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Capítulo 2: Las reglas del juego

Author: Sephora
last update publish date: 2026-09-10 18:06:17

El despacho de Cesare Falcone no tenía nada de discreto.

Techos altos, una pared entera de cristal con vistas a un jardín que probablemente costaba más que el piso entero en el que crecí, y un escritorio de madera oscura tan grande que parecía diseñado a propósito para que quien se sentara al otro lado se sintiera pequeño. No entendí lo bien que funcionaba hasta ese momento, porque era yo quien estaba de pie frente a él, con las piernas todavía temblando por lo del sótano.

Cesare no estaba sentado. Estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a mí, con las manos en los bolsillos, como si mi presencia allí fuera lo menos urgente de su noche.

—Siéntate —dijo, sin girarse.

—Prefiero estar de pie.

Eso sí le hizo darse la vuelta. Algo parecido a diversión le cruzó la cara, breve, casi imperceptible.

—Prefieres —repitió, como si la palabra le pareciera exótica—. Interesante que creas que aquí eso importa. Siéntate, Sephora.

No era una petición. Me senté.

Rodeó el escritorio despacio, sin prisa, y se quedó apoyado en el borde, a menos de un metro de donde yo estaba. Desde ahí podía oler otra vez ese perfume caro que ya había notado en el sótano. Era una distancia calculada: demasiado cerca para sentirme cómoda, demasiado lejos para acusarlo de nada.

—Tu padre nos debe dos millones trescientos mil —dijo, sin preámbulo—. Y no solo nos debe, intentó desviar fondos que no eran suyos para desaparecer con ellos. Eso, en circunstancias normales, se paga con algo mucho peor que dinero.

—No sé dónde está.

—Lo sé. —Lo dijo con la misma tranquilidad con la que se comentaría el tiempo—. Si lo supieras, ya estarías muerta, o ya lo habrías vendido para salvarte. El hecho de que sigas aquí, intacta, dando la cara por él, me dice que de verdad no tienes ni idea. Es casi conmovedor.

—¿Casi?

—No te sobrestimes. —Ladeó la cabeza alzando una ceja—. Pero es ese "casi conmovedor" lo que hace que estés en mi despacho y no en el sótano con Sebastián, terminando lo que empezó.

Sentí el estómago cerrarse.

—¿Qué es lo que quieres?

Cesare se tomó su tiempo antes de contestar. Se cruzó de brazos, y por primera vez desde que había entrado en aquel sótano, pareció estar eligiendo las palabras con cuidado, como si incluso él supiera que lo que iba a decir cambiaría algo.

—Seis meses —dijo—. Vas a ser mía durante seis meses. Vives aquí, en esta casa. Juegas bajo mis reglas. Eres mi juguete el tiempo que yo decida, de la forma que yo decida, y me llamas papi cada vez que se me antoje oírlo. —Hizo una pausa, dejando que las palabras aterrizaran—. A cambio, la deuda de tu padre desaparece. Y lo que es más importante para ti ahora mismo: mantengo a mi familia, es decir, a la parte de mi familia mucho menos indulgente que yo, completamente alejada de tu vida. Nadie más va a acorralarte en un sótano. Nadie va a decidir que eres un problema que resolver. Mientras estés conmigo, estás bajo mi protección. Y créeme, niña, es la única protección real que vas a encontrar en esta ciudad.

Me reí. Fue un sonido feo, sin nada de humor de verdad.

—¿Tu juguete?

—Mi juguete —confirmó, sin inmutarse lo más mínimo, asintiendo lentamente—. Ninguna de las que han pasado por aquí antes que tú llegó a los seis meses. A veces me cansé yo primero. Otras veces decidieron que lo que yo ofrecía no era ni remotamente lo bastante dulce, lo bastante amable, y se fueron corriendo en cuanto pudieron. No te lo voy a maquillar: soy igual de sincero sobre mis propios defectos que sobre los de los demás. —Se encogió de hombros, como si aquello fuera un dato menor—. No te estoy prometiendo un cuento de hadas, Sephora. Te estoy ofreciendo un trato. La única diferencia entre esto y lo que ha pasado en el sótano es que yo, al menos, te lo estoy preguntando. 

—No me estás preguntando nada. Sabes que no tengo alternativa real.

—Tienes la alternativa de la puerta —dijo, señalándola con un gesto mínimo de la cabeza—. Sales por ahí, vuelves a tu vida, y en algún momento de las próximas semanas alguien de mi familia decide que la deuda se cobra de otra forma. No te voy a mentir diciéndote que esa alternativa es buena. Pero existe. No te estoy encerrando aquí. De hecho, puedes irte en cualquier momento. Lo único que pasará será que no haré nada para que te cacen como a un conejo.

Eso, de alguna manera retorcida, era peor que si lo hubiera hecho. Porque significaba que tenía que elegir esto. Que en unos meses, cuando todo terminara, no podría decirme a mí misma que no había tenido opción.

—¿Y si acepto? ¿Qué pasa cuando pasen los seis meses?

—Te vas. Con la deuda saldada, con tu vida de vuelta, y sin que nadie con el apellido Falcone vuelva a acordarse de tu existencia. —Una pausa, un parpadeo—. Salvo yo, probablemente. Pero eso ya sería mi problema, no el tuyo.

Me quedé mirándolo, intentando encontrar la trampa, la letra pequeña, el motivo real detrás de una oferta que sonaba demasiado ordenada para algo que había empezado con un hombre agarrando a otro del cuello en un sótano.

—¿Por qué yo? —pregunté al final—. Podrías haberle hecho esta misma oferta a cualquiera. Podrías simplemente haber dejado que Sebastián hiciera lo que quisiera conmigo y ahorrarte la molestia.

Algo cambió en su expresión. No fue mucho, pero fue suficiente para que me diera cuenta de que había tocado algo que él no tenía intención de responder todavía.

—No me apetece contestarte —dijo—. Si llegas hasta el final de los seis meses, quizás te lo diga.

—Eso no es justo.

—No digas gilipolleces. Nada de esto lo es. —Se apartó del escritorio y se acercó un paso, lo suficiente para que tuviera que levantar la barbilla para seguir sosteniéndole la mirada, llena de desprecio por un comentario desubicado—. Dejaré pasar tu estupidez. No te acostumbres. ¿Aceptas el trato, o prefieres la puerta?

El corazón me latía con fuerza, pero mi voz, cuando salió, sonó más firme de lo que me sentía.

—Acepto.

La sonrisa que le cruzó la cara entonces no tenía nada de amable. Tenía una cruel satisfacción de victoria.

—Buena chica—dijo—. Entonces la primera regla empieza ahora mismo: cuando yo diga que te sientas, te sientas. Cuando yo diga que te levantas, te levantas. Y cuando te pregunte si estás de acuerdo con algo, la respuesta correcta empieza siempre por "sí, papi". Puedes practicar. Tenemos tiempo de sobra.

Se dirigió hacia la puerta sin esperar a que yo dijera nada más, exactamente igual que había hecho en el sótano. Y exactamente igual que entonces, aunque cada fibra racional de mi cuerpo me gritaba que aquello era una pésima idea, mis piernas ya se estaban moviendo para seguirlo.

Cruzamos el vestíbulo principal —mármol oscuro, un candelabro que parecía sacado de otro siglo— y subimos una escalinata de piedra hasta un ala de la casa que hasta entonces no había visto. Al final del pasillo, una puerta doble se cerró a nuestra espalda con un chasquido demasiado silencioso para ser accidental. Aquello, entendí sin que nadie me lo dijera, era su territorio. Su planta. Su ala entera de la mansión, separada del resto como si ni siquiera el resto de la familia Falcone mereciera pisarla sin permiso.

—¿Por qué yo? —volví a preguntar, porque el silencio me estaba matando más que cualquier respuesta que pudiera darme—. Algún motivo habrá.

Cesare no aminoró el paso, pero me imaginé su expresión exasperada.

—Porque me da la gana —dijo, con una tranquilidad que resultaba casi insultante, sin girarse lo más mínimo—. Y todo lo que quiero, tarde o temprano, acaba siendo mío. No hace falta más razón que esa.

—Eso no es una razón, es un capricho.

—La mayoría de las cosas que de verdad importan en mi vida empezaron como caprichos. —Por fin me miró, con algo indescifrable en los ojos—. En cualquier caso, ¿qué coño te importa? Deberías dejar de buscarle sentido y empezar a sacarle partido. Que fue justo la oferta que te hice en el despacho, por si ya se te ha olvidado.

—¿Puedo pedir lo que quiera de verdad? ¿Cualquier cosa?

—Cualquier cosa. Y no es solo esta noche —dijo, deteniéndose por fin frente a otra puerta, la que supuse que sería la suya—. Mientras dure esto entre nosotros, pedir es tuyo siempre. Aprovéchalo bien de todos modos, soy un hombre generoso. —Y esta vez me miró con una media sonrisa coqueta que se me clavó de una forma más tóxica de lo que querría reconocer jamás.

Algo travieso, casi peligroso, se despertó en mí. Si iba a ser su juguete, si él iba a decidir cada regla de aquel juego durante los próximos seis meses, al menos jugaría a mi manera.

—Quiero cenar —dije, con una sonrisa que no intenté disimular, la clase de sonrisa que se le pone a alguien que acaba de decidir averiguar hasta dónde llega la paciencia del otro—. Salmón. En sashimi, con hielo picado, como se sirve de verdad. Anguila también. Y brandy, del bueno, no el que se sirve para impresionar a un abogado que no sabe distinguirlo del vino de garrafa.

Su ceja se levantó ligeramente, como si esperara que ahí terminara la lista. No terminaba.

—Y antes de la cena quiero un baño de burbujas, como llevo semanas sin poder darme uno como Dios manda. Sales de baño de verdad, no las que huelen a hospital. Después del baño, productos de belleza, obivamente. Crema, perfume, lo que sea que use la gente que no tiene que elegir entre eso y pagar el alquiler. Y ropa. Ropa normal, de mi talla, no lo que llevo puesto desde que me sacaron de mi piso, algo con lo que pueda estar decente cuando esté delante de...

Dudé solo un segundo antes de terminar la frase.

—Delante de papi.

Cesare no dijo nada, así que seguí, cada vez más envalentonada con su silencio.

—Y un teléfono. Uno nuevo, que solo sirva para hablar contigo. Nada de números antiguos, nada de nadie más que pueda escucharnos.

Dejé pasar un segundo, disfrutando de lo mucho que se estaba alargando aquel silencio, antes de rematarlo.

—Y esto —dije, señalando el espacio entre los dos con un gesto vago— es solo lo de antes de cenar.

Se hizo un silencio que se alargó más de lo que debería y sonreí ligeramente.

—Joder —dijo Cesare al final, y algo en su voz sonó más ronco que sorprendido, como si la palabra le hubiera costado más control del que estaba dispuesto a admitir—. Te dije que pidieras lo que quisieras, no que me arruinaras antes de que llegáramos siquiera a la cena.

Pero ya tenía el teléfono en la mano antes de terminar la frase.

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