LOGINCesare desapareció durante dos días enteros sin una sola palabra.
No hubo mensajes, ni notas dobladas contra copas de champán, ni ese perfume suyo rondando por los pasillos del ala privada que ya empezaba a sentir, contra toda lógica, como algo parecido a un hogar. Su servicio me repetía, con la misma educación impersonal de siempre, que "el señor Falcone tenía asuntos que atender". No pregunté qué tipo de asuntos. No pensaba darle la satisfacción de que pareciera que me importaba.
Decidí no perder ni un minuto pensando en ello. Si él podía desaparecer sin explicaciones, yo podía usar la única ventaja real que me había dado: pedir lo que quisiera, siempre.
Así que pedí.
Empecé por los libros —no unos pocos, sino cajas enteras, todo lo que llevaba años queriendo leer y nunca había podido permitirme. Después pedí algo más grande: una matrícula universitaria completa, la carrera de abogacía que había dejado a medias cuando la vida de mi padre implosionó y se llevó la mía por delante con ella. Nadie preguntó nada. El dinero de los Falcone, al parecer, no hacía preguntas, solo transferencias.
La matrícula era la que más me pesaba en el pecho, si soy sincera. Antes de que mi padre lo destrozara todo, había soñado con terminar esa carrera sin depender de nadie para hacerlo. Ahora la estaba consiguiendo gracias al dinero de un hombre que me llamaba su juguete, y todavía no sabía si eso era una victoria o una rendición disfrazada de una.
Seguí pidiendo de todos modos. Vinilos —discos que había visto en tiendas de segunda mano sin poder comprarlos nunca— y un tocadiscos como Dios manda para ponerlos, plantas para llenar de verde una habitación que hasta entonces solo sabía ser elegante y fría, y flores frescas cada día, sin falta, porque si Cesare Falcone quería que jugara según sus reglas, al menos iba a jugar rodeada de cosas bonitas. Material, comida y ropa; por supuesto.
Para cuando se cumplieron tres días, mi enorme habitación ya no se parecía en nada a la que me habían asignado la primera noche. Y Cesare seguía sin aparecer.
Fue entonces cuando cogí el teléfono que me había dado —el que solo servía para hablar con él— y escribí sin pensármelo demasiado:
¿Tengo que comprarme también otro sugar daddy? El mío ha desaparecido.
Lo envié antes de poder arrepentirme, y me quedé mirando la pantalla con una mezcla de orgullo y terror por lo que acababa de hacer.
Cesare Falcone se presentó en mi puerta treinta minutos después.
No me dio tiempo ni a levantarme del todo del sofá. Cruzó la habitación en tres zancadas, con la corbata torcida y una expresión que no le había visto antes —no la ira controlada y quirúrgica del sótano, sino algo más crudo, más inmediato—, y antes de que pudiera preguntarle qué demonios le pasaba, su mano ya me rodeaba el cuello, empujándome contra la pared con una firmeza que me cortó la respiración de golpe. Mi espalda golpeó secamente contra el papel precioso, y las puntas de mis zapatos apenas rozaban el suelo mientras él ejercía presión como para ahogarme de verdad. Dudé un instante entero, pero finalmente comprendí que podía, más o menos, respirar. Sin embargo, entendrí rápidamente que aquello no era un gesto vacío.
—¿Otro sugar daddy? —dijo, muy cerca de mi cara, casi exhalando sobre mi mejilla con una rabia evidente en cada parte de su rostro y la voz reducida a algo bajo y peligroso—. Vuelve a insinuar que existe otro hombre en tu vida, aunque sea de broma, y vas a descubrir exactamente cuánto de lo que viste en ese sótano me guardaba todavía.
El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que podía sentirlo bajo su mano. Y sin embargo, por debajo del miedo, algo más se removió al verlo así, tan fuera de sus casillas por una simple broma en un mensaje. Tosí cogiendo su muñeca con mis dos manos, pequeñas y frágiles en comparación con aquel antebrazo tatuado que me anclaba a la pared. Con dificultad, pude articular unas palabras, excusándome.
—Solo era un mensaje, Cesare.
—Calla la puta boca —Su pulgar se movió apenas, un roce mínimo y delicado contra mi mandíbula que contradecía por completo la dureza de su agarre—. No comparto nada mío. Ni siquiera en broma. Y tú, bebé, eres solamente mía.
Nos quedamos así un momento, su mano todavía en mi cuello, los dos respirando con más fuerza de la que ninguno de los dos hubiera querido admitir. Poco a poco, sentí cómo la presión cedía. Exhaló separando su rostro del mío después de inhalar el aroma de mi cuello con una dedicación casi febril. Sus dedos se aflojaron hasta convertirse en algo casi tierno, hasta que terminó apoyando la palma abierta contra el lateral de mi cuello, como si necesitara comprobar que seguía teniéndome ahí, entera, antes de soltarme del todo. Las marcas rojas alrededor de mi blanca piel eran evidentes. Finalmente, pude respirar con tranquilidad, pero no aparté mi mirada de la suya en ningún momento, sintiendo que si lo hacía quizás podía arrancarme la cabeza.
—Ahora empiezo a entender por qué las otras huyeron —dije, con la voz algo más ronca de lo que hubiera querido, en cuanto recuperé el aliento.
Algo parecido a una sonrisa —oscura, pero real— le cruzó la cara.
—Bien. Me gusta que vayas entendiendo cómo funciona esto.—Me soltó con una suavidad impropia.— Y sin embargo, tú sigues aquí.
Fue entonces cuando pareció fijarse, por primera vez desde que había entrado, en el resto de la habitación.
Se quedó completamente quieto, bajando la mano hacia su costado.
Las estanterías que antes estaban vacías ahora estaban llenas de libros, apilados también en el suelo porque ya no cabían más. El tocadiscos ocupaba la mesita junto a la ventana, rodeado de vinilos todavía sin clasificar. Había plantas en cada superficie disponible, y un ramo de flores frescas —el tercero en tres días— presidía la mesa de noche.
—¿Qué cojones es toda esta m****a?
—Dijiste que podía pedir lo que quisiera. Siempre. —Me encogí de hombros, disfrutando abiertamente de su cara, aunque todavía notaba el cuello caliente donde había estado su mano—. No especificaste que tuviera que ser razonable.
Se pasó una mano por la cara, y por un segundo pareció que iba a discutírmelo. No lo hizo. De hecho, la comisura de sus labios se alzó apenas un poco en un amago de sonrisa y un pequeño sonido gutural escapó de su pecho, casi incrédulo. Se limitó a mirar la habitación entera una vez más, despacio, como si estuviera recalculando algo sobre mí que hasta entonces no había tenido en cuenta.
Cesare tardó un momento en hablar, todavía con la mirada fija en las estanterías llenas.
—Tengo un evento dentro de unos días. Formal, de los que no puedo saltarme. —Me miró fijamente—. Vas a venir conmigo. Y te vas a portar bien.
—¿Podremos ir a un concierto de jazz, después? — Intenté preguntar, sabiendo que me excedía.
—Ni hablar. —Negó con la cabeza, aunque el gesto tenía más de diversión contenida que de negativa real—. Después de este puto numerito, harás exactamente lo que yo te diga y nada más.
—Eso no es justo, papi.
—Joder, creía que había quedado claro que nada de esto lo es, bebé. —dijo, repitiendo, casi palabra por palabra, lo que me había dicho la primera noche en su despacho.
Se dio la vuelta hacia la puerta, y esta vez no dijo nada más. No hizo falta. Me quedé ahí, con la mano todavía notando el fantasma de la suya en el cuello, preguntándome en qué momento exacto había dejado de darme miedo perder este juego.
Isabella se acercó unos pasos más, deteniéndose a una distancia calculada, ni muy cerca ni muy lejos, la distancia exacta de quien ya ha decidido que no hay ninguna amenaza real en la habitación. Su corto cabello negro se movio apenas, y sus ojos marrón avellana profundos se clavaron en mí, escrutándome. Tenía la misma edad que Cesare, y casi podía escuchar la rabia que sentía al estudiar detenidamente mi apariencia física. —Así que tú eres el motivo por el que Cesare ni me responde a las llamadas —dijo, con una sonrisa que no le llegó a los ojos, recorriéndome de arriba abajo con la misma frialdad con la que se inspecciona un contrato antes de firmarlo, pero con un odio interno crepitante—. Debo admitir que esperaba algo... más. Aunque supongo que el atractivo pasajero nunca ha necesitado ser sofisticado. Alcé una ceja, perpleja ante un comentario tan vulgar. Sentí la vieja tentación de bajar la cabeza, de dejar que aquella mujer con generaciones de orgullo detrás me hiciera sentir
La mañana de la reunión llegó lapidaria. Me había vestido para la ocasión con un cuidado que no supe si era vanidad o puro instinto de supervivencia. Elegí un vestido granate, sobrio en apariencia pero cortado con la precisión suficiente para no dejar ninguna duda sobre las curvas que escondía debajo de esa elegancia, la tela ciñéndose a la cintura y cayendo después en una línea limpia hasta mis rodillas. Me recogí el pelo en un moño bajo, impecable, y me maquillé con trazos mínimos pero exactos —los labios en un tono oscuro a juego con el vestido, la mirada delineada lo justo para parecer serena en vez de asustada—, hasta que la mujer que me devolvió el espejo se pareció más a una modelo camino de una portada que a la chica que había llegado temblando a aquella casa hacía apenas unas semanas. Los tacones, altísimos y del mismo tono granate, añadieron los centímetros justos para sostenerme la espalda recta durante lo que fuera que me esperara al otro lado de aquella puerta.Cesare me
Volvimos de la sesión de fotos ya bien entrada la tarde, todavía con el subidón tonto de la risa compartida en el cuerpo, y lo que debería haber sido un final de tarde cualquiera se alargó de una forma que ninguno de los dos había planeado. Después de despedirnos temporalmente, Cesare apareció en la puerta de mi habitación pasadas las cuatro, todavía con la camisa del despacho pero sin la corbata, el primer botón desabrochado, con una expresión que no reconocí del todo —algo parecido a la indecisión, extraño en un hombre que normalmente sabía exactamente lo que quería antes de entrar en cualquier habitación y, claramente, tenía controlado el perfil que quería mostrar.—¿Interrumpo? —preguntó, señalando con la barbilla el libro abierto sobre mis piernas.—Depende. ¿Vienes a domarme, o a que hablemos de libros?Se apoyó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos, con una sonrisa que no tenía nada del filo habitual.—¿Qué estás leyendo, bebé?Le enseñé la portada.—Cumbres Borrascosa
Cuando todavía estaba flotando en la nube tonta y confusa del desayuno de esa misma mañana, con la sensación extraña de que algo entre los dos acababa de cambiar de sitio sin que ninguno lo hubiera anunciado en voz alta, Cesare entró en mi habitación sin llamar, encontrándome enfrascada en el estudio.—Nos han pedido una sesión de fotos —anunció él, con el teléfono todavía en la mano y una expresión que oscilaba entre la resignación y algo parecido a la diversión—. Una marca de relojes. Por lo visto, lo de la gala corrió como la pólvora, y alguien de marketing decidió que hacíamos buena pareja para una campaña.—¿Literalmente porque somos guapos?—Literalmente. —Se encogió de hombros—. El dinero de esta familia no viene solo del miedo, Sephora. También viene de saber vender una imagen cuando conviene.Me alivió ver que una pequeña sonrisa sacudía las comisuras de los labios de Cesare. ¿Significaría aquello que la reunión con el Don ya estaba decidida? ¿Que mañana sería un día bueno? T
Me desperté tarde, todavía con el vestido de seda color champán puesto, arrugado sin remedio, con la vaga sensación de no haber dormido lo suficiente después de una velada como aquella.Lo primero que vi, nada más abrir los ojos, fue el ramo. No cualquier ramo —peonías blancas mezcladas con algo morado que no supe identificar, tan grande que apenas cabía sobre la mesita de noche—, colocado con un cuidado que no encajaba con la idea que tenía de cómo funcionaba el servicio de aquella casa. Junto al jarrón, doblada con precisión militar, había una caja larga y plana, y encima de la caja, una tarjeta.Como prometí. Lo de la corona tardará un par de días más —hay que encargarla. No te acostumbres a que cumpla todos tus caprichos con esta rapidez. — C.Abrí la caja con manos todavía torpes de sueño. Dentro, un vestido —no de fiesta, sino de los que una se pone para un día cualquiera y aun así siente que va vestida de domingo— en un tono verde botella que jamás habría elegido yo misma y que
La pregunta se quedó flotando entre los dos, en el aire cargado del despacho, mucho después de que dejara de sonar. El fuego de la chimenea proyectaba sombras inquietas sobre las paredes forradas de madera oscura, y el único otro sonido en la habitación era el hielo, deshaciéndose despacio en el vaso que Cesare todavía sostenía, como si el tiempo mismo se hubiera puesto de su lado para alargar aquel silencio todo lo posible.Poco a poco, sosteniendo un silencio tenso e imposible de interpretar, lo vi dejar el vaso en la mesita junto a la butaca, sin prisa, sin apartar los ojos de mí ni un segundo. Su mano trazó entonces una línea invisible hasta mi cabeza, acariciando primero un mechón de pelo antes de hundirse por completo en mi cuero cabelludo. Las yemas de sus dedos ardían, arremolinándose por mi melena con una precisión que no tenía nada de casual, como si llevara toda la noche memorizando exactamente dónde quería tocarme primero. Cedí a su tacto con un suspiro que no intenté disi







