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Capítulo 2

Penulis: Ebria Luna
Al ver el acuerdo de divorcio dentro del cajón, Amada se quedó completamente inmóvil.

Varios pensamientos se le agolparon en la mente al mismo tiempo; un frío cortante le atravesó el corazón de golpe.

Tres años atrás, había logrado casarse con Alejandro gracias al aprecio que Doña Navarro le tenía.

Ella sabía perfectamente que Alejandro no la amaba.

Aceptó ese matrimonio solo para afianzar su posición: con el respaldo de Doña Navarro, sus ambiciones serían mucho más fáciles de concretar.

Ese matrimonio había sido algo que ella prácticamente robó.

Aun así, se entregó sin reservas, convencida de que, con el tiempo, lograría que Alejandro llegara a amarla.

Había sido ella quien se sobreestimó.

Desde antes de la boda, Alejandro nunca la había tenido en alta consideración; después de casarse, vivieron casi como dos extraños bajo el mismo techo.

El divorcio siempre había sido una bomba de tiempo dentro de ese matrimonio.

Durante tres años, Alejandro jamás lo mencionó.

Y ahora, ese momento llegaba de forma tan abrupta que la dejó completamente desprevenida.

En cuanto al motivo, ella ya conocía la respuesta en el fondo de su corazón.

Ximena había regresado.

El acuerdo de divorcio se le clavó en el pecho como un puñal. No fue capaz de reunir el valor para leerlo.

Si hoy no lo hubiera descubierto por casualidad... ¿cuándo pensaba Alejandro entregárselo?

No supo cuánto tiempo permaneció ahí, de pie, hasta que desde la planta baja llegó el sonido de un automóvil deteniéndose.

Luego oyó la voz respetuosa de Rocío:

—Presidente Alejandro.

Solo entonces reaccionó.

Cuando bajó, Alejandro ya había entrado a la casa.

Afuera seguía nevando.

Él se quitó el abrigo y se lo entregó a su asistente.

El traje negro acentuaba aún más su aire severo; su figura era erguida, distante, impenetrable.

El poderoso dirigente de la familia Navarro, imponente e inaccesible.

Tal vez al percibir sus pasos, Alejandro giró la cabeza para mirarla.

Los lentes sobre el puente de su nariz reforzaban su imagen sobria y contenida.

Aunque las micas ocultaban parte de su mirada, no lograban disimular del todo su porte extraordinario: una calma profunda, mezclada con una atracción capaz de dominarlo todo.

Amada avanzó hacia él casi sin darse cuenta.

Pero al recordar que llevaban trece días sin verse y que, desde el aborto forzado tras la muerte fetal de su hijo un año atrás, el contacto entre ambos se había ido enfriando cada vez más, de pronto sintió que el Alejandro frente a ella le resultaba ajeno.

Amada se detuvo.

En su mente apareció, con absoluta claridad, la imagen del acuerdo de divorcio dentro del cajón.

Estaba a punto de abrir la boca para preguntarle...

Cuando la mirada fría de Alejandro recorrió su rostro. Frunció ligeramente el ceño.

—Mi abuela está enferma. Acompáñame a Casa Navarro.

Su voz grave llevaba un matiz helado.

Tras decirlo, se dio la vuelta y salió sin esperar respuesta.

“¿La abuela está enferma?”

El corazón de Amada se tensó. Ya no tuvo ánimo para pensar en el divorcio.

Subió a su habitación, tomó ropa y guantes, cubriendo con cuidado las heridas del dorso de sus manos.

Cuando salió apresurada hacia la puerta, Alejandro estaba de espaldas bajo el pórtico.

Encendió un cigarro.

Al escuchar los pasos, lanzó una mirada de reojo; la llama vacilante iluminó brevemente sus ojos, que enseguida volvieron a hundirse en una oscuridad insondable.

Alejandro era el orgullo más inalcanzable de Monte Celeste.

Desde la preparatoria ya era elogiado en internet por su apariencia y su talento.

Aquello incluso llegó a causar revuelo y a convertirse en tendencia, hasta que la familia Navarro se encargó de silenciarlo.

Incluso durante los dos años en que estuvo ciego, siguió siendo el objeto de deseo de innumerables mujeres en Monte Celeste.

A Amada se le encogió el pecho. Se dispuso a subir al carro.

Al pasar junto a Alejandro, aceleró el paso, pero de pronto él la sujetó del brazo.

Amada se sobresaltó y, al alzar la vista, se encontró con esa mirada suya, profunda, capaz de atravesar el corazón de cualquiera.

Con los dedos aún tibios, Alejandro le sostuvo el mentón.

Ella intentó esquivar el gesto, pero la mano que le sujetaba la barbilla pareció anticiparlo y apretó con más firmeza.

El pulgar rozó suavemente la comisura de sus labios.

—¿Qué te pasó en la cara?

Amada no logró soltarse.

Solo pudo alzar el rostro y sostenerle la mirada.

Amada no sabía qué ungüento le había aplicado Rocío, pero al despertar por la mañana los moretones de su rostro ya se habían atenuado bastante.

Por la tarde, se aplicó la bolsa de hielo durante un rato y casi ya no se veía nada.

Incluso Rocío se sorprendió y dijo que no podía creer cómo había llegado la noche anterior.

Si apenas se veía algo... entonces, ¿cómo era que él...?

Una acidez punzante comenzó a subirle desde el pecho.

—Ayer, en el trabajo, me caí sin querer.

¿Para qué decir ahora que la habían golpeado?

Sin embargo, ella no advirtió que, aun así, sus palabras iban cargadas de emoción.

Evidentemente, su tono no le agradó a Alejandro.

La fuerza con la que rozaba la comisura de sus labios se intensificó apenas un poco; luego dejó escapar una risa baja.

—¿Ya tienes esa edad y todavía te andas cayendo?

La puerta del carro se cerró.

El aire tibio envolvió a Amada y fue disipando poco a poco el frío que se le había metido hasta los huesos.

El carro arrancó y tomó rumbo a Casa Navarro.

Apenas subió, Alejandro empezó a atender asuntos de trabajo.

—¿Hace rato entraste al despacho? —su voz grave resonó junto a su oído.

El corazón de Amada dio un vuelco. Miró a Alejandro: tenía la vista fija en la laptop.

La pregunta sonaba casual, como si no tuviera mayor importancia.

Probablemente había visto la luz del despacho encendida al bajar del carro.

Normalmente, ese espacio lo atendía el asistente; nunca permitía que Rocío entrara.

A esa hora, la única persona que podía haber estado ahí era ella.

Y después de ver aquel acuerdo de divorcio, había olvidado por completo el motivo por el que había ido al despacho.

—Sí. Quería buscar un libro para leer, pero no encontré nada que me llamara la atención.

Preocupada por la salud de Doña Navarro, Amada se recargó en la ventanilla, inquieta.

El carro siguió avanzando rumbo a Casa Navarro.

Cuando Amada tenía siete años, sus padres murieron.

Debido a la estrecha relación que desde hacía años existía entre la familia Cisneros y la familia Navarro, Doña Navarro, de buen corazón, la acogió en su casa y la crió.

En Casa Navarro, la persona que más la quería era Doña Navarro.

La primera nevada de Monte Celeste llegó de forma repentina, y Doña Navarro se resfrió.

Cuando Amada entró en la habitación, los familiares, los médicos, el mayordomo y los empleados intentaban convencerla de que tomara la medicina.

Ella apretaba los dientes y se negaba a abrir la boca.

En cuanto vio a Amada, fue como si hubiera encontrado a su salvación.

—¡Amada! ¡Ellos quieren hacerme daño!

—Abuela.

Amada se acercó a toda prisa, le tomó la mano y se sentó junto a la cama. Con voz suave, dijo:

—Aquí estoy yo. Nadie se atreve a hacerte daño. A cualquiera lo tumbo de un golpe. Ahora tómate primero la medicina, ¿sí? Yo te ayudo.

Con los ojos enrojecidos por la queja, Doña Navarro terminó cediendo y tomó el medicamento.

Todos soltaron un suspiro de alivio.

Solo Amada era capaz de convencerla.

Alejandro, que estaba a un lado, recorrió con la mirada —profunda como un abismo— la sonrisa en el rostro de Amada.

—¡Está amarguísima! —se quejó Doña Navarro, frunciendo todo el rostro.

—La buena medicina es amarga —respondió Amada.

Luego la animó a beber un sorbo de agua.

Al ver su expresión contrariada, Amada le apretó la mano y la sacudió con suavidad.

—Bueno, ¿no decía que estaba muy amarga? Antes de subir le pedí a alguien que hirviera agua con un poco de miel. ¿Quiere que vaya a traerla?

Doña Navarro volvió a dejarse convencer.

Cuando Amada regresó del piso de abajo con el agua con miel y estaba a punto de entrar...

—Las noticias de ayer estuvieron muy movidas. Como era de esperarse de ti: cuando actúas, siempre armas un gran revuelo.

La voz de Doña Navarro llegó desde el interior de la habitación.

Amada se detuvo en seco.

Alejandro respondió con aparente despreocupación:

—Abuela, no sea sarcástica. Cuide su salud.

—¡Amada es tu esposa! Esa Ximena... la familia le debe cosas, sí, pero Amada no le debe nada a ella, ni tampoco a ti. Si te atreves a maltratar a Amada por su culpa, ¡yo no lo voy a permitir!

Los dedos de Amada se apretaron, fríos como el hielo.

El sonido de los pasos de una empleada subiendo las escaleras interrumpió sus pensamientos, y no alcanzó a oír lo que Alejandro respondió.

Solo escuchó a Doña Navarro decir:

—Tú y Amada dense prisa en tener un hijo. Todo lo que deseas... será tuyo.
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