LOGINDe un brinco alterado y bajo la atenta mirada de Sam me alejo del buró familiar, intentando no sólo controlar la arremetida de emociones lúgubres, pero igualmente estremecedoras que tal matiz vocal provocan, sino también el escrutinio materno y posterior descubrimiento de lo que sería un terrible, lujurioso y oscuro secreto.
—Que... Qué desea.— Murmuro dando la vuelta, quedando de espalda a las retinas curiosas. —¿Qué quiere usted?
—Bebita linda...— Masculla ronco, despacioso, alterándome íntegra. —Dime que no ha sido una equivocación tuya ese formulario enviado por internet.
Las pulsaciones se aceleran y no sé que demonios contestar. Dudo entre decirle que llamarme bebé puede ahorrárselo., confesarle que cada vocablo me desencaja completamente o asegurarle que no., no ha sido una equivocación., que de forma irrevocable y sin opción a reversa ha dado conmigo porque sí., necesito de ésta basura.
—Preciosidad...— Insiste erizándome todos los vellos de la piel. —¿Aún estás escuchándome?
Trago saliva y llevo una mano al pecho, allí mismo dónde el corazón cabalga desbocado, embargado de sensaciones tristes, desesperadas... Y placenteras.
Oírle hablar es éxtasis y me gusta. Me agrada su voz de locutor., de evidente sujeto entrado en edad: masculina, rasposa, enardecedora.
—Sí.— Musito cabizbaja. —Aún le escucho.
Ríe a modo de contestación causándome agradables escalofríos, y me maldigo al considerar fugazmente que conocerle ya no resulta tan mala idea.
Jamás catalogaron en gusto personal los hombres mayores, desconocidos, y muchísimo menos aquellos a los que el rostro no he visto., poseedores de caprichos particulares en cuánto a la sumisión o doblegamiento refiere.
—Excelente.— Afirma sin admitir objeción alguna, —Dime algo... Charlotte.— Hace una pausa permitiéndome degustar mi nombre emanando de su garganta y añade, —¿Crees que podamos conversar o luces atareada?
Cierro los ojos con fuerza, rechino los dientes y suplico a dios que la voz a través de la línea sea una pesadilla de la cuál poder despertar tarde o temprano.
Inspiro hondo mientras rasco mi nuca nerviosa, queriendo postergar en el tiempo lo inminente —En éste momento estoy ocupada.
—Lo suponía preciosa barbie.— Escupe complacido, —¿Entonces estarás de acuerdo si concretamos una cita mañana?
Frunzo el ceño desentendida, absolutamente perpleja ante el comentario —Ci... ¿Cita?
—Sí bebé., una cita.— Asevera varonil la tonada carente de facciones a las qué apreciar, —En mi oficina. Dónde podamos hablar, llegar a un mutuo acuerdo que nos beneficie a ambos y darte lo que quieres.
—Usted... No sabe lo que quiero.— Siseo conmocionada, alterada desde los cimientos., perdiendo poco a poco la compostura, seguridad y paciencia.
—¿Ah no?— Pregunta masticando la interrogante, —Linda., tú deseas lo que todas. Lo que mueve a éste exquisito mundo. ¿O me equivoco?
—No...— Admito mordiéndome los labios, reprimiendo la frustración, el dolor que me genera entender al punto que he llegado. A la sumisión en la que caí tras afirmar sus palabras curtidas de materialismo y codicia. —Pero...
—No Charlotte.— Corta inmediatamente, —Lo anhelas, lo aseguras y yo te necesito. Vi tu perfil y realmente te quiero porque eres perfecta., la más adecuada.
Ladeo la cabeza de forma ágil y reparo en Samantha que me observa preocupada, ávida de información, ansiosa de saber qué escondo tras una llamada telefónica y siseos misteriosos.
—Yo... Yo acepto lo que usted imponga.— Digo tragándome el orgullo, la dignidad y mi inocencia inmaculada. —Dígame dónde, a qué hora y allí estaré, puesto que debo cortar la línea.
—Muy fácil.— Espeta galante, sin aumentar un sólo punto el timbre vocal, manteniéndolo suave, varonil, alborotándome íntegramente las terminaciones nerviosas. —¿Conoces Wine Enterprise?
Parpadeo el doble de confundida y asiento al vacío.
¡Claro que las conozco!
Nadie en Estados Unidos es ajeno al emporio vitivinícola de Wine Enterprise.
Papá adoraba el licor tinto de tal marca, y gracias a ella, a un desmedido consumo fue que su auto acabó estrellándose exento de contemplaciones o posibilidad a la supervivencia, de lleno en una parada de autobuses.
—Sí.— Respondo controlando la oleada de invasiva furia que corroe por dentro al evocar el desagrado que el alcohol me genera. La serie de tortuosos recuerdos que el velorio de mi progenitor ocasiona, y el desenlace a la ruina que el bendito vicio entre tinto y merlot cargó sobre mis espaldas.
—Perfecto...— Anuncia satisfecho, —Te esperaré en la sede central a mediodía.
La inquietud que inunda al suponer que mi futuro papi adinerado pueda tener algo que ver en tal rubro exclusivamente acrecienta el desconcierto.
De manera literal descoloca porque sería el gran colmo, liarme a lo que aborrezco, relacionarme con mi potencial arma de miseria, quién indirectamente me destruyó y ahora pretende salvarme.
—Bien.— Mascullo acostumbrándome a que sí, la vida se empeña a ponérmelo difícil. —Ahí estaré...— Siseo reflexionando breves instantes que desconozco la identidad del individuo, —A... ¿A nombre de quién cuestiono?
Las carcajadas tornan estruendosas, un elixir a los oídos y así, magnánimo de cierta forma, sentencia orgulloso —Sencillo bebé azucarada, pregunta por el presidente.— Las risas cesan y en el más absoluto matiz seductor puntualiza, —David. David Henderson.
El rubor ante un mote acorde al parafraseo emitido logra teñir completamente mis mejillas y atino a balbucear simples afirmativas.
No obstante el reconocido empresario del que he escuchado únicamente maravillas, debido a saberse pionero en la industria del licor parece negado a la tranquilidad de una mente embotada, triste, agitada y extasiada, ya que antes de finalizar la casta llamada pronuncia mi nombre una vez más —¿Charlotte? —Ronronea.
—¿Si?— Murmuro dubitativa.
—Te quiero usando rosa.— Advierte tajante, —Es el tono perfecto para ti.
Reprimo el anhelo de gritar, de llorar, de aclarar que no soy su estúpida muñeca y callo. Obedezco aseverando la indeclinable petición.
—Lo haré.— Digo simplemente., siendo yo quién después de padecer un explosivo cúmulo de emociones inestables, cambiantes, pulsa la tecla de cortar.
Guardo el teléfono móvil en los bolsillos del jeans y respiro profundo, lleno mis pulmones de oxígeno tanto como ellos lo permiten y ordeno la serie de descoordinados pensamientos que me martirizan.
Enumero los ítems que a contar de varias horas aquejaron el semblante de una universitaria hundida en la desesperación.
De cómo en simples vueltas de reloj pasé de tener la soga al cuello, a ser una scort requerida por tan importante tipo del globo empresarial. Pero sobre todo y no menos importante... Aún sin vislumbrar el rostro de quién solicita mis servicios, rememoro la forma en que mi cuerpo reaccionó gracias a pocos vocablos.Repulsión, odio, desagrado, rechazo, y también placer. Oscuro placer, gusto, éxtasis y curiosidad... Extrema incertidumbre por saber más.
—¿Charly?— Pregunta mamá sobresaltándome, fulminándome la espalda auténticamente preocupada, —¿Quién te llamaba hija?
Sumerjo los dedos en los bolsillos y estrujo la tela furiosa. Rabiosa al tener que mentirle. Ocultarle la verdad de que su primogénita mayor venderá el cuerpo, incluso hasta el alma para ayudar.
Me trago una a una las confesiones atoradas en la garganta, doy la vuelta y cubriendo realidades ambiciosas, codiciosas, sumamente sacrificadas sonrío radiante. Denoto la hilera de blancos dientes y ensancho la mueca más aún disimulando la tristeza.
—Era Ámbar.— Susurro como ya es mi costumbre... Mintiendo. —Tuvo un pequeño inconveniente e iré a verla.
—¡Pero Charlie está por caer la noche!— Contradice Sam afligida, devorándose íntegra la excusa.
—No te preocupes mami.— Concilio retomando nuevamente la tarea de coger el artefacto electrónico y discar el número de Ámbar una vez me encierre en el dormitorio. —Pasaré la noche allí.
Asiente sin más remedio y depositándole besos sobre ambas mejillas, despeinando a los renacuajos menores y lavando el tazón de la sopa corro apresurada hacia lo que resulta un búnker personal.
Paso seguro a la puerta y comprendiendo que la tarifa telefónica éste mes resultará abultada., que deberé trabajar el doble, o... Aceptar indeclinablemente gustosa la propuesta azucarada, llamo a mi única gran colega.
Misma que responde al instante —¡Carajo Charlotte, anotaré semejante día en el calendario como fecha patria!— Dice burlándose, —¡Cuándo rubiales requirió de su amiga incontables veces!
—Am.— Murmuro evitando el mandarla a la m****a, —¿Estás en tu casa?
—¡Pues claro!— Refunfuña, —Podría encontrarme bebiendo champán en el jacuzzi de Carlo, pero debo estudiar para el jodido examen de ciencias.
—Reggins.— Susurro casi imperceptiblemente, —Necesito ir a verte... Y... Y que me ayudes.
El breve silencio reina a través de la comunicación y la morena curiosa indaga —¿Ayudarte? ¿Ayudarte con qué?
Tomo asiento al borde de la cama comenzando a asimilar ideas asentadas del rol que una bebé de azúcar ejercerá y lo confieso —David. —Recito ausente. —David Henderson me contactó Ámbar. El dueño de una empresa vitivinícola me quiere como muñeca personal y necesito de tu auxilio. De tu consejo y... La técnica exacta para verme serena mañana en nuestra reunión, siendo que verdaderamente soy un manojo de nervios
—¡Qué, qué!— Chilla extasiada a modo de contestación, —¡Menuda suerte gran hija de puta!— Larga risitas felices., radiantes pues parece haber recibido la mejor noticia de su vida. —¡Ven enseguida Charlotte Donnovan!— Le oigo brincar alegre, y sentencia genuinamente rebosante, —Sin lugar a dudas tu encuentro con semejante sujeto tendrá que resultar únicamente exitoso, porque, ¿sabes algo?— Suspira maravillada a causa de lo que yo no entiendo recalcando frenética, —La suerte te tocó con una jodida varita mágica.
NUEVE MESES DESPUÉSLos tibios rayos del me dan de lleno, mientras riego la maceta de tulipanes que tanto me ha costado hacer crecer. La compré hace unos dos meses, a un vendedor de plantines y flores cuando venía llegando a casa, tras realizar algunas diligencias.Era la flor favorita de mamá.Tener tulipanes aquí me ayudan a sentirla cerca, a nuestro lado, acompañándonos siempre.Sobreponerse no fue fácil, pero confieso desde lo más profundo de mi ser que después de lo ocurrido, su ausencia no me desgarra por dentro como aquellos primeros días, incluso semanas. He ido acostumbrándome a no verla, a no oírla y a no tocarla. Y pese a que la extraño muchísimo su partida ya no me hiere como al principio.Hace ocho meses que nos mudamos. Mis hermanos y yo nos alejamos de Seattle y de Washington, y vinimos a probar suerte en la mágica Nueva York. Contraté el servicio de un agente de bienes raíces y vendí las propiedades que estaban a mi nombre. La gran casa estilo mediterránea, el lugar dó
Han pasado dos días; cuarenta y ocho horas; dos mil ochoscientos ochenta minutos, pero para mí es como si hubiera pasado una eternidad desde que de mi vida, se fueron personas que amaba con el alma.Todavía no he podido llorarlas; no he querido hacerlo.Mis lágrimas no han vuelto a caer y a ellas las sustituyó un profundo dolor que me quema el pecho, que me acompañará por años y con el cuál tendré que aprender a convivir por el resto de mis días.Pasó tanto en tan poquito tiempo, que ni siquiera alcanzo a procesarlo todo.Cuando pienso en que mi madre murió, siento desconsuelo. Un enorme desconsuelo, porque ella sí se despidió de mí y yo no quise darme cuenta. Ignoré el pálpito de que algo no andaba bien y entonces, como el soplo de una brisa la muerte se la llevó. Sin rodeos ni preámbulos. Sin sufrimientos. Sin agonía. Su corazón sencillamente dejó de funcionar. Estaba tan débil, que pasó lo que sus médicos le advirtieron iba a pasar. Al menos eso fue lo que me explicaron, cuando lue
Mis ojos amenazan con cerrarse, pero mi yo interior se rehúsa a enfrentar con cobardía lo que será una penosa masacre. Aunque no estoy lista para ver a un demente ejecutar personas a sangre fría, me convenzo de hacer frente a mis últimos suspiros. Si esta va a ser mi forma de morir, que al menos sea viendo a los ojos al hombre del que estoy enamorada.—Nicolas, vas a hacerme los honores —Rafael, pisando fuerte se le acerca. Dos de sus matones lo levantan del piso y baldean su cuerpo con agua helada.Estremeciéndose se endereza, y veo cómo el agua mezclándose con la sangre de su rostro se escurren por su piel. Sus ojos verdes y amarronados, ahora enrojecidos se abren con desmesura, su pecho sube y baja embravecido y como loco empieza a negar con la cabeza.Trago saliva con dificultad, al darme cuenta que la idea del dealer es que él apunte y él dispare.De eso se trata, ¿no? Un "juego" suicida en dónde el azar y la suerte cumplen un rol importante si de evitar recibir un tiro en la si
«Vamos Charlotte, eres fuerte; eres valiente; eres grandiosa. Sólo abre los malditos ojos»No estoy dormida, pero tampoco estoy despierta. Me mantengo en el limbo del aturdimiento físico y mental. Mi cerebro me ordena algo pero mi cuerpo no obedece, no reacciona.A la distancia escucho el eco de voces. Creo que son discusiones y hasta gritos pero ni eso me orilla a abrir los ojos.Mi subconsciente me suplica que vuelva en sí, y me repite incontables veces que soy una chica fuerte, pero es que ni siquiera mi fortaleza colabora conmigo en este preciso instante.El dolor que aún dentro de mi estado de parálisis, siento, es indescriptible y tal vez sea por ello y por el miedo a lo que pueda pasarme cuando caiga cien por ciento en la realidad, que no respondo.Mi cerebro vaga en la inmensidad de mi ser, mientras que mi cuerpo sufre el daño del terror, de algunos golpes y de la incertidumbre. Estamos desconectados y supongo que lo prefiero así. Quizá suene a cobardía pero no estoy lista par
Giro en la cama, abro los ojos y arrugo el ceño de inmediato. Trato de humedecer mis labios con saliva pero tengo la garganta seca. Y mi cabeza... Mi cabeza va a explotar.Suelto un quejido bajo, saco el brazo de Nico de mi abdomen y vuelvo a quejarme. Mis sienes laten y toda mi cabeza parece haber sido golpeada con un ladrillo.Necesito un buen vaso de agua y una pastilla para quitarme esta maldita jaqueca.Miro a mi costado. De lado, con su precioso y tranquilo rostro frente a mis ojos está Nicolas. Duerme profundo, destapado, y completamente desnudo. Así nos quedamos dormidos anoche: sin ropa y abrazados.Me muevo y con dificultad me levanto de la cama. Mi entorno tambalea cuando me pongo de pie. Oficialmente creo que estoy con resaca, sedienta y cansada.Doy un par de pasos y esbozo una mueca de ligera molestia e incomodidad. Cada músculo de mi cuerpo duele, principalmente mi entrepierna; mis muslos están como entumecidos.Despacio me acerco a la mesa y abro mi bolso. Busco ibupro
—No los abras aún —Nicolas me da un pellizcón en el brazo.—No los voy a abrir.Después de una larga caminata y una merienda, subimos a un taxi y a los diez minutos de viaje me obligó a cerrar los ojos.Estamos en camino a la última de sus tres sorpresas.No tengo ni idea de qué se trata pero el entusiasmo y la curiosidad me están matando. No paro de juguetear con el anillo que me regaló. Es un par de talles más grande que mi dedo, pero me encanta.El taxi frena y le habla en francés al chófer.Sin poder evitarlo mi piel se eriza, se me pone de gallina. Escucho la música desde el coche y sin bajar la ventanilla. Música de bar, pegadiza, vagamente conocida para mí.Y digo vagamente porque ya he escuchado la entonación, pese a que está siendo cantada en francés.—¡No puedo creer que me trajiste aquí! —exclamo extasiada.—Te dije que no abrieras los ojos —me reprende.—No los abrí pero tengo oídos por si no lo sabes —ironizo. —Quédate quieta —tal parece que abre su portezuela, pasan uno







