Compartir

Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto
Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto
Autor: Anna Smith

Capítulo 1

Autor: Anna Smith
Apenas terminé de hablar, todo el comedor quedó en silencio. Hacía veinte años que la familia Moretti nos había acogido a Celeste y a mí para criarnos como las futuras candidatas al título de Donna. Por eso, durante años me esforcé por dominar las finanzas, la gestión de inversiones, la política familiar y las reglas que rigen tanto los negocios legales como los del submundo criminal.

Todos sabían cuánto había sacrificado para estar al lado de Adrian como su Donna. Y ahora, antes de que él pudiera elegir, yo misma había renunciado a todo. Él se quedó inmóvil por un instante. Tras la sorpresa inicial, la dureza volvió a su mirada.

—Elena —dijo Rosalie con evidente preocupación—. ¿Entiendes lo que estás diciendo?

—Sí —respondí al sostenerle la mirada—. El corazón de Adrian le pertenece a otra persona. La familia Moretti necesita una Donna en quien su esposo confíe, no una prometida sustituta obligada a ocupar ese puesto.

Él me miró por un momento antes de ponerse de pie. La silla rechinó con estrépito contra el piso.

—Voy a salir.

Sabía perfectamente hacia dónde se dirigía. En esta línea temporal, la familia Lopez aún no había emboscado a Celeste en el estacionamiento subterráneo. Todavía estaba a tiempo de cambiarlo todo.

En mi vida pasada, ella murió durante aquel caos. Adrian cargó con su muerte hasta el final de sus días y nos culpó de aquel dolor tanto a la familia Moretti como a mí.

Ahora que él también había renacido, por supuesto correría a salvarla, así que no hice el menor intento por detenerlo. Los guardias apostados junto a la puerta se apartaron a toda prisa y su silueta desapareció en la penumbra de la noche.

Alguien comenzó a murmurar. Otra persona me miró con lástima, como si acabara de perderlo todo. Me limité a tomar la servilleta y a limpiarme despacio las yemas de los dedos.

En mi vida anterior, me convertí en el cuchillo más afilado del arsenal de los Moretti, todo por un hombre que jamás me perteneció. Esta vez, no dejaría que nadie volviera a empuñarme. Con esa resolución en mente, regresé a mi habitación esa misma noche y comencé a empacar.

El vestidor resguardaba vestidos, pieles y trajes de noche que la familia Moretti había mandado confeccionar a mi medida. En la caja fuerte permanecían las joyas que Adrian me había regalado. En el cajón estaban las tarjetas bancarias de la familia y las llaves de varias casas de seguridad. Decidí marcharme sin nada.

A la mañana siguiente, mi celular se llenó de notificaciones:

“Adrian Moretti acompaña personalmente a Celeste Vale de regreso a la mansión. El heredero tomó su decisión”.

“La rosa blanca perdida regresa. El corazón del joven Don siempre le perteneció a ella”.

“Elena Vega renuncia. La futura Donna de los Moretti podría cambiar de la noche a la mañana”.

En las fotos, Celeste llevaba la chaqueta del traje de Adrian y se apoyaba contra su pecho. Estaba pálida, pero sonreía con dulzura. Él inclinaba la cabeza para mirarla con una ternura que ni siquiera me mostró en nuestra boda.

Al mediodía, escuché voces alteradas en la planta baja. Me quedé junto a la barandilla del segundo piso y vi a Adrian acompañar a Celeste hasta el despacho. Ella llevaba un vendaje en el brazo y todavía no le había vuelto el color a la cara. Aun así, se apresuró a sentarse frente a Vito.

—Padrino, ya que Adrian me eligió, ¿no debería entregarme también el proyecto de reurbanización del Muelle Sur? —preguntó con una dulzura y un dolor perfectamente calculados.

Adrian no dijo nada. Se limitó a apoyar una mano en el respaldo de su silla. Ese gesto bastó.

La reurbanización del Muelle Sur era la iniciativa legítima más importante de la familia Moretti en años. Sobre el papel, abarcaba bienes raíces del viejo puerto, hoteles y un club náutico. Tras esa fachada, controlaba el acceso a los muelles, las licencias de casino y el reparto de beneficios entre varias familias de Chicago.

En mi vida anterior, dediqué tres años a desenredar aquel desastre. Saqué a los Moretti de los enfrentamientos callejeros y les conseguí un lugar en la mesa de negociación de la Comisión.

Celeste sabía muy bien lo que significaba ese proyecto.

Poco después, el mayordomo subió a buscarme. Al entrar al despacho, encontré a Vito sentado tras su escritorio de ébano, con el cansancio profundamente marcado en el entrecejo. Adrian permanecía junto a la ventana. Celeste se sentó a su lado; apenas rozaba con los dedos la venda de su herida, proyectando la imagen de una víctima indefensa que milagrosamente había sobrevivido a un tiroteo.

Vito habló primero:

—Elena, siempre te has encargado del Muelle Sur. Un cambio tan repentino dará una mala imagen de cara a los demás.

—No hace falta complicarlo, padrino.

Coloqué sobre el escritorio la carpeta de cuero que preparé.

—Aquí están todos los documentos del traspaso. Incluí a los consultores gubernamentales, los contratistas, los representantes sindicales y los contactos de seguridad portuaria.

Me quité el anillo familiar de diamante negro que me autorizaba a firmar por las empresas fachada de los Moretti desde que cumplí dieciocho años, y lo dejé junto a la carpeta. El águila de la familia estaba grabada en el interior del aro. Vito me lo había puesto en el dedo en aquel entonces, asegurando que, a partir de ese momento, podría firmar en nombre de Adrian.

En mi vida anterior, llevé el anillo hasta la noche en que morí. Esta vez, lo dejé sin que me temblaran las manos.

Vito se quedó mirando la joya mientras se le tensaban los nudillos.

A Celeste se le iluminaron los ojos y estiró la mano para tomarlo casi enseguida. Apenas lo rozó con la punta de los dedos, Vito la miró con dureza. Adrian también alzó la mirada hacia mí.

Saqué de la carpeta un último memorándum de pocas páginas y añadí:

—Y esto.

Celeste hojeó varias páginas. Su sonrisa se fue borrando a medida que leía.

—El Muelle Sur no es solo un negocio inmobiliario —dije—. La familia Lopez, el sindicato de estibadores, una unidad federal de investigación tributaria y antiguas deudas vinculadas al Casino Puerto Santo forman parte de él. Un solo paso en falso en cualquiera de esos frentes bastará para que los Moretti pierdan al menos trescientos millones de dólares y, lo que es peor, se entregarían tres rutas de transporte marítimo a nuestros enemigos.

Recorrí con la mirada a Celeste y luego a Adrian antes de asestar el golpe final:

—Aunque, con la “capacidad” de la señorita Vale, estoy segura de que eso no será un problema.

Ella forzó una sonrisa antes de responder:

—Te preocupas demasiado. Adrian me ayudará.

Él intervino con sequedad:

—Ya basta, Elena. Desde hoy, el Muelle Sur ya no es asunto tuyo.

—Bien.

Me di la vuelta para irme, pero Celeste volvió a hablar:

—Espera.

Se levantó despacio. Por fin, abandonó la fingida fragilidad y dejó ver una satisfacción astuta.

—Ahora que la señorita Vega ya no es la prometida de Adrian ni forma parte de los negocios de la familia, ¿no creen que debería dejar de beneficiarse de los bienes de los Moretti?

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto   Capítulo 9

    Matteo y yo fijamos la boda para principios de otoño.La ceremonia se celebró en la mansión de los D'Amico, al norte de Nueva York. Había autos negros por toda la propiedad. Representantes de la Costa Este, Sicilia y Chicago llegaron bajo estrictas medidas de seguridad.Llevaba un vestido de novia blanco y sencillo, sin una falda llamativa ni demasiadas joyas. Matteo me había dicho una vez que no necesitaba nada para demostrar que merecía esa boda.Cuando caminé hacia él, su mirada jamás se apartó de mí. No me miró para juzgarme, no me miró como si quisiera compensarme ni me veía como si fuera la sombra de otra persona. Me miraba con absoluta convicción.Antes de intercambiar los anillos, vi una figura conocida fuera de la mansión. Adrian.No se acercó. No intentó entrar por la fuerza. Se limitó a permanecer a lo lejos, vestido con un traje negro y tan silencioso como un pasado que ya no podía reescribirse.Matteo siguió mi mirada y lo entendió.—¿Te arrepientes? —preguntó en voz baja,

  • Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto   Capítulo 8

    Cuando regresé a la residencia de los D'Amico, Matteo estaba en la cocina.Ver al heredero de la mafia de la Costa Este con las mangas enrolladas frente a una olla y una tabla de picar repleta de tomates era una imagen tan fuera de lugar que casi suelto una carcajada antes de cruzar la puerta.Alzó la mirada y notó mi estado de ánimo.—¿Con quién te encontraste?—Con alguien irrelevante.Matteo no preguntó más. Bajó el fuego y se acercó para quitarme el abrigo.—La cena va a tardar. Es la primera vez que preparo risotto de mariscos y hay muchas posibilidades de que salga mal.No pude evitar sonreír.—¿Así que el heredero de los D'Amico tiene cosas que no se le dan bien?—Por supuesto —respondió con seriedad—. Lograr que comas a tiempo, por ejemplo. Y conseguir que admitas que estás cansada.Lo miré y de pronto sentí que el pasado era como la luz de una ciudad lejana. Aún podía verla, pero ya no iluminaba el camino bajo mis pies.Di un paso al frente y lo rodeé por la cintura. Matteo se

  • Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto   Capítulo 7

    La noche posterior al anuncio de nuestro compromiso, salí de la sede de Manhattan rumbo a casa.Nuestro auto se acercaba a un semáforo en rojo cuando un hombre se plantó frente a él. El chofer frenó y los guardaespaldas desenfundaron sus armas.A través de la ventanilla, vi a Adrian Moretti de pie bajo la luz de los faros.Tres años lo habían cambiado. Estaba más delgado. El heredero, antes intocable, ahora tenía la mirada agotada y la mandíbula cubierta por una barba oscura e incipiente.Bajé la ventanilla hasta la mitad.—Señor Moretti, ¿necesita algo?La formalidad hizo que palideciera.—Elena —articuló con voz ronca—. Llevo tres años buscándote.—Lo sé.—Entonces, ¿por qué no quisiste verme?Respondí con calma:—Porque no era necesario.Adrian tragó saliva, como si cada palabra le costara.—Ahora sé lo de la capa roja. Tú me salvaste aquella noche junto al lago, no Celeste.No dije nada.—También leí tu cuaderno —añadió con los ojos enrojecidos—. Elena, me equivoqué. Estuve mal des

  • Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto   Capítulo 6

    Nuestra relación se hizo pública sin grandes despliegues. No hubo rosas cubriendo el suelo ni un espectáculo preparado con periodistas bloqueando la puerta.En una cena de la Comisión, alguien quiso ponerlo a prueba al asignarme un asiento de menor rango que el suyo. Matteo acercó la silla que estaba a su lado ante todos.—Ella se sienta aquí.Después de eso, el mundo clandestino de Nueva York lo entendió.La futura Donna de los D'Amico no era una mujer acogida por lástima. Era alguien capaz de sentarse junto a Matteo, revisar libros contables, negociar, apretar el gatillo y dictar las reglas.Mientras tanto, las noticias de Chicago aún me llegaban de vez en cuando.Después de que Celeste se hizo cargo del proyecto de reurbanización del Muelle Sur, los problemas surgieron durante el primer año. Creyó que el anillo familiar y una lista de contactos le permitirían replicar mis resultados, sin comprender que el vínculo con esos nombres se sostenía gracias a años de credibilidad.Cambió de

  • Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto   Capítulo 5

    Al día siguiente de conocer a Victor D'Amico, viajé con él a Nueva York.La sede de los D'Amico no era una mansión ostentosa, sino un sobrio edificio negro en Manhattan cuyos pisos inferiores albergaban una empresa legal de seguridad privada y un fondo de inversión. Los pisos superiores custodiaban el verdadero corazón de la Comisión de la Costa Este.Cuando me introdujo en la sala de conferencias, una mesa repleta de abogados, contadores, jefes de seguridad y representantes de varias familias filiales nos esperaba.Arrojó el plan del Muelle Sur sobre la mesa.—Ella sacó a los Moretti del fango y los llevó hasta la mesa de negociaciones. Puede ahorrarle a los D'Amico cinco años de errores. A partir de hoy, Elena Vega será mi consultora especial.Algunos no quedaron convencidos. Victor dio un golpe en la mesa antes de hablar:—Si no les gusta, háganle preguntas. Si alguien logra dejarla sin respuesta, el puesto será de ustedes.Esa tarde, se turnaron para plantearme problemas relacionad

  • Soy la Reina del Tablero, No un Repuesto   Capítulo 4

    Esa noche, la cena familiar se celebró en la mansión de los Moretti tal como estaba previsto.Celeste llevaba un vestido de satén blanco y estaba sentada junto a Adrian mientras los parientes y capos la felicitaban. Sonreía con dulzura y elegancia. Ya se comportaba como la legítima dueña de la propiedad.Una silla permanecía vacía en la mesa. Era el lugar de Elena.Durante veinte años, ella se había sentado ahí en las reuniones familiares y las cenas privadas. Su lugar estaba cerca de Vito y no muy lejos de Adrian, lo que le permitía corregir las cifras erróneas y frenar las decisiones imprudentes antes de que alguien cometiera una estupidez.Celeste se fijó en la silla y su sonrisa se tensó. Se acercó y le dio un puntapié a una de las patas.—¿Por qué sigue habiendo un lugar para una extraña en esta mesa?El viejo mayordomo bajó la cabeza.—Lo siento, señorita Vale. Fue un error mío.Estaba a punto de retirarla cuando Adrian intervino:—Ponla en su sitio.El comedor quedó en silencio.

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status