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CAPÍTULO 134: La marca en el bordado

Penulis: R. Vivas
last update Tanggal publikasi: 2026-10-28 00:21:02

Valentina llamó un martes por la mañana, con esa voz suya de siempre, cantarina y decidida, como si el mundo tuviera que adaptarse a su agenda y no al contrario.

—Nati, el sábado es la inauguración de la tienda nueva de Di'Carlo. La sucursal del centro. Van a estar todos los directivos, la prensa, un montón de gente. Necesito que vengas.

Natasha estaba en la cocina, con el teléfono pegado a la oreja y una taza de café enfriándosele en la mano.

—No sé, Val. La verdad es que no quiero encontrarme
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  • Su peor error, mi mayor venganza.   CAPÍTULO 138: Lo que el cuerpo recuerda

    Natasha cerró la puerta de su habitación y se quedó de pie en la oscuridad, con la espalda apoyada en la madera y la respiración todavía agitada. Se llevó una mano al pecho. El corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en las yemas de los dedos.¿Qué me pasa?Se dejó caer en la cama, sin encender la luz. El vestido verde se arrugó bajo su cuerpo, y ella ni siquiera se molestó en quitárselo. Miraba al techo, y en el techo veía la cara de Adam. La forma en que la había mirado en el balcón. La forma en que le había sostenido la cara con las dos manos. La forma en que la había besado, primero despacio y luego con más profundidad.Se giró hacia un lado, con la cara hundida en la almohada.Se supone que amo a Mateo, pensó, y la culpa le subió por la garganta como un trago amargo. Se supone que Adam ya debería estar fuera de mi vida. Se supone que solo estoy esperando a que Mateo recuerde. Se supone...Pero el cuerpo no entiende de suposiciones. El cuerpo tiene su propia memoria. Y el s

  • Su peor error, mi mayor venganza.   CAPÍTULO 137: La noche de las estrellas

    El evento terminó pasada la medianoche. La tienda Di'Carlo había quedado impecable, con las copas recogidas, las bandejas apiladas y las luces apagadas una a una. En la puerta, los directivos se despedían de Mateo con apretones de manos y palmadas en la espalda.—Un éxito, señor Di'Carlo. Un éxito rotundo.—La mejor inauguración que hemos tenido en años. La prensa está encantada.—Y esa diseñadora... Montesantos. Es una joya. No sabe la suerte que tiene. Los vestidos de la colección se han agotado esta misma noche.Mateo asintió a todos, con la sonrisa puesta y la mente en otra parte. Estrechó manos, agradeció felicitaciones, dijo las palabras correctas en el momento correcto. Pero por dentro estaba en otro sitio. Llevaba horas en otro sitio.Luciana estaba a su lado, con la mano enganchada en su brazo y la sonrisa de las grandes ocasiones, y no se separó de él hasta que el último invitado cruzó la puerta. Luego se giró hacia él, con los ojos brillantes.—¿Vamos a casa?—Vamos.En el

  • Su peor error, mi mayor venganza.   CAPÍTULO 136: El niño y el hombre

    Mateo salió al patio trasero con el pecho apretado y la copa vacía en la mano. El aire de la noche le dio en la cara y le aflojó algo por dentro, pero no del todo. Llevaba toda la noche con una opresión rara en el centro del pecho, y no era el dolor de cabeza, que ya se le había ido, ni el cansancio de las últimas semanas. Era otra cosa. Algo que se le movía dentro cada vez que veía a esa mujer con el vestido verde.Se apartó de la pared y caminó hacia el fondo del patio, donde había unas mesas bajas y unas sillas de mimbre, y un par de farolillos colgados de un alambre. Y entonces se chocó con alguien.Fue un golpe blando, de esos que no duelen. Miró hacia abajo.Había un niño. Un niño pequeño, de pelo oscuro y ojos verdes, con una chaqueta de traje que le quedaba un poco grande y una servilleta doblada en la mano.Mateo se quedó quieto. El niño también. Se miraron.Y en el pecho de Mateo algo se movió. Algo que no era la opresión de antes. Era otra cosa. Algo más grande y más viejo,

  • Su peor error, mi mayor venganza.   CAPÍTULO 135: Celos que consumen.

    Natasha sintió que la miraban. No era una sospecha. Era una certeza que le subió por la nuca como un escalofrío, una de esas cosas que el cuerpo sabe antes que la cabeza. Se giró despacio, con la copa en la mano, y lo encontró.Mateo estaba al otro lado de la sala, con el hombro apoyado en una columna y la copa olvidada en la mano. La estaba mirando. No de reojo. No de pasada. La miraba con los ojos fijos, con una intensidad que le apretó el pecho. Era la misma mirada que le había clavado en el salón de la casa de Adam el día que la vio por primera vez, hace meses. Era la misma, pero con algo nuevo, algo que no tenía nombre.Natasha levantó la copa. Un gesto pequeño, apenas un movimiento de la muñeca, como se saluda a un conocido desde lejos.Mateo giró la cara de golpe. Como si lo hubieran pillado haciendo algo malo. Se giró hacia Luciana, que le hablaba, y se puso a escucharla con una atención exagerada, con las manos en el bolsillo y los hombros subidos.Luciana lo notó. Se le acer

  • Su peor error, mi mayor venganza.   CAPÍTULO 134: La marca en el bordado

    Valentina llamó un martes por la mañana, con esa voz suya de siempre, cantarina y decidida, como si el mundo tuviera que adaptarse a su agenda y no al contrario.—Nati, el sábado es la inauguración de la tienda nueva de Di'Carlo. La sucursal del centro. Van a estar todos los directivos, la prensa, un montón de gente. Necesito que vengas.Natasha estaba en la cocina, con el teléfono pegado a la oreja y una taza de café enfriándosele en la mano.—No sé, Val. La verdad es que no quiero encontrarme con Luciana. Ni con Mateo.—No van a ir. Ya hablé con Mateo. Últimamente tiene dolores de cabeza, descansa mucho. Además, él no ha vuelto a la empresa desde lo del trasplante. La asistente lo tiene al tanto de todo, pero él no va a ir. Te lo prometo.Natasha se quedó mirando la taza. El café se había quedado frío y le brillaba la superficie.—¿Y Luciana?—Luciana no está invitada. No es familia. No pinta nada en esa tienda. Pero aunque lo estuviera, Mateo no va, así que ella tampoco.—Está bien

  • Su peor error, mi mayor venganza.   CAPÍTULO 133: Mi mente no te recuerda, pero mi cuerpo si.

    Pasaron los días y las semanas con esa lentitud extraña de las cosas que se curan despacio. En la mansión de Mateo, Luciana había empezado a hablar de la boda otra vez, con esa insistencia suya que parecía dulce pero que no dejaba respirar. Lo hacía en el desayuno, entre el café y las tostadas. Lo hacía por la noche, cuando él se sentaba en el sofá con el portátil. Lo hacía con la voz melosa, con la mano en el brazo, con la sonrisa de quien ya lo tiene todo decidido y solo espera el sí.—Solo falta poner la fecha —decía—. Yo me encargo de todo. Tú no tienes que preocuparte por nada.Mateo la escuchaba con la mirada perdida en algún punto de la pared. Y una tarde, mientras ella hablaba de flores y de manteles, le tomó las manos y la interrumpió.—Lo sé. También quiero esto. Pero entiende que necesito que Val me acompañe. No puedo ir sin ella. Es mi única familia.Luciana asintió despacio. Se mordió el labio y bajó la vista, y en su cara se dibujó esa tristeza que se dibuja tan bien cua

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