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Capítulo 6

Penulis: Primavera Lía
Viviana se hundió en el suave colchón, y antes de que pudiera empujar a Fabio, quedó envuelta en ese aroma a madera de sándalo que tanto le gustaba.

Era su fragancia favorita. Ella lo había mencionado apenas una vez, y Fabio la había usado durante siete años.

Si alguien le hubiera dicho hace dos días que su matrimonio era una farsa y que Fabio no la amaba, Viviana jamás lo habría creído.

Pero ahora...

—Amor, relájate un poco.

La voz de Fabio era pura dulzura mientras sujetaba con fuerza las manos de Viviana.

Con las palmas unidas, él se acercó a su cuello, dejando un rastro de besos. Cuando la mano ardiente de Fabio tocó la espalda de Viviana, ella se estremeció, volvió en sí de golpe y lo empujó con todas sus fuerzas.

Se sentó en la cama, tragándose el dolor del corazón.

—Me siento muy mal, no quiero hacer nada.

Dicho esto, se levantó, salió de la habitación y cerró la puerta de un portazo. Fabio frunció el ceño, quedándose pensativo mientras miraba la puerta cerrada.

Viviana se fue a la recámara de al lado.

Al pasar por la estancia, Mario la llamó, pero ella no le hizo el menor caso. Tomó su celular y, con los dedos temblorosos, abrió su perfil para ver su última publicación.

En la pantalla, la foto de la acta de matrimonio le lastimó los ojos.

Era una foto que había subido apenas hacía unos días, para celebrar su séptimo aniversario.

Viviana recordaba bien la fecha en que se casó.

Aquel día fue corriendo con Fabio al registro civil para las fotos, firmaron el acta y de ahí se fueron directo a la fiesta de la boda.

Después, fue Javier quien les entregó personalmente la acta, deshaciéndose en felicitaciones y buenos deseos. Incluso en esa publicación, Javier le había dado "me gusta" y comentado que esperaba que envejecieran juntos.

Para ese entonces, Carmen ya debía de haber vuelto, ¿verdad?

Javier, al ver la foto de la acta, seguramente se estuvo burlando de ella, pensando que era una estúpida a la que todos engañaron durante siete años sin que se diera cuenta.

A Viviana se le pusieron los ojos rojos, pero se aguantó las lágrimas.

Si fue una ciega estos siete años, ni modo, lo aceptaba.

De ahora en adelante, desaparecería por completo para pasar sus últimos días con su hermano.

Iba a dejarle el camino libre a Fabio.

Caminaba con paso pesado dispuesta a dormir cuando, por casualidad, el médico le marcó.

—Señora Viviana, ya revisé sus estudios. Detectamos el tumor demasiado tarde y no ha recibido ningún tratamiento previo. Su cuerpo no está en condiciones de viajar, ni por avión ni por barco.

A Viviana se le dio un vuelco el corazón.

—¿Qué quiere decir? ¿Ni por barco puedo?

—No se puede. Primero, porque sin tratamiento conservador su cuerpo no aguantará; segundo, porque el trayecto implica zonas de gran altitud y eso dispararía los síntomas del tumor.

El tono del doctor era serio y rotundo. Viviana apretó el celular, desesperada.

—Si no puedo irme ni por avión ni por barco, ¿entonces cómo me voy?

El doctor guardó silencio un momento.

—¿Es estrictamente necesario que se vaya?

Viviana se mordió el labio. El verdadero amor de Fabio ya estaba de regreso, ¿a qué se iba a quedar ella? ¿A esperar que la echaran de la familia o que su esposo y su hijo la abandonaran?

—Me tengo que ir —dijo con voz suave pero firme—. Por favor, ayúdeme como sea, el dinero no es problema.

El médico suspiró con resignación.

—Está bien. Le voy a armar un plan de tratamiento de diez días. Si después de la primera etapa los resultados son buenos, podrá irse, tal vez incluso en avión.

Diez días...

Viviana se quedó sombría.

No quería quedarse tanto tiempo; en diez días quién sabe qué podría pasar. Pero si el doctor lo decía, no le quedaba más que cooperar.

***

Al día siguiente, cuando Viviana salió de la habitación, el olor del desayuno flotaba en la estancia.

Fabio estaba apartando la mano de Mario, regañándolo:

—Tu mamá no se ha despertado, espérate a que salga para empezar a comer.

Mario se talló la mano y se sentó haciendo un puchero.

Viviana apretó la manija de la puerta; no esperaba que todavía estuvieran ahí.

—¿Se pueden ir, por favor?

Fabio se quedó desconcertado, pero se acercó para tomarla de la mano y decirle en voz baja:

—Ya sé que lo que hizo Mario ayer estuvo muy mal y que debes darle una lección, pero estos días te ves muy cansada y enferma. No me quedo tranquilo dejándote sola.

Viviana se detuvo; no pensó que él también se querría quedar. Se hizo a un lado, bajando la mirada.

—Si no te vas ahora, no vuelvo a la casa nunca más.

—Tú... —Fabio retiró la ternura de la mirada. No entendía por qué Viviana estaba tan terca esta vez, empeñada en seguir peleada con el niño.

Viviana agarró su abrigo y puso de pretexto que saldría a correr.

—Cuando regrese, por favor llévense las sobras y la basura de aquí.

Mario no le quitaba la vista de encima. Al ver que su mamá no le dirigía ni una mirada, sintió un hueco en el pecho.

—¡Mamá!

Viviana no respondió y salió azotando la puerta.

El padre y el hijo se quedaron mirándose el uno al otro. Fabio puso cara de pocos amigos y sentenció:

—Cómite tu leche y tus huevos y lárgate a la escuela. ¡Y más vale que hoy pienses cómo convencer a tu madre de volver a la casa, porque si no, tú tampoco regresas!

Mario no se atrevió a decir ni pío; asintió aguantándose las ganas de llorar. La empleada recogió su mochila y se lo llevó a clases.

Fabio también se fue a la oficina.

Viviana anduvo deambulando afuera por dos horas.

Cuando regresó al hotel, por fin se habían ido.

De inmediato pidió en recepción que le cambiaran la habitación a un piso más alto y se fue al hospital para coordinar el tratamiento con el médico.

Daban las seis de la tarde cuando Viviana, a punto de volver al hotel, recibió una llamada del mayordomo.

Estaba muy angustiado.

—¡Señora, ¿dónde está?! ¡Venga rápido! ¡Mario se puso mal y no me contesta el señor!

Viviana no se inmutó y se negó:

—Busca al médico de la familia. Yo no soy doctora.

—¡Pero es que el niño se desmayó! ¡Está sudando frío y no deja de pedir a su mamá!

En cuanto escuchó eso, Viviana se detuvo en seco.

Soltó un suspiro lento.

—¿Estás seguro de que me está llamando a mí? ¿No será a otra persona?

El mayordomo se quedó mudo, sintiendo un escalofrío.

Miró de reojo a Mario, que estaba a su lado supervisando que "actuara" bien su papel, y no supo qué contestar.

—Señora, ¿qué cosas dice? Usted es la madre del niño, ¿a quién más iba a llamar?

Antes de terminar, ella ya le había colgado. Mario abrió los ojos de par en par, sin poder creerlo.

—¿Mi mamá no quiso venir?

El mayordomo asintió con pena.

Mario se puso rojo de coraje y apretó los puños.

—¡Mi mamá ya no es la misma! ¡Ahora no le importo nada! ¡¿Todo por lo que le dije en la escuela?! ¡Qué payasa!

El mayordomo le hizo señas para que se callara.

—¡Ya no diga eso, niño! Si tu padre lo oye, se va a volver a enojar.

Mario seguía furioso. Se sentó en un banco, soltó un bufido y sacó su celular.

—Si mi mamá no viene, le voy a hablar a Carmen para que ella me acompañe a hacer la tarea. ¡No la necesito a ella para nada!

Mientras tanto, Viviana ya estaba en la planta baja del Grupo Tobar. Buscó a Fabio y le entregó un sobre con su renuncia.

Fabio puso el dedo justo debajo de su firma, donde se leía "Viviana" con una letra elegante y fluida. Levantó la vista, confundido.

—En la empresa solo tienes un puesto nominal, ni siquiera tienes que venir. ¿A qué viene esta renuncia de repente?

Viviana se clavó las uñas en las palmas, buscando una excusa, cuando Fabio se levantó de golpe y caminó hacia ella.

Ella se asustó y retrocedió.

En ese mismo instante, se escuchó el rítmico golpeteo de unos tacones afuera de la oficina.

—Fabio, Mario me habló hace un rato. Me dijo que estaba solo y que nadie lo acompañaba, así que pasé a la casa primero y...

Carmen abrió la puerta de par en par y se quedó tiesa al ver a Viviana. Viviana, con el rostro pálido, alcanzó a notar algo que nunca veía en Fabio: una chispa de culpa y de nerviosismo en su mirada siempre imperturbable.

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