolo con ternura en una de sus mejillas— prometo disfrutar, pero no más fiestas de cumpleaños, por favor.

Él asintió con su cabeza y le dio un fuerte abrazo, ella se dispuso a cumplir con lo prometido a su padre; estuvo revisando cada rincón con los empleados que conocía de toda la vida, río, bailó y luego sencillamente dijo:

— Bueno, yo ya estoy cansada, voy a descansar, quedan todos en su casa, señores, buenas noches— y salió cual reina entrando en la casa y dejando a todos, incluyendo a sus padres, con los ojos redondos por la sorpresa.

Y como lo dijo, lo cumplió, subió a su cuarto, se puso su pijama y se metió en su cama, quedando profundamente dormida a los pocos minutos de haber puesto su cabeza en la almohada.

Pasó el tiempo y Valeria llegó a sus dieciséis años, su madre se sentía orgullosa de ella. Era alta y esbelta, pelo rojo fuego, con sus ojos color azul que era muy raro entre los pelirrojos, pero ella era única; le encantaba la vida al aire libre, ir a la playa o hacer escaladas, montar a caballo.

Las fiestas o reuniones sociales, no le gustaban mucho, decía que las fiestas solo eran para perder el tiempo y sólo dejaban, cansancio y estrés que no eran nada divertido.

Su padre le decía, que las fiestas eran, en ocasiones, muy especiales para conocer personas y a él le encantaría presentarla en una fiesta social, como la hermosa dama que era.

— Muchas veces, las fiestas nos ayudan a ampliar nuestro círculo social, hija— dijo Alfred muy sabiamente— deberías aprender esto, pues un día tendrás que organizar muchos eventos sociales.

— Está bien, organicen ese evento social y yo haré lo que haya que hacer— dijo ella, con gesto huraño— y no me hagan sonreír, porque no estaré feliz.

Alfred Hawkins meneo su cabeza y suspiró, su hija era de carácter fuerte y muy seria, a pesar de tener apenas dieciséis años. Se preparó para salir, porque ese día, más tarde, tendría una reunión con un posible socio, Merritt Downey. Este hombre era un hombre de negocios, archi millonario y con quién pensaba formar sociedad y así aumentar sus arcas de dinero.

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