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Capítulo 33

Autor: DiegoAlmary
last update Data de publicação: 2021-11-25 07:50:24

Dos camionetas estaban atravesadas en medio de la carretera, y fuera de ellas unos cuantos hombres armados esperaban a que la escalera estuviera más cerca y el chofer redujo la velocidad.

—Miguel, debajo de la carpa —Gritó el chofer al ayudante que estaba sentado unos puestos más atrás. El joven se puso de pie y levantó una carpa negra que cubría unos bultos de café.

—Escóndanse ahí —les dijo y Axel miró a Gabriel.

—¿Por qué nos ayudas? —le preguntó el rubio y el ayudante se encogió de hombros —si alguien está en contra de Franco, es de mi equipo.

—¡Rápido! —les gritó el chofer y Axel se metió bajo la carpa. Gabriel sacó el disco duro y su celular del bolsillo y los puso en el pecho del ayudante que lo miró con los ojos abiertos.

—Esto será la caída de franco —le dijo —Que ellos no lo tomen —se metió bajo la carpa con Axel y el ayudante los cubrió por completo.

—¿Confías en él? —le preguntó Axel en un susurro y Gabriel suspiró.

—Es un salto de fe —su primo estaba a punto de protestar cuando la chiva se detuvo, y el corazón de Gabriel dio un vuelco.

—¡Dónde están? —preguntó alguien de una forma amenazante y el chofer fue quien contestó.

—Se bajaron hace unos diez minutos —dijo y se formó un silencio incómodo y tenso —no sabemos más —el vehículo se movió, dando a entender que alguien había subido.

—¿Ahí hay qué? —preguntó la voz y Gabriel sintió un buen escalofrío. Sin dudarlo, notó que era el asiático mano derecha de franco, el acento era inconfundible.

—Es mercancía —dijo el ayudante y Gabriel sintió como el hombre saltó para estar en la misma banca que ellos. Estaba agachado, con las rodillas dobladas y en posición de ataque, cerró los ojos y suspiró. Sintió como Axel se tensó a su lado cuando el hombre se acercó mucho, y contuvo la respiración cuando se agachó, tomó el borde de la carpa y la levantó con fuerza. Gabriel salió disparado como un resorte, tan rápido que no le dio tiempo al hombre de reaccionar, lo tomó por la cadera y lo empujó con fuerza hacia atrás. Ambos salieron volando por fuera del vehículo, y cuando cayeron en la carretera Gabriel cayó con la rodilla clavada en el estómago del hombre que lanzó un grito seco de dolor. Se apartó observando al tipo en el suelo y escuchó a Axel gritar dentro de la chiva. Esa pequeña distracción fue aprovechada por el asiático que golpeó el pie de Gabriel con una patada que lo lanzó al suelo, pero apenas cayó se levantó con un estirón de piernas, y ambos se miraron a la cara unos segundos.

El asiático fue el primero en atacar, y Gabriel esquivó el golpe apenas, luego y otro y otro, el pequeño hombre era muy veloz, pero no muy fuerte, así que, en una patada mal calculada, Gabriel le agarró el pie bajo la axila y lo pateó con fuerza dos veces en la cara. Mareado, el hombre se dejó caer de rodillas y Gabriel tomó el arma que estaba un paso más allá, lo tomó por la espalda y le apuntó en la cien.

—Dejen nos ir o les prometo que…—se volvió amenazante a los otros hombres y le temblaron las rodillas al ver a Axel de rodillas, con la cara ensangrentada y el el cabello rubio machado de sangre, tras él había un hombre apuntándole con un fusil a la cabeza.

—¿Nos prometes qué? —le dijo y empujó la cabeza del rubio con la punta del fusil. Le sangraba la nariz y un ojo comenzaba a hincharse. Axel le había dado una buena pelea —Adelante, matalo, a mí no me importa ese chino, pero estoy seguro que a ti si te importa tu primo —los ojos de Gabriel se llenaron de lágrimas, se mordió el labio tan fuerte que sintió como se abrió la herida y probó su propia sangre. El dedo en el gatillo le tembló. ¿Qué haría ahora? Si mataba al asiático mataban a Axel, y si no lo hacía los mataban a los dos. Miró para todos lados, había un hombre tras él, y deseó como un niño inmaduro que Samuel apareciera para verlo una última vez. Otro hombre, grande y corpulento apareció y caminó hacia él, era el de la cicatriz en la cara, ¿Braulio era su nombre? Tenía la mente paralizada y no pensaba con claridad. Él caminó hasta Gabriel, tenía en la cara una expresión indescifrable, cuando llegó hasta su altura colocó la mano sobre la de Gabriel que sostenía el arma, era grande y cálida. El hombre parecía tan diferente, nada que ver con el arrogante macho que había visto por primera vez altes de llegar al pueblo cuando lo amenazó.

—Calma, hijo —le dijo —no vale la pena morir aquí por esto —haló el arma hasta que esta se deslizó de la mano de Gabriel que apretó los puños instintivamente y antes que de que el golpe en la cabeza lo lanzara al suelo, la cara de Braulio le dio tranquilidad.

Luego el golpe y llegó la oscuridad.

……………..          ………………..       …………………….

Había un pequeño resquicio de luz que se colaba por sus ojos entre abiertos, estaba sobre una superficie dura, pero la oscuridad era tan reconfortante que prefirió quedarse ahí, quieto y en calma, con la respiración acompasada y tranquilo, pero una voz molestaba la quietud de su pequeño y oscuro mundo.

—Gabo —decía —No me hagas esto, despierta —era una voz medianamente conocida, ¿Quién era? ¿Por qué sonaba tan triste? La luz se hizo más fuerte y un dolor en la cabeza le llegó con la imagen de un hombre alto, de hombros anchos y barba crecida, tenía las manos cálidas y los ojos verdes como el césped. Tenía ganas de abrazarlo, pero no lo alcanzaba, solo sentía sus manos acunando las suyas y de repente, la imagen se fue.

—Samuel —susurró y abrió los ojos de golpe. El sol que entraba por una ventana le daba en la cara y cuando se apartó, un dolor de cabeza le llegó punzante desde atrás. Se incorporó despacio, estaba en una bodega llena de cajas de cartón y tuberías, tenía las manos esposadas a un tubo frente a él.

—Gabriel —le dijo una voz y se volvió para encontrarse con Axel, tenía la cara pálida y restos de sangre —¿Estas bien? —le preguntó y Gabriel asintió.

—Un poco mareado, ¿y tú?

—Bien, solo me sangra la nariz si me muevo mucho —bromeó, pero Gabriel no le pareció chistoso.

—¿Dónde estamos? —preguntó sin reconocer el lugar, estaba en el suelo sobre unos cartones.

—Es la mansión, el sótano —le dijo, cuanto te golpearon nos trajeron aquí, después de requisarnos hasta los huevos, literalmente.

—Buscaban el disco duro, no me digas que…

—No —Axel sonrió, y esa expresión se vio rara en su cara con sangre y moretones —Miguel, el de la chiva, logró convencerlos de que los habíamos obligado a escondernos y los dejaron ir. Me sonrió entes que se fueran, él tiene todas las pruebas, y creo que hará lo correcto —Gabriel asintió con la cabeza.

—¿Y ahora qué? —le preguntó al rubio cuando se sintió menos mareado y Axel se acercó todo lo que pudo a él, que también tenía las manos esposadas a un tubo en su espalda.

—¿Recuerdas que Maoy tenía un informante? —le preguntó y Gabriel asintió.

—Nunca dijo quién era.

—Es Braulio —dijo —Todo este tiempo y siempre fue él.

—¿El de la cara cortada? —preguntó y Axel asintió —¿Cómo lo sabes? —el hombre se miró el cuerpo, como si tratara de mostrarle algo a Gabriel con la mirada.

—Cuando nos trajeron, se quedó solo un momento y me lo dijo, me dijo que tenía un plan, que teníamos que seguir la corriente —Gabriel frunció el ceño.

—¿Y confías en él? —Axel no contestó.

—No sé, pero, ¿qué más podemos hacer? —dijo después de un rato. Se quedaron en silencio por un momento y Gabriel sintió como el hambre le comía el estómago.

—¿Qué hora es? —preguntó y Axel meneó la cabeza.

—Hace una media hora sonaron las campanas que iniciaban la celebración del día de la virgen, así que deben ser las doce, más o menos —Gabriel asintió y se quedó pensando en Samuel, ¿habría logrado escapar? Pensó una y otra vez, recordó los disparos y cerró los ojos. Él está bien, se repitió como un mantra una y otra vez hasta que la puerta metálica se abrió con un chirrido hiriente al oído. Dos hombres entraron armados hasta los dientes, uno de ellos era Braulio, y Gabriel no supo que sentir al respecto.

—De pie —le dijo a Gabriel el otro, que era moreno y pequeño, y el muchacho obedeció. Le quitó una de las esposas de la mano para sacarlo del tubo y lo esposó de nuevo. Al moreno le temblaban las manos, y para Gabriel hubiera sido demasiado fácil hacele una llave, quitarle el arma y hasta matarlo, pero cuando miró a Braulio éste negó con la cabeza y le hizo con la mano el gesto de: “Calma” así que se dejó llevar.

—¡A donde lo llevan? — gritó Axel desde el suelo y el moreno empujó a Gabriel hacia Braulio, que lo agarró por las esposas y le habló desde atrás.

—Solo sigue la corriente, no te pasará nada lo prometo —el otro le dirigió unas palabras a Axel que Gabriel no logró escuchar y lo sacaron por la puerta cerrándola tras ellos, y Gabriel no pudo mirar su primo una última vez.

Lo guiaron por unas escaleras estrechas y oscuras que terminaban en una puerta, y al abrirla y cruzar, se encontró en la sala principal del palacio. Había un par de hombres pululando por ahí, y se veían todos igual de ansiosos. Franco apareció en su campo de visión y a Gabriel le costó reconocerlo, estaba tan pálido y sudoroso que parecía que había terminado de recorrer una maratón, con las ojeras marcadas y el ceño fruncido. Se paró frente a Gabriel y lo miró a los ojos con una expresión de asco, como el que mira a la más asquerosa cucaracha. Gabriel levantó la cabeza.

—¿Dónde está? —le preguntó el hombre y Gabriel no contestó —¿enserio crees que eres el único que tiene infiltrados en el otro bando, el ejército llegará a aquí en menos de una hora, y sé que aún no tienen la información que tú y el patético de Maoy me robaron, así que lo voy a preguntar solo una vez más ¿Dónde está el el disco duro? —Gabriel sonrió de lado, quería burlarse de él, aunque tenía miedo, y tensionó las rodillas para que no le fallaran.

—No importa la el ejército no consigue el disco duro —le dijo —te grabé ayer matando a esos hombres, y el video ya está en sus manos —estiró la cara y empujó su frente contra la del hombre que estaba fría y húmeda —debiste matarme cuando pudiste —le dijo, y el hombre dio un paso atrás, levantó la mano con fuerza  y la descargó en un tremendo puño en la mejilla de Gabriel, que sintió como la sangre le inundada la lengua, lleno de rabia y adrenalina, escupió saliva con sangre en los zapatos negros del narcotraficante —¿enserio piensas que eso es un golpe? —franco se dirigió a Rombru ignorando a Gabriel.

—Dile a Ainhoa que prepare el helicóptero —luego miró a Gabriel que casi colgaba de los brazos del hombre que lo sostenía por atrás —Voy a terminar con esto ahora mismo antes de irme —ordenó a alguien que estaba tras él — Que suenen las campanas, y que comience la fiesta.

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