LOGINDurante dos semanas, Leonor repitió la misma estrategia con cada dosis. Ocultaba la pastilla bajo la lengua y luego la guardaba en la ranura del cabecero de la cama, donde se acumulaban. Para engañar a Matilde durante las revisiones, contenía la respiración o se agitaba antes de que la enfermera entrara, alterando su ritmo cardíaco. Sabía que no podría mantener la farsa por mucho tiempo, pues Matilde la vigilaba de cerca. Necesitaba conseguir que la enfermera saliera de la casa.En la planta baja, William se concentraba en Helena, quien se encontraba en los últimos días de su embarazo. El parto sería mediante una cesárea programada. Aquella tarde, Helena descansaba en un diván de la biblioteca. William entró con una taza de té, se sentó a su lado y le acarició el cabello. Ella abrió los ojos y le sonrió.Por un instante, William recordó a Alicia, su difunta esposa, al ver aquella sonrisa. Apartó el pensamiento de inmediato.—Te ves cansada, mi amor —dijo William—. ¿Cómo te sientes?—
Al mediodía del día siguiente, la puerta de madera de la mansión se abrió para recibir a la nueva enfermera, la señora Matilde, una mujer de origen alemán. Era una mujer adulta, de complexión robusta, rostro severo y uniforme blanco. Sus ojos grises denotaban años de experiencia en cuidados intensivos y una disciplina estricta.William la recibió en el despacho de la planta baja. Sobre el escritorio extendió el informe médico falsificado de Leonor junto a una libreta de anotaciones.—Señora Matilde, gracias por venir tan rápido —dijo William—. El estado de mi esposa es delicado. Como leyó en el expediente, padece una miocardiopatía restrictiva grave. No podemos permitirnos errores.—Entiendo, señor William —respondió Matilde—. En cuidados intensivos no hay margen para el error. He tratado con pacientes terminales toda mi vida.William asintió y detalló las instrucciones sobre la rutina de Leonor:—Por favor, léalas, memorícelas y cúmpla las al pie de la letra. Leonor también debe acat
El trayecto en auto hacia la clínica privada transcurrió en silencio. Leonor mantuvo los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventanilla, simulando agotamiento, mientras William conducía sin dirigirle la palabra. Al llegar, un camillero los recibió en la entrada y trasladó a Leonor en silla de ruedas hasta el área de cardiología.A las cuatro de la tarde, el doctor Martínez los recibió en su consultorio. Tras un breve interrogatorio sobre el síncope anterior, el médico ordenó pasar a Leonor a la sala de ecocardiogramas y toma de muestras de sangre para los exámenes de rutina. William esperó en la recepción de la clínica.Dentro de la sala de examen, el técnico encargado del equipo resultó ser el contacto de Leonor. Mientras preparaba los electrodos, el hombre asintió en silencio, confirmando que la transferencia bancaria ya se había reflejado en su cuenta. El procedimiento se realizó de manera normal para no levantar sospechas en las cámaras de seguridad.Una vez que Leonor regresó
Durante los siguientes cuatro días, Leonor permaneció en su habitación, pero su presencia afectó la rutina de toda la casa. Siguiendo las instrucciones médicas, pasaba la mayor parte del tiempo en la cama, aunque comenzó a exigir atención constante.Durante el quinto día, las exigencias de Leonor aumentaron. William entró a su habitación a las ocho de la mañana para revisar el cumplimiento de las dosis del medicamento. Leonor estaba recostada contra las almohadas, con los ojos entrecerrados.—Me duele la cabeza, William. Siento una presión muy fuerte en la nuca —dijo Leonor con la voz baja—. Dile a la empleada que suba a cambiarme las cortinas, la luz me está lastimando los ojos.—El ama de llaves ya cerró las persianas hace una hora —respondió William, mirando el frasco de pastillas en la mesa de noche—. ¿Te tomaste la cápsula de las siete?—Apenas puedo pasar la saliva, William. Necesito que te quedes un momento. Si me levanto, me voy a desmayar otra vez. Los brazos me tiemblan.—El
William entró de golpe en la habitación. Leonor estaba sentada frente al tocador, cepillándose el cabello con calma, ignorando el fuerte golpe de la puerta contra la pared. Lo miró a través del espejo con una sonrisa fría.—¿Qué significa esta intrusión, William? —preguntó, dejando el cepillo en la mesa despacio.—Sabes perfectamente por qué estoy aquí —dijo William, hablando en un tono bajo y tenso mientras se paraba en medio del cuarto—. Destruiste la habitación de Helena. Destrozaste la ropa y los perfumes que le compré. Cruzaste el límite.Leonor se levantó de inmediato para enfrentarlo. Estaba visiblemente resentida.—¿Tus límites? ¿Y qué hay de los míos? —reclamó—. Tienes a tu amante embarazada viviendo en mi casa. La sientas a la mesa con tus padres y me humillas delante de todos. ¿Esperabas que no hiciera nada? Esa mujer merece algo peor que perder su ropa.—¡Cállate! —gritó William, avanzando un paso—. Helena no tiene la culpa de que nuestro matrimonio sea un fracaso. Si vuel
Después de la comida, se reunieron en la sala principal. Eleanor Macalister se mostraba emocionada y cercana con Helena; la rodeó de atenciones y preguntas sobre su salud, mientras le acariciaba el vientre con ternura. Leonor se acercó e intentó saludar a su suegra. Eleanor le respondió únicamente por cortesía, con un gesto rígido que no ocultaba su descontento.Leonor se sentó al extremo de un sofá largo. Observaba en silencio cómo hablaban con tanta naturalidad y cómo los sirvientes servían el vino. Cada vez que intentaba intervenir, Eleanor apenas le dirigía la palabra y se limitaba a asentir de forma cortante, ignorando deliberadamente sus comentarios.Edward Spencer, el padre de William, estaba muy feliz. No dejaba de repetir que el apellido ahora tendría dos herederos legítimos para asegurar los negocios de la familia. Se dio la vuelta hacia Helena, la miró con aprobación y le dijo que se veía muy bien, añadiendo que William parecía estar cuidándola como correspondía. Helena so







