LOGINLas horas pasaron lentamente. El sol que había iluminado la mañana comenzó a ocultarse en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas que se filtraban a través de las ventanas del hospital. Mati estaba dormido en su habitación, con el dragón de peluche abrazado contra el pecho y una sonrisa suave en los labios. El trasplante había sido un éxito, y los médicos decían que su cuerpo estaba respondiendo bien. Pero Natasha no podía sentir alivio. No podía sentir nada. Porque Mateo aún no despertaba.Habían pasado seis horas desde que salió del quirófano. Seis horas desde que lo llevaron a la sala de recuperación. Seis horas desde que Natasha esperaba, con el corazón en un puño, a que abriera los ojos. Pero no lo hacía. Y cada minuto que pasaba, el miedo crecía en su pecho como una bestia que no podía controlar.Natasha caminó hacia el mostrador de enfermería, con el rostro pálido y los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar. Sus manos temblaban ligeramente, y su r
La mañana llegó con una claridad que contrastaba con la tormenta de emociones que flotaba en el aire. El sol se filtraba por las ventanas del hospital, iluminando el pasillo con una luz dorada que parecía anunciar algo importante. Pero nadie en esa habitación sentía la calidez del sol. Solo sentían el peso de lo que estaba por venir. Un peso que aplastaba el pecho y dificultaba la respiración.Mati estaba despierto, sentado en su cama, con el dragón de peluche abrazado contra el pecho. Estaba pálido, más delgado que antes, y sus ojos, aunque brillaban con curiosidad, también reflejaban el cansancio de días de hospital. No entendía del todo lo que iba a pasar. Solo sabía que su mamá le había dicho que unos médicos lo iban a ayudar a sentirse mejor. Y eso era suficiente. Pero algo en el aire, algo en las miradas de los adultos, le decía que
La tarde había caído sobre el hospital, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados que se filtraban a través de las ventanas de la habitación. Mati dormía plácidamente en su cama, con el dragón de peluche abrazado contra el pecho y una sonrisa suave en los labios. Natasha estaba sentada a su lado, sosteniendo su mano, mientras Mateo y Adam esperaban en la sala de espera. El silencio era pesado, cargado de tensión y de cosas no dichas.La puerta se abrió y el médico entró, con una carpeta en las manos y una expresión seria. Los tres se levantaron de inmediato.—Buenas tardes —dijo el médico, con voz calmada—. Ya tenemos los resultados de las pruebas de compatibilidad. Como saben, tanto el señor Sterling como el señor Di'Carlo son compatibles. Ambos pueden ser donantes para Mati.Natasha sinti
El ambiente en la habitación era incómodo. Tan incómodo que se podía cortar con un cuchillo. Los tres adultos estaban allí, alrededor de la cama de Mati, pero ninguno de ellos se atrevía a hablar. Ninguno de ellos se atrevía a mirar al otro. Solo Mati, ajeno a la tormenta que se libraba entre los adultos, jugaba feliz con su dragón de peluche, moviéndolo por el aire como si volara.Adam fue el primero en romper el silencio. Se levantó de la silla lentamente, con el rostro tenso y los ojos fijos en la puerta.—Voy a salir a respirar un poco —dijo, con voz suave pero tensa.Natasha lo miró, y en sus ojos vio una mezcla de dolor y confusión. Mateo, por su parte, no levantó la vista. Solo se quedó allí, sentado junto a la cama de Mati, jugando con el niño, con el rostro impenetrable.Adam salió de la habitación y caminó por el pasillo hasta la salida del hospital. El aire fresco de la mañana golpeó su rostro, pero no logró calmarlo. Se sentó en una banca, cerca de la entrada, y se cubrió
La luz del amanecer se filtraba suavemente a través de las cortinas de la mansión, tiñendo la habitación de tonos dorados y rosados. Natasha abrió los ojos lentamente, sintiendo que el cansancio le pesaba en los huesos. Había pasado la noche abrazada a Mateo, sin soltarlo ni un momento, como si temiera que, si lo soltaba, él se desmoronaría. Y quizás era verdad. Quizás, si lo soltaba, Mateo se rompería en mil pedazos.Mateo estaba despierto. Lo supo porque su respiración no era la de alguien que duerme. Era la de alguien que ha pasado la noche en vela, con los ojos abiertos y la mente en un torbellino de pensamientos. Natasha se incorporó ligeramente y lo miró. Su rostro estaba marcado por el cansancio, y sus ojos verdes, que normalmente brillaban con fuerza, ahora estaban apagados, llenos de una tristeza que le partía el alma.—Amor —dijo Natasha, con voz suave, acariciando su mejilla—. ¿Cómo te sientes?Mateo la miró, y por un momento, sus ojos se llenaron de lágrimas. Pero no lloró
Natasha condujo como una autómata. Las luces de Miami pasaban a su lado como destellos borrosos, y sus manos, aferradas al volante, temblaban ligeramente. No sabía a dónde iba. No sabía qué iba a decir. Solo sabía que tenía que encontrar a Mateo. Tenía que estar con él. Porque lo amaba. Porque era su familia. Porque, en ese momento, él la necesitaba más que nunca.Llegó a la mansión y estacionó el auto con prisa. Entró corriendo, y el silencio de la casa la golpeó como una ola. No había luces encendidas. No había ruido. Solo el eco de sus pasos en el mármol. Subió las escaleras de dos en dos, y encontró a Mateo en la habitación. Estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos y los hombros temblando. No lloraba. Pero su cuerpo entero parecía estar conteniendo un mar de emociones que amenazaba con ahogarlo.—Mateo —dijo Natasha, con voz suave, acercándose a él—. Amor.Mateo levantó la vista, y en sus ojos vio una mezcla de dolor, rabia y confusión que le partió el







