FAZER LOGINCuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.
La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó por el cuello de la camisa y lo arrastró hasta el centro, y luego lo dejó caer con fuerza, la cabeza golpeó el suelo, y Gabriel se sintió mareado. Otros brazos lo colocaron de rodillas frente a las cientos de personas que miraban atentamente el espectáculo.
—¡No! —gritó una voz femenina entre la multitud, y Gabriel vio como Camila, seguida por Irán, corrían en su dirección, pero el muchacho logró alcanzarla antes de que ella llegara al primer escalón y la detuvo —¡Malditos! —gritó de nuevo mientras se revolcaba en los brazos de su amigo intentando correr hasta Gabriel. Franco miraba el espectáculo complacido, como un show macabro que lo entretenía.
—¡Llévatela¡ —le gritó Gabriel a Irán que asintió, dedicándole un silencioso a dios a Gabriel y arrastrando a la muchacha entre la multitud. Cuando sus gritos casi no se escuchaban, franco levantó el arma hacia Gabriel, y todo el pueblo guardó silencio. Las antorchas aun seguían encendidas, y casi cada persona tenía la suya, un humo negro se mesclaba con la niebla que había cubierto por completo todo el cielo.
—Mi reinado no ha acabado —les gritó Franco y su voz rebotó por todas partes —Voy a volver a reclamar lo que es mío, se los prometo, y acabaré con cada una de las personas que hayan ayudado a este pedazo de m****a —empujó con la punta del arma la cabeza de Gabriel —y nadie se va a escapar de mi —miró a Gabriel y a este le asustó la mirada del hombre, con los ojos abiertos, como un loco —¿Quieres decir unas últimas palabras? —le dijo y Gabriel sintió que los ojos se le llamaron de lágrimas. Sentía tanto miedo, pero sobre todo tanta rabia que el nudo en la garganta no le permitió decir una sola palabra, ¿enserio moriría ahí? ¿frente a todas las personas del pueblo y sin que alguien hiciera nada por él? Sintió un dejabú, y se vio así mismo la noche en que secuestraron a Tomás. Nadie lo había ayudado, él había suplicado ayuda, pero nadie se atrevió a darle la manos, y esta ves tampoco sería diferente, solo se quedarían allí parados viendo como lo mataban, y sintió rabia y lástima por ellos.
—¿Enserio se van a quedar ahí, viendo como me mata? —les gritó y no reconoció su propia voz, era un desgarrador grito de súplica —¿se van a quedar viendo como este hombre pasa siempre por encima de todos ustedes? —la multitud guardaba silencio —¿cómo es posible que le tengan tanto miedo? ¡Me va a matar! Y mañana será cualquiera de ustedes, no puedo creer que sean tan cobardes, ¡Yo moriré hoy por este pueblo! ¿Y ustedes qué están haciendo por él? —cuando dejó de hablar, vio como decenas de rostros le apartaban la mirada, y sintió de nuevo miedo, un miedo profundo que le revolvía el estómago. Trató de buscar entre los hombres de Franco a Rombru, él dijo que siguiera la corriente, y ahora lo iban a matar. Una risa diabólica rompió el silencio por completo. Era franco, que reía mirando a todos los espectadores.
—Hoy morirás por este pueblo —le dijo a Gabriel —mientras ellos solo se quedarán ahí, viendo como escapa el alma de tu cuerpo —le apuntó con el arma y Gabriel lo miró a los ojos, ese era el fin, y no vio la vida pasar por sus ojos, ni pensó en sus padres, ni en su hermano, ni en Samuel, no logró pensar en nada, en absolutamente nada, dejó de sentir cada parte de su cuerpo, el rostro de franco se tornó amarillo, y luego verde, y el suelo del atrio comenzó a moverse como una bandera ondeada por el viento. Vio como el hombre acomodaba el dedo en el gatillo y cerró los ojos, y solo entonces en esa oscuridad logró ver la imagen de Samuel, en vuelta en una bruma blanca.
Se oyó un golpe a lo lejos, y Gabriel pensó que había sido el disparo, pero abrió los ojos, y vio que el narcotraficante miraba hacia la multitud. Otro golpe lo hizo mirar hacia la gente y vio que allí, en primera fila, un anciano con el cabello tan blanco como la niebla que los envolvía levantaba la antorcha en el aire la dejaba caer contra el suelo, otro golpe, y luego otro par se unieron al anciano, y luego más y más, hasta que toda la multitud estrellaba con fuerza la madera las antorchas contra el suelo. Las llamas se contoneaban a punto de apagarse, y el ruido se hizo ensordecedor. Todos al unísono estaban dando el grito de protesta que llevaban años esperando dar, un grito de desesperación e impotencia, de rabia, y el golpeteo no hacía más que incrementar con fuerza. Franco se alejó de Gabriel con los ojos abiertos, cada golpe contra el suelo era un golpe directo a su orgullo, a ese orgullo de de poder y sometimiento.
—¡Cállense! —le gritó a la multitud, pero su voz se ahogó entre golpe y golpe — ¡Que se callen! —gritó de nuevo, pero nadie obedeció. Encolerizado se dirigió a sus hombres y apuntó a la multitud —¡Mátenlos! —les ordenó, y los cuatro o cinco hombres que tenía se quedaron paralizados, mirando se entre ellos y con una expresión de terror en la cara —¡Que los maten a todos! —gritó de nuevo el Franco y los hombres levantaros los fusiles hacia la multitud que se quedó cayada de inmediato. Gabriel intentó gritar, pero fue muy tarde, los hombres apuntaron y jalaron los gatillos. El silencio súbito que se formó solo fue interrumpido por los clics de los fusiles que sonaban una y otra vez —¡Qué esperan? —les gritó Franco, pero de las armas no salía ni una bala.
—Están descargados —gritó uno de los hombres y el narcotraficante lanzó un grito lleno de rabia apuntó con el arma a la cabeza de Gabriel y disparó, pero solo se escuchó el clic anunciando que estaba descargada, como las demás. Ese era el plan de Braulio, pensó Gabriel, y con el poco valor que le quedaba sonrió a Franco son suficiencia. La multitud aulló y con un grito ensordecedor comenzaron a correr hacia franco y sus hombres.
Franco le dio una última mirada a Gabriel, que salió corriendo y se subió a una de las camionetas con el asiático como conductor, pero sus demás hombres no tuvieron tanta surte, ya que se dejaron alcanzar por la multitud enardecida que comenzó a lincharlos con las antorchas con las que minutos antes hacían un homenaje a la virgen. En ellos desahogaron años de frustración.
Alguien levantó a Gabriel por los hombros, y el muchacho se encontró con una cara morena.
—Maoy —dijo y el hombre le sonrió.
—Te desapareces unas horas y mira lo que haces —tenía un machete manchado de sangre que utilizó para liberar a Gabriel y él lo miró.
—¿De quién es esa sangre? —preguntó y Maoy no lo miró.
—Se puso feo allá en la vereda —respondió y se agachó para cortar las cuerdas que ataban sus pies.
—¿Samuel donde está? —preguntó mirando para todas partes en busca del enfermero.
—No lo sé—le dijo Maoy —nos separamos en el monte cuando las cosas se pusieron feas, pero sé que está bien, es un hombre fuerte —se levantó y tomó a Gabriel por los hombros —El ejército está llegando al pueblo, pero debemos impedir que franco huya —Gabriel asintió, y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
Cuando se subieron en la otra camioneta de Franco las personas del pueblo se habían alejado de los hombres del capo y estos lucían golpeados y ensangrentados, pero vivos.
Maoy encendió la camioneta y arrancó. Gabriel cerró los ojos y suspiró, ya había llegado el momento final.
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Axel se había cansado de gritar, había intentado escapar cuando escuchó las campanas de la iglesia que anunciaba una ejecución publica y ya le estaban sangrando las muñecas. Deseó poder salir de ahí con todas sus fuerzas, ¿Cómo es que había permitido que se llevaran a Gabriel? A esas alturas ya debería estar muerto. Se dejó caer de lado en los cartones, exhausto, sentía que todos los músculos del cuerpo le fallaban y le ardían, el estomago le rugía del hambre y tenía gastritis, además le ardían las muñecas. No supo cuanto tiempo permaneció allí, en esa posición, paralizado pesando en su vida, en su hijo. Cuando la puerta se abrió dio un respigo, y cayó sentado, pero cuando vio entrar a Rombru su expresión se relajó.
—Gabriel —dijo —escuché las campanas.
—Debe estar bien —dijo Rombru y se dispuso a liberar las esposas que lo tenían atado al tubo —Franco lo quería matar, así que mientras estaban en una reunión dejé todas sus armas sin munición, espero que hubiera salido bien.
—Genial —cuando quedó libre Axel se puso de pie y mientras se acariciaba las muñecas caminó hacia la puerta —voy al pueblo.
—No —le dijo Rombru —necesito tu ayuda. Franco va a escapar en su helicóptero, tenemos que detenerlo, así haya que destruirlo .
—¿Y qué voy a hacer yo? —preguntó, estaba ansioso por salir de ese sótano —no sé nada de helicópteros.
—Pues —Rombru señaló arriba, como si le mostrara el aparato —Ainhoa es la piloto, quiero que la distraigas mientras yo lo hago —Axel blanqueó los ojos y se agarró el puente de la nariz.
—Bien —dijo —vamos.
Cuando salió por la puerta trasera de la mansión donde estaba la cancha de futbol, Axel vio que el helicóptero ya estaba encendido, las hélices giraban con tal fuerza que cada pequeña brizna de pasto salía volando espantada en todas direcciones. Bajó las escaleras y logró ver a la mujer en la posición del piloto. Su cabello negro se movió cuando lo logró ver, y Axel no logró reconocer la expresión en su cara. Axel corrió por el campo, y cuando estaba a unos diez metros del aparato le hizo señas a la mujer para que hablaran, pero ella se quedó mirándolo fijamente, así que él juntó las manos en modo de súplica y ella dejó caer la cabeza hacia atrás soltando aire, se quitó los auriculares y bajó del aparato. Cuando comenzó a caminar hacia Axel sacó un arma que tenía entre el pantalón y le apuntó, Axel levantó las manos. El cabello de la mujer explotó en todas direcciones cuando el viento le golpeó la cabeza y cuando estaba lo suficientemente cerca del rubio le gritó:
—¡Qué quieres? — Axel se acercó unos pasos, pero la mujer le apuntó con más vehemencia.
—No quiero que te vallas así —le dijo y ella sonrió de medio lado.
—¿Acaso queréis volver conmigo, osito? — preguntó y Axel negó.
—No, pero no quiero que tomás crezca sin una madre —tras la mujer, y en su total ignorancia, Braulio salía de detrás de la piscina y se dirigía hacia el helicóptero.
—¡Ahora sí quieres? —gritó ella con desdén y luego miró algo sobre el hombro de Axel. El rubio se giró y vio como una de las camionetas negras de franco entraba por las rejas del palacio —Pues ya no hay tiempo para eso —le dijo y se giró.
—¡No! —gritó Axel, pero ya era tarde, cuando la mujer vio a Braulio, levantó el arma y comenzó a dispararle, el hombre se lanzó al suelo, dio una voltereta y desapareció por unos arbustos. Ainhoa encolerizada se volvió hacia Axel y le apuntó, y él solo levantó las manos.
—Sois un idiota —dijo —grande, sexi, con talento en la cama; pero un gilipollas, al fin y al cabo —lo miró con asco y bajó el arma —y yo pensaba que al embarazarme de ti me iba a quedar con el premio gordo, que estúpida fui —dio media vuelta y corrió hasta el aparato. Axel se quedó pensando por un momento, se dejaba que ella escapara con franco todo por lo que habían pasado ese día sería en vano, él huiría y cobraría venganza, y ellos jamás tendrían paz.
Sacudió la cabeza y pensó que sería la locura más grande que había hecho en su vida, y corrió con todas sus fuerzas. El helicóptero comenzaba a elevarse cuando él llegó, y el viento casi lo derriba cuando saltó y, con una sola mano, se agarró de la base donde reposaba el aparato, y tuvo que hacer acopio de toda la fuerza que le quedaba para trepar y meterse dentro, cunado lo hizo, Ainhoa lo miró y sonrió de medio lado. Las cosas se iban a poner feas, pensó Axel.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







