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Seis Meses Siendo Suya
Seis Meses Siendo Suya
Author: Sephora

Capítulo 1: Lo que es mío

Author: Sephora
last update publish date: 2026-09-09 22:37:24

Llevaba una semana viviendo con el nombre de mi padre convertido en sinónimo de muerte en cada rincón de la ciudad, así que cuando un coche negro se detuvo frente a mi portal aquella tarde, no me sorprendió. Llevaba esperándolo desde el día en que Guillermo desapareció dejando solo una nota, una cuenta bancaria vacía y mi nombre en todos los papeles que antes llevaban el suyo.

"Lo siento, Sephora. Es la única forma de que sobrevivas a esto."

No me sentía como si estuviera sobreviviendo a nada. Me sentía como el cordero que alguien deja atado a la estaca cuando huye del lobo.

El hombre que conducía no dijo una palabra en todo el trayecto. Tampoco hizo falta: la mansión Falcone hablaba por sí sola, alzándose al final de un camino de grava tan largo que daba tiempo a arrepentirse de la vida entera antes de llegar a la puerta. Piedra oscura, ventanas altas, y ese silencio específico que solo tienen los sitios donde el dinero lleva generaciones acostumbrado a que nadie le lleve la contraria.

Me hicieron pasar sin explicaciones. Nadie me dijo con quién iba a hablar, ni de qué, ni por qué la reunión tenía que ser en persona en lugar de a través de un abogado, como cualquier deuda normal. Una mujer de uniforme gris me condujo por un pasillo, me dijo que esperara, y desapareció antes de que me diera tiempo a preguntar dónde.

Fue Sebastián quien apareció en su lugar.

Lo había visto una vez, años atrás, en una cena de negocios de mi padre a la que me llevó cuando yo todavía era lo bastante joven para pensar que "negocios" significaba algo aburrido con papeles. No recordaba que tuviera esa sonrisa. O quizá sí la tenía, y yo era demasiado pequeña entonces para reconocer lo que escondía.

—Sephora Duart —dijo, como si probara el nombre—. Qué generoso por tu parte, venir tú misma a pagar la deuda de tu padre.

—No sabía que tenía otra opción.

—No la tienes. —Sonrió más—. Pero eso no quita que sea generoso. Ven, te enseño la casa mientras esperamos.

No debí seguirlo. Lo supe incluso mientras lo hacía, con esa clase de certeza estúpida que llega siempre demasiado tarde para servir de algo. Me llevó por un pasillo lateral, después por unas escaleras que bajaban en lugar de subir, y para cuando quise darme cuenta de que "la casa" no incluía sótanos en ningún recorrido normal, la puerta ya se había cerrado detrás de nosotros.

El sótano olía a humedad y a tabaco barato, dos cosas que no pegaban ni remotamente con el vestido que me había puesto para una reunión que pensaba que iba a ser sobre papeles y firmas.

Sebastián me arrinconó contra la pared de ladrillo antes de que me diera tiempo a procesar lo que estaba pasando. Su mano, pesada y húmeda, me sujetó la mandíbula con una firmeza que no dejaba lugar a dudas sobre lo que pretendía.

—Nadie viene aquí a hacerse la digna, preciosa —dijo, con el aliento a whisky rozándome la cara—. Aquí todos pagamos de alguna forma. Tu padre eligió no pagar. Así que ahora pagas tú.

Intenté apartarme. Su otra mano me sujetó la cadera con una fuerza que dejaría marca, y por un segundo, uno solo, el pánico me nubló cualquier plan de defensa que hubiera podido tener.

Y entonces la puerta se abrió de golpe.

No hizo ruido al entrar, y eso fue lo que más me asustó. Un hombre de metro noventa y pico debería hacer ruido al moverse tan rápido, pero Cesare Falcone se movió por aquel sótano como si el aire supiera apartarse de su camino.

No gritó. No hizo falta.

—Sebastián.

Solo una palabra. Y sin embargo, sentí cómo la mano que me sujetaba la mandíbula empezaba a temblar antes incluso de soltarme.

Su primo —lo sabría después— se giró despacio, con la sonrisa aún medio formada en la cara, como si todavía pudiera salir de aquello con la dignidad intacta.

—Solo estábamos hablando, Cesare, no...

—¿Hablando? —Cesare dio dos pasos hacia el interior de la habitación, y cada uno de ellos pareció comerse el espacio disponible. Llevaba el traje impecable, ni un pelo fuera de sitio, como si acabara de salir de una reunión de junta y no de recorrer media mansión buscándome.

—Explícame qué parte de "hablar" incluye tenerla contra la pared.

Sebastián abrió la boca. No le dio tiempo a usarla.

Cesare cruzó lo que quedaba de distancia y lo agarró del cuello de la camisa con una sola mano, levantándolo lo justo para que las puntas de sus zapatos rozaran el suelo sin apoyarse del todo. No fue un gesto de fuerza bruta y torpe. Fue quirúrgico. Calculado. El tipo de violencia que solo se permite alguien que sabe exactamente cuánto daño puede hacer y ha decidido, por ahora, no hacer todo el que podría.

—Escúchame bien, porque no pienso repetirlo —dijo, y su voz bajó de volumen en lugar de subir, lo cual, de alguna manera, resultó mucho peor—. Lo que es mío, nadie lo toca. Ni tú, ni nadie con nuestro apellido, ni el mismísimo don si se le ocurriera intentarlo, aunque sea tu padre.

—Ella no es tuya —logró decir Sebastián, con la voz estrangulada—. Todavía.

Algo cambió en la cara de Cesare. Algo pequeño, casi imperceptible, pero que me erizó la piel de los brazos de todos modos.

—Todavía —repitió, como si probara la palabra—. Gracias por la corrección. Siempre tan amable.

Lo soltó. Sebastián cayó contra la pared, tosiendo, y por un instante pensé que ahí terminaría todo. Que Cesare se giraría, comprobaría con un gesto rápido que yo estaba bien, y aquello quedaría archivado junto a los otros mil malos recuerdos que había acumulado desde que mi padre desapareció. Qué idiota.

No fue lo que pasó.

Cesare me miró.

No fue la mirada de alguien comprobando daños. Fue la de alguien evaluando una adquisición. Recorrió mi cara, mi vestido arrugado por el forcejeo, el punto rojo que sin duda se estaba formando ya en mi mandíbula donde los dedos de Sebastián me habían sujetado. Se tomó su tiempo. No dijo nada mientras lo hacía, y ese silencio pesaba más que cualquier pregunta.

—¿Te ha hecho daño? —preguntó al final. No sonó a preocupación. Sonó a inventario.

—Estoy bien —mentí, porque el corazón todavía me latía a un ritmo que no tenía nada de "bien", y porque no pensaba darle a ninguno de los dos Falcone la satisfacción de verme temblar.

Algo parecido a una sonrisa le cruzó la boca. No era amable, era claramente cruel.

—Mentirosa. —Dio un paso hacia mí, y aunque su tono seguía siendo tranquilo, cada célula de mi cuerpo entendió que aquella habitación tenía un único depredador y nunca había sido Sebastián—. Me gusta eso. Las mentirosas.

—No estoy aquí para gustarte. Estoy aquí porque mi padre te debe dinero.

—Tu padre —dijo, arrastrando la palabra como si le dejara mal sabor de boca— nos debe dinero, e intentó robarnos el doble antes de desaparecer dejándote a ti como fianza. —Ladeó la cabeza—. Eso te convierte, técnicamente, en propiedad de esta familia hasta que la deuda se salde. Sebastián no se equivocaba del todo con eso. Solo se equivocó pensando que la propiedad de la familia es propiedad de cualquiera con nuestro apellido.

—No soy propiedad de nadie.

—Todavía —dijo, y esta vez la palabra sonó exactamente igual que cuando la había usado Sebastián segundos antes, pero en su boca significaba otra cosa completamente distinta. Una promesa, no una amenaza a medias.

Me quedé callada. No porque no tuviera nada que decir, sino porque de repente no confiaba en mi propia voz.

Cesare se acercó un paso más, lo suficiente para que tuviera que echar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Olía a algo caro que no supe identificar, madera y algo más oscuro debajo. Sándalo, quizás.

—Tienes dos opciones, Sephora Duart —dijo, y el hecho de que supiera mi nombre completo sin que nadie se lo hubiera dicho delante de mí me heló la sangre más que cualquier otra cosa que hubiera pasado esa noche, aunque no debería—. Opción uno: tu padre sigue debiéndonos, tú sigues siendo la fianza, y esta familia decide qué hacer contigo de la forma en que decidimos qué hacer con cualquier deuda impagada. No te va a gustar cómo termina esa opción en ninguno de los futuros posibles.

—¿Y la segunda opción?

Sonrió de verdad esta vez. Fue, de alguna manera retorcida, la parte que más miedo me dio de toda la noche.

—La dos me la vas a preguntar tú misma. En mi despacho. En cinco minutos.

Se giró hacia la puerta sin esperar respuesta, con la seguridad absoluta de alguien que nunca en su vida ha tenido que comprobar si alguien le sigue.

No miró atrás para ver si Sebastián seguía en el suelo.

Tampoco miró atrás para ver si yo le seguía a él.

Y sin embargo, cuando llegó al final del pasillo, yo ya estaba unos cuantos pasos detrás, con las piernas moviéndose por su cuenta hacia una puerta de madera oscura al fondo de la casa, con el pulso todavía disparado por la adrenalina y una sola pregunta machacándome la cabeza más fuerte que el miedo:

¿qué clase de trato le pides al diablo cuando ya no te queda nada que perder?

Puse la mano en el pomo de la puerta entreabierta.

Y entré.

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