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capítulo 32

Autor: DiegoAlmary
last update Data de publicação: 2021-11-25 07:47:01

Gabriel había puesto la alarma a las cuatro de la mañana, pero estaba despierto desde media noche, y antes de eso había tenido pesadillas molestas, y perturbadoras donde era él quien estaba arrodillado en el atrio de la iglesia frente al arma de franco, y despertaba siempre de un salto cuando la bala le travesaba la cabeza y aun despierto podía escuchar el sonido del cráneo al romperse. Al final desistió de intentar dormir. Bajó hasta la sala donde el televisor estaba encendido y encontró a Axel, envuelto en su cobija rosa, viendo the flash.

—Tampoco puedes dormir —afirmó cuando lo vio aparecer y le hizo espacio para que se metiera en la cobija con él.

—Tengo pesadillas con lo de hoy —le dijo Gabriel tapándose con la cobija y Axel suspiró.

—Yo extraño a Tomás —se quedaron viendo una maratón de las series que tenía pendientes en la plataforma hasta que llegó la hora, y cuando la puerta sonó por toda la casa a oscuras, estaban listos para la acción.

Samuel y Maoy habían llegado a tiempo, y los cuatro habían salido de la casa bajo la atenta mirada de la luna menguante que desaparecía por el horizonte. Llegaron a las afueras del pueblo sin contratiempos dende las motos, la del hospital y una que había sacado Maoy quien sabe de dónde, los esperaban a la salida de pueblo.

—Recuerden todo lo que planeamos —les advirtió Axel —si algo sale mal nos dispersamos y nos reunimos con el ejército cuando llegue, si aún no ha llegado, hoy se celebra el día de la virgen, así que nos mesclaremos con la multitud —todos sintieron.

El día de la virgen era una celebración anual que se realizaba en el pueblo, todos salían en una marcha lenta mientras se rezaba el rosario mediante altavoces. Gabriel había tenido que dedicar un par de horas de su labor social con Camila e Irán a elaborar antorchas con guaduilla, que es parecida al bambú, para que las personas marchen con ellas.

Cuando Gabriel subió a la moto con Samuel, lo abrazó con fuerza, estaba tan cálido como de costumbre, pero extrañamente rígido, tenso.

—Todo va a salir bien —le dijo al oído y el enfermero volteó y lo besó en los sabios, con tanta pasión y profundidad que no tuvo más remedio que dejarse llevar por esos labios suabes y carnosos y Samuel lo liberó, apoyó la frente en la suya.

—Cuidate —le dijo y Gabriel le besó la punta de la nariz.

—Pensé que sería más asqueroso —dijo Axel un metro a tras de ellos, estaba subido en la moto y Maoy parecía un pequeño hombrecito tras el rubio que casi lo cubría. Gabriel le dedicó una sonrisa fría y volvió la vista al frente, si hubieran sido otras circunstancias seguro habría hecho algún comentario bien sarcástico, pero últimamente ya ni pensaba en eso .

Las motos arrancaron con un ronroneo y se pusieron en marcha, Gabriel se agarró al torso de Samuel y sintió como latía fuerte su corazón.

……………………….         ……………….           ……………

El viaje le había parecido excesivamente largo, y solo había durado una hora, y cuando llegaron al punto indicado tenía todo el cuerpo entumecido. Maoy conocía muy bien la vereda, donde estaban los cultivo y Axel tenía la información de la ubicación de cada hombre de franco, que no eran muchos, a decir verdad, donde patrullaban y los puntos ciegos. Cuando Gabriel se deslizó el pasamontañas por la cabeza se sintió como un ladrón de banco, ¿cómo era que había llegado hasta ese punto si él solo quería pagar su condena y ya?

Los cuatro hombres dejaron la carretera y comenzaron a caminar por el monte, donde nadie los pudiera ver, pero el camino estaba demasiado inclinado y Gabriel constantemente se caía de bruces y Axel tenía que levantarlo de la camisa.

—Para ser un luchador de élite parece que tienes dos pies izquierdos —le susurró Maoy que estaba unos pasos por delante.

—El suelo está muy seco y las hojas me hacen resbalar —se justificó y Axel le dio un empujón para ayudarlo a avanzar.

—Pues agradece —le dijo mientras veía atrás y ayudaba con la mano a Samuel que también luchaba por subir la pendiente, cosa que le pareció Graciosa a Gabriel —si el suelo está seco, a pesar del invierno que ha hecho, el rastrojo también lo estará —movió la mochila tejida que tenía colgada en la espalda —el infierno se va a desatar aquí.

Después de llegar hasta un pequeño claro , se reunieron en circulo.

—Por allá —señaló Maoy a la espalda de Gabriel —quedan dos cultivos y por allá —señaló ahora al frente —hay otro cultivo y la oficina, creo que tú deberías ir con Gabriel —le dijo a Axel —le enseñas la oficina e incendias el cultivo que hay allá —le tendió la bola de trapo que colgaba de un alambre, estaba cubierta de aceite combustible para motores y Axel la tomó —Samuel y yo iremos al cultivo grande —los miró a todos y asintió con la cabeza —suerte.

Gabriel abrasó a Samuel y le dio un beso en la mejilla a través de los pasamontañas .

—Esta noche dormiremos juntos, te lo prometo —el hombre asintió y cada uno tomó su respectivo camino

Estaban agazapados tras la maleza y observaban el hombre frente a la puerta como si fuera un perro rabioso que estuviera a punto de atacarlos si se movían. Habían llegado hacía unos quince minutos, y la primer señal de fuego por parte de los hombres no aparecía.

—¿Y si les pasó algo? —preguntó Gabriel escondiendo la cara tras una mata de helecho, pero Axel negó.

—Nadie sabía que veníamos —la mañana comenzaba a levantarse, y las sombras se desdibujaban lentamente y se convertían en arboles gruesos, hojas de colores, vejucos y enredaderas, era hermoso y agradable si no fuera porque Gabriel sentía las tripas en el cuello. Estaba a punto de preguntar algo más, cuando un joven, llegó corriendo, traía ropa de campo y estaba sudoroso.

—¡Fuego! —le gritó al hombre que estaba rígido frente a la pueta —¡Todo se prendió en candela! — le gritó de nuevo y el hombre se acercó al chico.

—¡Qué pasa? —gritó devuelta.

—Los cultivos se están quemando —dicho esto, el joven dio media vuelta y salió corriendo seguido por el hombre que se echó el fusil al hombro. Esperaron un momento y Axel salió del monte seguido muy de cerca por Gabriel, llegaron hasta la pared trasera de la pequeña oficina y el rubio le señaló la pequeña ventana.

—¿Estás listo? —le preguntó y Gabriel asintió. Axel dio media vuelta y desapareció de nuevo por entre el rastrojo.

La ventana era pequeña, apenas lo suficiente como para que Gabriel lograra deslizarse a través de ella, pero no tenía forma de abrir, así que con una piedra que había por ahí rompió el vidrio en mil fragmentos que hicieron un tremendo ruido al caer al suelo. Miró para todas partes por si alguien se alertaba con el ruido, y vio la tremenda humareda que se alzaba tapado la entrada de los rayos del sol. Terminó de limpiar los restos de vidrio y se metió como pudo por el hueco, y cuando había metido la mitad del cuerpo, se resbaló y cayó de espaldas en el piso frio. Ahogó un quejido y se puso de pie lo más rápido que pudo, instintivamente pensando que si se quedaba demasiado tiempo en el suelo lo golpearían. Secuelas de su antigua vida. Cuando se irguió comprobó que la habitación estaba oscura, pero el amanecer le dejaba ver lo suficiente. Era una estancia pequeña, de color blanco y piso con baldosas color café y patrones que no le dio tiempo a identificar. Había fotos en las paredes, mapas de Antioquia y algunos que parecían de Europa, y en medio, sobre una mesa café de madera vieja, había un computador grande y gris. El botón de color rojizo que brillaba en la torre le indicó que estaba conectado a la corriente, y cuando lo presionó, se encendió un suave ronroneo. Gabriel se sentó en la incómoda banca frente a la mesa y encendió la pantalla, y cuando esta le iluminó la cara lanzó un jadeo al ver que, efectivamente y como Maoy sospechaba, tenía contraseña.

—Ni modo —dijo —plan b —se levantó, arrancó todos los cables de la torre y la lanzó con tanta fuerza contra la pared que le tomó más de quince minutos encontrar entre las piezas el disco duro que guardó en el bolsillo de la chaqueta. Antes de ir se miró el desastre que había dejado —espero que no se enojen —lleno de una nueva emoción y alegría sacó la cabeza por la ventana, el torso y una mano y cuando su cadera estaba a punto de salir, algo le arrancó el pasamontañas de la cabeza. El aire fresco de la mañana le golpeó el rostro, y cuando levantó la mirada observó la punta de un fusil apuntándole directamente en la frente.

—El niño favorito de Franco —le dijo y Gabriel terminó de salir con lentitud. Cuando estaba en el suelo se irguió y levantó las manos en el aire. Era el hombre que vigilaba la oficina, y unos pasos tras él estaba el muchacho que le había avisado del fuego.

—Avisa a los demás —le dijo al chico —que llamen a Florencia y que digan que necesitamos más personas para iniciar el fuego, y que le digan a franco que agarramos al cuervo de oro con las manos en la masa —sonrió y Gabriel notó que tenía unos cuantos dientes podrido. El muchacho salió disparado por el camino y Gabriel suspiró.

—Será mejor que me dejes ir —le dijo y sintió una alegría inmensa cuando Axel apareció de entre las sombras del monte y caminaba hacia ellos.

—¿O qué? —le dijo con arrogancia. Axel carraspeó detrás de él. El hombre se giró de inmediato, y se encontró con el puño del rubio que lo lanzó directo al suelo inconsciente.

—¿Lo tienes? Le preguntó a Gabriel tenía la cara sucia y sudorosa. Él asintió y su primo levantó el fusil que el hombre abrazaba mientras dormir, como si abrazara a su peluche favorito.

—¿Qué haces? —le preguntó aterrado y Axel se acomodó el arma.

—No dejar que nos maten.

Se habían tardado más de veinte minutos en regresar a la carretera, y habían bajado muy lejos del lugar donde habían dejado guardadas las motos.

—Te dije que no era el camino —le dijo a Gabriel a su primo que se apoyó en las rodillas para recuperar el aliento —¿qué tan lejos están las motos? — preguntó y Axel negó.

—La verdad no tengo…—un disparo tremendamente fuerte y atronador resonó al tiempo que la tierra les golpeaba el cuerpo —detrás de mí —le gritó Axel y disparó en dirección al monte de donde venían los otros disparos. Gabriel se cubrió los oídos, los disparos de los fusiles eran tan fuertes que pensó que le sangrarían los oídos. Axel devolvía los disparos mientras caminaban hacia atrás y Gabriel miró en todas direcciones en busca de una salida. La única manera de escapar era correr de nuevo por el monte, pero, ¿hacia dónde? Cuando una bala pasó golpeando el suelo muy cerca de él, un rugido se alzó por encima de los disparos y Gabriel levantó la cabeza al ver como una chiva, de la ruta de la mañana, asomaba por la curva más cercana y se dirigía hacia ellos lanzado humo negro por el tubo de escape.

—¡Detenla yo te cubro! —le dijo Axel en medio de los disparos y Gabriel salió corriendo, se atravesó en medio de la carretera y el chofer frenó enseco al verlo —¡Sube! —gritó de nuevo. Gabriel corrió hacia el vehículo y se lanzó dentro de las bancas. La chiva arrancó y Gabriel se asomó por la orilla. Axel comenzó acorrer al tiempo que disparaba, y cuando las balas se acabaron, con una habilidad que Gabriel pensó no tenía, se lanzó dentro. Una última bala rompió una de las ventas de atrás antes de que se perdieran tras una curva. Axel atravesó las bancas y dio un abrazo asfixiante a su primo.

—¿Esas bien? —le preguntó, pero Gabriel se removió incómodo.

—Samuel —dijo y Axel lo sacudió por los hombros.

—Estarán bien—le dijo y a Gabriel se le llenaron los ojos de lágrimas —Recuerda que Maoy es policía, estarán bien.

—Ahora si me pueden decir qué carajos está pasando —una vos los hizo voltear. El ayudante de la chiba estaba casi escondido entre las bancas y Gabriel lo reconoció de inmediato.

—Miguel —le dijo y el hombre al reconocerlo y sonrió con nerviosismo —Los hombre de Franco nos disparaban —le dijo y Axel lo golpeó con el hombro. El vehículo estaba vacío por ser tan temprano en la mañana, y Gabriel entendió el codazo de su primo, no había que confiar en nadie. Gabriel se sentó en una banca y dejó que todo el cansancio lo invadiera, y se quedó ahí, pensando en Samuel hasta que, después de una curva, un retén con las camionetas de franco se interponía en el camino.

—Mierda —escuchó que dijo Axel.

“M****a” pensó.

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