LOGINVivian gimió cuando el sol de la mañana le dio en la cara, ya que no tenía cortinas que la protegieran de él.
—Nota mental: comprar cortinas algún día —se dijo a sí misma mientras se levantaba de la cama, despeinada.
Se dio una ducha fría porque no le quedaba más remedio. Luego se vistió con una camisa blanca y vaqueros azules, se puso el delantal de rayas y se recogió el pelo en un moño.
Entró tarareando en la cocina y se encontró a su padre sirviendo tortitas mientras maniobraba con las ruedas de su silla de ruedas.
—Buenos días, papá —dijo Vivian mientras le daba un beso en la cabeza, que ya mostraba signos de calvicie.
—Hola, rayito de sol —dijo él con una sonrisa—. He preparado el desayuno —lo dijo como si no lo hiciera todas las mañanas.
—¡Bien! —exclamó ella mientras se sentaba a la mesa.
Comió tan rápido que parecía como si alguien la hubiera retado a terminar en cinco segundos.
—Vaya, calma un poco, hija, no vaya a darte un infarto —dijo él riendo.
—Tengo que terminar rápido, papá; ya sabes que debemos el alquiler y hay muchas cosas que quiero cambiar en esta casa —sonrió mientras recogía su plato y lo dejaba en el fregadero, ya que la mesa del comedor estaba también en la cocina.
—¿Vas a bajar ya a la panadería? —preguntó él, observándola mientras cogía las llaves.
—Sí, empezar a trabajar temprano trae suerte, ya sabes —respondió ella.
—Bajaré en un momento, ¿de acuerdo? —dijo él.
—No, papá. Tómate el día libre —dijo ella.
—No puedo dejar que trabajes sola —su voz sonaba preocupada.
—Insisto —sonrió ella.
—Está bien, si tú lo dices...
Dicho esto, Vivian bajó las escaleras del apartamento y cruzó la calle hacia la panadería: «At the Lake».
La panadería era la única fuente de ingresos de Vivian; ganaba poco, pero era lo que tenía que hacer para ayudar a su padre. Horneaba por las mañanas, vendía por las tardes y luego iba a un pequeño bar a cantar durante una hora y a servir bebidas; si le quedaba tiempo, también fregaba los platos. Pasó la mañana escuchando a Sabrina Carpenter, horneando, bailando, tratando de olvidar a Adrian Cross y procurando mantener el buen ánimo.
Por la tarde apenas hizo ventas y cerró el local al caer la noche. Se cambió de ropa en la pastelería y fue al bar para su actuación.
Shakes, el dueño del café, le dijo que si seguía trabajando así de bien, tal vez le darían un aumento. Vivian se habría emocionado si no fuera porque él ya le había dicho lo mismo en nueve ocasiones anteriores.
Aquella noche, al sostener el micrófono mientras cantaba «Espresso» de Sabrina Carpenter, sintió como si fuera la última vez.
«Trabajo hasta tarde... porque soy cantante, pero él se ve tan lindo, lo tengo comiendo de mi mano...», cantaba mientras se enroscaba un mechón de pelo en el dedo y se mordía el labio.
El público del bar se entusiasmaba cada vez más. Mientras cantaba y movía las caderas, reconoció un rostro familiar: Adrian Cross.
«No... no, no, no...», pensó ella. Su sonrisa se desvaneció.
«Sí... sí, sí, sí...», pensó él. Su sonrisa se ensanchó.
«Qué pena que tu ex no te satisfaga...», dijo ella mientras bajaba del escenario con estilo.
Los guardaespaldas de Adrian se pusieron en pie.
«Ahora piensa en mí, cariño, lo sé...», cantaba mientras caminaba hacia la puerta trasera.
«Dices que no puedes dormir, cariño, lo sé; eso es mi "Espresso"», terminó. «Esa era yo; buenas noches a todos», dijo mientras salía corriendo por la puerta.
—Oye, guapa... —la llamó Shakes—. Quizás si sigues así...
—Un aumento, sí, sí —respondió ella mientras hacía señas a un taxi.
—Por favor, lléveme allí lo más rápido posible —le dijo al taxista nada más indicarle la dirección.
Al llegar a su apartamento, vio una comitiva de vehículos Audi negros aparcados en las inmediaciones.
—No —dijo mientras subía las escaleras corriendo.
Se encontró con hombres vestidos de negro apostados en el pasillo que conducía a su apartamento.
La puerta estaba abierta.
La empujó. Su padre estaba sentado a la mesa, visiblemente tenso, rodeado de hombres —unos diez— que ocupaban su pequeña cocina-comedor. Al verla, la expresión de su padre se relajó un poco. Más hombres entraron detrás de ella.
Entonces vio a alguien salir de su habitación: Adrian.
—¿Qué haces aquí? —gritó prácticamente.
—Tranquila, lo que se supone que debes decir es: «Te extraño, papá». Ven a darme un abrazo. —Él sonrió.
—¿Estás loco? —preguntó ella con expresión de terror.
—Vi tu numerito en aquel pub; no sabía que sabías moverte así. Si me hubieras enseñado esos pasos ayer, te habría dejado ir solo con una advertencia. —Él esbozó una sonrisa burlona.
—¿Estás loco? ¿Qué haces aquí? —preguntó ella, esta vez con calma.
—¿Acaso no puedo venir a ver a mi suegro? —dijo él con aire inocente.
—¿Suegro? —Ella miró a su padre buscando respuestas en su rostro. Él parecía culpable—. ¿De qué está hablando?
—Oh, tu padre firmó un pequeño contrato, eso es todo. —Adrian sonrió.
—¿Qué quieres decir con «firmó un pequeño contrato»? —Ella seguía mirando a su padre.—Dijo que te iba a matar y a quitarte la panadería si no firmaba; dijo que nos iba a echar. —Su padre estaba a punto de llorar—. Dijo que te había secuestrado.
—¿Qué dice el contrato? —Se acercó y abrazó a su padre mientras miraba fijamente a Adrian.
—Solo que tu padre acepta que te cases conmigo y que si hace algo raro, me quedo con tu casa y la panadería. —Sonrió.
Un hombre le deslizó el contrato.
—Ahora te toca a ti. —Adrian sonrió.
—¿Y si digo que no? —Siguió agarrada al hombro de su padre.
Adrian sonrió.
—Me encantan tus juegos, Viv —dijo.
—No —frunció el ceño.
Adrian Cross estaba teniendo una buena mañana. Por una vez, se había despertado sin que su teléfono sonara junto a su cabeza. Había desayunado con su esposa, le había besado la frente antes de salir de casa y le había prometido regresar lo suficientemente temprano para cenar con ella. Más importante aún, realmente tenía la intención de cumplirlo. No iba a pasar todo el día enterrado en reuniones. No se quedaría sentado en su oficina hasta la medianoche mientras Vivian lo esperaba en casa. Y, desde luego, no permitiría que otra emergencia empresarial le robara el poco tiempo que finalmente había decidido dedicarle a su familia. Su familia. A veces, la idea todavía le parecía extraña. Pero de la mejor manera posible. Adrian salió del ascensor en el piso ejecutivo, ajustándose los gemelos mientras caminaba hacia su oficina. —Buenos días, señor Cross. —Buenos días. —Buenos días, señor. —Buenos días. Saludó a sus empleados sin reducir el paso, manteniendo la misma expresión tra
El sonido de la puerta principal al abrirse hizo que Vivian se incorporara.Llevaba casi veinte minutos mirando el mismo punto de la pared del dormitorio, intentando no mirar su teléfono. No había dejado de vibrar desde que estalló el escándalo y, cada vez que la pantalla se iluminaba, sentía una nueva oleada de ansiedad recorrerla.Al final, había decidido apagarlo.No podía soportar otro titular.Otra fotografía.Otro desconocido diciéndole lo que estaba pasando en su matrimonio.La puerta de abajo se cerró.—¿Vivian?La voz de Adrian.Ella cerró los ojos por un instante.Había llegado a casa.Unos segundos después, escuchó sus pasos subiendo las escaleras. Caminaba rápido, casi con prisa, y ella pudo darse cuenta de que la estaba buscando.—¿Vivian?—Estoy arriba.Su voz salió más baja de lo que pretendía.Los pasos se hicieron más fuertes.Entonces Adrian apareció en la puerta.Todavía llevaba la ropa de trabajo, pero tenía la corbata floja y el cabello parecía indicar que se habí
Adrian Cross estaba teniendo una buena mañana.Por una vez, se había despertado sin que su teléfono sonara junto a su cabeza. Había desayunado con su esposa, le había besado la frente antes de salir de casa y le había prometido regresar lo suficientemente temprano para cenar con ella.Más importante aún, realmente tenía la intención de cumplirlo.No iba a pasar todo el día enterrado en reuniones. No se quedaría sentado en su oficina hasta la medianoche mientras Vivian lo esperaba en casa. Y, desde luego, no permitiría que otra emergencia empresarial le robara el poco tiempo que finalmente había decidido dedicarle a su familia.Su familia.A veces, la idea todavía le parecía extraña.Pero de la mejor manera posible.Adrian salió del ascensor en el piso ejecutivo, ajustándose los gemelos mientras caminaba hacia su oficina.—Buenos días, señor Cross.—Buenos días.—Buenos días, señor.—Buenos días.Saludó a sus empleados sin reducir el paso, manteniendo la misma expresión tranquila que l
Por primera vez en semanas, Adrian despertó sin buscar su teléfono.Era algo pequeño.Casi insignificante.Pero para un hombre que había pasado las últimas semanas revisando sus correos electrónicos antes incluso de abrir completamente los ojos, aquello era prácticamente un milagro.Su teléfono estaba sobre la mesita de noche, vibrando cada pocos segundos.Correos electrónicos.Llamadas perdidas.Mensajes de su asistente.Un recordatorio sobre una reunión programada para las nueve de la mañana.Otro recordatorio sobre una reunión programada para las once.Y un mensaje de su director financiero pidiéndole que revisara un documento antes de la tarde.Adrian los ignoró a todos.En cambio, giró la cabeza hacia la mujer que dormía a su lado.Vivian estaba acurrucada bajo las sábanas, con el cabello extendido sobre la almohada. Una mano descansaba debajo de su mejilla, mientras que la otra estaba cómodamente apoyada sobre su vientre.Parecía tranquila.Adrian sonrió.No podía recordar la úl
Vivian apenas había dormido.Incluso después de guardar su teléfono, no podía sacarse los mensajes de la cabeza.La fotografía.El número desconocido.La extraña insistencia en que necesitaba saber algo sobre Adrian.Y, lo más importante, la manera en que quien le había enviado los mensajes parecía decidido a hacerla desconfiar de su propio esposo.Lo odiaba.Odiaba que un desconocido pudiera enviarle una sola fotografía y dejarla despierta junto al hombre que amaba, preguntándose si había algo sobre él que no sabía.No era justo.Especialmente porque Adrian ya llevaba semanas comportándose de manera extraña.Trabajaba hasta tarde. Apenas dormía. A veces llegaba a casa con el aspecto de alguien que no había comido en todo el día y, cada vez que ella le preguntaba qué le pasaba, él lo atribuía al trabajo.Vivian entendía que su trabajo era exigente.Entendía que dirigir una empresa no era fácil.Pero ella era su esposa.No quería ser la persona que compartía una casa con él mientras pe
La casa se sentía extrañamente silenciosa aquella noche.Vivian llevaba casi una hora sentada en la sala, fingiendo que veía televisión.En realidad, no estaba viendo nada.Tenía los ojos puestos en la pantalla, pero su mente estaba en otra parte.Cada pocos minutos, miraba el reloj.Después, su teléfono.Luego, la puerta principal.Y finalmente volvía a mirar la televisión.Adrian le había dicho que llegaría tarde a casa.Otra vez.A esas alturas, casi se estaba acostumbrando.Casi.Las últimas semanas lo habían cambiado todo.Adrian trabajaba constantemente.Apenas dormía.Siempre estaba cansado.A veces llegaba a casa después de la medianoche.Otras veces, no regresaba hasta la mañana.Y cada vez que Vivian le preguntaba qué estaba pasando, él le daba la misma respuesta.Trabajo.Negocios.Reuniones.Nada serio.Todo estaba bien.Pero Vivian no creía que todo estuviera bien.No del todo.Algo lo estaba molestando.Simplemente, no lograba descubrir qué era.Miró el reloj.1:16 a. m.







