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Compañía no deseada

Author: Ruth Jonas
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-22 18:04:45

Perspectiva de Anatasia

Zenith me lanzó una mirada afilada, casi como si sus sentidos de Alfa pudieran detectar mi observación desde el otro lado del concurrido vestíbulo.

Ignoré la sutil calidez que emanaba de sus ojos y pasé de largo junto a él y al profesor Knox, manteniendo a Shawn a mi lado. Shawn seguía parloteando sin parar sobre la distribución del campus y preguntándome si pensaba asistir a la fiesta de bienvenida oficial de esta noche.

Desestimé su entusiasmo con un leve gesto de la mano. Mi mente estaba en otra parte; lo único que deseaba era escapar y volver a mi habitación.

La asfixiante realidad de que pronto tendría que enfrentarme cara a cara con mi padre biológico me oprimía el pecho. Por si fuera poco, me di cuenta de que Zenith —ese Alfa arrogante que acababa de amenazar con obligarme a ponerme de rodillas— no solo era una estrella en el equipo de fútbol de élite, sino que, claramente, también tenía una relación cercana con el profesor Knox. Eso significaba que nuestros caminos no solo se cruzarían en el campo de juego; chocarían en todas partes.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí, Sia? —Shawn chasqueó los dedos frente a mi rostro, sacándome de mis pensamientos.

Parpadeé, volviendo a centrar mi atención en él. —¿Eh?

—¿Has escuchado siquiera una palabra de lo que he dicho? —preguntó, cruzándose de brazos.

—Sí, sí... claro —murmuré, agotada por lo mucho que se estaba alargando este evento de bienvenida.

—¿Ah, sí? ¿Qué fue lo último que dije? —insistió Shawn, arqueando una ceja con escepticismo.

—Algo sobre... ¿el despacho del profesor Knox?

Una sombra de decepción genuina cruzó el rostro de Shawn, y sus hombros se desplomaron. —¿Vas a venir conmigo a la fiesta de bienvenida esta noche o no? —preguntó en voz baja.

—Ya conoces mi respuesta, Shawn. Necesito un respiro de todo esto —le dije, suavizando un poco el tono—. Mañana empiezan las pruebas para el equipo de fútbol, ​​y antes de eso todavía tengo que reunirme con el profesor Knox.

—Es solo una fiesta, Sia —se quejó suavemente—. Va a ir todo el mundo.

—No me importa —respondí con firmeza. «Necesito aclarar mi mente».

Cuando la ceremonia de orientación por fin terminó, me alejé de la multitud que se dispersaba y desanduve el camino hacia Crescent Hall, el edificio de piedra que servía como residencia estudiantil y donde se encontraba mi habitación.

Al entrar en el pasillo del tercer piso —un lugar que me resultaba familiar—, esperaba encontrar tranquilidad y aislamiento. En su lugar, una música con graves pesados ​​y retumbantes se desbordaba hacia el pasillo, haciendo vibrar las paredes de piedra.

Fruncí el ceño, desconcertada, al ver a un grupo de estudiantes amontonados frente a la puerta de la habitación 306.

Mi habitación.

—¿Pero qué demonios está pasando aquí?— murmuré para mis adentros.

—¡Eh! ¡Dejen pasar! ¡Déjenme pasar!», grité con todas mis fuerzas, abriéndome paso a codazos entre la densa multitud de estudiantes de primer año que se agolpaban ante mi puerta.

Dentro, mi habitación se había transformado en un auténtico caos, al más puro estilo de un club nocturno. Había gente desconocida por todas partes, apretujada hombro con hombro, sosteniendo vasos de plástico rebosantes de alcohol.

Mis ojos se dirigieron de inmediato a mi cama, y ​​me quedé boquiabierta. Tres chicas estaban tumbadas sobre mis sábanas limpias, besándose por turnos. El aroma intenso y dulzón de feromonas Omega impregnaba el ambiente, mezclado con el olor almizclado, denso y agresivo de dos chicas Alfa que flanqueaban la cama.

¿Qué, en nombre de la Diosa, hacían sobre mi colchón?

Giré la cabeza bruscamente hacia el otro extremo de la habitación. Una chica de pelo rojo intenso, con unos auriculares de DJ de gran tamaño, estaba inclinada sobre una mesa de mezclas, moviendo la cabeza con frenesí al ritmo de la música.

Una oleada de rabia me recorrió las venas. Sin pensármelo dos veces, atravesé a empujones a la gente que bailaba y me dirigí hacia la toma de corriente donde estaba enchufado el cable principal. No tenía ningún sentido que estuvieran montando semejante jaleo en una residencia universitaria, ¡y precisamente el primer día!

Agarré el grueso cable negro y tiré de él, desconectándolo de la toma.

La música se detuvo al instante, sumiendo la habitación en un silencio repentino e incómodo.

Un coro de quejas y lamentos estalló al unísono entre la multitud.

—¡Quiero que todos y cada uno de ustedes salgan de aquí ahora mismo!— Grité, mi voz resonando con claridad por encima del ruido: —¡Esto es una residencia de estudiantes, no una discoteca!.

La DJ pelirroja se dio la vuelta de golpe; sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa, para luego transformarse en una expresión de pura furia. —¿A qué demonios ha venido eso?— me gritó.

Antes de que pudiera responder, otra chica se colocó a mi lado, se apoyó contra la pared y, mientras recuperaba el aliento, soltó una risita de alivio.

—Gracias— dijo la chica, jadeando, mientras me dedicaba una amplia sonrisa. —Llevo diez minutos buscando ese enchufe. Me has salvado la vida. Extendió la mano en un gesto amistoso. —Por cierto, soy Riley.

Me quedé mirando su mano extendida y luego levanté la vista hacia su rostro, sin moverme.

No tenía el menor interés en entablar una charla trivial ni en ser amable en medio de semejante desastre. Estaba claro que la mayoría de estos estudiantes de primer año estaban tan desesperados por probar la libertad que habían perdido el juicio; pero, ¿montar un numerito así en mi habitación, justo el primer día?

¿Quién demonios era el delegado de la residencia en este lugar?

Las chicas empezaron a salir de mi habitación en tropel, refunfuñando por lo bajo mientras la fiesta se desvanecía por completo.

—¡Esperen! ¡Esperen, chicas! ¡Puedo volver a poner la música! —gritó la DJ pelirroja, intentando hacerse oír por encima del gentío.

—Más te vale reconsiderarlo —intervine, con un tono cargado de firmeza.

Ella apartó la vista de las últimas personas que quedaban, se volvió hacia Riley y hacia mí, y se cruzó de brazos. —¿Y ustedes quiénes son?

—Si crees, aunque sea por un segundo, que estás en la casa de tu padre, te equivocas de lleno —espeté, invadiendo su espacio personal.

La expresión de la chica pelirroja pasó de una marcada molestia a una sorpresa absoluta al darse cuenta de la situación. —Un momento... ¿eres mi compañera de cuarto?

Puse los ojos en blanco e ignoré deliberadamente su pregunta, observando el desastre que había provocado. ¡Y yo que, por un instante, llegué a pensar que tendría una compañera de cuarto tranquila y pacífica! Debí imaginar que sería el caos hecho persona.

Ella se escudó en su decepción y, soltando un bufido, se quitó los auriculares. —Me dijeron que no te mudarías hasta pasado mañana —dijo, antes de extenderme la mano, cubierta por un guante de rejilla negro—. Scarlett Johnson.

—¿Y no te molestaste en informarte un poco mejor antes de convertir nuestra habitación en una casa de fraternidad? —Mi irritación era más que evidente; se podía sentir a leguas.

Scarlett soltó una carcajada desdeñosa y agitó la mano, como si organizar una fiesta ilegal el primer día no tuviera la menor importancia.

—Vaya primer día, desde luego —murmuró Riley, observando cómo los últimos rezagados salían por la puerta.

Scarlett se giró bruscamente hacia Riley, frunciendo el ceño. —Perdona, ¿tú también eres mi compañera de cuarto? No me dijeron que íbamos a ser tres compartiendo este espacio...

—Soy la presidenta de la residencia —interrumpió Riley con total naturalidad. —Riley Chasten. Llevo veinte minutos intentando que apagues esa música. Ahora que eso ha quedado resuelto...—

Riley esbozó una sonrisita tensa y pícara antes de volver a centrar su atención en Scarlett. —...vas a tener que venir conmigo para rellenar un informe disciplinario por lo que acabas de hacer hoy—Luego dirigió la mirada hacia mí, con su sonrisa falsamente amable ensanchándose aún más. —Tú también vienes.

—¿Yo también?—Me quedé boquiabierto, sin poder dar crédito a lo que oía.

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