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Quirófano de campaña

Author: talia
last update publish date: 2026-07-04 04:17:45
El motor diésel de la camioneta de Daniel emitió un último soplido ahogado cuando el médico cortó el encendido. Había logrado meter el todoterreno en el interior de un antiguo cobertizo de mantenimiento ferroviario, una estructura de chapa galvanizada y vigas de madera carcomida que apenas se mantenía en pie junto a las vías muertas. Fuera, la tormenta seguía castigando el techo metálico con un estruendo ensordecedor que, al menos, servía para camuflar cualquier ruido que hicieran dentro.

Daniel
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  • Sombras en la piel   El veredicto del fuego

    En mitad de la penumbra de la habitación 402, Bianca Valenti mantuvo la mirada fija en las tarjetas magnéticas que descansaban sobre la manta. El silencio se volvió asfixiante mientras las botas de Steve presionaban con fuerza calculada la garganta de Alberto, impidiéndole articular palabra.Bianca respiró despacio, sintiendo cómo las cicatrices de su piel se tensaban. Sabía la verdad. Sabía que la ambición ciega de su padre y la brutalidad de su hermano habían sido el verdadero veneno que destruyó a su propia familia desde dentro mucho antes de que Steve encendiera la primera cerilla.—Alberto usó mi nombre para justificar su carnicería —dijo Bianca, con una voz rota pero impregnada de una autoridad incuestionable—. Mi padre me quería como un trofeo de odio en esa cama. No soy la jueza de nadie, Steve. Pero tampoco voy a dejar que mi sangre siga pudriendo esta ciudad.Lentamente, Bianca levantó su mano derecha y deslizó los dedos sobre el teclado del terminal de encriptación que Stev

  • Sombras en la piel   El veredicto de la sombra

    La negrura en el ala de cuidados intensivos del Hospital Central era abrumadora, rota únicamente por el resplandor rojo y parpadeante de los ledes de emergencia. El estruendo de la tormenta en el exterior quedaba amortiguado por los gruesos ventanales, dejando un silencio denso donde solo se escuchaba el zumbido constante de las baterías de reserva y el respirador de Bianca.Alberto Valenti se apostó al lado de la puerta de la habitación 402, pegando la espalda a la pared de azulejos blancos con la pistola automática en la mano. El sudor le caía por la sien, irritándole los ojos. Sabía que Steve no había venido a negociar; el olor a humo de la mansión en llamas que su rival traía en la ropa precedía a cada uno de sus pasos.—Mantén la calma, Bianca —siseó Alberto sin mirar a su hermana—. En cuanto asome la cabeza por el marco, le vacío el cargador en el pecho.En la cama, Bianca permanecía inmóvil. Sus ojos oscuros, fijos en la puerta entreabierta, reflejaban una calma helada, casi fa

  • Sombras en la piel   El costo de las cenizas

    Las llamas de la mansión Valenti proyectaban sombras alargadas e inestables sobre el asfalto mojado. Steve Castellano avanzaba entre los escombros y el humo denso, con el fusil de asalto pegado al costado y el rostro cubierto de hollín. Las llamas devoraban el ala oeste de la propiedad, pero Steve no buscaba riquezas ni supervivientes entre la guardia; su objetivo era el ala principal, el descenso hacia "La Jaula".El fuego había cortado el suministro eléctrico de la finca, sumiendo los corredores superiores en una negrura iluminada solo por el fulgor naranja que filtraba por los ventanales rotos. Steve pateó la puerta de hierro del pasillo oeste, la misma por la que horas antes su hermano Marcus había sangrado hasta la muerte.Allí, al pie de los escalones de hormigón que descendían al subsuelo, encontró al viejo Lorenzo Valenti.El patriarca estaba sentado contra la pared, con la pierna derecha envuelta en un torniquete improvisado que intentaba contener la hemorragia provocada por

  • Sombras en la piel   El despertar de la heredera

    El suave pitido de los monitores de constantes vitales en la habitación 402 cambió de ritmo. La curva del electroencefalograma, que durante meses se había mantenido en una línea casi plana, comenzó a trazar crestas marcadas y constantes. En la cama, la mano derecha de Bianca Valenti —cubierta de finas cicatrices de tejido injertado— dio un leve espasmo sobre las sábanas blancas.Alberto Valenti se acercó a la cabecera, haciendo una seña imperiosa al neurólogo para que guardara silencio.Los párpados de Bianca temblaron. Con un esfuerzo agónico, lento, como si tuviera que arrastrar toneladas de piedra sobre sus propias pupilas, los ojos de la heredera de los Valenti se abrieron. La luz tenue del cabecero la cegó por un instante. Parpadeó tres veces, desorientada, sintiendo la sequedad de la cánula de oxígeno en sus fosas nasales y el peso muerto de su propio cuerpo tras meses de inmovilidad.—B-Bianca... —murmuró Alberto, inclinándose sobre ella con una mezcla de triunfo y desesperaci

  • Sombras en la piel   El despertar de la ceniza

    Las luces fluorescentes del área de cuidados intensivos del Hospital Central de la ciudad parpadeaban con un zumbido eléctrico molesto, agudizado por los fallos de tensión que la tormenta seguía provocando en toda la provincia. Alberto Valenti caminaba a pasos agigantados por el pasillo de baldosas blancas, dejando un rastro de agua sucia y barro a su paso. Llevaba el rostro manchado de hollín, la camisa desgarrada por los impactos del tiroteo en el muelle y una rabia sorda que amenazaba con hacerlo explotar.Detrás de él, dos de los últimos guardias pretorianos que le quedaban en pie custodiaban el acceso con los subfusiles ocultos bajo sus abrigos. El asedio al puerto había sido un desastre absoluto: Steve Castellano no solo había escapado del taller de mantenimiento rompiendo el cerco con un camión cisterna, sino que las cajas fuertes de la oficina de la Terminal Norte estaban vacías. Las tarjetas de coordenadas de las cuentas de Panamá habían desaparecido.Alberto se detuvo frente

  • Sombras en la piel    Juramento sobre las cenizas

    El pitido continuo y monótono del monitor médico rudimentario se clavaba en los oídos de los presentes como una aguja de hielo. Nadie se movía en el interior de la camioneta. El silencio que se instaló en el cobertizo de mantenimiento ferroviario era denso, pesado, impregnado del olor ferroso de la sangre que cubría los asientos delanteros y las manos del médico. Marcus Castellano yacía inmóvil en el asiento del copiloto, con la mirada fija en las chapas del techo y el pecho finalmente en paz tras una noche de violencia absoluta.Detrás del cristal divisor, el dolor contenido estalló con una fuerza devastadora en el pecho de Elena. Al ver que Daniel apartaba las manos del tórax de Marcus y bajaba la cabeza en señal de derrota, la enfermera sufrió una crisis emocional insoportable. Intentó arrancarse la máscara del ambú manual con los dedos temblorosos, buscando desesperadamente un aire que la culpa, el shock y el desgarro de perder a Marcus le negaban. Ella, que tantas veces había des

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