Masuk—Si no firmas este contrato... bueno, el que tu padre firmó estipula que tiene que convertirse en mi esclavo laboral —dijo Adrian con una sonrisa.
—No querrías eso para tu padre diabético, ¿verdad? —añadió Adrian.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó ella, apretando los dientes.
—Hago mis deberes, cariño —dijo él, observando el sudor que resbalaba por el escote de ella.
—No me llames así —dijo ella.
—¿Lo que tú digas, cariño? —respondió él con una sonrisa burlona.
—¿Así que dejaste tu ajetreada vida solo para venir a provocarme y hacerme enfadar? —dijo ella con desdén.
—No estoy tan... ocupado... Además, la venganza es mucho más importante que cualquier trabajo que tenga pendiente —sonrió—. Entonces, ¿vas a firmar o vas a complicarle las cosas a él? —señaló a su padre.
—¿Quién va a cuidar de él? —preguntó ella.
—En cuanto firmes eso, tu padre vivirá feliz para siempre en Dubái. Lejos... de todo esto... —miró a su alrededor y sus ojos se posaron en el techo que goteaba—. De la pobreza —concluyó.
—Yo iba a arreglar eso —se defendió ella.
—Seguro que sí —sonrió él con aire malicioso.
Ella miró a su padre una última vez antes de preguntar: «¿Dónde firmo?».
Uno de los hombres, que parecía una especie de abogado, señaló una línea de puntos. Ella se inclinó sobre la mesa y firmó.
—Aquí tiene su anillo, señora Cross. —Uno de los hombres sacó un estuche que contenía un anillo con un diamante gigantesco.
—¿Cómo que «señora Cross»? «¿Acabo de firmar un contrato?», dijo ella.
«Sí, un contrato para ser mi esposa legítima». Adrian sonrió.
«No». Ella se dejó caer en una silla.
«Sí». Adrian sonrió.
«Vistan al señor Lake; tiene un vuelo dentro de una hora», dijo Adrian.
Uno de los hombres de Adrian empujó a su padre a través de la puerta mientras Vivian intentaba desesperadamente comprender la situación.
«¿Te vas a levantar o vas a esperar a que esa tabla oxidada te cause una infección?», dijo Adrian.
Vivian lo miró con lágrimas en los ojos. Ya no podía discutir; había firmado el contrato y la vida de su padre estaba en sus manos.
Se puso de pie.
«Así me gusta, buena chica», dijo Adrian, y les hizo una seña a sus hombres para que lo siguieran.
La llevaron a un coche y Adrian subió poco después. El trayecto transcurrió en silencio mientras Vivian contenía las lágrimas.
Al llegar a su destino, Vivian pensó que se trataba de una gran finca, pero era simplemente Cross Villa.
No quería parecer sorprendida, así que se limitó a caminar detrás de Adrian al entrar en la casa.
«Bienvenida a tu nuevo hogar», dijo él.
«¿Dónde está mi habitación?». Vivian frunció el ceño, como si no estuviera impresionada.
«William...». Un hombre que parecía estar en la plenitud de sus cincuenta años caminó hacia ellos.
«Sí, señor», dijo él con una sonrisa.
«Enséñale la habitación a Vivian». Adrian le hizo un gesto para que procediera.
Ella siguió a William hasta un ascensor que los llevó al quinto piso.
«¿Por qué una casa que pertenece a una sola persona necesitaría un ascensor?», pensó.
«Aquí está, señora». William sonrió mientras la conducía a una habitación.
«Gracias», dijo ella.
Al entrar, se dio cuenta de que le habían asignado el dormitorio principal, que contaba con un acuario y ventanales de suelo a techo. La cama era el doble de grande que una *king-size* y el espacio superaba en tamaño a todo su edificio de apartamentos. Pero había un problema...
Todo era de color negro.
«Este hombre me obligó a casarme con él y ni siquiera se molestó en tener en cuenta mis gustos». Frunció el ceño.
Abrió los armarios y vio ropa de hombre.
Estaba segura de que William le había mostrado... ...le habían asignado la habitación equivocada. Decidió ducharse, tal como hacía siempre en casa.
Cogió una bata y entró en el baño.
En la ducha había indicadores de agua fría y caliente. ¿Cuándo fue la última vez que se bañó con agua caliente?
Se tomó su tiempo en el baño, usando el gel que encontró allí.
Salió del baño con el pelo mojado y sintiéndose totalmente renovada, hasta que vio a Adrian sentado en su cama.
—¿Por qué coño estás en mi habitación? —preguntó, sujetándose la bata con fuerza.
—¿Quieres decir *nuestra* habitación? —Él esbozó una sonrisa burlona mientras se recostaba contra la cama—. Está en el contrato. No puedo dormir solo teniendo esposa, ¿no crees?
—No puedo hacer esto esta noche. —Ella caminó hacia el vestidor y empezó a buscar algo que ponerse.
Optó por una camiseta enorme, ya que no encontraba nada que se supusiera que fuera suyo.
Se la puso y salió del vestidor.
—Llevas puesta mi camiseta —dijo él.
—Vaya... el premio a decir lo obvio es para Adrian Cross, una vez más. —Ella sonrió con sarcasmo—. Deberías seguir así; se te da muy bien. Deberías convertirlo en una afición. —Le borró la sonrisa de la cara.—Te encanta meterte conmigo, ¿verdad? ¿No fue suficiente con compartir la cama? —dijo él, fingiendo inocencia.
—¿Perdona...? No encontraba mi ropa —dijo ella, frunciendo el ceño.
—¿Miraste en el lado izquierdo del armario? —preguntó él.
No lo había hecho.
—Estaba demasiado cansada, ¿vale? —Se cruzó de brazos, sosteniendo así sus pechos desnudos.
Él se levantó y caminó hacia ella. Luego se quitó la camisa, dejando a la vista el tatuaje que tenía bajo la cintura.
—Eh... ¿qué estás haciendo? —preguntó ella.
—Yo también uso la ducha, ¿sabes? —dijo él mientras se acercaba.
—¿No conoces eso que llaman espacio personal? —dijo ella mientras retrocedía hasta chocar contra el espejo del vestidor.
—Lo conozco. Pero decido no respetarlo. —Él siguió avanzando hasta que quedaron a menos de medio metro de distancia.
—Podrías haber elegido hacerme sufrir... ¿por qué me obligaste a casarme contigo? —Ella lo miró fijamente a los ojos.
—Vivian, acabas de llegar —dijo él con una sonrisa.
—No querrás hacer sufrir a tu esposa, ¿verdad?
—¿Eso crees?
Durante semanas, Adrian Cross había estado librando una batalla que parecía incapaz de ganar.Cada mañana traía un nuevo titular. Cada tarde, otro rumor. Y cada noche terminaba con él sentado a solas en su despacho, contemplando pruebas que parecían diseñadas para destruir todo lo que alguna vez había amado.Su reputación estaba sufriendo.Su empresa estaba bajo escrutinio.Su matrimonio pendía de un hilo que ni siquiera podía alcanzar.Y Shannon Blake seguía ahí fuera, contándole al mundo con total seguridad que él la había perjudicado.Pero aquella mañana, algo cambió.Todo comenzó con una llamada telefónica.Adrian estaba de pie junto a los ventanales de su despacho, contemplando la ciudad, cuando Daniel entró sin llamar.—Señor, tenemos que hablar.Adrian apenas se volvió.—Si es otro informe sobre Vivian, avísame cuando tengas algo útil.—No se trata de Vivian.Eso captó su atención.Adrian se dio la vuelta.Daniel parecía inusualmente serio. Sostenía una carpeta gruesa en una ma
Vivian Lane había aprendido a desaparecer.No por completo.No de la manera en que las personas desaparecían en las películas, cambiando sus nombres y convirtiéndose en personas completamente diferentes.Seguía siendo Vivian Lane.Seguía teniendo el mismo rostro, los mismos ojos, la misma sonrisa que Adrian Cross solía decir que era su cosa favorita en el mundo.Y todavía llevaba a su hijo en el vientre.Pero ahora se había convertido en una mujer que revisaba el pasillo antes de abrir la puerta de su apartamento, una mujer que miraba por encima del hombro cada vez que escuchaba pasos detrás de ella y una mujer que llevaba mascarilla incluso cuando hacía tanto frío que le dolían las mejillas.Porque ser reconocida ya no era un inconveniente insignificante.Era una amenaza.Una sola fotografía podía destruir todo aquello que tanto le había costado construir.Una persona que la reconociera en un supermercado podía publicar una foto en internet con un titular como: ¿ACASO NO ES ESTA LA E
Três semanas sem Vivian Lane haviam transformado Adrian Cross em um homem que ninguém mais reconhecia.A mansão já não era um lar.Era um lugar onde um bilionário furioso andava de um cômodo para outro, descontando sua raiva em qualquer pessoa que tivesse o azar de cruzar seu caminho, tomando café que nunca terminava e encarando um celular que nunca tocava com a única ligação que ele queria receber.Sua esposa havia ido embora.Seu casamento estava desmoronando.E a mulher responsável pelo escândalo ainda trabalhava em sua empresa.Adrian estava começando a perder a cabeça.— ONDE ESTÁ MEU CAFÉ DA MANHÃ?Sua voz trovejou pela sala de jantar.Uma jovem empregada entrou às pressas, quase tropeçando nos próprios pés.— Desculpe, senhor. Já estou trazendo.— Já? — repetiu Adrian, levantando os olhos do celular. — Vocês entendem o significado dessa palavra? Pedi meu café da manhã há vinte minutos!— Desculpe, senhor.— Pare de se desculpar e faça seu trabalho!A empregada abaixou a cabeça
TRES SEMANAS DESPUÉSVivian Lane estaba muerta.Al menos, eso era lo que quería que el mundo creyera.No literalmente, por supuesto.Pero la mujer que había entrado en la vida de Adrian Cross, se había enamorado de él y había creído tontamente que el amor podía soportarlo todo...Había desaparecido.Y Vivian pensaba mantener las cosas así.Lo primero que hizo fue abandonar el país.Lo segundo fue cambiar su número de teléfono.Lo tercero fue asegurarse de que nada de lo que dejara atrás pudiera conducir a Adrian Cross hasta ella.Había pasado semanas planeando su desaparición y ahora, mientras estaba de pie en un pequeño apartamento a miles de kilómetros del único hogar que había conocido durante los últimos meses, se preguntaba si por fin lo había conseguido.La ciudad que se extendía al otro lado de su ventana le resultaba desconocida.Las calles también.El idioma que escuchaba hablar a las personas que pasaban por debajo de su ventana era algo a lo que todavía estaba acostumbrándo
Adrian Cross estaba perdiendo la cabeza.Y, por primera vez en su vida, no podía hacer absolutamente nada al respecto.Habían pasado casi veinticuatro horas desde que Vivian se había marchado de su casa, y él todavía no tenía ni idea de dónde estaba.Ninguna dirección.Ninguna ubicación.Ningún mensaje que le confirmara que estaba a salvo.Nada.La había llamado tantas veces que había perdido la cuenta. Le había enviado mensajes, dejado mensajes de voz e incluso había intentado llamarla desde el teléfono de su oficina cuando ella dejó de contestar su número personal.Todos los intentos habían terminado de la misma manera.Silencio.Su esposa había desaparecido de su vida, y él estaba sentado en su oficina, observando cómo sucedía.—Vuelve a llamar a Stacy.Daniel, que estaba de pie frente a su escritorio con una tableta en la mano, levantó lentamente la cabeza.—Señor, ya lo he intentado.—¡Entonces inténtalo otra vez!—Lo hice. Su teléfono va directamente al buzón de voz.Adrian golp
Adrian apenas había dormido aquella noche.Cada vez que cerraba los ojos, veía a Vivian sentada en la cama de ambos, con lágrimas recorriendo sus mejillas y mirándolo como si fuera un desconocido.Ya no te conozco.Sus palabras lo habían perseguido a todas partes.Las había escuchado mientras caminaba de un lado a otro de su estudio. Las había escuchado mientras llamaba a Daniel para exigirle novedades sobre la investigación. Incluso las había escuchado cuando finalmente subió las escaleras y encontró a Vivian acostada de lado, dándole la espalda.Había querido abrazarla.Había querido explicárselo todo una vez más.Pero ¿qué podía decir que no hubiera dicho ya?Alguien estaba destruyendo deliberadamente su matrimonio y, por más veces que insistiera en que los mensajes eran mentiras, las pruebas seguían empeorando.Primero, las fotografías.Después, las grabaciones.Ahora, una afirmación de que Shannon estaba embarazada de su hijo.Adrian se frotó el rostro y miró el reloj.5:38 a. m.







