Home / Hombre lobo / Su destino Prohibido. / Capítulo 1. Lo que dejó la noche.

Share

Su destino Prohibido.
Su destino Prohibido.
Author: Náyade de la Luz

Capítulo 1. Lo que dejó la noche.

last update publish date: 2026-06-19 22:17:35

★Marianne★

Lo primero que sentí fue el peso de un cuerpo extraño a mi lado.

Parpadeé, confundida. El techo no era el mío. Mi habitación tenía goteras y una mancha que parecía reírse de mí cada mañana. Este techo era sólido. Noble. Como todo lo que se me había negado.

El corazón me golpeó con fuerza contra las costillas cuando giré la cabeza.

Un hombre dormía junto a mí.

Cabello negro, hombros anchos y musculosos que se movían con una respiración profunda y tranquila. Su espalda desnuda mostraba líneas de músculos definidos, los tatuajes que recorrían su espalda daban miedo y en el aire flotaba un aroma… salvaje. A bosque después de la lluvia, a algo antiguo y peligroso que hizo que mi piel se erizara.

No era mío. Nada de esto era mío.

Me incorporé lentamente, conteniendo el mareo que amenazaba con tirarme de nuevo. La camisa que llevaba, que era su camisa, se deslizó por uno de mis hombros, dejando mi piel expuesta. Olía a él. Ese olor se me metió dentro, despertando algo que no entendía.

¿Qué demonios pasó anoche?

Me revolví el cabello. Los recuerdos llegaron en pedazos rotos: la copa que Alma insistió en que bebiera, su sonrisa falsa susurrando "buena suerte, Marianne", el sabor demasiado dulce del vino… y después nada. Oscuridad.

Alma. Mi maldita hermanastra.

Ya sabía yo que tanta amabilidad era pura trampa. Esta vez había ido demasiado lejos y nadie me iba a defender.

Me bajé de la cama sin hacer ruido, con el corazón en la garganta. Mis pies descalzos tocaron el suelo helado del mármol.

Dios mío, ¿dónde estoy?

Busqué mi vestido por todas partes: debajo de la cama, detrás de la silla, junto a la ventana. Nada. Solo la ropa de él, perfectamente doblada, oliendo a poder y a dinero.

—Lo siento… —susurré sin voz, mientras tomaba sus pantalones y su chaqueta cara.

Me vestí con manos temblorosas, tragándome las lágrimas. La chaqueta me quedaba enorme, pero me envolví en ella como si pudiera esconderme del mundo. Antes de salir, no pude evitar mirarlo una última vez.

Era muy… hermoso. Incluso dormido, su presencia llenaba la habitación. Había algo en él… algo que hacía que mi pecho se apretara de una forma extraña y... agradable.

Salí y cerré la puerta con cuidado.

El pasillo era largo y demasiado silencioso. Encontré una ventana al fondo, la abrí despacio y miré hacia abajo. El jardín quedaba a unos tres metros. Detrás de mí, en algún lugar, alguien empezó a gritar.

No esperé más.

Salté.

Aterricé mal, con las rodillas dobladas y las palmas abiertas contra la tierra húmeda. El dolor subió por los brazos pero no me detuve. Me puse en pie y corrí hacia las rejas del jardín con los pulmones ardiendo, sin mirar atrás, con las voces haciéndose más lejanas a cada paso. Subí las rejas con los dedos agarrando el hierro y salté al otro lado.

Llegué al pueblo jadeando.

Todo seguía su rutina. Los carros del mercado, el olor a pan, la gente moviéndose sin mirarme. Yo estaba en medio de todo eso con la ropa de un desconocido y los pies descalzos y ningún sitio adonde ir.

Estaba fuera de casa. Por primera vez, fuera de los ojos controladores de Eleonor. Pero seguía sintiendo ese hilo invisible que me ataba a ella.

¿A dónde vas, Marianne?

No tenía dinero. No tenía a nadie. No podía salir del pueblo sin permiso. Eleanor se había encargado de eso hace años, de la misma manera que se había encargado de todo lo demás meticulosamente. Sin dejar cabos sueltos.

—¡Marianne!

La voz de Robert me detuvo en seco.

Me giré. Estaba al final de la calle con dos guardias, la mandíbula apretada y esa mirada suya que era furia contenida a punto de romperse. Llevaba horas buscándome. Eso se le leía en la cara.

Sus manos me atraparon con una fuerza que dejaba marcas y yo no forcejeé porque aprendí hace mucho que forcejear solo añade moretones sin cambiar el resultado.

—¿Dónde estuviste toda la noche? —Me sacudió—. ¡Habla!

Sus ojos bajaron a la ropa, a la chaqueta demasiado grande y a los pantalones que no eran míos.

La furia en su cara cambió a algo peor.

—¿De quién es esa ropa? —dijo en voz baja y con los ojos llameantes—. Voy a matarlo. Y tú lo vas a pagar hermanita por esto.

El regreso fue en silencio.

En la mansión me esperaba la señora Eleanor. No hubo palabras, solo su manera de corregir las cosas que se salían de la línea.

El primer latigazo me arrancó el aire. El segundo me hizo morder el labio hasta sentir sangre. Para el tercero, había dejado de contar. Solo existía el silencio del patio trasero, el olor a tierra mojada mezclándose con el de mi propia sangre, y el dolor cegador que me robaba las ganas de gritar. No les daría el gusto de oírme.

Cuando terminó, me arrastraron a mi habitación.

Vi en el pasillo a Robert. Me miraba con la mandíbula apretada y los puños cerrados.

Se detuvo ante mi.

—¿Ves lo que provocas? —gruñó—. Pórtate bien, Marianne. Detesto cuando el cinturón te marca la piel. Te dejé en tu cuarto medicina.

Y se fue.

Me dejaron en la habitación y cerraron la puerta con llave.

Me dejé caer en el suelo porque la cama estaba demasiado lejos. La espalda me ardía. Las rodillas todavía sangraban de la caída del jardín. Me abracé las rodillas y me quedé así, en silencio, hasta que el silencio se volvió demasiado pesado.

Entonces canté.

Era la canción de mi padre. La única cosa que nadie me había podido quitar porque vivía dentro de mí y no tenía forma ni peso ni apellido que robar.

"Que el viento me lleve, que el río me cuente lo que olvidé, que alguien recuerde que estuve aquí".

La voz me salió rota al principio pero luego se fue asentando sola.

Fue entonces cuando lo sentí.

Un calor quemante en la muñeca izquierda. No como quemadura, como algo que llevaba dormido mucho tiempo y acababa de abrir los ojos.

Bajé la mirada.

Sobre mi piel brillaba un sello plateado que palpitaba con vida propia. Una media luna entrelazada con líneas que se curvaban hacia dentro como runas antiguas, como si la Diosa Luna hubiera dibujado sobre mí con su propia luz.

Lo toqué con un dedo.

Estaba caliente. Era real.

Me quedé inmóvil con la canción muerta en la garganta.

Justo cuando mis dedos se cerraban sobre el sello, intentando ocultarlo, la puerta se abrió.

Alma entró sin llamar, como siempre. Me miró de arriba abajo y sonrió con esa boca suya que aprendió a sonreír de su madre.

—Ahora que estás deshonrada —dijo—, mamá va a tener que casarte con Darío. El omega del distrito sur. Está muy interesado en ti —Inclinó la cabeza—. Al menos te dará un apellido. Una loba sin manada, sin rango, sin nada —se encogió de hombros— no pede aspirar a más.

Quería partirle la cara.

No podía.

Me puse en pie, con la espalda ardiendo y las manos cerradas.

—Fuiste tú —dije—. Me drogaste.

—Cuidado con las acusaciones —Su voz fue suave, casi amable—. Puedo contárselo a mamá y puede costarte muy caro.

Apreté los dientes.

—Esta noche viene mi prometido —continuó, como si yo no hubiera hablado—. Un príncipe Lycan. Nos iremos a su reino, a la gran ciudad y tú te quedarás aquí, en este pueblo, con tu marido omega —Se acercó un paso—. Así termina la historia de la verdadera Alma.

—Algún día —dije entre dientes— toda esta farsa saldrá a la luz. Lo que tu madre le hizo a mi padre. Lo que te hicieron a ti para ponerte en mi lugar. Y lo pagarán.

El bofetón me viró la cara.

—¿Quién te va a creer? —siseó—. Eres nadie. Llevas años siendo nadie. Debiste morir con tu padre y mamá te salvó, ingrata.

—Me salvó para robarme, porque me necesitaban. Porque conmigo muerta tú jamás podrás sostener tu falsa.

El segundo bofetón llegó antes de que terminara la frase.

—¡Cállate!

—La sangre no se borra —murmuré con la mejilla ardiendo—. Puedes ponerte mi nombre, mi apellido. No puedes ponerte mi sangre ni con mil brujerías.

—¿Qué acabas de decir?

La voz de Eleanor llegó desde la puerta.

No la había escuchado entrar. Alma se giró hacia su madre con esa sonrisa de siempre, la de quien acaba de ganar, y yo me quedé quieta con la mejilla ardiendo.

Supe que estaba perdida.

Pero también supe, por primera vez en años, que algo había despertado.

Y que Eleanor no lo sabía todavía.

Continue to read this book for free
Scan code to download App

Latest chapter

  • Su destino Prohibido.    76. Sahar.

    Marianne cruzó el jardín con paso rápido.El sol de la tarde caía sobre los árboles y las rosas blancas que aún crecían en el mismo lugar donde, hacía casi dos décadas, Adrien la había llevado corriendo la noche de su boda. A unos metros, un muchacho de diecisiete años estaba sentado en el borde de la fuente, lanzando piedras al agua con expresión aburrida.—Amel —lo llamó ella—. ¿Has visto a tu hermana?El chico levantó la cabeza. Tenía el cabello oscuro de su padre y la misma forma de mirar cuando no quería dar explicaciones.—No —respondió con honestidad brutal—. Se fue esta mañana. Dijo algo sobre “no necesitar niñeras”.Marianne suspiró.—Claro que sí.Siguió caminando hasta el patio trasero. Allí encontró a Adrien intentando separar a dos niños que se empujaban con entusiasmo peligroso. El de doce años y el de diez tenían demasiada energía y muy poca paciencia.—¡Basta los dos! —ordenó Adrien, aunque su voz sonaba más cansada que severa.Marianne se detuvo a su lado.—Sahar volv

  • Su destino Prohibido.    75. Las heridas han sanado.

    ★★★Pasaron los días.El veneno abandonó el cuerpo de Adrien con lentitud, pero lo abandonó. Las heridas de Marianne cerraron. El cielo de Valdrek dejó de girar. La luna blanca volvió a brillar limpia sobre la ciudad, y con ella regresó una calma que nadie recordaba del todo.Cassian fue juzgado.No hubo gritos ni espectáculo. No hubo multitud enfurecida pidiendo sangre. Solo una sentencia clara, pronunciada por el rey con la voz firme de quien ha visto demasiado como para dejarse llevar por la ira.—Prisión de por vida en las celdas profundas bajo el castillo —declaró el rey—. El tiempo será tu verdugo, Cassian. No te concedo la muerte porque la muerte es un final rápido. Te concedo el tiempo. Tiempo para recordar cada decisión que te llevó hasta aquí. Tiempo para sentir el peso de cada vida que destruiste. Tiempo para preguntarte, una y otra vez, si valió la pena.Cassian no respondió. Su mirada estaba fija en el suelo, como si ya hubiera comenzado a cumplir su condena.Marianne, qu

  • Su destino Prohibido.    74. El fin de la magia de la luna roja.

    ★★★Eleonor se arrodilló junto a Adrien.La lluvia aún no caía, pero el viento ya entraba con fuerza por la ventana abierta de la torre más alta del templo de la Diosa. El cielo de Valdrek giraba en un remolino enfermo de nubes grises y rojizas, como si el mundo mismo se estuviera retorciendo. Abajo, en las calles adoquinadas, los gritos empezaban a alzarse. Las bestias estaban saliendo.Adrien yacía semiinconsciente sobre el suelo. El veneno se extendía bajo su piel en hilos negros, subiendo desde el hombro herido hacia el cuello, hacia el pecho, hacia el corazón. Aun así, sus ojos dorados lograron enfocarse en ella.Eleonor le acarició el cabello con una ternura distorsionada, casi maternal, casi enferma.—Todo lo hice por ti —susurró—. ¿Lo entiendes? Todo. El odio. Las mentiras. La sangre. Te amé cuando aún creías en el destino y en la Diosa. Te amé cuando me mirabas como si yo fuera suficiente. Y tú… tú me abandonaste.Adrien intentó hablar. Solo salió un sonido ronco, ahogado por

  • Su destino Prohibido.    73. El templo de la diosa.

    ★Marianne★Los recuerdos regresaron como un golpe.El fuego. El templo. El aullido. Adrien. El vínculo. Todo se estrelló dentro de mi cabeza al mismo tiempo y me doblé sobre mí misma, jadeando. Cuando levanté la vista, Robert estaba de pie frente a Eleonor, las garras clavadas en su pecho. La magia roja se quebraba a su alrededor como cristal.Pero Eleonor no cayó.Sonrió. Con sangre en los labios.Y se transformó.No fue limpio. No fue hermoso. Su cuerpo se rompió y se reconstruyó con un sonido húmedo y violento. El pelaje que surgió era oscuro, casi negro, pero atravesado por cicatrices profundas y pálidas que cruzaban su lomo, su cuello y su hocico. Era más grande de lo que recordaba. Más torcida. Los ojos rojos de ella brillaban con un odio antiguo.La loba de las cicatrices.La misma que me asesinó en el otro tiempo. Pero en este tiempo no. Me lancé hacia adelante antes de pensar. El cambio me atravesó de golpe: huesos, piel, poder. El pelaje plateado cubrió mi cuerpo y el colmi

  • Su destino Prohibido.    72. La tentación.

    ★Robert★Todo se desmoronó demasiado rápido.Adrien estaba herido. La sangre le corría por el pecho negro del lobo y, aunque seguía peleando, se notaba el retraso en sus movimientos. Eleonor lo vio. Sonrió. Y entonces levantó ambas manos.La magia roja explotó.No fue un ataque. Fue algo peor.Una onda invisible atravesó el templo. Serah gritó. Drevon desapareció como si lo hubieran arrancado del aire. El cuerpo de Adrien se desvaneció entre sombras. Las bestias se disolvieron. En un segundo, el espacio quedó vacío… excepto por nosotras tres.Marianne cayó de rodillas.El pelaje plateado se retractó. Los huesos crujieron. En segundos volvió a ser humana, desnuda, temblando, con el cabello revuelto sobre el rostro. Parpadeó varias veces, desorientada, como si despertara de un sueño largo y confuso.Luego levantó la cabeza.Sus ojos barrieron el espacio vacío. Luego se posaron en mí. Por un momento no hubo reconocimiento. Solo confusión y miedo. Como si estuviera mirando a un extraño en

  • Su destino Prohibido.    71. El príncipe y el lobo.

    ★Adrien★La oscuridad del santuario no era normal.No era la ausencia de luz. Era algo vivo. Denso. Como si el aire mismo se negara a dejarnos respirar con libertad. El olor a hierro viejo, a cera quemada y a sangre seca se me pegaba a la garganta. Cada paso que dábamos resonaba demasiado, como si el templo quisiera anunciarnos.Marianne caminaba a mi lado. Podía sentir su tensión a través del vínculo: alerta, contenida, lista. Robert iba un poco más atrás, con la mandíbula apretada. Drevon y Serah cerraban el grupo. Nadie hablaba.El pasillo de piedra negra se abrió de pronto en una sala circular.Y allí estaba ella.Eleonor.De pie en el centro, sobre un círculo de runas que brillaban con una luz roja enfermiza. Llevaba un vestido negro que parecía absorber la poca claridad que había. El cabello suelto. La postura perfecta. En su mano izquierda sostenía un fragmento irregular del collar que Robert le había arrancado. En la derecha… nada. Pero el poder que emanaba de ella hacía que e

More Chapters
Explore and read good novels for free
Free access to a vast number of good novels on GoodNovel app. Download the books you like and read anywhere & anytime.
Read books for free on the app
SCAN CODE TO READ ON APP
DMCA.com Protection Status