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Capítulo 4: Fuera de control

Author: Sephora
last update publish date: 2026-09-10 23:00:27

Cesare no dijo nada. Se limitó a inclinarse hacia delante, muy despacio, dándome tiempo de sobra para apartarme si quería hacerlo. No me aparté. Sus ojos no se separaron de los míos ni un instante. Podía escuchar su respiración pesada, y el dulce crepitar de la tela contra sus músculos tensos.

Sentí el calor de su aliento contra la piel un instante antes de sentir su húmeda lengua, justo cuando abrió los labios para sacarla. Fue un roce lento y deliberado que recogió el trozo de salmón como si aquello fuera lo más natural del mundo, como si no acabara de cruzar una línea que ninguno de los dos había mencionado en voz alta. Se me cortó la respiración. No hubo prisa en el gesto, ni torpeza —fue exactamente igual de calculado que todo lo demás que había hecho desde que había aparecido en mi vida horas antes, y precisamente por eso resultó devastador.

Cerró los labios alrededor de la piel de mi escote. No pude diferenciar si aquello podría considerarse beso, pero definitivamente sentí una muy leve succión en la piel, que no llegó a ser siquiera pasional. Se apartó despacio, con la misma calma con la que se había inclinado, aunque algo en su mandíbula tensa desmentía esa calma, dándome a entender que él estaba quizás más consternado que yo por su propia actuación.

—¿Crees que puedes jugar con la paciencia de papi, Sephora? —preguntó, con la voz más baja de lo normal—. Porque dudo mucho que puedas seguir un ritmo así mucho tiempo sin romperte por la mitad.

—Estoy llena —dije repentinamente, aunque no estaba del todo segura de si hablaba de la cena o de él. Necesitaba huir de aquella provocación que me había superado.

No insistió. Cogió su copa de brandy y bebió despacio, sin apartar los ojos de mí por encima del borde del vaso. Yo hice lo mismo con mi champán, agradecida de tener algo en las manos que no fuera su mirada.

Fue entonces cuando lo noté —algo pequeño, casi imperceptible, que no encajaba con el hombre que había visto levantar a Sebastián del suelo con una sola mano sin que le temblara el pulso. Cesare dejó la copa en la mesa con más cuidado del necesario, como si necesitara concentrarse en el gesto para no hacer otra cosa. Se pasó una mano por el pelo plateado, deshaciendo el peinado perfecto un poco más. No me miraba ya del todo a los ojos, sino a un punto impreciso entre mi cara y la copa, como si necesitara un lugar seguro donde posar la vista.

Entendí, con una satisfacción que no esperaba sentir, que le estaba costando controlarse. Que yo, sin proponérmelo del todo, le estaba poniendo nervioso de una forma que probablemente no le pasaba desde hacía mucho tiempo, si es que le había pasado alguna vez. Lo que no lograba discernir todavía era si aquel nervio era voluntad de control rota, o el preludio de un depredador profesional en acción.

—No te acostumbres a verme así —dijo, con un intento de recuperar el tono de mando que tan bien se le daba, aunque le salió con menos firmeza de la que sin duda pretendía—. No volverá a pasar.— Claramente se estaba excusando por una falta de rigidez y de impoluta presencia transaprente.

—¿El qué? ¿Que se te note que no eres de piedra?

Espeté con una voz que ni sabía que tenía. Me maldije instantáneamente, comprendiendo que estaba llevando las cosas demasiado lejos. Gracias a Dios, no contestó. Y ese silencio, viniendo de un hombre que hasta entonces había tenido una respuesta preparada para todo, me dijo más que cualquier palabra que pudiera haber elegido. Me sentí un poco más cómoda.

—Buenas noches, papi—dije con una voz dulce  e inocentona, levantándome antes de que él pudiera recomponerse del todo.

No me detuvo. Tampoco dijo nada mientras cruzaba el comedor hacia la puerta, aunque sentí su mirada clavada en la espalda todo el camino como las garras de un tigre hambriento.

Ya en mi habitación —porque, según parecía, también tenía una habitación propia dentro de aquel ala privada suya, otro detalle que no había pensado preguntar— me quité los tacones y me senté en el borde de la cama, todavía con el vestido puesto, con la pulsera de oro rosa pesándome en la muñeca como un grillete; recordatorio constante de dónde estaba y con quién.

Debería haber estado pensando en mi padre. En la deuda. En Sebastián y en lo que habría pasado si Cesare no hubiera llegado a tiempo al sótano. De hecho, lo hice. Pensé exactamente diez segundos en cualquier cosa que no fuera la sensación precisa y cálida de su lengua contra mi piel, o la forma en que se le había escapado el control durante apenas un segundo, lo suficiente para que yo lo viera. Su imagen daba vueltas en mi cabeza: su perfecto traje, sus labios finos, la ostentosa línea de su mandíbula, aquellas cejas encaradas que parecían esculpidas en la piedra más sexy del Olimpo. Bufé.

Había aceptado ser su juguete durante seis meses. Lo que nadie me había advertido era que un juguete, tarde o temprano, también puede aprender a jugar con quien lo sostiene. Y, quizás fruto de mi escandalosa juventud, tenía una tendencia imposible a tensar la cuerda al límite y ver cuánto más podría jugar sin que me pisaran el cuello. Supongo que era un gaje de supervivencia.

Me tumbé en la cama sin cambiarme, mirando el techo, repasando la noche entera desde el sótano hasta la copa de brandy que no había terminado de vaciar. Seis meses. Una cifra que hacía apenas unas horas me había parecido una condena, y que ahora, incomprensiblemente, empezaba a parecerme demasiado corta para los retorcidos experimentos que se me ocurrían.

No me gustó nada lo rápido que se me había ocurrido ese pensamiento. Y por primera vez desde que mi padre desapareció, no fue el miedo lo que me mantuvo despierta.

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