INICIAR SESIÓNEl dolor de la incisión comenzó a intensificarse a las pocas horas de llegar a la mansión, cuando el efecto de los analgésicos de la clínica empezó a disminuir. Cada movimiento, por mínimo que fuera, le provocaba a Helena una puntada aguda en el bajo vientre que la obligaba a tensar todo el cuerpo.William se encargó de acomodar las almohadas en la cama principal para que ella pudiera quedar semisentada. Trajo los medicamentos que el médico había recetado para el postoperatorio y le tendió una pastilla junto a un vaso de agua.—Toma esto, te va a calmar el dolor en un rato —le dijo William, sentándose en el borde del colchón.Helena tragó la pastilla con dificultad. El simple hecho de tragar y respirar hondo le generaba presión en la zona de la cirugía.—Me quema por dentro —dijo Helena con la voz baja, manteniendo los ojos cerrados para concentrarse en soportar el malestar.—Es normal por la cirugía, el doctor dijo que los primeros días en casa serían los más difíciles. Quédate quiet
El lavado gástrico salvó la vida de Leonor. Tras dos días de monitorización constante en la clínica, el informe de toxicología confirmó la acumulación deliberada de sedantes. William, confrontado por la policía del hospital, no tuvo más remedio que admitir negligencia en el cuidado doméstico para evitar una investigación criminal en su propiedad.Apenas recibió el alta médica, Leonor regresó a la mansión en el asiento trasero del auto de William. Su cuerpo seguía débil y sus movimientos eran lentos, pero su mente estaba lúcida. El silencio durante el viaje de retorno fue absoluto.Al cruzar el umbral de la casa, Matilde los esperaba en el vestíbulo con el uniforme impecable, intentando mantener la compostura. William no le dio tiempo a hablar.—Recoge tus cosas, Matilde. Estás despedida —sentenció William con voz gélida.—Señor William, yo solo seguí sus...—Fuiste descuidada. Casi dejas que se muera bajo tu supervisión y pusiste a la policía en mi puerta —la interrumpió él, cortando
Durante dos semanas, Leonor repitió la misma estrategia con cada dosis. Ocultaba la pastilla bajo la lengua y luego la guardaba en la ranura del cabecero de la cama, donde se acumulaban. Para engañar a Matilde durante las revisiones, contenía la respiración o se agitaba antes de que la enfermera entrara, alterando su ritmo cardíaco. Sabía que no podría mantener la farsa por mucho tiempo, pues Matilde la vigilaba de cerca. Necesitaba conseguir que la enfermera saliera de la casa.En la planta baja, William se concentraba en Helena, quien se encontraba en los últimos días de su embarazo. El parto sería mediante una cesárea programada. Aquella tarde, Helena descansaba en un diván de la biblioteca. William entró con una taza de té, se sentó a su lado y le acarició el cabello. Ella abrió los ojos y le sonrió.Por un instante, William recordó a Alicia, su difunta esposa, al ver aquella sonrisa. Apartó el pensamiento de inmediato.—Te ves cansada, mi amor —dijo William—. ¿Cómo te sientes?—
Al mediodía del día siguiente, la puerta de madera de la mansión se abrió para recibir a la nueva enfermera, la señora Matilde, una mujer de origen alemán. Era una mujer adulta, de complexión robusta, rostro severo y uniforme blanco. Sus ojos grises denotaban años de experiencia en cuidados intensivos y una disciplina estricta.William la recibió en el despacho de la planta baja. Sobre el escritorio extendió el informe médico falsificado de Leonor junto a una libreta de anotaciones.—Señora Matilde, gracias por venir tan rápido —dijo William—. El estado de mi esposa es delicado. Como leyó en el expediente, padece una miocardiopatía restrictiva grave. No podemos permitirnos errores.—Entiendo, señor William —respondió Matilde—. En cuidados intensivos no hay margen para el error. He tratado con pacientes terminales toda mi vida.William asintió y detalló las instrucciones sobre la rutina de Leonor:—Por favor, léalas, memorícelas y cúmpla las al pie de la letra. Leonor también debe acat
El trayecto en auto hacia la clínica privada transcurrió en silencio. Leonor mantuvo los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la ventanilla, simulando agotamiento, mientras William conducía sin dirigirle la palabra. Al llegar, un camillero los recibió en la entrada y trasladó a Leonor en silla de ruedas hasta el área de cardiología.A las cuatro de la tarde, el doctor Martínez los recibió en su consultorio. Tras un breve interrogatorio sobre el síncope anterior, el médico ordenó pasar a Leonor a la sala de ecocardiogramas y toma de muestras de sangre para los exámenes de rutina. William esperó en la recepción de la clínica.Dentro de la sala de examen, el técnico encargado del equipo resultó ser el contacto de Leonor. Mientras preparaba los electrodos, el hombre asintió en silencio, confirmando que la transferencia bancaria ya se había reflejado en su cuenta. El procedimiento se realizó de manera normal para no levantar sospechas en las cámaras de seguridad.Una vez que Leonor regresó
Durante los siguientes cuatro días, Leonor permaneció en su habitación, pero su presencia afectó la rutina de toda la casa. Siguiendo las instrucciones médicas, pasaba la mayor parte del tiempo en la cama, aunque comenzó a exigir atención constante.Durante el quinto día, las exigencias de Leonor aumentaron. William entró a su habitación a las ocho de la mañana para revisar el cumplimiento de las dosis del medicamento. Leonor estaba recostada contra las almohadas, con los ojos entrecerrados.—Me duele la cabeza, William. Siento una presión muy fuerte en la nuca —dijo Leonor con la voz baja—. Dile a la empleada que suba a cambiarme las cortinas, la luz me está lastimando los ojos.—El ama de llaves ya cerró las persianas hace una hora —respondió William, mirando el frasco de pastillas en la mesa de noche—. ¿Te tomaste la cápsula de las siete?—Apenas puedo pasar la saliva, William. Necesito que te quedes un momento. Si me levanto, me voy a desmayar otra vez. Los brazos me tiemblan.—El







