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CAPITULO 4

Author: Anonymous Lee
last update publish date: 2026-08-27 16:47:51

CAPÍTULO 4

ROWAN

Lo primero que registro es el dolor.

Un dolor punzante, que parte el cráneo, que viaja desde la nuca hasta la base de la columna. Las muñecas me arden como fuego, la piel raspada y magullada de… ¿qué? De ser arrastrada y manoseada.

Los ojos se me abren de golpe.

Paredes blancas.

Mostradores de metal.

Una lámpara baja que zumba sobre mi cabeza.

Un suelo de baldosas tan pulido que puedo ver mi reflejo: pálida, furiosa, desorientada.

Me incorporo demasiado rápido. La cabeza me da vueltas.

—¿Qué demonios…?

La puerta se abre de un portazo.

Entran dos cuidadores: grandes, corpulentos, con guantes de cuero y caras talladas en el aburrimiento.

—Por fin despierta —dice uno—. Desnúdenlo.

—Inténtenlo —siseo.

El segundo se acerca sin hablar, alargando la mano hacia mi cuello de la camisa.

Lo muerdo.

Fuerte.

Él aúlla, saltando hacia atrás.

—¡Hijo de…! ¡Me ha mordido!

Enseño los dientes.

—Tóquenme otra vez… se lo reto.

El primero me agarra del pelo y me tira la cabeza hacia atrás.

—No tenemos tiempo para esto.

—Entonces váyanse —replico, dándole una patada en la espinilla.

La esquiva. Molestamente rápido.

—Sujétenlo —ordena.

El mordido se abalanza. Le doy un codazo en las costillas, giro, vuelvo a patear. El equilibrio me falla —estoy mareada, débil por la falta de supresores—, pero aún así le doy un golpe lo bastante fuerte como para que gruñá.

—¡Deja de pelear! —ladra.

—Oblíguenme —escupo.

No se molestan en discutir otra vez.

Me sedan un poco… lo justo para que los miembros se me pongan pesados… y luego me meten a la fuerza en un baño de vapor. Sus manos restregan mis brazos como si fuera un objeto, no una persona.

—Ustedes son asquerosos —murmuro.

—Hueles a sangre y a miedo —responde uno.

—¿Ah, sí? —replico—. Tu boca huele a alcantarilla.

—¡Cállenlo! —ordena el otro.

Me hunden la cabeza bajo el agua.

Por un momento todo se ahoga. Mi latido. Mi respiración. Mis pensamientos.

Luego me sacan de un tirón.

Mi mirada podría partirlos en dos.

—Háganlo otra vez —raspo— y les prometo que no les quedarán dedos.

Me ignoran. Siempre lo hacen.

Me arrastran fuera, me secan con una toalla como si fuera ganado y me empujan ropa de seda: ajustada, suave, humillante.

—Póntela —ordena uno.

—No —digo al instante.

Levanta la mano como si fuera a abofetearme.

Me acerco más.

—Inténtalo otra vez.

Duda.

Pero ganan de todos modos. Porque mi cuerpo está débil. El estómago me revuelve. El pulso es inestable.

Y cuando no me muevo lo bastante rápido, entran dos cuidadores más, me inmovilizan y me fuerzan la ropa por los miembros.

Cuando terminan, tiemblo de ira y de agotamiento.

—Más vale que valga una fortuna —murmura uno—. Da más problemas que los últimos cinco juntos.

—No soy mercancía —gruño.

Se ríen.

Yo no.

Un collar se cierra alrededor de mi cuello.

El pulso me ruge.

—Hijos de pu…

Me meten una mordaza en la boca.

—Hablas demasiado —dice uno con un encogimiento de hombros.

Me arrastran fuera de la sala de preparación, por un pasillo oscuro que huele a sangre vieja y perfume, y directamente hacia…

El infierno.

La cámara de subasta subterránea es enorme.

Un estadio excavado bajo tierra, goteando riqueza y peligro. Asientos de terciopelo rojo. Linternas de cristal. Hombres y mujeres vestidos con capas reales y máscaras enjoyadas.

Una jaula de cristal se alza en el centro bajo luces brillantes.

Mi jaula.

Me empujan dentro.

Caigo fuerte al suelo, las palmas raspándose. Los miro con odio mientras cierran la puerta.

El cuidador que mordí sonríe con superioridad, levantando la mano vendada.

—Pagarás por eso más tarde.

Lamo los dientes.

—Entra aquí e inténtalo.

Él se estremece.

Bien.

La multitud murmura, emocionada.

El subastador da un paso adelante.

—Presentamos el Lote n.º 17. Una rareza no registrada, de impresionante espíritu.

Resopló. Fuerte.

Les encanta.

Un noble de la tercera fila se ríe.

—Tiene fuego.

—Va a ser divertido de romper.

Escupo directamente al cristal.

La multitud ruge.

—¡Paguen por ver un espectáculo, cobardes! —grito.

Jadeos. Risas. Más susurros.

—Es un bocazas.

—Es atrevido.

—Es perfecto.

Golpeo la mano contra el cristal.

—¡No soy perfecto, estoy cabreado!

El subastador sonríe con dientes demasiado blancos para ser naturales.

—¿Empezamos? Puja inicial: dos millones.

—¡Tres!

—¡Cinco!

—¡Siete!

—¡Diez!

Siento el calor subir por mi cuello. Vergüenza. Rabia. Impotencia. Todo mezclado en algo hirviente y feo.

Golpeo ambos puños contra el cristal.

—¡PARA!

La multitud solo se vuelve más ruidosa.

—¡Trece!

—¡Catorce!

—¡Quince!

Paseo por la jaula como un lobo atrapado, la mandíbula apretada, el corazón latiendo con fuerza.

Esto no puede estar pasando.

Esto no puede…

Y entonces el aire cambia.

De golpe, el público cae en un silencio atónito.

Dejo de pasear.

Levanto la vista.

Tres figuras enmascaradas suben al balcón superior. Altas. Anchas. Silenciosas como verdugos.

Pero conozco ese aura.

La conozco demasiado bien.

Dante.

Lucien.

Kade.

La sangre se me congela.

—No —susurro—. No, no, no… dioses, no. Cualquiera menos ellos.

Lucien se apoya en la barandilla.

—Miren quién es.

Dante está justo en el centro. Su postura es rígida. Controlada. Aterradoramente calmada.

Los ojos de Kade se clavan en mí: quietos, evaluando, ilegibles.

Aparto la mirada.

Lo intento.

Fallo.

Su presencia es gravedad.

Dante levanta una mano enguantada.

El subastador casi se desmaya.

—Veinte… —dice Dante, la voz resonando por el salón—, millones.

Silencio.

Completo. Absoluto.

Se podría oír un alma abandonando un cuerpo.

El subastador tartamudea.

—¿V… veinte millones?

Lucien se ríe por lo bajo.

—Ay, Dante. No sabía que ibas de compras hoy.

Kade no dice nada. Pero no aparta la vista de mí.

La visión se me nubla de rabia.

—Oh, ni de broma. —Golpeo ambas palmas contra el cristal—. ¡¿Están de broma?!

El público se estremece.

Dante no.

—¡NO! —grito otra vez—. ¡De ninguna manera! ¡Devuélvanles el dinero! ¡No me necesitan!

Lucien inclina la cabeza.

—Es adorable cuando se enfada.

—¡NO soy adorable! —grito.

El subastador se aclara la garganta con debilidad.

—Vendido por veinte millones.

El cuidador entra en la jaula.

Le doy un golpe.

Él se agacha.

—¡Agárrenlo!

Saltan dos más. Manos me agarran los brazos. Las piernas. La cintura. Me retuerzo, pateando, gruñendo, escupiendo maldiciones.

—¡SUÉLTENME!

—¡No se atrevan a tocarme…!

—¡Volveré a morderlos…!

—Cálmate —gruñe el cuidador.

—¡NO LO HARÉ!

La cabeza me da vueltas: los supresores se están agotando, la adrenalina se estrella. Tropiezo, las rodillas casi se me doblan.

La puerta de la jaula se abre.

Los Reyes están esperando.

Lucien sonríe como si estuviera viendo un espectáculo de comedia.

Los ojos de Kade titilan, leyerndome como un libro.

Dante da un paso adelante, la voz baja y fría.

—Basta.

—¡¿Basta?! —grito—. ¡¿Basta?! ¡ME COMPRARON COMO UNA…!

—Sédalo —dice Dante.

Mi cuerpo se congela.

—No —susurro—. No lo…

Una aguja brilla a mi espalda.

—Oh, m****a…

Antes de que pueda girarme, la punta se clava en mi cuello.

El mundo empieza a desdibujarse.

—No —susurro otra vez, más débil—. Otra vez no…

Las rodillas se me doblan.

Lo último que veo es el rostro ilegible de Dante desvaneciéndose en negro mientras la consciencia se me escapa.

Y lo último que logro pensar es:

Oh, m****a… otra vez no.

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