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Capítulo 7

Author: Primavera Lía
A Viviana le temblaron las pestañas.

El tono de Carmen había sido tan natural como el de una esposa comunicándole al marido la situación de su hijo.

La Villa Brisa era el lugar donde ella y Fabio habían vivido por siete años, pero Carmen hablaba como si estuviera volviendo a su propia casa.

Y Mario, sabiendo lo mucho que ella se preocupaba por él, se había atrevido a usar una enfermedad para engañarla y hacerla volver...

El corazón de Viviana se hundió en un bloque de hielo.

Fabio se puso tenso y su voz denotó una preocupación involuntaria:

—Amor, Carmen está trabajando en la oficina porque...

—No te vayas a confundir, Viviana. Estoy aquí solo para cubrir temporalmente a la secretaria Ana; ella tuvo un problema familiar y solo la estaré ayudando unos días —se adelantó Carmen, acercándose para tomar cariñosamente la mano de Viviana—. De verdad, no pienses mal.

—¿Acaso dije que pensaba mal? —le reviró Viviana, zafando su mano con fuerza.

La expresión de Carmen cambió por un segundo, pero pronto volvió a su sonrisa dulce:

—Mario me habló hace un momento; me dijo que no querías volver para ayudarlo con la tarea. Si no termina sus problemas, mañana la maestra lo va a regañar otra vez. Viviana, ¿por qué no dejas de estar resentida con el niño? Sus estudios son lo primero...

—Ya basta, no la cuestiones.

Fabio interrumpió a Carmen de golpe. Miró a Viviana con una mezcla de angustia y autoridad:

—Lo de la renuncia lo vemos mañana. Es muy tarde, te llevo a donde te estés quedando.

A Viviana ya le zumbaban los oídos.

Sabía que después vendrían las náuseas; cada vez que sus emociones se alteraban, su cuerpo reaccionaba.

Intentó mantener la calma:

—Vengo mañana por mi renuncia, asegúrate de firmarla.

—Vivian...

Fabio intentó alcanzarla, pero sus dedos solo rozaron la seda del saco de Viviana, dejando apenas un rastro de frialdad.

Ella caminaba rápido; no quería escuchar ni una sola palabra de ninguno de los dos.

Al salir, notó que junto al despacho de Fabio ahora había una oficina nueva. Viviana rara vez iba a la empresa, pero recordaba que la oficina de la secretaria Ana estaba al fondo del pasillo, apartada, porque a Fabio no le gustaba que el ruido de la gente lo distrajera.

Sin embargo, ahora, en la puerta de al lado, se leía en letras grandes:

"Asistente de Secretaría de Presidencia: Carmen Cepero".

"Unos días de ayuda", pensó Viviana con ironía mientras entraba al elevador. En ese momento, el mayordomo le mandó una videollamada. Viviana aceptó y lo que vio fue a Mario con la cabeza ensangrentada, llorando a gritos.

—¡Señora! ¡Señora, por favor venga! ¡Esta vez Mario sí se golpeó de verdad!

Un minuto después, Viviana salió disparada del elevador.

Empezó a correr y el viento en sus oídos le trajo recuerdos de hacía años. Cuando Mario tenía tres años, se abrió la cabeza jugando con ella en el jardín.

Viviana, consumida por la culpa, lo cargó llorando desde la casa hasta el hospital.

Cuando el doctor lo suturó, el niño no gritó ni se quejó; aunque temblaba de dolor, estiró su manita para secarle las lágrimas a su mamá.

“No llores, mami, Mario te ama”, le había dicho.

Ahora, Mario estaba herido exactamente en el mismo lugar.

Una lágrima rodó por la mejilla de Viviana. Podía rechazar al Mario de ahora, pero no al pequeño de sus recuerdos.

***

La Villa Brisa estaba iluminada de par en par.

Al llegar, Viviana percibió el olor metálico de la sangre en el aire.

Mario sollozaba con fuerza; el médico de la familia acababa de terminar de curarlo. En cuanto vio a Viviana, el niño gritó más fuerte:

—¡Mamá, me voy a morir! ¡Me voy a morir y tú apenas llegas!

Viviana corrió hacia él:

—¡No te vas a morir, no digas eso! Déjame ver la herida.

Mario se acercó obediente. La herida era un raspón profundo, se veía aparatosa pero no era de gravedad.

Viviana suspiró aliviada e iba a soplarle para aliviar el ardor, cuando Mario la empujó de repente.

—¡Carmen!

Viviana se quedó estupefacta. Mario ignoró su herida y corrió a refugiarse en los brazos de Carmen, lloriqueando con mimos:

—Carmen, me rompí la cabeza, me duele mucho. ¿Me soplas, por favor? Si tú me soplas ya no me va a doler.

Carmen lo abrazó con ternura y le sopló suavemente en la frente:

—Pobrecito, ya te soplo yo. ¿Ves cómo ya te sientes mejor?

—¡Sí! Cuando tú me soplas ya no me duele nada —sonrió Mario.

Viviana sintió que perdía el color; un sabor amargo le subió por la garganta. Carmen acarició la cabeza del niño con una mezcla de cariño y prepotencia, y miró a Viviana con una sonrisa cargada de intención.

—Viviana, cuando llegué le compré unas gotas de paracetamol a Mario. Si mañana le sigue doliendo, asegúrate de dárselas; son pediátricas, no le harán daño.

Su tono era el de alguien que le da órdenes a la sirvienta.

La mirada de Viviana se volvió aún más gélida:

—Yo no vivo aquí. Díselo a alguien más.

—Pues... —el mayordomo se frotó las manos con nerviosismo, sin saber cómo romper la tensión, justo cuando Fabio entró tras estacionar el carro.

Mario dejó que su padre revisara la herida, pero al ver a Viviana ahí parada, ordenó caprichosamente:

—¡Mamá, ve a lavar fruta! ¡A mi papá y a Carmen les gustan las uvas, y yo quiero una manzana!

Apenas terminó de hablar, Fabio le dio un ligero golpe en la nuca.

—¿A quién crees que le estás mandando? Mario, te estás pasando de la raya con tu madre. Pídele perdón.

Carmen se apresuró a proteger al niño:

—Está chiquito, Fabio, y además acaba de herirse... no seas así con él...

Viviana no quiso escuchar más. Agarró su bolso del sofá y, al bajar la cabeza, sintió que iba a vomitar.

La presión intracraneal estaba subiendo; aguantó las náuseas y caminó rápido hacia la salida.

—Cariño, ¿estás bien?

Fabio la sujetó del brazo y miró a Carmen:

—Ya vete. No necesito que te metas en los asuntos de mi casa; no vuelvas a venir si no te llamo.

Carmen levantó la cabeza, pálida por el desplante.

Fabio la ignoró y le habló a Viviana con una voz tan suave que parecía tener miedo de asustarla:

—Te ves muy mal otra vez. Te llevo al hospital.

La sacó de la casa sin dejar espacio a protestas.

Viviana sintió una oleada de náuseas incontenible; empujó a Fabio y corrió al baño de la planta alta.

Se hincó frente al inodoro y vomitó agua amarga.

Al escuchar los ruidos desde abajo, Fabio se tensó y subió corriendo tras ella.

De repente, la voz débil de Carmen lo detuvo desde la estancia.

—Fabio...

Él se detuvo en seco, frunciendo el ceño:

—¿Qué te pasa?

Mario, olvidando su propia herida, corrió a sostener a Carmen:

—¡Carmen! ¡¿Qué tienes?!

Carmen se veía a punto de desmayarse, se desplomó en el sofá y empezó a respirar con dificultad mientras se llevaba la mano al pecho.

—Me... me duele el corazón... mucho...

—¡Ay, Dios! —exclamó el mayordomo—. ¡La señorita tiene problemas cardíacos! ¿Será un infarto? Señor, ¿qué hacemos?

Arriba, Viviana terminó de enjuagarse la boca. Al abrir la puerta del baño, vio a Mario desesperado, tironeando del saco de Fabio.

—¡A mi mamá siempre le dan ascos, es lo de siempre! ¡Ya no le hagas caso! ¡Si no llevamos a Carmen al hospital, se va a morir!

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