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Capítulo 5

Penulis: Primavera Lía
Viviana permaneció estática en el marco de la puerta.

—Vuelve a tu casa y lo verás tú mismo. Yo no voy a regresar, vete solo.

Fabio pareció no escucharla. Colocó los tacones frente a ella y, con un tono persuasivo, intentó convencerla:

—Sé buena, amor. Mario te está esperando en la casa, regresa conmigo.

—Él no me está esperando a mí, está esperando a una herramienta que le ayude con la tarea. Si yo no le sirviera para eso, esta noche ni se habría acordado de buscarme. —Viviana desvió la mirada—. Ya vete, no voy a volver.

Sin previo aviso, Fabio la tomó del tobillo y se hincó frente a ella sobre una rodilla, arrugando sus pantalones.

—Todos te necesitamos.

Viviana soltó una risa amarga y burlona:

—Necesitan más a la señorita Carmen, ¿no? Hoy, en cuanto llegó a la escuela, solucionó todo en un segundo. Hasta Mario le hace caso.

La mirada de Fabio se oscureció y soltó una risita:

—¿O sea que estás celosa por eso? Por muy capaz que sea Carmen, ella no es la madre de Mario.

—Pues podría serlo, si tú quisieras —dijo Viviana mientras lo empujaba.

La chispa de diversión desapareció de los ojos de Fabio. Levantó la vista hacia ella:

—¿Qué quieres decir con eso?

Viviana soltó las palabras como si no pesaran:

—¿Por qué no nos divorciamos? Te casas con ella y que ella críe a Mario.

Fabio soltó los tacones y se puso de pie con una expresión sombría. Su figura alta y robusta proyectó una sombra imponente sobre Viviana.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó con evidente molestia—. ¿Divorciarte de mí?

—Sí. Hay alguien mucho más apta que yo para ser tu esposa y la madre de tu hijo. ¡¿Qué esperas para casarte con ella?!

Viviana no pudo contener más sus emociones.

Le parecía que Fabio era un hipócrita total. Sabiendo perfectamente que su acta de matrimonio era falsa, todavía se atrevía a actuar como si el divorcio le importara tanto.

Entre ellos no hacía falta ningún trámite; bastaba una palabra para terminar con ese vínculo de siete años.

Se dio la vuelta para darle la espalda, pero Fabio la sujetó con fuerza de la muñeca.

Su rostro estaba lívido y su pecho subía y bajaba con violencia.

—Sin mi permiso, jamás habrá un divorcio entre nosotros. Puedes decir las tonterías que quieras por el enojo, pero no vuelvas a mencionar esa palabra.

Viviana, con el rostro inexpresivo, le espetó:

—¿Y qué si la menciono? No es un delito. ¿O es que quieres tener a las dos a la vez?

Si Fabio quería, ella pasaría de ser la esposa de siete años a ser su amante en un segundo, sin que eso le impidiera casarse con Carmen.

—¿Cuándo te volviste tan irracional? —soltó Fabio—. Entre Carmen y yo no hay nada. No puedes decir estupideces solo porque estás resentida.

—¡Digo lo que se me dé la gana! ¡Si no me aguantas, divórciate! —Viviana se zafó de su agarre—. ¡Fuera! ¡No quiero verte!

A Fabio se le acabó la paciencia. La jaló hacia él y selló con un beso esos labios que no dejaban de lanzar ataques, intentando usar ese contacto forzado para borrar la discusión.

En ese momento, una chica pasó por el pasillo y soltó un grito de sorpresa al ver la escena.

Viviana tembló e intentó empujarlo, pero Fabio la aprisionó por la cintura y cerró la puerta de una patada.

La acorraló contra la madera mientras su mano caliente se deslizaba bajo su ropa, encendiendo la piel fría de Viviana.

Ella empezó a temblar con más fuerza.

No era solo el malestar físico tras la explosión emocional, sino el asco profundo ante la prepotencia de Fabio.

Él no la amaba, ¿cómo había podido fingir tanta devoción durante años, casarse, tener un hijo y acostarse con ella?

Los pensamientos la abrumaron. Viviana no pudo más; empujó a Fabio con todas sus fuerzas y corrió al baño.

No había comido nada, así que solo tuvo arcadas secas mientras sentía que el estómago se le retorcía.

Fabio entró tras ella y la sostuvo:

—¿Otra vez vomitando? Esto no es solo estrés. Vámonos al hospital.

—No voy a ir...

Antes de terminar la frase, Fabio la levantó en vilo.

A ella le dolía tanto la cabeza y tenía tantas náuseas que no le quedaba ni una gota de energía para forcejear.

Para colmo, Viviana solía marearse en los carros, así que el trayecto fue un suplicio; cerró los ojos y se quedó inmóvil.

Fabio manejó a toda velocidad, mirándola de reojo con preocupación hasta que llegaron a urgencias.

Registro, análisis, chequeos...

Viviana se sentía como un títere guiado por las enfermeras, tragando saliva constantemente para no vomitar.

Al salir, Fabio la esperaba en el pasillo con un vaso de agua con miel.

—Bebe un poco, te hará bien al estómago.

Viviana no lo aceptó. Se sentó con el rostro pálido. Fabio la miró y bajó la voz:

—Perdón, no debí pelear contigo hoy.

Extendió la mano y enganchó su dedo meñique con el de ella, moviéndolo un poco con una sonrisa tímida, tratando de contentarla.

Fabio nunca fue de palabras dulces; siempre usaba esos pequeños gestos para ganársela.

A Viviana se le apretó el corazón; ese movimiento familiar le trajo demasiados recuerdos.

—Regresemos a casa después de esto, ¿sí? —dijo él arqueando una ceja.

Viviana estaba a punto de responder cuando una sombra cayó sobre ellos.

—Fabio, ¿qué hacen aquí?

Viviana levantó la vista y se encontró con Carmen, que los miraba con curiosidad.

Fabio retiró la mano de inmediato y se puso de pie.

—Viviana no se siente bien, la traje a unos estudios. ¿Qué haces tú en el hospital a esta hora?

Carmen puso una expresión de duda y, por instinto, escondió un papel tras su espalda.

—No... no es nada.

Fabio frunció el ceño y extendió la mano:

—Enséñame.

Carmen se mordió el labio y terminó entregándole el diagnóstico.

Al leerlo, la expresión de Fabio se volvió solemne.

—¿No te habías operado ya del corazón? ¿Por qué tienes anginas de pecho otra vez?

—Ay, son gajes del oficio... —murmuró Carmen con tristeza.

—Tómate tus medicinas —dijo Fabio en voz baja—. Tu corazón está muy débil, tienes que descansar. Si necesitas algo, busca a Jorge.

Al escuchar eso, Viviana sintió un peso insoportable en el pecho.

Jorge era el asistente personal de Fabio y, en todos estos años, jamás había trabajado para nadie que no fuera Fabio o ella misma.

No cabe duda: Carmen era la excepción absoluta.

Viviana empezó a respirar con dificultad.

Fabio se inclinó de inmediato para darle palmaditas en la espalda.

—¿Estás mejor? Tus vómitos ya no son normales, vamos a ver qué dice el doctor.

"¿Vómitos?", pensó Carmen.

Sus pupilas se contrajeron y miró de reojo el vientre de Viviana, quedándose pensativa.

—Voy al baño un momento —dijo Carmen y se alejó rápido, pero en lugar de ir al baño, se escabulló hacia el cuarto de estudios.

Adentro, el doctor le decía a una enfermera:

—Tira este diagnóstico. Entrega este otro que preparé y no digas nada.

Carmen esperó junto a la puerta y, en cuanto la enfermera tiró un papel al bote de basura y se fue, ella lo recogió.

Al desdoblar la hoja arrugada, leyó dos palabras: Tumor cerebral.

Carmen se quedó estupefacta.

Mientras tanto, afuera, la enfermera le explicaba a Fabio:

—Es solo estrés y un poco de gastritis. Con estas medicinas estará bien.

Viviana intercambió una mirada cómplice con la enfermera y respiró aliviada. No quería que nadie supiera de su enfermedad antes de irse, y el doctor había respetado su voluntad.

Fabio, más tranquilo, le puso su saco sobre los hombros a Viviana.

—Vámonos a casa.

—Fabio... —Carmen apareció de nuevo en el momento justo—. Es muy tarde y creo que no voy a encontrar taxi. ¿Podrías dejarme en mi casa? —se llevó la mano al pecho, suplicando con la mirada.

Viviana intentó soltarse de la mano de Fabio, pensando en aprovechar para escapar.

Pero él la sujetó con más fuerza.

—Viviana está mal. La llevaré a ella primero; te pediré un carro para ti.

Carmen se quedó lívida, apretando los puños.

Viviana se sorprendió, pero luego comprendió: Fabio no quería parecer demasiado atento con Carmen frente a ella.

Con una mirada llena de ironía, bajó con él y, al salir del elevador, intentó adelantarse para perderlo.

—Tranquila —dijo la voz magnética de Fabio tras ella—. No te voy a obligar. Te llevo al hotel.

Viviana dudó, pero terminó subiendo al carro.

Fabio la dejó en el hotel y subió con ella.

Ella pensó en cerrar la puerta rápido para dejarlo fuera, pero la habitación ya estaba abierta.

Adentro, una empleada estaba tendiendo las sábanas de Mario en el sofá.

El niño estaba ahí, haciendo la tarea de mal humor, y al ver a Viviana, bufó.

—¡Mira qué hora es y todavía traes a mi papá de un lado para otro! ¡Él tiene que trabajar mañana temprano!

A Viviana le dolió el alma.

Ignoró a su hijo y se encerró en la recámara.

Afuera se oía a Fabio regañando al niño. Ella no quería escuchar; miró a su alrededor y vio que Fabio ya había mandado traer su ropa para el día siguiente y su laptop.

No entendía qué pretendía él.

Se acercó a la laptop encendida para apagarla, pero entonces vio el historial de búsqueda. Había una frase que la dejó paralizada: Consulta de estado civil personal.

Con los dedos rígidos, hizo clic en el enlace. Sus ojos se abrieron de par en par al ver el resultado. Releyó varias veces para creerlo.

El estado civil de Fabio era...

Casado.

Y en la casilla de la esposa, aparecía claramente el nombre: Carmen Cepero.

En un instante, la sangre se le congeló en las venas.

Fabio no solo tenía un acta falsa con ella, sino que se había casado en secreto con Carmen.

En el registro oficial, ellos dos y el niño eran la verdadera familia. Ella solo había sido la niñera gratuita durante siete años.

¿Y Mario?

¿Acaso él sabía que su papá y Carmen eran esposos de verdad?

Viviana empezó a temblar descontroladamente. Apagó la computadora y retrocedió un par de pasos, chocando contra un pecho cálido y húmedo.

Se giró asustada y vio a Fabio envuelto en una toalla, con el cabello mojado y sus abdominales marcados al descubierto.

Él no notó nada extraño. Con una sonrisa cargada de deseo, preguntó:

—¿Ya te sientes mejor?

Viviana se mordió el labio con fuerza, incapaz de reaccionar.

Fabio, tomando su silencio como una invitación, la levantó en brazos y la llevó hacia la cama, dejándose caer sobre ella.

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