LOGINCesare no dijo nada. Se limitó a inclinarse hacia delante, muy despacio, dándome tiempo de sobra para apartarme si quería hacerlo. No me aparté. Sus ojos no se separaron de los míos ni un instante. Podía escuchar su respiración pesada, y el dulce crepitar de la tela contra sus músculos tensos.
Sentí el calor de su aliento contra la piel un instante antes de sentir su húmeda lengua, justo cuando abrió los labios para sacarla. Fue un roce lento y deliberado que recogió el trozo de salmón como si aquello fuera lo más natural del mundo, como si no acabara de cruzar una línea que ninguno de los dos había mencionado en voz alta. Se me cortó la respiración. No hubo prisa en el gesto, ni torpeza —fue exactamente igual de calculado que todo lo demás que había hecho desde que había aparecido en mi vida horas antes, y precisamente por eso resultó devastador.
Cerró los labios alrededor de la piel de mi escote. No pude diferenciar si aquello podría considerarse beso, pero definitivamente sentí una muy leve succión en la piel, que no llegó a ser siquiera pasional. Se apartó despacio, con la misma calma con la que se había inclinado, aunque algo en su mandíbula tensa desmentía esa calma, dándome a entender que él estaba quizás más consternado que yo por su propia actuación.
—¿Crees que puedes jugar con la paciencia de papi, Sephora? —preguntó, con la voz más baja de lo normal—. Porque dudo mucho que puedas seguir un ritmo así mucho tiempo sin romperte por la mitad.
—Estoy llena —dije repentinamente, aunque no estaba del todo segura de si hablaba de la cena o de él. Necesitaba huir de aquella provocación que me había superado.
No insistió. Cogió su copa de brandy y bebió despacio, sin apartar los ojos de mí por encima del borde del vaso. Yo hice lo mismo con mi champán, agradecida de tener algo en las manos que no fuera su mirada.
Fue entonces cuando lo noté —algo pequeño, casi imperceptible, que no encajaba con el hombre que había visto levantar a Sebastián del suelo con una sola mano sin que le temblara el pulso. Cesare dejó la copa en la mesa con más cuidado del necesario, como si necesitara concentrarse en el gesto para no hacer otra cosa. Se pasó una mano por el pelo plateado, deshaciendo el peinado perfecto un poco más. No me miraba ya del todo a los ojos, sino a un punto impreciso entre mi cara y la copa, como si necesitara un lugar seguro donde posar la vista.
Entendí, con una satisfacción que no esperaba sentir, que le estaba costando controlarse. Que yo, sin proponérmelo del todo, le estaba poniendo nervioso de una forma que probablemente no le pasaba desde hacía mucho tiempo, si es que le había pasado alguna vez. Lo que no lograba discernir todavía era si aquel nervio era voluntad de control rota, o el preludio de un depredador profesional en acción.
—No te acostumbres a verme así —dijo, con un intento de recuperar el tono de mando que tan bien se le daba, aunque le salió con menos firmeza de la que sin duda pretendía—. No volverá a pasar.— Claramente se estaba excusando por una falta de rigidez y de impoluta presencia transaprente.
—¿El qué? ¿Que se te note que no eres de piedra?
Espeté con una voz que ni sabía que tenía. Me maldije instantáneamente, comprendiendo que estaba llevando las cosas demasiado lejos. Gracias a Dios, no contestó. Y ese silencio, viniendo de un hombre que hasta entonces había tenido una respuesta preparada para todo, me dijo más que cualquier palabra que pudiera haber elegido. Me sentí un poco más cómoda.
—Buenas noches, papi—dije con una voz dulce e inocentona, levantándome antes de que él pudiera recomponerse del todo.
No me detuvo. Tampoco dijo nada mientras cruzaba el comedor hacia la puerta, aunque sentí su mirada clavada en la espalda todo el camino como las garras de un tigre hambriento.
Ya en mi habitación —porque, según parecía, también tenía una habitación propia dentro de aquel ala privada suya, otro detalle que no había pensado preguntar— me quité los tacones y me senté en el borde de la cama, todavía con el vestido puesto, con la pulsera de oro rosa pesándome en la muñeca como un grillete; recordatorio constante de dónde estaba y con quién.
Debería haber estado pensando en mi padre. En la deuda. En Sebastián y en lo que habría pasado si Cesare no hubiera llegado a tiempo al sótano. De hecho, lo hice. Pensé exactamente diez segundos en cualquier cosa que no fuera la sensación precisa y cálida de su lengua contra mi piel, o la forma en que se le había escapado el control durante apenas un segundo, lo suficiente para que yo lo viera. Su imagen daba vueltas en mi cabeza: su perfecto traje, sus labios finos, la ostentosa línea de su mandíbula, aquellas cejas encaradas que parecían esculpidas en la piedra más sexy del Olimpo. Bufé.
Había aceptado ser su juguete durante seis meses. Lo que nadie me había advertido era que un juguete, tarde o temprano, también puede aprender a jugar con quien lo sostiene. Y, quizás fruto de mi escandalosa juventud, tenía una tendencia imposible a tensar la cuerda al límite y ver cuánto más podría jugar sin que me pisaran el cuello. Supongo que era un gaje de supervivencia.
Me tumbé en la cama sin cambiarme, mirando el techo, repasando la noche entera desde el sótano hasta la copa de brandy que no había terminado de vaciar. Seis meses. Una cifra que hacía apenas unas horas me había parecido una condena, y que ahora, incomprensiblemente, empezaba a parecerme demasiado corta para los retorcidos experimentos que se me ocurrían.
No me gustó nada lo rápido que se me había ocurrido ese pensamiento. Y por primera vez desde que mi padre desapareció, no fue el miedo lo que me mantuvo despierta.
Le curé los nudillos yo misma, en silencio, con el botiquín que encontré en el baño de su despacho —una desinfección rápida, unas tiritas que quedaban ridículas sobre unas manos tan grandes—, y él se dejó hacer sin apartar los ojos de mí ni un solo segundo, como si necesitara memorizar el gesto para sobrevivir a la noche. Un minuto después, Cesare me sujetó la muñeca, deteniéndome. —Tengo que decirte algo —dijo—. Y necesito que me dejes terminar sin interrumpirme, porque si me interrumpes no sé si voy a tener el valor de volver a intentarlo. —Inténtalo. —Soy torpe —empezó, con una risa amarga que no tenía nada de humor de verdad—. Mi padre murió cuando yo tenía nueve años, en una guerra de territorio que él mismo empezó por orgullo, y lo único que aprendí de él antes de que lo enterráramos fue que un Falcone no llora en público. Mi tío se encargó del resto: a los catorce ya sabía limpiar un arma más rápido de lo que sabía atarme una corbata. A los dieciocho, tiré la única colección
La noche cayó pesada sobre la mansión, cargada todavía con los restos de la pelea del pasillo. Me había pasado las últimas horas dándole vueltas a la misma pregunta sin encontrar ninguna respuesta que me convenciera del todo: si el miedo de Cesare era real, ¿por qué seguía sin tener ningún plan concreto que ofrecerme? Recogí las migajas de mi dignidad. Pensé en qué tan idiota había sido encaprichándome de un hombre que, de hecho, tenía clarísimo en el primer momento que nuestra relación sería un trato circunstancial. Me reí de mí misma recordando cómo, la noche anterior, me esforcé tanto para conseguir aquel vinilo de su infancia. Pensé que todavía no lo habría visto. Pensé que aquello le patearía todavía más el corazón que no sabía si tenía.La puerta se abrió de golpe pasada la medianoche, sin llamada previa, golpeando contra la pared con un estruendo que me hizo incorporarme de un salto.Cesare cruzó la habitación en tres zancadas agresivas, todavía con la camisa arrugada de la reu
Isabella se acercó unos pasos más, deteniéndose a una distancia calculada, ni muy cerca ni muy lejos, la distancia exacta de quien ya ha decidido que no hay ninguna amenaza real en la habitación. Su corto cabello negro se movio apenas, y sus ojos marrón avellana profundos se clavaron en mí, escrutándome. Tenía la misma edad que Cesare, y casi podía escuchar la rabia que sentía al estudiar detenidamente mi apariencia física. —Así que tú eres el motivo por el que Cesare ni me responde a las llamadas —dijo, con una sonrisa que no le llegó a los ojos, recorriéndome de arriba abajo con la misma frialdad con la que se inspecciona un contrato antes de firmarlo, pero con un odio interno crepitante—. Debo admitir que esperaba algo... más. Aunque supongo que el atractivo pasajero nunca ha necesitado ser sofisticado. Alcé una ceja, perpleja ante un comentario tan vulgar. Sentí la vieja tentación de bajar la cabeza, de dejar que aquella mujer con generaciones de orgullo detrás me hiciera sentir
La mañana de la reunión llegó lapidaria. Me había vestido para la ocasión con un cuidado que no supe si era vanidad o puro instinto de supervivencia. Elegí un vestido granate, sobrio en apariencia pero cortado con la precisión suficiente para no dejar ninguna duda sobre las curvas que escondía debajo de esa elegancia, la tela ciñéndose a la cintura y cayendo después en una línea limpia hasta mis rodillas. Me recogí el pelo en un moño bajo, impecable, y me maquillé con trazos mínimos pero exactos —los labios en un tono oscuro a juego con el vestido, la mirada delineada lo justo para parecer serena en vez de asustada—, hasta que la mujer que me devolvió el espejo se pareció más a una modelo camino de una portada que a la chica que había llegado temblando a aquella casa hacía apenas unas semanas. Los tacones, altísimos y del mismo tono granate, añadieron los centímetros justos para sostenerme la espalda recta durante lo que fuera que me esperara al otro lado de aquella puerta.Cesare me
Volvimos de la sesión de fotos ya bien entrada la tarde, todavía con el subidón tonto de la risa compartida en el cuerpo, y lo que debería haber sido un final de tarde cualquiera se alargó de una forma que ninguno de los dos había planeado. Después de despedirnos temporalmente, Cesare apareció en la puerta de mi habitación pasadas las cuatro, todavía con la camisa del despacho pero sin la corbata, el primer botón desabrochado, con una expresión que no reconocí del todo —algo parecido a la indecisión, extraño en un hombre que normalmente sabía exactamente lo que quería antes de entrar en cualquier habitación y, claramente, tenía controlado el perfil que quería mostrar.—¿Interrumpo? —preguntó, señalando con la barbilla el libro abierto sobre mis piernas.—Depende. ¿Vienes a domarme, o a que hablemos de libros?Se apoyó en el marco de la puerta, cruzándose de brazos, con una sonrisa que no tenía nada del filo habitual.—¿Qué estás leyendo, bebé?Le enseñé la portada.—Cumbres Borrascosa
Cuando todavía estaba flotando en la nube tonta y confusa del desayuno de esa misma mañana, con la sensación extraña de que algo entre los dos acababa de cambiar de sitio sin que ninguno lo hubiera anunciado en voz alta, Cesare entró en mi habitación sin llamar, encontrándome enfrascada en el estudio.—Nos han pedido una sesión de fotos —anunció él, con el teléfono todavía en la mano y una expresión que oscilaba entre la resignación y algo parecido a la diversión—. Una marca de relojes. Por lo visto, lo de la gala corrió como la pólvora, y alguien de marketing decidió que hacíamos buena pareja para una campaña.—¿Literalmente porque somos guapos?—Literalmente. —Se encogió de hombros—. El dinero de esta familia no viene solo del miedo, Sephora. También viene de saber vender una imagen cuando conviene.Me alivió ver que una pequeña sonrisa sacudía las comisuras de los labios de Cesare. ¿Significaría aquello que la reunión con el Don ya estaba decidida? ¿Que mañana sería un día bueno? T







