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Capítulo 3

Penulis: Ebria Luna
Hijo...

Un dolor punzante, lacerante, le recorrió el cuerpo a Amada en un instante.

Una noche, a finales de la primavera pasada, Alejandro regresó borracho y, por error, entró en su habitación.

Jamás olvidaría cómo, en ese instante, él la llamó por su nombre como si solo existiera ella.

Aquella noche quedó embarazada del hijo de Alejandro.

Después de enterarse del embarazo, la relación entre ambos cambió.

Aunque él seguía sin volver a casa con frecuencia, le asignó un nutriólogo para que se encargara de su alimentación.

Amada creyó que aquello era el inicio de la felicidad.

Pero en el invierno del año pasado, cuando el embarazo tenía ya ocho meses, el corazón del feto se detuvo de repente.

Murió dentro de su vientre, y no tuvo más opción que someterse a una inducción de parto.

Temiendo que el golpe fuera demasiado duro para ella, el personal médico no le permitió ver al bebé ni una sola vez.

Ni siquiera pudo despedirse.

Ni tocar sus pequeñas manos.

Desde entonces, nadie se atrevía a mencionar la palabra “hijo” frente a ella; se había convertido en una zona prohibida en su corazón.

Y ahora, al volver a escucharla, sintió como si la arrojaran de golpe a una cámara de hielo.

Desde las escaleras llegó el sonido de unos pasos. Una empleada subía desde la planta baja.

—Señora Amada.

Amada volvió en sí. Se secó con discreción los ojos enrojecidos y entró a la habitación con la charola en las manos.

La conversación se interrumpió de inmediato.

En cuanto Doña Navarro vio a Amada, frunció el ceño, con un dolor evidente reflejado en el rostro.

Si hubiera sabido que Amada estaba ahí arriba, no debería haber mencionado lo del niño.

De inmediato miró a Alejandro, esperando que él se acercara por iniciativa propia.

Pero Alejandro permaneció en su lugar, frío como un bloque de hielo.

Le lanzó a Amada una mirada indiferente y salió de la habitación.

***

Cuando Doña Navarro por fin se quedó dormida, Amada le tomó la temperatura y, al confirmar que la fiebre había bajado, se retiró en silencio.

Esa noche, Doña Navarro insistió en que Amada y Alejandro se quedaran a dormir ahí y ordenó al mayordomo que se asegurara de que ella entrara al dormitorio que, en su momento, había preparado especialmente para el matrimonio.

La suite nupcial se encontraba en un pequeño edificio independiente dentro de Casa Navarro, reservado únicamente para ellos dos.

Amada no sabía dónde estaba Alejandro.

Desde que salió de la habitación de Doña Navarro, no lo había vuelto a ver.

Nunca había sido un hombre obediente y, ahora que ya tenía alas propias, no necesitaba rendir cuentas a nadie.

Tal vez ya se había marchado; no sería extraño.

Al llegar a la puerta del dormitorio, Amada vio al mayordomo sacar su celular del bolsillo y dijo con cansancio:

—Benjamín, por favor, váyase a descansar.

—No puedo, señora Amada. Doña Navarro me pidió que tomara fotos como prueba.

Antes, Benjamín la llamaba “señorita” Amada.

Después de que se casó con Alejandro —aunque él nunca reconoció públicamente su identidad como esposa—, Doña Navarro dio la orden de que todos debían tratarla como “señora Amada”.

Al parecer, aún no estaba del todo tranquila.

Amada no supo qué responder. Solo pudo quedarse de pie en la puerta mientras Benjamín le tomaba un par de fotos.

Tras revisarlas, él asintió, satisfecho.

—Ya puedo ir a informar. Señora Amada, descanse temprano.

Al verlo alejarse, Amada por fin soltó un suspiro de alivio.

Por suerte, Alejandro no estaba. Dormiría sola en la suite nupcial.

Al cerrar la puerta, Amada se apoyó contra ella y presionó la pierna derecha, que le dolía tanto que empezó a temblarle.

“Apenas logro sostener esta farsa.”

La noche anterior, aquel hombre le había pateado la pierna derecha tres veces, con una fuerza brutal, como si quisiera matarla.

Un par de golpes más y probablemente la habría dejado inválida.

¡Cuando la policía los atrapara, ella misma se encargaría de que pagaran por ello!

—¿Estabas esperando a que fuera a cargarte?

La voz fría y clara de Alejandro resonó de pronto en la habitación en penumbra.

Amada se sobresaltó.

Acababa de entrar y aún no había encendido la luz.

Siguió el sonido con la mirada; la silueta borrosa fue tomando forma poco a poco, y el reflejo de los lentes destelló fugazmente.

Alejandro estaba recargado junto a la ventana, fumando.

Amada lo miró con emociones encontradas.

Así que no se había ido.

Había regresado a esa habitación incluso antes que ella.

Eso significaba que esa noche dormirían juntos.

De haber sido antes, el corazón de Amada habría latido con fuerza, el rostro encendido por una expectación difícil de contener.

Pero en su mente apareció la imagen del acuerdo de divorcio, junto con el regreso de Ximena.

Y cualquier atisbo de ilusión se disipó por completo.

No tenía ánimo para encender la luz.

Conteniendo el dolor de la pierna derecha, avanzó despacio hacia el sofá.

“Pasar la noche como sea en el sofá... cuando amanezca, todo habrá terminado.”

Pero antes de llegar, alguien la jaló con brusquedad.

Al perder el equilibrio, cayó de lleno contra un pecho amplio y cálido.

Antes de que pudiera reaccionar o forcejear, el brazo que le rodeaba la cintura se cerró con firmeza.

El beso de Alejandro, húmedo y abrasador, cayó junto a su oído.

Amada se estremeció por puro reflejo.

Desde la primavera pasada, era la primera vez que Alejandro volvía a tocarla.

En un instante vertiginoso, él la empujó contra el sofá. Su aliento ardiente la envolvió por completo.

Los besos, insistentes y apremiantes, no le dejaron espacio para resistirse.

—Mi abuela dijo que debemos tener un hijo.

Como si le hubieran arrojado un balde de agua helada, Amada recordó de golpe el acuerdo de divorcio en el cajón del despacho, y también las palabras de Doña Navarro.

Giró el rostro para esquivar sus labios y sostuvo esa mirada suya, capaz de hechizar a cualquiera.

Sentía la garganta atravesada por una aguja.

—¿Quieres un hijo... o lo que la abuela prometió a cambio?

Alejandro le sujetó ambas manos y las presionó por encima de la cabeza. Con la otra se quitó los lentes.

Sin el cristal que los separaba, sus ojos se volvieron afilados, feroces.

Ese era el verdadero Alejandro.

—¿Y qué diferencia hay? —respondió—. Cuando insististe en casarte conmigo, debiste estar preparada para esto.

El rostro de Amada palideció.

—¿No es así, Amada?

El tono era bajo, casi íntimo, pero a ella le atravesó el pecho como una hoja fría.

Un nombre pronunciado sin afecto, cargado solo de burla, para ella era un castigo lento y cruel.

Alejandro conocía demasiado bien su punto débil.

Soltó una risa baja y se inclinó sobre ella, anulando por completo su fuerza.

Cuando su ropa fue arrancada, el cuerpo de Amada se encogió de manera instintiva.

En su mente apareció la escena de la noche anterior, cuando la golpearon.

Si no hubiera pasado aquel transeúnte de buen corazón, también le habrían arrancado la ropa...

Por un instante, ya no supo si el hombre frente a ella era Alejandro o aquellos que la habían agredido.

—¡No!

Como una pequeña bestia acorralada, Amada se lanzó a morderle el cuello.

En la penumbra, Alejandro dejó escapar un siseo.

—Vaya... ya creciste. ¿Ahora muerdes?

Una mano le sujetó con fuerza la barbilla.

Alejandro se desató la corbata, claramente a punto de usarla para inmovilizarle las manos.

Entonces, el timbre del celular irrumpió de forma abrupta en la habitación.

La pantalla se encendió, iluminando tenuemente a las dos figuras sobre el sofá.

El celular, sobre la mesa, vibró y giró, y el nombre reflejado en la pantalla se clavó con claridad en los ojos de Amada.

“Ximena.”

Aprovechando el instante de distracción, Amada se deslizó de debajo de él.

Jaló su ropa desordenada para cubrir los grandes moretones que la noche anterior le habían dejado en el cuerpo.

Arrastrando la pierna derecha, dolorida, se encogió en un rincón del sofá.

En ese momento, la luz junto al sofá se encendió de golpe.

La corbata colgaba floja del cuello de Alejandro; dos botones de la camisa estaban desabrochados.

Su nuez se movió con un trago seco.

El celular seguía sonando.

El rostro de Amada estaba pálido; el contraste hacía que sus ojos se vieran aún más enrojecidos.

Con una sonrisa cargada de ironía, dijo:

—Es Ximena. ¿No vas a contestar?
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