ANMELDEN
LIBRO 1 DE LA SAGA AMORES AZUCARADOS
SUGAR DADDY: Hombre generalmente mayor con estabilidad económica que mantiene una relación con una persona más joven. En este tipo de relación, el sugar daddy ofrece apoyo financiero, regalos o experiencias a cambio de compañía o atención emocional. Charlotte Donnovan se hunde poco a poco y no tiene forma de sacar la cabeza a flote. El pozo lodoso que la absorbe no tiene contemplaciones como tampoco las tiene la vida misma. Una ostentosa beca en la Universidad de Washington, la hipoteca de un hogar que se desmorona, sus hermanos menores y una madre enferma la hacen pender de un delgado hilo: el hilo de la causa y efecto. Con sus recientes diecinueve años la presión, el desasosiego y la necesidad aplastan sus hombros llevándola directamente a la elección más desesperada, el dinero fácil... Y rápido. Una laptop de segunda mano, WiFi hurtado de sus vecinos y una página de la darkred podrían cambiar completamente el rumbo de su corta vida y el destino de su familia. Charlotte está dispuesta a todo con tal de solucionar sus dantescos problemas aunque ello signifique ponerle precio a sus angelicales dotes... Negocios son negocios y en cada acuerdo existen cláusulas que irrevocablemente deben cumplirse, principalmente en los vínculos azucarados donde discreción, sumisión y satisfacción son y serán las condiciones fundamentales de relacionamiento. INTRODUCCIÓN —No taconees —dice sin levantar la vista—. La inseguridad me disgusta muchísimo. Trago saliva como puedo. En ningún momento reparó en mi presencia. Desde que llegué a su oficina no se ha molestado en verme siquiera; no ha despegado los ojos de los papeles en su escritorio ni un solo segundo. —Discúlpeme —musito entrelazando los dedos por debajo de la mesa, ojeando con disimulo la ropa exageradamente cara que Ámbar escogió para mí. —¿Café? ¿Té? ¿Algún trago elaborado que toman los angelitos como tú? Vuelvo a tragar. El tono de su voz, la indiferencia que muestra y lo intimidante que luce me hacen sentir completamente diminuta, estúpida e indefensa. —Solo agua por favor. Un atisbo de sonrisa surca su angulosa cara. Un rostro enmarcado en canas plateadas, barba castaña y alguna que otra arruga de expresión. Se podría decir, y basándome en un perfil ladeado que jamás se centra en mí, que este hombre asquerosamente rico está alcanzando sus cincuenta. —Pide lo que quieras, mi secretaria lo traerá especialmente para ti. —Solo... Solo agua, señor... —Henderson —interviene con frialdad; una frialdad que me hace repetir casi sin aliento tal apellido—. Lo único que quiero es que firmes esto —añade de manera implacable, deslizando por el escritorio los papeles que redactaba y leía sin pausa. —¿F...firmar? —Firmar —masculla entre dientes—. ¿Algún problema con eso? 《No refutes, no discutas, accede a todo, para eso te has registrado y por ese mismo motivo te ha contactado》 Las indicaciones de Ámbar han sido contundentes. —No señor Henderson, no hay ningún problema. —Perfecto —dice, enderezándose, de forma tal que la chaqueta se estira en sus amplios brazos—. Quiero que lo leas bien. Muy bien, porque tengo tres condiciones elementales para que esto funcione —hace una breve pausa—. Discreción, exclusividad y sumisión. Si las cumples te daré lo que quieras y más. —¿Y si no cumplo con sus condiciones? —suelto sin pensar. Una inocente pregunta que por primera vez lo obliga a fijar la mirada en mí. Una mirada del mismo tono que su cabello pero aun más salvaje y despiadada que su aura. —Si no cumples mis condiciones tienes dos opciones: la cárcel o el cementerio. Así que tu decides angelito —se recarga en el asiento— qué es lo que prefieres, ¿el cielo o el infierno?NUEVE MESES DESPUÉSLos tibios rayos del me dan de lleno, mientras riego la maceta de tulipanes que tanto me ha costado hacer crecer. La compré hace unos dos meses, a un vendedor de plantines y flores cuando venía llegando a casa, tras realizar algunas diligencias.Era la flor favorita de mamá.Tener tulipanes aquí me ayudan a sentirla cerca, a nuestro lado, acompañándonos siempre.Sobreponerse no fue fácil, pero confieso desde lo más profundo de mi ser que después de lo ocurrido, su ausencia no me desgarra por dentro como aquellos primeros días, incluso semanas. He ido acostumbrándome a no verla, a no oírla y a no tocarla. Y pese a que la extraño muchísimo su partida ya no me hiere como al principio.Hace ocho meses que nos mudamos. Mis hermanos y yo nos alejamos de Seattle y de Washington, y vinimos a probar suerte en la mágica Nueva York. Contraté el servicio de un agente de bienes raíces y vendí las propiedades que estaban a mi nombre. La gran casa estilo mediterránea, el lugar dó
Han pasado dos días; cuarenta y ocho horas; dos mil ochoscientos ochenta minutos, pero para mí es como si hubiera pasado una eternidad desde que de mi vida, se fueron personas que amaba con el alma.Todavía no he podido llorarlas; no he querido hacerlo.Mis lágrimas no han vuelto a caer y a ellas las sustituyó un profundo dolor que me quema el pecho, que me acompañará por años y con el cuál tendré que aprender a convivir por el resto de mis días.Pasó tanto en tan poquito tiempo, que ni siquiera alcanzo a procesarlo todo.Cuando pienso en que mi madre murió, siento desconsuelo. Un enorme desconsuelo, porque ella sí se despidió de mí y yo no quise darme cuenta. Ignoré el pálpito de que algo no andaba bien y entonces, como el soplo de una brisa la muerte se la llevó. Sin rodeos ni preámbulos. Sin sufrimientos. Sin agonía. Su corazón sencillamente dejó de funcionar. Estaba tan débil, que pasó lo que sus médicos le advirtieron iba a pasar. Al menos eso fue lo que me explicaron, cuando lue
Mis ojos amenazan con cerrarse, pero mi yo interior se rehúsa a enfrentar con cobardía lo que será una penosa masacre. Aunque no estoy lista para ver a un demente ejecutar personas a sangre fría, me convenzo de hacer frente a mis últimos suspiros. Si esta va a ser mi forma de morir, que al menos sea viendo a los ojos al hombre del que estoy enamorada.—Nicolas, vas a hacerme los honores —Rafael, pisando fuerte se le acerca. Dos de sus matones lo levantan del piso y baldean su cuerpo con agua helada.Estremeciéndose se endereza, y veo cómo el agua mezclándose con la sangre de su rostro se escurren por su piel. Sus ojos verdes y amarronados, ahora enrojecidos se abren con desmesura, su pecho sube y baja embravecido y como loco empieza a negar con la cabeza.Trago saliva con dificultad, al darme cuenta que la idea del dealer es que él apunte y él dispare.De eso se trata, ¿no? Un "juego" suicida en dónde el azar y la suerte cumplen un rol importante si de evitar recibir un tiro en la si
«Vamos Charlotte, eres fuerte; eres valiente; eres grandiosa. Sólo abre los malditos ojos»No estoy dormida, pero tampoco estoy despierta. Me mantengo en el limbo del aturdimiento físico y mental. Mi cerebro me ordena algo pero mi cuerpo no obedece, no reacciona.A la distancia escucho el eco de voces. Creo que son discusiones y hasta gritos pero ni eso me orilla a abrir los ojos.Mi subconsciente me suplica que vuelva en sí, y me repite incontables veces que soy una chica fuerte, pero es que ni siquiera mi fortaleza colabora conmigo en este preciso instante.El dolor que aún dentro de mi estado de parálisis, siento, es indescriptible y tal vez sea por ello y por el miedo a lo que pueda pasarme cuando caiga cien por ciento en la realidad, que no respondo.Mi cerebro vaga en la inmensidad de mi ser, mientras que mi cuerpo sufre el daño del terror, de algunos golpes y de la incertidumbre. Estamos desconectados y supongo que lo prefiero así. Quizá suene a cobardía pero no estoy lista par
Giro en la cama, abro los ojos y arrugo el ceño de inmediato. Trato de humedecer mis labios con saliva pero tengo la garganta seca. Y mi cabeza... Mi cabeza va a explotar.Suelto un quejido bajo, saco el brazo de Nico de mi abdomen y vuelvo a quejarme. Mis sienes laten y toda mi cabeza parece haber sido golpeada con un ladrillo.Necesito un buen vaso de agua y una pastilla para quitarme esta maldita jaqueca.Miro a mi costado. De lado, con su precioso y tranquilo rostro frente a mis ojos está Nicolas. Duerme profundo, destapado, y completamente desnudo. Así nos quedamos dormidos anoche: sin ropa y abrazados.Me muevo y con dificultad me levanto de la cama. Mi entorno tambalea cuando me pongo de pie. Oficialmente creo que estoy con resaca, sedienta y cansada.Doy un par de pasos y esbozo una mueca de ligera molestia e incomodidad. Cada músculo de mi cuerpo duele, principalmente mi entrepierna; mis muslos están como entumecidos.Despacio me acerco a la mesa y abro mi bolso. Busco ibupro
—No los abras aún —Nicolas me da un pellizcón en el brazo.—No los voy a abrir.Después de una larga caminata y una merienda, subimos a un taxi y a los diez minutos de viaje me obligó a cerrar los ojos.Estamos en camino a la última de sus tres sorpresas.No tengo ni idea de qué se trata pero el entusiasmo y la curiosidad me están matando. No paro de juguetear con el anillo que me regaló. Es un par de talles más grande que mi dedo, pero me encanta.El taxi frena y le habla en francés al chófer.Sin poder evitarlo mi piel se eriza, se me pone de gallina. Escucho la música desde el coche y sin bajar la ventanilla. Música de bar, pegadiza, vagamente conocida para mí.Y digo vagamente porque ya he escuchado la entonación, pese a que está siendo cantada en francés.—¡No puedo creer que me trajiste aquí! —exclamo extasiada.—Te dije que no abrieras los ojos —me reprende.—No los abrí pero tengo oídos por si no lo sabes —ironizo. —Quédate quieta —tal parece que abre su portezuela, pasan uno







