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Capítulo V

Author: Yohana Olguin
last update publish date: 2026-01-06 09:00:39

Retazos de sentimientos escondidos

Durante la quietud de la noche, Charles yacía en su lecho, sumido en reflexiones sobre la misiva, aún sellada, de su progenitor. Su mirada perdida en el vacío del techo evocaba los días de su niñez al lado de su madre. Aquella época dorada de su existencia se había embellecido aún más con la llegada de su hermana menor. A pesar de su habilidad para disimular, un suspiro reveló su anhelo oculto; su corazón clamaba por la presencia materna.

Con movimientos pausados, extrajo de la mesa de noche un retrato diminuto: su madre, él y su hermana menor, un trío inmortalizado en la pintura. El roce de sus dedos sobre la imagen fue tan ligero como el aleteo de una mariposa, pero suficiente para desencadenar una lágrima furtiva que escapó de sus ojos. La añoranza era su compañera diaria, y en su interior maldecía la cruel dolencia que le había arrebatado a su ser más querido. Sentado en el borde de la cama, se permitió llorar, dejando fluir el dolor acumulado que lo consumía por dentro.

Charles

La acumulación de dolor había alcanzado su límite. Cada día, maldecía la cruel enfermedad que me había despojado de mi madre. Pero lo que verdaderamente me desbordó fue el nuevo matrimonio de mi padre, una clara muestra de su escaso amor por ella. Esa traición era imperdonable; había sido la causa de la brecha entre Sarah y yo con él.

Nada vuelve a ser igual una vez que se fractura, es como un vaso de cristal que se estrella contra el suelo; puedes intentar recomponerlo, pero las grietas son heridas permanentes. Eso fue lo que mi padre nos dejó: una cicatriz imborrable. Besé la pintura de mi madre antes de guardarla en el cajón y me levanté para refrescar mi rostro. No quería que Sarah me viera así; sabía cuánto dolía la ausencia de mamá y no deseaba sumarle más tristeza.

Secaba mi rostro con la toalla cuando un golpe suave sonó en la puerta.

—Adelante —dije, colocando la toalla en su lugar.

—¿Puedo entrar? —preguntó mi hermana menor, con una sonrisa que iluminaba su rostro.

—Por supuesto, princesa —respondí, devolviéndole la sonrisa, la única que podía arrancarme en esos momentos—. ¿A qué debo el honor? —pregunté, acomodándome de nuevo en la cama.

—Sé que aún no has abierto la carta de nuestro padre —comentó, sentándose a mi lado con una mirada penetrante—, entiendo que prefieras ignorarla, pero yo no. —Intenté interrumpirla, pero me detuvo con un gesto—. He notado tu resentimiento hacia él —dijo tomando mi mano— y lo comparto. Fue un golpe duro enterarnos de su boda justo después del funeral de mamá, y eso no se olvida fácilmente. Aun así, quiero saber qué tiene que decirnos después de ocho años de silencio.

Asentí, reconociendo la validez de sus palabras y la razón por la que nuestro padre finalmente había decidido escribirnos.

—La leeremos juntos, pero si intenta forzarte a un matrimonio no deseado... —afirmé, besando su mano con firmeza—, me opondré. Le prometí a mamá en su lecho de muerte que solo te casarías por amor.

Ella correspondió con un beso en mi mejilla que dibujó una sonrisa en mi rostro; ella era mi mundo y haría lo que fuera para protegerla.

—Entonces, ¿dónde está la carta? —preguntó Sarah expectante.

—Aquí la tengo —dije, extrayéndola del cajón.

Intenté ocultar la pintura, pero Sarah la notó. Evitó que cerrara el cajón y tomó la imagen para examinarla con detenimiento.

—Esta pintura se creó dos semanas después de tu nacimiento —comenté, observando la imagen que ella sostenía con delicadeza—. Aquel día, nuestro padre estaba ausente, pero madre decidió inmortalizarnos de todos modos. —Reviví aquel instante en mi mente—. Estabas tan serena y radiante que madre no perdió la oportunidad de plasmarte en el lienzo. —La rodeé con mis brazos, ofreciéndole consuelo—. Además del cuadro prominente que adornaba nuestra sala, madre encargó esta pequeña obra maestra para nosotros —expresé depositando un beso en su frente mientras ella derraba lágrimas.

—¿Por qué nunca me la mostraste? —inquirió ella, confusión y sorpresa danzando en sus ojos al contemplar la pintura.

—No deseaba añadir más pesar a tu corazón —admití, encontrando su mirada.

—La extraño tanto y eso jamás cambiará, pero tengo la certeza de que... —comenzó ella, su dedo trazando el contorno de nuestra madre en la pintura—... en algún lugar, ella sigue velando y protegiéndonos.

—En eso tienes toda la razón, hermanita. Ahora, ¿estás preparada para descubrir lo que nuestro padre desea comunicarnos?

Ella asintió, imprimiendo un beso en la pintura antes de colocarla con cuidado en el cajón. Se recostó en mi cama, y no pude evitar reír al verla acomodarse para dormir.

—Recuerda que debes dormir en tu propia cama, pequeña —le mencioné entre risas.

—Vamos, sabes que disfrutas cuando duermo aquí contigo —replicó Sarah, su risa contagiosa llenando la habitación—. Anda, ya quiero leer esa carta.

—Eres una tirana adorable, pajarito —bromeé mientras ella fingía indignación.

—Y tú un cascarrabias —replicó sacando la lengua en un gesto juguetón.

Reí ante su espontaneidad y me acomodé a su lado. Ella se anidó en mi pecho, buscando la misma protección que encontraba en su infancia. Inspiré profundamente, preparándome para abrir el sobre y revelar las palabras de nuestro padre.

                                                                                                                            ~ 9 de junio de 1864~

Mis queridos Charles y Sarah,

Han transcurrido ocho largos años desde la última vez que compartí mis pensamientos con ustedes por escrito. A pesar del silencio, nunca han estado lejos de mi mente ni de mi corazón. Comprendo que puedan albergar resentimiento hacia mí, y es algo que acepto con pesar. Sin embargo, quiero que sepan que mi amor por ustedes es inquebrantable, un reflejo puro del amor que su madre y yo nos teníamos.

La enfermedad y posterior partida de nuestra amada Francisca me sumieron en un abismo de desesperación, dejándome vagar solo por los pasillos de nuestra vasta morada, que ahora resuena con el eco de su ausencia. Ella era mi luz y guía, y sin ella me encontré perdido.

Reconozco que mi decisión de volver a casarme fue precipitada y que tal vez no les di el tiempo necesario para procesar nuestra pérdida. Pero estoy convencido de que Francisca, en su bondad infinita, habría preferido verme buscar la felicidad en lugar de sumirme en la soledad. Su recuerdo vive en mí, y su gracia y belleza son incomparables.

Hoy les extiendo una invitación sincera para que regresen a nuestro hogar. Anhelo restaurar la armonía familiar que una vez disfrutamos, ahora en compañía de mi estimada esposa, Verónica. No fue fácil llegar a esta decisión, pero espero que con el tiempo puedan entenderla y, quizá, perdonarme.

Ustedes, Charles y Sarah, son los tesoros más preciados que Francisca me dejó. Mi único deseo es que nos reunamos nuevamente bajo este techo y encontremos la felicidad juntos, junto a mi esposa.

                                    Les envío todo mi amor y la esperanza de un reencuentro.

                                                                    Con afecto eterno,

                                                         Don Antonio Leopoldo Salvador

Guardé la carta y dirigí mi mirada hacia Sarah, quien permanecía en silencio, sus ojos clavados en la puerta.

—¿Qué opinas, pequeña? —pregunté, deslizando mi mano por su cabello.

—Es complicado determinar si sus intenciones son sinceras o no —dijo con un suspiro, volviéndose hacia mí—. ¿Qué crees tú?

—Estoy tan confundido como tú, hermana —confesé, observando el techo de nuestro cuarto—. Hay algo en papá que no logro entender, pero hay una cosa de la que estoy seguro. —Sostuve su mirada—. Si decidimos ir, lo haré primero yo solo. Antes de que corras cualquier riesgo, necesito descubrir qué es lo que realmente quiere. Si sus intenciones son puras, te enviaré una carta para que te unas a mí, pero si no lo son, prometo regresar de inmediato.

Ella asintió, dejó escapar otro suspiro y se acomodó en la cama, un signo de su nerviosismo. La abracé con más fuerza, prometiéndome a mí mismo que haría lo que fuera para protegerla. Nos acurrucamos juntos y le di un beso en la frente antes de que el sueño nos venciera a ambos.

Lo que Charles y Sarah no podían imaginar era que el hombre al que habían conocido durante su niñez y juventud había cambiado drásticamente. Habían crecido al lado de un padre ejemplar: bondadoso, generoso y respetado por todos en la comunidad. Sin embargo, la trágica pérdida de su madre marcó un antes y un después en la vida de Don Antonio. La luz de su personalidad se fue extinguiendo, dando paso a un ser que ya no reconocían. Los eventos del pasado y la ausencia de sus hijos lo transformaron profundamente, y su dolor se manifestaba de maneras que oscurecían el hogar que una vez estuvo lleno de amor y risas.

                                                                               ***

En otro lugar, bajo la serena luz de la luna, la figura de una joven se recortaba contra el cielo nocturno. Sentada bajo la sombra protectora de un árbol frondoso en Cassidy, ella contemplaba el astro nocturno, buscando en su brillo silente la calma que su corazón anhelaba en esa noche templada.

Verónica

La noche había caído y allí estaba yo, refugiada bajo la sombra de un árbol, disfrutando de una paz inusual. Por primera vez, Antonio había sucumbido al sueño sin exigir mi presencia a su lado. Se había recluido en su estudio, donde el vino lo venció, y allí quedó, sumido en un letargo profundo. Albert y yo lo trasladamos a su habitación, donde lo dejamos descansar. Aproveché ese momento para huir al jardín, buscando serenidad en la soledad del césped.

Elevé mi mirada hacia la luna, cuyo brillo filtraba a través de las hojas, mientras el aire nocturno acariciaba mi rostro. Mis pensamientos vagaban hacia el futuro, preguntándome cómo sería la acogida de los hijos de Antonio si decidieran venir. ¿Me recibirían con recelo o con la esperanza de un nuevo comienzo? Y más allá de eso, me cuestionaba si encontraría la felicidad lejos de estas paredes, en los brazos de alguien que con un simple roce despertara mi piel, que me envolviera en una seguridad cálida y apaciguara mis temores con un beso en la frente, susurrando: “Todo está bien, estoy aquí contigo”.

Con los ojos cerrados, dejé que mi deseo se elevara hacia la luna, anhelando que se convirtiera en realidad.

Lo que Verónica jamás habría imaginado era que, en ese preciso instante, una estrella fugaz surcaría el cielo y captaría el anhelo secreto de su corazón.

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