FAZER LOGINAxel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas.
Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un puñetazo en el pómulo, y luego le pateó la pierna, justo en la herida. Axel cayó arrodillado en el suelo, y ella levantó el puño para golpearlo de nuevo, pero Axel lo detuvo con la palma de la mano y le retorció la muñeca. Ainhoa lanzó un grito y con todas las fuerzas que le quedaban Axel golpeó las costillas. Se sintió raro, jamás había tenido que golpear a una mujer, pero la situación lo ameritaba.
Ella cayó al suelo y ambos se quedaron respirando con violencia.
—Es mejor que te rindas —le gritó Axel —no vas a salir de aqu… —sin que él se hubiera dado cuenta, Ainhoa había tomado el extintor vacío y lo golpeó con fuerza en la cabeza. Axel cayó hacia atrás, y se quedó mirando el techo por lo que le pareció una hora entera, luego, como si despertara de una pesadilla cayó sentado en medio del suelo. Sintió como la sangre le escurrió por la espalda, y el cuerpo entero se le estremeció. Ainhoa había retomado su asiento y hablaba por el radio.
—¡Papá! —la escuchó gritar, pero Axel se puso de pie tambaleante, caminó hasta ella y la tomó por la muñeca, arrancándola del asiento como si fuera una garrapata. La mujer se agarró instintivamente de la palanca del mando y Axel la jaló con más fuerza, haciendo que el helicóptero comenzaba a girar son control. Ambos cayeron hacia atrás, y Axel se golpeó la cabeza nuevamente contra el suelo, se volvió hacia Ainhoa que se había puesto de rodillas y tenía un cuchillo en la mano —Nuestra trágica historia de amor termina aquí —le dijo, y elevó el cuchillo sosteniéndolo con ambas manos.
—¡Concuerdo! —le gritó él y la pateó en el estómago. La mujer se elevó hacia atrás y salió por la puerta, y desapareció en el vacío. Axel trató de ponerse de pie, pero la fuerza centrifuga lo empujaba hacia los bordes, y cuando menos lo pensó, se halló en el aire, cayendo. Se le hizo un nudo en el estómago mientras giraba en el aire como una semilla de arce, y no pudo hacer más que contener la respiración mientras seguía cayendo. Cuando cayó, notó de inmediato que el agua que lo recibía con fuerza estaba tremendamente fría. Se quedó un segundo ahí comprendiendo lo que sucedía a su alrededor y luego nadó hacia arriba. Cuando su cabeza salió a la superficie respiró profundo. Había tenido tanta suerte de caer en la piscina que se rio a carcajadas, pero el helicóptero, que volaba a unos tres metros del suelo y pasó aun girando, le cortó la risa. Lo observo mientras nadaba a la orilla, el aparato se dirigió hacia la mansión y chocó contra ésta con violencia, el rotor de cola entró por una de las ventanas y se introdujo hacia adentro, el resto del aparato cayó al suelo y las hélices se estropearon en el suelo, dio un par de rebotes más y se quedó inmóvil. Axel salió de la piscina y vio a Ainhoa nos metros más allá, lloraba quedamente y tenía una pierna rota.
—Diablos —dijo y se dejó caer en el césped, estaba tan exhausto que podría quedarse dormido en cualquier momento. Escuchó un ruido venir de la carretera, una moto manejada por alguien parecido a Samuel entraba por las rejas seguido de unas cinco o seis camionetas de la policía llenas hasta las llantas —Misión cumplida —dijo y cerró los ojos.
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A Gabriel nunca le había parecido tan corto el trayecto desde el pueblo al palacio, Maoy manejaba con tanta velocidad que su Gabriel, con el tiempo, se preguntó si tendría licencia, por que en ese momento solo pensaba en Samuel ¿Dónde estaba? ¿Estaría vivo? Cuando llegaron a la enorme casa no tuvo tiempo de pensar más, el helicóptero ya estaba encendido y se podía ver mas allá de la mansión, elevando todo a su paso con el viento atroz. Ambos se bajaron de la camioneta y corrieron a dentro. El corazón de Gabriel latía con fuerza, ya no tenía energía para dar un paso más, las piernas parecían jalea y le costaba respirar, ni siquiera en la pelea más fuerte se había sentido así. Cuando entraron en la casa lograron ver a Franco, con un pequeño morral al hombro e intentando desesperadamente abrir la puerta, tras él estaba el asiático. Gabriel vio que tenía un arma en la mano, y no se quería arriesgar a que ahora sí tuviera balas, así que tomo un jarrón que se veía bastante costoso, y cuando estaba a unos cinco metros de él gritó.
—¡Ya se van? —Los hombres se giraron abruptamente y Franco abrió mucho los ojos, levantó el arma con intención de dispararles, pero el jarrón ya iba en el aire, chocó contra su mano y salió volando lejos de él —parece que ya no —franco salió corriendo hacia donde el arma había caído, pero Maoy lo alcanzó y lo tomó por el cuello de la camisa, chocándolo contra la pared.
—¡Ey! —le gritó el capo al asiático —Ayudame maldito —pero el pequeño hombre no le prestó atención miraba fijamente a Gabriel mientras se desprendía la camisa de mangas negra y quedaba en la camisilla de tela suabe.
—Yo tener revancha —dijo y Gabriel supo qué significaba eso.
Gabriel movió la cabeza para ambos lados y sus vertebras tronaron. Ya sabía como peleaba, era rápido, pero no muy fuerte, en cambio Gabriel era rápido y fuerte, tenía que aprovechar esa ventaja como diera lugar. El hombre se quitó el lacio pelo negro de la frente, y con un grito se lanzó hacía Gabriel, cuando llegó a su altura se lanzó al airé y dirigió una patada a la cabeza de Gabriel que esquivó a apenas. Cuando el hombre cayó volteó de inmediato y pareó el talón de Gabriel que se fue de espaldas, pero era un movimiento que ya había practicado antes y cuando cayó, con la espalda en el suelo, se levantó al estilo militar tan rápido que el pequeño hombre abrió los ojos. Gabriel se le lanzó encima, él le lanzó un puño a la cara, pero logró atraparlo debajo de la axila. Incluso antes de que se diera cuenta de que estaba atrapo, Gabriel lo golpeó con la palma de la mano en la nariz, una, dos, tres, antes del cuarto golpe el hombre utilizó la mano que tenía libre para golpear con la palma el oído de Gabriel y este sintió una explosión en su cabeza, como si un taco de pólvora le hubiera detonado en el oído. Avanzó unos pasos atrás y no logró evitar la patada que le propinó el asiático en el pecho. Voló un par de metros atrás y cayó sentado, aturdido vio como Franco y Maoy también peleaban, pero el moreno era policía, y franco pagaba para que le cucharearan la comida, así que tenía todas las de ganar, en cambio él. Miró al tipo que se le acercaba, con una ferocidad que se le antojó patética, y algo hizo clic en su mente, el hombre tenía herido el orgullo. Se puso de pie antes de que él llegara y le esquivó una patada, y luego un puño y otro más. Ambos se sumergieron en una danza de atacar y esquivar, y cada golpe fallido por parte del asiático parecía enfurecerlo más y más, hasta qué, en un puño recto que pasó rozando la oreja de Gabriel, perdió un poco el equilibrio y el joven sonrió con malicia, se abalanzó sobre él y lo golpeó en la tráquea. El hombre dio un paso atrás tratando de recuperar el aliento y Gabriel saltó sobre él con la mano el aire y lo golpeó en el cuello con el hombro, el pequeño blanqueó los ojos y se precipitó al suelo, inconsciente.
—Tonto —le dijo Gabriel y escuchó el ruido de algo al romperse, volteó y vio a Maoy sujetarse la cabeza y a franco arrastrarse por el suelo, le había roto otro jarrón al policía y Gabriel corrió hacia él, que lucía mareado.
—¿Estás bien? —le preguntó y Maoy lo miró, pero no contestó, así que el joven procedió a revisarle la cabeza, Franco ya no tenía escapatoria y Maoy sangraba, podía darle un minuto. Estaba comprobando la herida cuando vio de soslayo como el moreno abrió los ojos mirando sobre su hombro.
—¡No! —gritó y Gabriel no tuvo tiempo de reaccionar, Maoy lo empujó de lado con tanta fuerza que ambos cayeron girando en el aire, y Gabriel escuchó la detonación de un arma. Cuando cayeron, Maoy era quien le daba la espalda a franco, que estaba de rodillas apuntándoles con el arma.
—No —dijo Gabriel, ya no tenía alientos para gritar. La cara de Maoy había palidecido varios tonos y parecía que perdería el conocimiento —mirame —le suplicó Gabriel y él lo miró, levantó la mano y lo agarró del cuello con fuerza.
—Gracias —le dijo y Gabriel negó con los ojos llenos de lagrima —Por ayudarme a liberar a mi pueblo —la manó mayó flácida sobre el suelo y Gabriel lo sacudió.
—¡Maoy! —gritó otra vez —No —dijo, las lagrimas le impedían ver. Miró hacia franco, este se ponía de pie con dificultad y no dejaba de apuntarle. Un ruido afuera se hizo presente —¡No! —Le gritó a franco con tanta fuerza que le ardió la garganta.
—Creo que llegó el final —le dijo el hombre —Y nunca gozaré tanto matando a alguien como a ti —cuando terminó la frase, un fuerte golpe se escuchó al otro lado de la pared, y los vidrios de la ventana junto a franco volaron en miles de fragmentos, el hombre abrió los ojos y miró con horror lo que había al otro lado mientras seguía apuntando con el arma. Algo entró por la ventana, tan grande que Gabriel no logró identificarlo y produjo una ráfaga de viento que casi lo derriba, se acercó tan rápido a franco que no le dio tiempo ni a respirar y las paredes frente a él se mancharon de sangre. Un grito aterrador se sobrepuso al del aparato que salía de nuevo por la ventana y Gabriel vio como franco se sostenía la el brazo por el que Salían borbotones de sangre. La hélice del helicóptero le había amputado la mano por encima del hombro y el hombre cayó al suelo en medio de convulsiones violentas mescladas con terribles gritos de agonía. Gabriel miró a Maoy, estaba pálido y debajo de él se hacía un charco de sangre. No supo por cuanto tiempo se quedó ahí inmóvil, hasta que ruidos de pasos lo hicieron mirar a la puerta. Samuel estaba parado ahí, en la entrada, mientras muchos policías y soldados entraban y gritaban cosas que él no entendía. Una mujer llego hasta a él, y tomó a Moy en brazos, otros más atendían a Franco que seguía revocándose en el suelo y gritando, pero Gabriel ya no lo escuchaba. Se puso de pie y corrió hasta en el enfermero con las pocas fuerzas que le quedaban, pero antes de llegar se desvaneció y Samuel logró atraparlo entes que que cayera al suelo.
—Sam —le dijo y el enfermero lo abrazó, y lo besó, y lo abrazó de nuevo. Gabriel le devolvió el abrazó y lloró en su hombro.
—Todo terminó —le dijo —ya todo va a estar bien.
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Un mes. Solo treinta días habían pasado y el pueblo aún continuaba de fiesta, los días se hacían más cortos y las noches se llenaban de gozo, cada quien andaba a la hora que quisiera y decía lo que quisiera sin miedo a las repercusiones que pudiera traerle. Al principio, la atmosfera era lúgubre, las personas llevaban tantos años bajo la sombra del narcotraficante que no creían que las noticias fueran reales, ni siquiera cuando el noticiero nacional anunció que Franco ya había sido extraditado y ahora estaba esperando una larga condena en una de las cárceles de más alta seguridad de los estados unidos, solo cuando los rumores de que él vendría se hicieron populares, las personas salieron a las calles con pancartas, y vítores, y se habían amontonado entorno al atrio esperando atentamente a ver a la persona que llevaban esperando ver desde que Franco había desaparecido.
Gabriel ayudó a extender la silla de ruedas frente a la camioneta, la sostuvo con cuidado mientras Axel sacaba al sorprendido Maoy de ella y lo dejaba sobre la silla.
—¿Qué es esto? —preguntó cuando vio a la multitud de personas que explotaron en vítores cuando lo vieron. Gabriel empujó la silla de ruedas hacia la mitad del atrio con una enorme sonrisa en el rostro.
—Todo el pueblo estaba ansioso por darte la bienvenida —le dijo —no saben como más agradecerte lo hiciste por el pueblo.
—No solo yo —dijo el moreno —ustedes también ayudaron, por dios, Axel se trepó a un helicóptero como terminator.
—Si —le dijo Gabriel —A nosotros ya nos agradecieron suficiente, he estrechado tantas manos que ya me duele, y tengo más de veinte anchetas llenas de dulces y cosas esperando en mi habitación, pero tu dedicaste cada hora de tu vida después de terminar tu carrera para terminar esto, y fuiste quien mas perdió —añadió con tristeza y Maoy lo miró, tenía los ojos brillosos.
—¿Lo dices por esto? —preguntó el hombre golpeando la silla —Jamás me había sentido más libre en toda mi vida —miró hacia las personas que aplaudían y silbaban y se limpió las lágrimas —y no cambiaría nada de lo que pasó si puedo verlos así, por siempre — Gabriel lo abrazó con fuerza —Gracias — le dijo —por todo —cuando Gabriel se alejó, varias personas subieron por las escaleras del atrio y se amontonaron alrededor de él, una chica traía un pastel con su cara y Maoy rio con dulzura.
Gabriel caminó hacia una esquina donde estaban Samuel, Axel y Alexander, su hermano, y negó con la cabeza a notar lo que todos decían desde que había llegado, él y Axel se parecían tanto. Altos rubios de ojos claros, claro que alexander no tenía tanto musculo como su primo, pero en general, parecían mellizos, incluso se llevaban un par de meses de edad. Cuando llegó hasta ellos, su hermano se recargaba del hombro de Samuel mientras ambos reían.
—Recuerda que él es mío —le dijo y Alexander levantó las manos en el aire.
—Te lo regalo —le dijo y Samuel lo envolvió en un abrazo —No quisiera meterme con el cuervo de oro —añadió y Gabriel volcó los ojos.
—No me digas así —le dijo y Samuel se acarició la cabeza.
—Es parte de tu vida —le dijo en enfermero —Gracias a que eras él esto está pasando hoy —señaló a la multitud que había traído decenas de pequeños puestos de comida para celebrar. Alexander miró a Samuel mientras asentía. Lo señaló mirando a Gabriel.
—Me gusta —dijo —lo apruebo —Gabriel estiró la mano empujó a su hermano.
—Ayer dijiste que no lo aprobabas por que no le gustaban los tamales —El rubio asintió.
—Tienes razón, no lo apruebo —samuel fingió hablar bajito.
—Ya no me defiendas —todos rieron y Axel, que permanecía contemplando la escena con ternura, vio a alguien entre la multitud y se alejó. Los tres hombres que se quedaron lo miraron desaparecer entre las personas, y luego encontrarse con Melissa. Desaparecieron juntos después de darse un casto beso en los labios.
—Tu eres su amigo, ¿no? De ella—le preguntó Alexander a Samuel señalando a la pareja y él asintió —¿Ya son novios? —el enfermero meneó la cabeza.
—Pues no sé, pero después de que se acostaron por primera vez la relación se solidificó, parece que el rubiecillo tiene talento —Alexander asintió y Gabriel puso cara de asco. Al sonido del celular de Alexander sonó y el hombre se alejó para contestar la llamada —no es el único que tiene talento —le dijo mirando a Gabriel que lo empujo. Se quedaron así por unos minutos hasta que Gabriel se acordó.
—Por cierto, ¿Ya condenaron a los hombres de franco? —le preguntó al enfermero y él asintió.
—A la mayoría sí, las evidencias que reunió Maoy por estos años fueron contundentes —Gabriel asintió.
—¿Y Braulio?
—También lo condenaron, pero por todo lo que ayudó le dieron únicamente ocho meses, parece que no tenía ningún otro antecedente. Lo que me desconcierta —Continuó Samuel —fue Ainhoa, parece que no tenía tampoco antecedentes, así que solo la deportaron y le vetaron el ingreso al país.
—Es lo menos que se merece —añadió Gabriel y Samuel no tubo tiempo de hablar, ya que Alexander llegó sonriendo a Gabriel.
—Gabo —le dijo —un amigo quiere hablar contigo —Gabriel tomó el teléfono de su hermano y se alejó del bullicio y de música.
—Aló —dijo y el hombre al otro lado se hizo esperar.
—Gabriel —dijo y él no reconoció la voz —Soy Diego —las piernas le temblaron, y tubo que sostenerse a una pared para no caer, se le formó un nudo en la garganta y tubo que tragar saliva.
—Diego —dijo —yo… lo siento —dijo, la voz le temblaba.
—No —dijo el hombre al otro lado —me enteré de lo que ha pasado, de todo lo que has hecho. Y estoy feliz ¿Crees en Dios? —le preguntó.
—Sí — dijo él.
—Pues fue él, él fue quien me puso en tu camino, lo sé, así tu tendrías que ir allá y lograrías hacer todo lo que hiciste por la gente de ese pueblo. Estoy muy orgulloso de ti —Gabriel no pudo evitar un sollozo.
—¿Cómo estás? —le preguntó, con la voz temblorosa.
—Mejor ahora, y entre más pase el tiempo estaré aún mejor.
—Yo pensé que venía a aquí a pagar por lo que te hice, no que iba a terminar haciendo todo esto —le dijo Gabriel y Diego rio.
—Los planes de dios son perfectos, esa noche fui a la arena porque necesitaba el dinero para la cirugía de mi esposa —Gabriel sintió un pinchazo en el pecho —Y agradezco cada mañana haberlo hecho, mientras estaba en el hospital un conocí a un doctor que operó gratis a mi esposa, ahora ambos tenemos un buen empleo y estamos sanos —Gabriel lloró de nuevo —estoy muy feliz de haber sido parte de el plan de Dios que te llevó allá a liberar a tu pueblo, el pueblo en que naciste.
—¿Crees que era mi destino? —le preguntó Gabriel y Diego suspiró.
—Uno de tantos. Ya me tengo que ir, espero que seas muy feliz y fue un verdadero placer conocerte, es pero que nos encontremos nuevamente en el camino, a dios, Gabriel.
—A dios, Diego —cortó la llamada y se giró hacia Samuel que estaba listo ahí para abrazarlo. Después de un rato le devolvió el teléfono a Alexander que lo abrazó y lo besó en la mejilla.
—¿Ahora qué? —le preguntó a Samuel mientras caminaban tomados de la mano. El enfermero se encogió de hombros.
—Todo irá mejor —Gabriel se mordió el labio.
—Doña Mariela se mudó —dijo —la casa de la esquina del parque está libre, y el arriendo está barato.
—Espera —le dijo el enfermero —¿me estás proponiendo irnos a vivir juntos? —Gabriel lo miró a la cara y sonrió —no suena mal, pero, Aunque a Axel lo hayan ascendido a director en el hospital y a mí me hayan dado su puesto, el sueldo no me alcanzaría, sabes que aún pago la deuda de la universidad.
—Oh, eso no es problema —dijo Gabriel, le soltó la mano y se adelantó un paso —Ya pagué toda tu deuda —enfermero lo tomó por el hombro y lo volteó.
—Dime que es mentira —le dijo y el muchacho miró para otra parte mientras silbaba —No puedo aceptar eso —le dijo y Gabriel se rio.
—Pues ya está pago, si quieres dile al banco que vas a retirar el dinero y lo vas a volver a pagar —el enfermero le apartó la mirada, y entre enojado y avergonzado caminó de nuevo junto a Gabriel —He visto los cuadernos donde llevas las cuentas de tus ingresos, y yo tengo dinero de sobra, ¿En serio crees que te dejaría penando cada mes sabiendo que yo tenía la forma de ayudarte? —el enfermero no contestó, pero le tomó de nuevo la mano.
—Niñito tonto —dijo.
—Entonces, sé que es apresurado irnos a vivir juntos, pero el mes pasado estuve a punto de morir tantas veces que no quiero desperdiciar ni un minuto de mi vida sin estar a tu lado —Samuel se detuvo y cuando miró a Gabriel tenía los ojos llenos de lágrimas. Gabriel limpió con delicadeza cada gota que se deslizaba por las mejillas de su novio.
—Siendo así, sí —dijo —Quiero amanecer de aquí en adelante todo los días contigo a la diestra de mi cama —se fundieron en un abrazo que se convirtió en un profundo beso y se quedaron ahí abrazados como dos enredaderas, amándose como ninguno había amado antes a nadie más.
En la plaza todos estaban tan entretenidos en la celebración, que nadie notó que la corona de la virgen brillaba con más fuerza que nunca, luego, se apagó.
Fin.
Gracias por llegar hasta aquí, un abrazo, nos leemos.
Axel se tomó un segundo en recuperar el aliento con la espalda puesta en el suelo, cuando levantó la cabeza Ainhoa le apuntaba con el arma sin levantarse del asiento, y en un acto reflejo Axel tomó el extintor amarillo que estaba a su lado y se lo lanzó. En medio del vuelo ella disparó, y la bala golpeó el objetó que dejó salir un intenso humo blanco que inundó todo el helicóptero. Axel no podía ver nada, pero se puso de pie y recostó el cuerpo en la pared mientras ella disparaba en todas direcciones, una bala le pasó rozando la pierna y dejó un rastro de ardor intenso, y cuando el viento disipó el humo la pistola se quedó sin balas. Axel dio un paso el frente y el ardor en el pie lo hizo flaquear, así que miró hacia abajo para ver la gravedad de la herida, pero Ainhoa salió de su asiento y lo pateó en el pecho. Tubo que sostenerse de la puerta para no caer al vacío, y vio que estaban a más de siete u ocho metros de altura. Cuando se volvió hacia adentro la mujer le dio un p
Cuando la camioneta llegó al pueblo Gabriel logró ver a través de vidrio polarizado como había cientos de personas en las calles, el día de la virgen se había visto interrumpido por el repiqueteo de las campanas que anunciaban una nueva ejecución publica, la suya. Antes de salir del palacio, lo habían atado completamente, las manos atadas por detrás hasta los codos, y las piernas hasta las rodillas. Trató de moverse, pero estaba tan atado que no lograba ya ni siquiera sentir las palmas de las manos, y sintió tanto miedo que el corazón le latía con fuerza en los oídos.La tarde comenzó a cerrarse, una muy pequeña llovizna comenzó salpicar los vidrios y una niebla espesa comenzó a cobijar al pueblo, era un día muy feo para morir, pensó Gabriel cuando la camioneta se detuvo frente al atrio y lo bajaron de la camioneta. Franco lo tomó
Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.—Esto será
Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que ten&iacu
Maoy, Gabriel y Samuel escucharon atentos cuando Axel dio el último sorbo a su taza de café y la dejó en la mesita de enfrente. —Los reuní porque necesito de su ayuda —los tres hombres permanecieron en silencio un momento mientras el rubio se aclaraba la garganta —Lo que pasó ayer me hizo comprender que mientras Franco esté en el pueblo nadie va a estar a salvo, ya sabemos que hay un grupo armado que él prácticamente ya exterminó, pero, ¿qué nos asegura que después de eso no llegue otro? ¿o que él comience a inculpar de manera paranoica a cualquiera de haberlos escondido o ayudado? —Maoy se inclinó hacia adelante. —Llevo varios años trabajando en el caso de Franco, tengo evidencia que inculpa a todos sus secuaces, pero él no, tiene excelentes coartadas y un historial limpio. —lo sé —Axel se recostó en el respaldo de su mueble y cruzó las manos tras el cuello —peo yo si sé donde esconde todo lo que lo pueda inculpar —Samuel y Maoy se inclinaron hacia él.
Axel sentía una gota de sudor que le bajaba por la frente, pero si soltaba el brazo del hombre este caería sobre Melissa y complicaría la operación.—¿Está seguro que no quiere anestesia general? — preguntó la doctora y el hombre le gritó algo inentendible para Axel. La tormenta golpeaba el pueblo con violencia, los truenos hacían vibrar la tierra y había gotas de agua que se colaban por el techo y hacían un charco enorme en el suelo —La bala tiene agujero de salida —dijo Melissa más bien al aire —solo hay que detener la hemorragia y estará bien. Axel miraba alerta todas las entradas, presintiendo el contra ataque en cualquier momento. Hacía una media hora, estaba terminando todo en la farmacia para irse a casa cuando la enfermera, Laura, llegó corriendo hasta él con las mejillas pálidas y sudorosas. Axel comprendió de inm







